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Relatos Ardientes

Nuestro fin de semana de chicas se volvió un trío

Ilustración del relato erótico: Nuestro fin de semana de chicas se volvió un trío

Esta vez me toca contarlo a mí, Noelia, porque Darío se quedó en casa muy a su pesar y alguien tiene que poner por escrito lo que pasó. Después de nuestras últimas vacaciones todas volvimos a la rutina del trabajo, y a las pocas semanas a mis compañeras se les metió entre ceja y ceja escaparse un fin de semana solo de chicas.

La que organizó el plan fue Bea, que para esas cosas no tiene rival, y acabamos reservando un apartamento en Pamplona. Vanesa se apuntó enseguida; Lorena, en cambio, nos dejó tiradas a última hora por un imprevisto familiar.

Con nosotras trabaja un chico, Adrián, lo más abiertamente gay que uno pueda imaginar y con un sentido del humor que te deja sin aire de tanto reír. A Vanesa se le ocurrió llamarlo para invitarlo, y por supuesto no se negó: estaba feliz de irse de juerga con «las chicas de oro», como nos llama él.

Adrián tiene veintitrés años recién cumplidos, o sea, un crío. Es delgado, larguísimo, moreno, con unos ojos marrones enormes y un bigotillo fino que según él lo hace parecer mayor y que para nosotras es la mejor excusa para meternos con él. No tiene la típica pluma de otros, pero con nuestro grupito la saca en plan broma y nos partimos.

Llegó el viernes y condujo él. Habíamos cogido un apartamento de dos habitaciones en pleno centro para no tener que tocar el coche en todo el finde.

—Como soy el único chico, me tocará dormir en el sofá —soltó nada más entrar, dejando las bolsas en el suelo.

—El único chico y con el que menos peligro corremos —contestó Vanesa—. Si quieres duermes conmigo.

—¿Para qué me queréis a mí? Si ya sois lo bastante peligrosas vosotras solas.

—Uy, no sabes tú bien —murmuré yo.

—Además —añadió Bea—, lo que pasa en Pamplona se queda en Pamplona.

—Me escandalizáis. No sé si fiarme de vosotras, lobas.

—¿Y si cambiamos de plan y nos vamos de pinchos a la calle Estafeta? —propuse—. A mí no me apetece nada cocinar.

Dicho y hecho. Pasamos la tarde entre pinchos riquísimos y vinos, hasta que se hizo la hora de volver a arreglarnos para la noche.

—¿Me dejáis prepararme primero? —pidió Adrián—. Soy rápido, me ducho y me afeito en nada.

—¿Te vas a quitar ese pincelillo de debajo de la nariz? —pinché yo.

—No. Me voy a afeitar los huevos, por si esta noche cae algo. Que aquí el único soltero soy yo.

—Yo vine soltera —dijo Bea.

—Y yo —se rió Vanesa.

—Pues yo estoy soltera y dispuesta —rematé.

—Menudas lobas estáis hechas las tres —dijo él mientras se metía al baño entre carcajadas.

Y como era de esperar, en cuanto cerró la puerta no pudimos evitar especular sobre cómo estaría «armado».

—Si tenéis dudas, entráis y lo veis —dijo Vanesa con cara de no romper un plato.

Bea se levantó decidida y entró sin llamar. Adrián estaba afeitándose con una toalla anudada a la cintura.

—El que no corre vuela. Ahora me toca ducharme a mí —anunció ella, y sin el menor pudor se desnudó delante de él y se metió bajo el agua.

Él ni se inmutó, así que entré yo también y, muerta de risa, le arranqué la toalla de un tirón.

—¡Serás cabrona! —protestó, aunque sin hacer el menor amago de taparse.

—¿Ahora te vas a escandalizar tú? —le dije, y le di un buen azote en el culo.

Se giró hacia mí y, la verdad, era una pena que fuera gay. Tenía una polla recién rasurada que pasaba con ganas los veinte centímetros, gruesa, con el glande despejado y unas venas muy marcadas, y eso estando en reposo.

—Joder… menudo… —se me escapó.

—¡A ver, que yo no veo! —reclamó Bea desde la ducha.

Adrián se giró riéndose y aquello se balanceaba que daba gusto.

—¡Vaya pollón se gasta el tío! —exclamó Bea.

—Pues esta no la vais a catar, panda de lobas. Buscaos otra —dijo él, ufano.

—Mientras sea como la tuya… —murmuré, y los cuatro nos reímos sin que se sintiera incómodo.

Vanesa, que ya se había desnudado, se colocó detrás de mí y pasó las manos bajo mis brazos para agarrarme los pechos.

—¿Y a Asier no le encantan estos? —dijo, apretándolos.

Adrián se quedó mirándonos, atando cabos.

—No me digáis que os lo montáis entre vosotras.

—Pues sí —admití—. Y más de una vez.

—¡Y luego dicen que los gais somos los promiscuos! Qué calladito os lo teníais.

Mientras él se hacía el ofendido le contamos un par de nuestras aventuras, y para cuando terminamos su polla había empezado a despertarse sola de oírnos.

—Quita, quita —dijo apartándose—. Yo esta noche tengo que pillar. Sacad esos coños depilados de aquí y dejadme en paz.

***

Acabamos de arreglarnos y salimos. Adrián nos guió a las tres del brazo hasta unos garitos que conocía, más de ambiente, cosa que a ninguna nos importó.

El primer bar estaba a reventar. Para cuando llegamos a la barra ya habíamos perdido la cuenta de las manos que nos habían rozado el culo o los pechos.

—Menos mal que son gais, porque vaya sobeteo —le dije al oído.

—Aquí hay de todo —contestó él con una sonrisa torcida.

Pedimos las copas, bailamos un rato y nos cambiamos a otro local con menos gente, donde se podía respirar. Allí Adrián se encontró con dos chicos a los que conocía y se acercó con ellos y con una chica que no había visto en su vida. Nos la presentó como Sabrina.

Era morena de piel, con el pelo corto y negro, una cara preciosa de la que tiraban unos ojos verdes increíbles y una voz suave, ligeramente ronca. No fue hasta que empezamos a hablar cuando me di cuenta de un detalle que a las demás se les había escapado por completo. Me lo callé.

Bailamos y bebimos, y Sabrina se mantuvo todo el rato cerca de mí. Cuando Vanesa quiso ir al baño, la acompañé, y Sabrina vino con nosotras. Adrián ya se estaba liando con uno de los chicos y Bea bailaba a su aire con el otro.

No habían pasado ni cinco minutos cuando empecé a oír risitas desde dentro del cubículo y golpeé la puerta.

—Vengaaa, ¡no os enrolléis!

La puerta se abrió y Vanesa me arrastró dentro de un tirón.

—Entra, que te tengo una sorpresa de las gordas.

—¿Cuál? ¿Que Sabrina es trans? —solté yo, tan tranquila.

—¡Será posible! ¡Ya lo sabías! —chilló Vanesa.

Sabrina sonrió y aclaró que ella no había dicho nada, que simplemente yo me había dado cuenta sola.

—La verdad es que no se te nota —le dije—. Es algo muy sutil.

—Yo ni me enteré —reconoció Vanesa—. La vi tan guapa, con ese cuerpazo… hasta que vi lo que se gasta entre las piernas.

Sabrina me miró riéndose hasta que no aguanté y le pedí que me la enseñara. Sin hacerse de rogar, se soltó el cinturón y se bajó los pantalones, dejando ver una polla morena de unos veinte centímetros, gruesa, surcada de venas y rematada por un glande rosado y ancho.

—Pues está muy bien —murmuré—. ¿Puedo tocar?

—Claro —contestó.

La rodeé con los dedos, sintiéndola caliente, y pasé el pulgar por el glande notando cómo se endurecía. Allí de pie, con los pantalones por las rodillas, dejó que la masturbara despacio mientras se ponía cada vez más dura, y noté cómo se me empezaba a humedecer el coño.

—Joder, qué gorda —dijo Vanesa, y alargó la mano pidiendo permiso con la mirada.

Sabrina asintió. Vanesa no se cortó: acercó la cabeza, rodeó el glande con la lengua y se lo metió en la boca como pudo, mientras yo seguía moviendo la mano. Le abrí la blusa y descubrí que no llevaba sujetador. Tenía unos pechos firmes, de buen tamaño, con los pezones pequeños, oscuros y durísimos. Bajé la cabeza y se los lamí, succionándolos, y un suspiro hondo se le escapó de la garganta.

En ese momento oímos a Bea llamándonos desde fuera. Asomé la cabeza, comprobé que no había nadie más y le hice señas de que entrara. Su cara cuando descubrió a Vanesa con aquella polla en la boca y entendió de quién era no tiene precio.

—¡Joder! —fue lo único que acertó a decir.

—Nos pillaste —se rió Vanesa.

—¡Eso se avisa! Adrián se ha ido al apartamento con uno y me he quedado sola.

Miré a Sabrina antes de proponerlo.

—¿Y si nos vamos también? No creo que le importe.

***

Cuando llegamos, la puerta de una de las habitaciones estaba entornada y de ella salía una luz tenue. Nos asomamos sin hacer ruido y encontramos a Adrián de pie junto a la cama mientras el otro chico, de rodillas, le lamía la polla. Tardó un momento en notar nuestra presencia.

—¡Qué zorras sois! ¿Os vais a quedar ahí mirando?

No nos lo pensamos. Entramos, y Vanesa, como siempre la más lanzada, se desnudó en un minuto y se arrodilló junto al chico para juntar su lengua con la de él alrededor de la polla de Adrián. Él no la apartó; al contrario, le apoyó la mano en la nuca para guiarla.

Sabrina me cogió del cuello con suavidad y me besó mientras me acariciaba el culo con la otra mano. Le quité la blusa entre besos, Bea le bajó los pantalones, y por fin pude admirarla entera: cuerpo moreno y fibroso de gimnasio, pechos redondos y firmes. De no ser por lo que tenía entre las piernas, habría sido una mujer de portada.

Me agaché junto a Bea para lamerla, y me costó lo mío metérmela en la boca. Mientras lo hacía, deslicé la mano entre los muslos de Bea hasta su coño empapado y le hundí un dedo. A nuestro lado, Vanesa se había tumbado en un sesenta y nueve con el chico, mientras Adrián, ya con el preservativo puesto, lo penetraba por detrás.

Sabrina me levantó con delicadeza y me empujó hacia la cama.

—¿La quieres dentro? —preguntó.

Solo pude asentir. Se colocó entre mis piernas, se enfundó un preservativo y deslizó el glande de arriba abajo por mi entrada.

—Estás empapada —murmuró.

Empujó despacio, metiéndola poco a poco, hasta que un último envite la hundió del todo. Solté un gemido largo al sentir cómo aquella polla rozaba las paredes de mi coño y me llenaba entera. Empezó a moverse como un émbolo, arrancándome espasmos que me recorrían el cuerpo de arriba abajo.

Bea se subió a horcajadas sobre mi cara y yo separé sus labios con la lengua mientras le abría las nalgas y le introducía un dedo, y luego otro, en el ano. Sus gemidos y los míos se entrelazaban. Las manos de Sabrina me apretaban los pechos y me pellizcaban los pezones.

—Cómo me gustan tus tetas —jadeó—. Grandes, suaves, sensibles.

No tardé en correrme entre temblores, sin que ella dejara de penetrarme. Cuando terminé, tiró de Bea, la tumbó sobre mí y la penetró desde atrás, arrancándole un grito.

—¡Sí! ¡Fóllame! ¡Qué gusto! —gritaba Bea, moviéndose encima de mí mientras yo ahogaba sus gemidos a besos y le pellizcaba los pezones.

Giré la cabeza para ver a los otros. Adrián cabalgaba ahora la polla del chico mientras la suya, larga, daba latigazos contra la cara de Vanesa, que se afanaba en atraparla con los labios. Estiré la mano hasta su culo y ella, al notarme, se incorporó, se dio la vuelta y se clavó la polla de Adrián en el coño, empezando a cabalgarlo mientras el otro lo penetraba a él.

Me arrodillé frente a Vanesa para lamerle los pezones y estimularle el clítoris, y fui bajando hasta su coño, viendo cómo la polla de Adrián entraba y salía. Le agarré los huevos y se los apreté con suavidad, y eso bastó: se corrió en mi boca entre estremecimientos.

Después le ofrecí mi culo a cuatro patas. Adrián no perdió el tiempo: me abrió las nalgas y me penetró despacio, y una vez dentro se quedó quieto para que el chico volviera a empujar contra él. Cuando empezaron a moverse al unísono, yo sentía cada embestida que recibía Adrián como si fuera mía.

—¿Te gusta, verdad? ¿Disfrutas con una buena polla? —jadeó él.

No podía ni contestar. Entonces apareció ante mi boca la polla morena de Sabrina, que se había quitado el condón. La rodeé con los labios mientras Adrián seguía bombeando dentro de mí, y en nada noté cómo Sabrina se descargaba en mi boca a chorros, tantos que tuve que apartarme para no atragantarme. La limpié con la lengua por todo el tronco.

El chico que penetraba a Adrián anunció que se corría, se puso de pie y acabó en parte sobre mi espalda. Adrián seguía dentro de mí cuando me llegó otro orgasmo entre jadeos.

—¡Me voy a correr! —avisó él.

Le hice ponerse de pie frente a mí y, de rodillas, le metí la polla entre los pechos, masturbándolo con ellos y pasando la lengua por la punta hasta que se vació a borbotones.

***

Saciados, nos quedamos un rato tumbados recuperando el aliento. El chico se vistió en silencio y se despidió.

—No sabía yo que erais tan golfas las tres —dijo Adrián.

—¡Mira quién fue a hablar! —contesté—. Lo mismo te da carne que pescado.

—Mientras tenga una polla a mi disposición, no me importa tener un coño cerca —se rió—. ¿Y vuestros maridos qué dirían?

—Darío se va a morir de envidia cuando se lo cuente —dije.

—¿Tu marido? No me lo creo.

—Te sorprenderías. Sabrina le encantaría.

Sabrina, que seguía desnuda a un lado, se desperezó.

—Esto ha estado genial, pero me tengo que ir. ¿Os importa que me duche?

—Acompáñame si quieres —le ofreció Vanesa.

Las dos se metieron en el baño y al rato nos llegaron sus gemidos. A Bea, a Adrián y a mí, oírlos nos volvió a encender. Su polla empezó a endurecerse otra vez, y entre las dos se la lamimos de arriba abajo hasta que Bea se sentó encima de ella. Yo me coloqué sobre la cara de Adrián para que me lamiera el clítoris mientras Bea lo cabalgaba.

Sabrina pasó a despedirse, ya vestida, me dio un beso en la boca y se marchó. Los tres seguimos a lo nuestro hasta que Bea y yo nos corrimos casi a la vez, y Adrián terminó poco después sobre la espalda de Bea, que apenas podía moverse.

Ya limpios, pedimos cena al apartamento, demasiado cansados para salir.

—Chicas, tengo que decirlo: me habéis dado una sorpresa enorme las tres —confesó Adrián.

—Dos días más y te hacemos hetero —se carcajeó Vanesa.

—Eso ni de coña. Pero me ha encantado.

—Y las tres juntas somos peores —añadió Bea.

Cenamos entre risas y, agotados, nos acostamos. Nos quedamos dormidos casi al instante, ya con la certeza de que aquel fin de semana de chicas iba a dar para muchas conversaciones a media voz.

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Comentarios (4)

Tere_GBA

Que bueno!! me tuvo en vilo de principio a fin, no podia dejar de leer

LuciaEnBA

Por favor necesito una segunda parte. Quede con ganas de saber como siguio todo despues jaja

Diso44

Excelente relato, la tension esta muy bien lograda desde el primer parrafo. Sigue escribiendo asi!

MariK22

jajaja me lo veia venir pero igual lo disfrute un monton

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