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Relatos Ardientes

Nací entre dos cuerpos y el templo me consagró

Llegué a Kárad desde el desierto, o quizá de las montañas, o tal vez del mar; ya no lo recuerdo. La travesía fue tan brutal que, al cruzar las puertas de aquella ciudad deslumbrante, apenas me quedaban fuerzas para mantenerme en pie. No huía de nada y, al mismo tiempo, escapaba de todo. Era lo que mi pueblo me había enseñado a creer que era: una maldita.

Encontré una fuente y bebí hasta hartar mi sed infinita. Después caí desmayada al pie de la noria. No fue el frío de la noche ni el sol ya alto lo que me despertó. Fue una sombra. Un hombre, de pie ante mí, tapaba la luz.

—No eres de aquí, ¿verdad? —dijo.

—No… pero ya me voy. No quiero crear problemas.

—Nadie se preocupa por eso. Al contrario: nos preocupamos por ti.

—¿Quiénes son «nos»? —gruñí, a la defensiva.

—La diosa Astara y yo, Enkar, su gran sacerdote y servidor.

—No valgo la pena para que tanto título y tanta santidad pierdan su tiempo conmigo.

—Todos valen para Astara, sagrado sea su disfrute. Ven, deja que te ayudemos. Aunque sea para que te asees y comas algo.

Como un perro maltratado, me costaba aceptar tanta caridad. Pero el hambre y mi estado deplorable me exigían un respiro. Solo será un rato, pensé.

—Iré contigo.

Me sostuvo hasta el templo de su diosa, una construcción imponente que deslumbraba de pura belleza. Vi mesas de culto, efigies, candelabros y tapices, todos cuidados con esmero, hechos de oro, mármol y lino. Había gente en el interior: oficiantes y fieles, según pude adivinar por sus vestiduras. Enkar me llevó hasta el fondo del santuario, hasta una puerta que daba a un salón apartado del resto. Dos mujeres jóvenes se acercaron.

—Ellas son Saria y Niala. Te guiarán por el templo y te ayudarán a asearte. Después comeremos juntos.

Las seguí por necesidad, pero alarmada. No quería que me lavasen: ocultar mi cuerpo era parte de mi vida desde siempre. Entramos en una sala de piletas amplias, donde ya había otras personas, y a fuentes más íntimas, ocultas tras cortinas. Hacia una de ellas me condujeron. Me negué, intenté huir. Las jóvenes me sujetaron, forcejeamos, hasta que Niala, con voz firme pero reconfortante, dijo:

—Aquí no hay maldiciones. Déjanos cumplir con nuestro mandato, por favor.

—Es que yo… no quiero molestarlas. Debería irme.

Las dos se miraron, como quien recorre un camino conocido.

—Te proponemos algo —ofreció Saria—. Te mostramos lo que hay, lo que está a tu disposición. Y si no quieres nuestra ayuda, esperaremos tras las cortinas a que nos llames.

Su gentileza era dulce e inquebrantable a la vez, así que cedí. Pude bañarme a solas, con la doble dicha de quitarme la suciedad que tanto me hartaba y de seguir oculta. ¿Por qué Niala dijo que aquí no había maldiciones?

Me vestí con la ropa escasa pero hermosa que me dejaron, una tela que apenas me cubría, y las llamé. Tras un examen visual minucioso, me miraron con aprobación. Me perfumaron con aceites y, con delicadeza, me ordenaron:

—Acompáñanos. Enkar te espera para cenar.

***

En una sala suntuosa, no demasiado grande, me aguardaba el gran sacerdote sentado a una mesa que rebosaba de manjares. Tardé en notarlo, pero Enkar vestía una túnica tan ligera como la mía, aunque con adornos más costosos.

Era un hombre de edad imprecisa, de rasgos jóvenes. Alto, de rostro muy hermoso, de ojos vivos e íntimos, con un brillo apenas duro, casi malicioso, que se esforzaba por contener. Tenía una suavidad sobria en los gestos, quizá por la costumbre de adoptar ademanes femeninos, como tantos sacerdotes de aquel tiempo. Hablaba con una voz cálida, medía cada palabra, y de toda su persona se desprendía una elegancia extrema.

—Muy bella te ves. Ven, siéntate aquí conmigo.

—Gracias. Hermoso templo tienes.

—Todo es poco para honrar a Astara, nuestra protectora y guía.

No pude evitar un gesto de incredulidad.

—Claro. Lo entiendo.

—No crees en los dioses, ya veo.

—Sin que me tomes por irrespetuosa ni desagradecida, te diré que poca obra divina he visto en el mundo. Sí mucha brutalidad y, a ratos, alguna misericordia. Las dos puramente humanas.

—Esas también pueden ser creaciones divinas, sembradas en el corazón de los hombres.

—Pues las que yo he sufrido no me parecieron divinas. Perdóname otra vez. Creo que será mejor que me dejes marchar.

—¿Ahora? ¿En plena noche? El desierto te recibiría con sus peores demonios. No. Y además no es necesario. Al contrario: me gustaría que pensaras en quedarte un tiempo con nosotros.

—No sabes lo que me pides. Solo te traeré desgracias. Albergar y proteger a una mald… a alguien como yo no es buena idea.

—Maldita. Ibas a decir maldita, ¿verdad?

—¡Es lo que soy! ¡Una maldita! ¡Perseguida y abandonada por mi pueblo, al que ahora maldigo con todas mis fuerzas!

No pude contener el llanto. Enkar se levantó y me abrazó con afecto para consolarme. Yo, sin dejar de llorar, me ceñí a su cintura.

—No llores. Estás enfadada, y lo comprendo. ¿Quién, en tu lugar, no lo estaría? Pero déjame decirte que no estás maldita.

—Pero sí lo estoy. En mi pueblo me condenaron, me echaron al desierto para que muriese. Soy una abominación.

—Tu pueblo es un hato de ignorantes que no supieron ver la joya que tenían.

Me aparté de él despacio.

—No sabes lo que dices. Mi pueblo será tan ruin como crees, pero yo no soy ninguna joya. No sabes lo que soy.

—Sé mucho más de lo que imaginas, y no lo digo para mortificarte. Empecemos por algo: aquí no hay maldiciones.

—Eso dijo Niala, y sigo sin entenderla. A ti tampoco.

—Hagamos un trato. Déjame hablar sin interrumpirme. ¿De acuerdo?

Asentí, mansa, mientras nos separábamos. Enkar me besó los párpados y volvió a su sitial, a la cabecera de la mesa.

—No estás maldita, ni mucho menos. Eres una elegida. Para mí, por Astara; para ti, por el destino, si así prefieres llamarlo. Lo que asustó a tu pueblo, lo que te enseñaron a temer, no es más que una condición bendita.

—Pero… —Enkar me miró con reproche—. Ya sé, dije que no te interrumpiría. Pero no puedo quedarme muda como una de tus estatuas, bonitas pero calladas. —Imité a una estatua, y él rió—. Dices saber lo que soy, y que no es una condena. Pero he cargado con esto toda mi vida y ya no puedo seguir huyendo y escondiéndome.

—Te ofrezco poner fin a esa fatiga. Pongo ante ti la puerta de una vida nueva, plena, tan superior a la que conociste que apenas podrías imaginarla.

—¿Y qué quieres hacer conmigo? ¿Exhibirme como a un monstruo?

—No. Bueno, exhibirte un poco, sí, pero no como a un monstruo. Como a una deslumbrante sacerdotisa de Astara.

—Estás loco. Yo… soy…

—Basta de ese juego. Te diré quién eres y quién serás.

Sentí que los ojos se me abrían hasta casi salirse de sus órbitas. Él lo sabía. Siempre lo había sabido. Y no solo no le importaba: lo celebraba.

—Será mejor que cierres la boca, o babearás sobre la comida. Aquí estás más a salvo que nunca, al cuidado de todos nosotros y de la diosa, aunque ella no te interese.

Tomó aire y comenzó, con voz de quien recita una verdad antigua.

—Naciste en la vieja ciudad de Marash, en la orilla del río, una noche de eclipse, con la luna derramando sombra sobre el templo de la Madre. Tus padres esperaban un guerrero. Pero llegaste tú: mujer en el alma, varón en el cuerpo. Tu carne era masculina al nacer; tu espíritu, una flor que danzaba entre los dos mundos. Y traías ya la mirada de luna. Esa misma luna que, con los años, completó tu forma: tu piel, tu voz, tus curvas, toda tu sensualidad de mujer, sin borrar la polla que también te pertenece.

—Pero cómo…

Una sola mirada suya me hizo callar.

—Tu madre, sacerdotisa del templo, reconoció en ti una bendición. La diosa le había dado una hija sagrada. Te llamó Ashmira, «la gran señora». No bastó para calmar a los brutos de tu tribu. Tus padres te protegieron cuanto pudieron, pero nada apagó el miedo que despertabas. Cuando ya eras una mujer hecha y derecha, te arrancaron de tu casa y te entregaron al desierto para que acabara contigo. Y todo por unas cosechas pobres.

Me derrumbé en lágrimas. El recuerdo de mis padres, el dolor de aquella separación, el terror de los vecinos que pedían mi muerte, el desamparo de la arena: todo giraba en mi cabeza, abriendo viejas llagas. Lo único que me distraía era el misterio de cómo Enkar conocía cada detalle.

—Reúnes en ti todos los géneros, y eso es un regalo del cielo. No eres hombre ni mujer, y eres ambos: eres celestial. Posees tetas que enloquecen, un culo que pide manos, y entre las piernas una verga que también sabrá disfrutar y hacer gozar. Tu voz es suave, compasiva, pero no carece de autoridad. Tu sensualidad arrasa. El deseo, el amor y tú nacisteis el mismo día, pero tú abriste los ojos primero. Mi deber es consagrarte a Astara, pero la diosa solo te aceptará si tú lo deseas de corazón.

Lo oía a través de un mar de sollozos, inmóvil en mi silla.

—No digas nada ahora. Ve a descansar. Mañana hablaremos.

—No quiero estar sola —le supliqué.

Me abrazó de nuevo, esta vez con más ardor que compasión. O así lo sentí, porque respondí con la misma pasión. Me besó apenas los labios y, con dulzura, me apartó.

—No ahora, Ashmira. No todavía. No te dejaré sola, no temas. Y además tendrás hambre —añadió, buscando calmarme con una distracción.

Terminamos de cenar hablando de trivialidades. Después le pedí, insistente, que me contara cómo era Astara y su rito, y él lo hizo con entusiasmo. Me explicó que conocía mi historia porque la diosa se la había revelado, y que su deber era cuidarme, instruirme y consagrarme, cada cosa a su tiempo y con su ceremonia. Aturdida por el vino, creo que me dormí sobre la mesa.

***

Desperté en una habitación ricamente adornada. Al asomarme a la ventana comprendí que estaba en una de las terrazas altas del zigurat. Saria y Niala habían dormido en mi cuarto, pero ya estaban listas y pidieron que trajeran el desayuno. Dejé que me ayudaran a vestirme y a peinarme; en su trato había una mezcla de placer, sumisión y un poco de temor que me desarmaba. Logré convencerlas de que comieran conmigo.

La conversación no fue muy animada, pero me confesaron a regañadientes que me preparaban para una ceremonia única, secreta, muy especial. En los días siguientes me cuidaron entre cantos, perfumes y susurros. Así conocí a Tahira, la gran sacerdotisa, la versión femenina de Enkar. Una mujer exquisita, de belleza casi sobrehumana. Rostro armónico, sin una sola imperfección, como esculpido en mármol fino. Ojos grandes, capaces de hechizar a cualquiera. El cabello, negro, liso y brillante, le caía hasta unos pechos firmes sobre una piel clara y luminosa. Todo sostenido por un cuerpo esbelto que gritaba sensualidad en cada movimiento.

Tahira me recibió en su alcoba para iniciarme en los secretos de Astara. Con ella entendí que mi alma y mi cuerpo no eran lo mismo, y que era el cuerpo el que debía aprender a entregarse. Me instruyó en los ritos. Las invocaciones a la diosa eran, para mí, sobre todo simbólicas. Pero la ofrenda que ponía a los fieles en contacto con lo divino era otra cosa: el templo brindaba espacios privados, y a quien aportaba su óbolo le asignaban una sacerdotisa o un sacerdote para follárselo hasta vaciarle el alma en nombre de la diosa. No era distinto del de otras ciudades y otras diosas, todas ellas hermanas de Astara bajo distintos nombres.

La explicación detallada de Tahira no me sorprendió, pero sí me inquietó. Mis ojos delataron la conmoción, y ella, aguda, lo notó al instante.

—Dime, Ashmira. ¿Has follado alguna vez con alguien?

—Pues… no. La verdad es que no.

—Hija, con semejante cuerpo, creí que ya serías una experta en tragar pollas y abrir las piernas.

—Mi cuerpo solo me ha traído problemas. Por más que ocultaba mis formas, siempre llamaba la atención. Se me acercaron hombres con la verga tiesa, y a veces mujeres con el coño ardiendo.

—¿Y cómo resolvías esas situaciones?

—Con las corteses, quedando como una tonta por no saber qué hacer con una polla o un coño frente a mí. Con las violentas, tuve suerte de salir a los golpes. Muchas veces viajé armada.

—Te entiendo. Pero eso ya no será un problema. Solo tendremos que enseñarte a manejar lo cortés, porque en lo otro tu experiencia se nota.

—Si se me permite decirlo, estoy desesperada por aprender. Aunque nunca supe qué hacer, mi cuerpo me pide algo muy distinto a mis torpezas y mis golpes. Necesita ser follado y necesita follar. Necesita correrse.

Tahira comprendió del todo mi situación. Se acercó, me tomó de la mano y me llevó a su lecho. Nos sentamos al borde y me quitó la bata ligera que llevaba, dejándome desnuda del todo: las tetas al aire, los pezones ya duros de expectativa, y entre las piernas mi verga que empezaba a espesarse solo con su mirada. Ella también se descubrió, para aliviar mi pudor, y sus pechos brotaron altos, blancos, coronados por dos pezones oscuros que se pusieron rígidos al toparse con el aire.

—Qué tetas más hermosas tienes. Una rosa entreabierta, ofreciendo su rocío. Y qué polla más golosa te asoma ahí abajo. Vas a hacer feliz a media ciudad, mi niña.

Empezó a acariciarme los pechos y a chupármelos con hambre, tomando cada pezón entero en la boca, tirando con los dientes con delicadeza, después con más fuerza, hasta arrancarme el primer gemido honesto de mi vida. Llevó mis manos hasta los suyos y me enseñó a apretar, a pellizcar, a torcer con la punta de los dedos.

—Así, más fuerte. No tengas miedo de mis tetas, son tuyas ahora mismo.

Por primera vez sentía aquel desahogo que tanto buscaba. Adoraba su boca sobre mí, y bajo su lengua mis pezones se hincharon hasta doler. Ella deslizó una mano por mi vientre y, sin pedir permiso, me rodeó la polla con los dedos. La sentí latir contra su palma. Empezó a bombearla despacio, sin dejar de mamarme un pezón, sacándome un chorro fino que le humedeció los nudillos.

—Mira cómo estás mojando, mi amor. Esta verga sabe lo que quiere aunque tú todavía no.

Se dejó caer hacia atrás, arrastrándome con ella. Nuestros cuerpos se rozaban con furia, teta contra teta, mi polla dura clavándose en su vientre y dejando un rastro brillante en su piel. Nos besamos hondo, labios y lenguas trenzados, tragándonos la saliva la una a la otra. Sus manos bajaron de nuevo, una rodeándome los cojones para sopesármelos, la otra abriéndose paso entre sus propios muslos.

—Así, mi niña. Así te quiero. Enciéndete, que aún tengo mucho que enseñarte. Lleva tu mano a la mía. Voy a abrirme para ti… sí, así me gusta. Métete un dedo, siente cómo chorrea mi coño por ti.

Su calor, su humedad y su perfume me enloquecían. Metí un dedo y encontré una gruta caliente, hinchada, resbaladiza; añadí otro y ella se arqueó, empujando la pelvis para tragarme más. Por instinto, por deseo, o por lo que fuera, me deslicé hacia abajo y sumé mi lengua a mis dedos. Le abrí los labios del coño con los pulgares y me lo encontré rosado, brillante, con un clítoris hinchado como un botón chico que le lamí de arriba abajo. Qué sabor.

—Eso. Déjate llevar. Aquí nada está prohibido. Cómo lo haces… chúpame el clítoris, mi niña, así, sin soltarlo… métemela hasta el fondo, la lengua, sí, follame con la lengua, cualquiera diría que no has hecho otra cosa en tu vida —murmuraba, guiándome la cabeza con las dos manos y restregándome el coño por toda la cara.

Yo hundía la lengua tan adentro como podía, la sacaba y volvía a subir al clítoris, chupándoselo con los labios cerrados como si fuera un pezón chiquito. Sus muslos me apretaban las orejas. Un jugo espeso me bajaba por el mentón y me caía sobre las tetas. Le clavé dos dedos mientras seguía trabajándole el capullo y ella empezó a temblar entera, cerrándose sobre mi mano.

—Nada es tan delicioso como tú, Tahira. Estoy fuera de mí. Ya no sé ni lo que digo.

—Ven. Quiero ver esa polla de cerca. Quiero medírmela con la boca.

Me levanté, lamentando dejarla. Trepé sobre el lecho y le mostré mi sexo erecto, empapado del líquido que se me escurría de la punta. Ella, recostada, lo tenía a un palmo de la cara. Sacó la lengua y me lamió desde los cojones hasta el glande, en un solo trazo lento, y remató chupándome la punta con un beso ruidoso que me hizo doblar las rodillas.

—Ahora me toca a mí. Móntate sobre mi pecho y dámela toda. Métemela hasta la garganta, no seas tímida.

Tan bien instruida, no me costó cumplir su deseo. Me acomodé a horcajadas sobre su torso, apoyé la polla en sus labios y ella la tragó de un golpe. Y qué resultado. Su boca caliente me rodeaba entera, me la sorbía con las mejillas hundidas, se retiraba para lamerme los cojones uno por uno y volvía a hundírsela hasta el fondo, con la nariz apretada contra mi vientre. Yo, sin pensarlo, empecé a moverme, follándole la boca, sujetándola del pelo. Ella me miraba desde abajo con los ojos húmedos, sin quejarse, animándome con la mirada a ser más brusca. Un hilo de saliva le colgaba del mentón hasta los pechos.

—No aguanto más, me muero. Me voy a correr en tu boca, Tahira.

Ella me sacó la polla de golpe, dejándola brillante y palpitando en el aire.

—Ni de broma. Todavía no. Entonces métemela. Llena de leche el coño que tan bien lamiste. Quiero sentirte reventar dentro de mí.

Se abrió de piernas y me guio la punta. Con los dedos separó los labios de su coño y me lo apoyó justo en la entrada.

—Empuja despacio, mi niña. Siente cómo entra tu polla en el templo de la diosa.

Empujé, y si su boca era fuego, lo que había debajo era una hoguera. Me tragó entera de una embestida lenta, apretándome de una forma que jamás había imaginado. Le clavé la verga hasta el fondo y me quedé quieto, saboreando la manera en que su coño palpitaba alrededor.

—Muévete dentro de mí. No te detengas, mi niña, estoy a punto de deshacerme de placer. Follame como si me odiaras, pero sin salirte.

Empecé a moverme, primero con torpeza, después encontrando el ritmo. Sacaba la polla casi entera, viéndola brillar de sus jugos, y la volvía a hundir de un golpe seco que la hacía chillar. Ella me clavaba las uñas en el culo, me lo apretaba y tiraba de mí adentro, más adentro. Sus tetas rebotaban a cada embestida. Me incliné para chupárselas mientras seguía metiéndosela y ella me mordió el hombro, ahogando un grito. Sentí que su coño se cerraba entero sobre mí, apretándome la polla en oleadas, y ese apretón me arrancó todo lo que llevaba dentro.

—Me corro, Tahira, me corro adentro —jadeé.

—Sí, dámelo todo, lléname, quiero sentir tu leche caliente en el fondo.

Su súplica me hizo estallar. Descargué chorro tras chorro dentro de ella, sintiendo cómo cada latido de mi verga vaciaba semen en su coño mientras las dos resoplábamos sin aliento. Cuando por fin me quedé quieto, ella me apretó con los muslos para que no me saliera y me besó despacio, como agradeciéndonos. Sentí un hilo tibio escurrirse por su muslo cuando por fin retiré la polla.

—Para ser tu primera vez, has estado formidable. Con esa polla y esas tetas, mi niña, no vas a dormir sola nunca más.

—Gracias. Necesitaba tanto esto.

—Eres tan mujer y tan tuya… Tendrás todo lo que quieras, preciosa. Coños, bocas, culos, pollas: lo que se te antoje. Astara te va a dar de comer hasta hartarte.

***

Días después, Tahira y Enkar evaluaban mis progresos.

—Avanza muchísimo. Tiene un don natural. Chupa como si hubiera nacido con una polla en la boca y folla como si llevara mil años montando —dijo ella.

—Si tú lo dices.

—Ya la pulí en lo que estaba a mi alcance. Es hora de que la tomes a tu cargo y completes su enseñanza, antes de ofrecerla a la diosa. Le falta que un buen macho le abra bien el culo y le enseñe lo que es tragar semen hasta atragantarse.

—¿Y en qué se entretiene ahora?

—Con Saria y Niala. Les mete la lengua y la verga por turnos y ellas se pelean por su corrida. Le gusta, pero se nota que le falta algo más que lengua y caricias de muchachas.

Yo ya conocía cada parte del rito, aunque todavía no me dejaban oficiarlo. Cumplidas las tareas formales, me dediqué a pasear por los jardines del templo, cruzados por cuatro arroyos que se juntaban en el centro, entre arbustos y árboles que dibujaban figuras de verdor salpicadas de flores. En un rincón se alzaba una tienda azul brillante donde refugiarse del calor. Allí fuimos, Saria, Niala y yo.

El día era agobiante, pero la tela de la tienda dejaba pasar la brisa y filtraba la luz hasta volverla difusa. Nos acomodamos entre almohadones para beber aguamiel y comer fruta.

—¿Han visto que Tahira y Enkar pasan cada vez más tiempo juntos? —soltó Saria.

—Sí. Algo se traen esos dos. Seguro que él le está reventando el coño en cuanto cae la noche —coincidió Niala.

—No me extraña. Ella es deliciosa y él, tremendamente atractivo. Y tiene que tener una verga digna de esa boca de sacerdote —propuse—. No sería raro que se follaran hasta el amanecer.

—Pero eso es una falta sagrada.

—Para ustedes, quizá. A mí poco me importa lo sagrado, y sospecho que a ellos tampoco. No me digan que no gozarían con ellos si pudieran. Yo le chuparía la polla a Enkar sin pensarlo, y me dejaría comer el coño por Tahira sin quitarme la ropa siquiera.

—Lo dices porque ya probaste a Tahira.

—Como las he probado a ustedes, mis preciosas. Y todavía me sabe la boca a sus coños.

Jóvenes como yo, de cuerpos cálidos, tetas duras y coños dispuestos, eran dos alegrías de las que no me cansaba.

—Aduladora —musitó Niala, acercándose a morderme un pecho a través de la tela.

—Para mí el otro —bromeó Saria, lanzándose a la tarea desde el otro lado.

Me acariciaban por encima de la blusa hasta que yo misma me la arranqué para que pudieran besarme y lamerme sin obstáculos. Las dos se abalanzaron sobre mis pezones al mismo tiempo, chupándolos con hambre, mordiéndolos, tirando de ellos con los dientes hasta hacerme arquear la espalda. Los gemidos dejaron de ser suaves. Eran descarados, guturales, como las fieras encendidas que éramos. Apreté sus cabezas contra mí para sentir sus dientes clavados en mi carne.

Sumaron las manos sobre mi sexo, encontrándome ya empapada por encima y con la polla saliéndose de la tela ligera. Saria la liberó de un tirón y se quedó mirándola un instante, viéndola crecer bajo su mirada, antes de rodeármela con los dedos. Niala se agachó y me la lamió desde la base hasta la punta, sin prisa, mientras Saria me abría las piernas y me pasaba la lengua por el coño que también me humedecía. Me quedé mirando cómo mis dos muchachas se turnaban entre mis muslos, una con la boca en mi verga y otra con la lengua metida en mi coño, cambiando de puesto cada tanto, compitiendo por quién me arrancaba el gemido más ronco.

—Chupen así, mis niñas, no paren.

Se arrodillaron frente a mí para entregarse a mi polla juntas, besándola cada una desde un lado, encontrándose en la punta y besándose entre ellas con mi glande atrapado entre sus lenguas. Me ofrecieron a la vez sus cuerpos, que acaricié con deleite, pellizcando pezones y hundiendo dedos en coños que chorreaban por mí.

Hice que Saria se acomodara sobre mi boca mientras atendía a Niala con la mano. El coño de Saria era chico, prieto, y sabía a miel; se lo abrí con la lengua y la hundí hasta la raíz mientras ella se meneaba, restregándome el clítoris contra la nariz. Mis dedos, entretanto, entraban y salían del coño de Niala, tres de una vez, haciéndola chapotear.

—Niala, móntame… así, bien adentro… cabálgame la polla mientras yo me como a Saria.

Niala se acomodó sobre mí, se guio la verga con la mano y se dejó caer despacio hasta tragármela entera. Cerró los ojos y suspiró largo, moviendo las caderas en círculos, adaptándose al grosor. Después empezó a botar sobre mí, subiendo y bajando, sus tetas saltando frente a la cara de Saria. Las dos quedaron frente a frente y empezaron a besarse mientras yo devoraba a una por debajo y follaba a la otra por arriba. Yo gozaba de una con mi polla y de la otra con mi lengua, sintiendo cómo el coño de Niala me ordeñaba a cada bote y cómo el de Saria goteaba encima de mi boca. Estaban muy encendidas, pero, como buenas sacerdotisas del placer, se detuvieron para ocuparse de mí.

Me pusieron en cuatro patas. Niala se deslizó debajo, boca arriba, con la cara justo bajo mi polla, y volvió a tragármela.

—¿Te gusta cómo te la chupo? —preguntó, sacándomela un instante para hablar.

—Me encanta. No pares —susurré, con la voz ronca.

Subía y bajaba despacio, llevándome hasta el fondo de su garganta, ahogándose apenas y sonriendo entre arcada y arcada. Se ocupaba también de mis cojones, chupándomelos uno por uno. Saria no dejaba de recorrerme por detrás. Me besaba, me mordía las nalgas, y luego se arrodilló pegada a mi culo. Me lo abrió con las dos manos, me miró de arriba abajo y empezó a devorarme por atrás. Nunca me lo habían hecho así. Nunca nadie me había puesto la lengua en el ojete. Lento al principio, la punta describiendo círculos alrededor, después con más hambre, hundiéndola dentro, ensartándome con la lengua como si fuera una verga chiquita mientras Niala me tragaba la mía por delante.

Su lengua era una sinfonía. Sentía dos bocas trabajándome a la vez, cada una en un extremo, cada una arrancándome una descarga distinta. Saria empezó a meterme un dedo también, mojado en su saliva, entrando y saliendo de mi culo mientras seguía lamiéndome alrededor. Y yo, simplemente, me rendí. Entre eso y la boca de Niala tragándome hasta el fondo, terminé. Mi cuerpo tembló entero, se me apretaron los cojones y descargué en la garganta de Niala una corrida larga, espesa, chorro tras chorro, que ella recibió sin soltarme la polla, tragando todo lo que podía y dejando que el resto le escurriera por las comisuras. Saria seguía con la lengua metida en mi culo, sintiendo desde adentro cómo me sacudía cada espasmo. Mis gemidos llenaron la tienda.

Cuando por fin me soltaron, Niala se incorporó con los labios brillantes y le dio un beso a Saria en la boca, pasándole lo que le quedaba de mi corrida en la lengua. Saria lo tragó despacio, mirándome a los ojos.

Caí rendida. Mis niñas no me dejaron moverme: me arroparon y acomodaron los almohadones para mi descanso, tras limpiarme el sudor y los restos de leche del vientre con la tela de sus propias faldas.

—Eres divina, Ashmira. No hay nadie como tú, con esa polla que chorrea y ese coño que se abre al mismo tiempo. Durmamos, y que los sueños nos arrullen.

Los míos vagaban por aquella sensación nueva que mi cuerpo, por fin, memorizaba en cada detalle. Por primera vez en mi vida, lo que siempre llamé maldición empezaba a sonar, en mis oídos, como otra cosa: un regalo. Un regalo hecho de carne, de sudor, de semen y de coños dispuestos a devorarme para siempre.

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Comentarios(7)

Meli_Lee

Que relato tan hermoso, me llegó al alma. gracias!

SabrinaK23

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con ganas de saber que pasó despues...

RelatosAddicted

Me sorprendio como me enganchó desde la primera linea. Habia algo en el ambiente del templo que se sentía real, no sé como lo logran pero es increible.

MarcelaRdz

Me pregunto si va a haber mas de esta historia o es completa? porque necesito mas jaja

LecturaOscura

Hacia mucho tiempo que no leia algo que me tocara tan hondo. La narradora tiene una voz muy particular, te mete en su mundo de golpe y ya no podés salir. Ojalá haya continuación porque el final me dejó con mil preguntas.

NormaGrande_ok

Me recordo un poco a algo que viví, esa sensación de llegar a un lugar perdida y encontrar exactamente lo que necesitabas. Muy bien contado.

ViajeroNocturno_

El ambiente que logró crear es lo mejor del relato. Se siente misterioso y sensual al mismo tiempo, no es facil conseguir eso.

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