Lo que no debimos hacer con mi hermana en Cancún
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.
Llegué al departamento con cinco días de trabajo encima y los encontré a todos bronceados y sin ropa. Esa noche mi madre apareció junto al sofá con una pregunta que no esperaba.
Tres meses sin vernos y en cuanto bajó del avión supe que algo iba a pasar. Lo que no calculé fue que esa noche habría testigos en la playa.
Llevaba dos años mirando a mi cuñada como no debía. Esa noche en la disco, ella me preguntó si quería que me lo contara o que me lo mostrara.
Sofía siempre decía que los halagos la ponían, pero que nunca haría nada. Esa tarde en la playa descubrí que el límite era más delgado de lo que creía.
El marido se acercó a Nuria con voz tranquila y una petición que llevaba años queriendo hacer: quería ver cómo otro hombre se acostaba con su mujer mientras él observaba.
Mi madre abrió la puerta del probador sin avisar. Lo que encontró al otro lado cambió todo entre nosotros, aunque ninguno supo nombrarlo esa tarde.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Llegamos al hotel como madre e hijo, fingiendo ser amantes. Para el domingo ya no era fingir.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Entré a buscar el teléfono y lo encontré allí, en silencio, mirándome de esa forma que sabía exactamente lo que significaba.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Ella tenía 59 años, era rubia, con curvas que no pedían disculpas. Yo era su sobrino favorito, y llevaba días mirándola de reojo sin poder evitarlo.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Lo vi salir del baño con la toalla en la cintura y todo cambió en un instante: dejé de verlo como mi hijo y empecé a planear cómo lograr que me deseara.
Llegué un día antes que mi hermana al hotel de Cancún. Casi dos días sola con su marido: la playa nudista, el probador de lencería, los tequilas. Algo iba a pasar.
La última vez que la vi teníamos doce años. Ahora bailaba pegada a mí con una falda roja y una mirada que no era la de una prima.