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Relatos Ardientes

La madrastra de Diego escondía algo bajo el bikini

Me llamo Mateo y aquel verano acababa de cumplir veinticuatro años. Era un chico común, con un par de relaciones serias a la espalda y poco más que contar. Nada en mi vida anticipaba lo que pasó aquella tarde de julio.

Mi mejor amigo se llamaba Diego, y pasaba con él casi todos los días de calor. La razón era simple y un poco vergonzosa: su casa tenía piscina, y la mía no. Cada mañana cruzaba el barrio en bicicleta y me instalaba en su jardín como si fuera el mío.

Y ahí estaba ella. Salomé, la madrastra de Diego. No sé cómo describir a una mujer así sin que suene a exageración. La conocía desde hacía casi diez años, desde que se casó con el padre de Diego, y no hubo un solo día en que no me quedara mirándola de reojo.

Salomé era venezolana, morena y altísima. Tenía el pelo largo y oscuro, unas tetas grandes que le rebotaban al caminar y unas piernas que parecían no terminar nunca. Su voz era dulce, lenta, con ese acento cálido que te desarmaba sin esfuerzo.

Siempre que me veía llegar, sonreía y me revolvía el pelo con cariño. De niño aquel gesto me incomodaba. De adulto, en cambio, me ponía la piel de gallina y me obligaba a cruzar los brazos para disimular la erección que se me marcaba en el pantalón corto.

Aquel día era un martes cualquiera. Diego y yo estábamos metidos en el agua, salpicándonos como dos críos, cuando ella salió al jardín con una toalla bajo el brazo. Sentí el calor subirme a la cara antes que al resto del cuerpo.

Tranquilo, Mateo. Es la madrastra de tu amigo. Respira.

Pero no respiré bien. Salomé llevaba un bikini negro que parecía pintado sobre la piel, y cuando se tumbó en la hamaca y estiró el cuerpo al sol, sentí que la polla se me endurecía dentro del bañador de una manera difícil de esconder incluso bajo el agua.

Diego se acordó de repente de que tenía que entrar a buscar algo. Subió las escaleras del bordillo, se secó los pies y desapareció dentro de la casa. En ese mismo instante, Salomé giró la cabeza hacia mí.

—Mateo, ¿puedes venir un momento, por favor? —dijo, sin abrir los ojos.

—Espera, que estoy nadando —contesté, intentando ganar tiempo.

—Tiene que ser ahora.

No supe qué inventar. Me acomodé la verga como pude bajo la línea del agua, tomé aire y subí. Caminé hacia ella tratando de mantener la toalla por delante, pero ella me vio igual y soltó una risa baja, divertida, como quien descubre una travesura.

—Pablito… —empezó, y enseguida se corrigió—. Mateo, ¿me echas un poco de aceite por el cuerpo? El sol pega fuerte hoy.

—¿Eso no debería hacértelo Diego? —pregunté, con la garganta seca.

—Diego no está. Y no me llego sola a la espalda. Ayúdame, anda.

***

No supe negarme. Tomé el frasco de aceite bronceador que me tendía, me senté en el borde de la hamaca y dejé caer un hilo dorado sobre sus hombros. Empecé a extenderlo despacio, con las palmas abiertas, sintiendo cómo su piel morena se volvía suave y brillante bajo mis dedos.

Cuanto más la tocaba, más me costaba pensar. Bajé por la espalda, por la curva de la cintura, por el nacimiento de las caderas. Ella respiraba hondo y soltaba pequeños suspiros que me erizaban la nuca y me hacían latir la polla contra la tela mojada del bañador.

Entonces, sin avisar, se llevó las manos a la espalda y se desató la parte de arriba del bikini. La dejó caer sobre la hamaca y se quedó así, de frente al sol, con las tetas al aire, los pezones morenos y erectos apuntándome sin un atisbo de pudor.

—Échame también por delante —dijo, mirándome a los ojos—. No seas tímido.

Tragué saliva. Verti más aceite en mis manos y las llevé a sus tetas. La piel era cálida, la carne firme y pesada bajo la palma. Se las amasé despacio, hipnotizado, sintiendo cómo los pezones se le ponían más duros contra el centro de mi mano. Le rocé uno con el pulgar y ella soltó un gemido bajo que me atravesó la entrepierna. Seguí acariciándoselas durante varios minutos, apretándolas, jugando con los pezones entre los dedos, hasta que un destello de cordura me cruzó la mente.

—Salomé, Diego va a volver en cualquier momento. Deberíamos parar.

—Tranquilo, cariño —murmuró, atrapándome la muñeca con suavidad y guiándome de vuelta a su pecho—. Lo mandé a hacer unos recados al pueblo. Tardará. Estamos solos.

Aquella frase fue como prender una mecha. No medí las consecuencias. Me incliné y la besé, esperando que me apartara. No lo hizo. Me devolvió el beso con una urgencia que me dejó sin aire, deslizando la lengua dentro de mi boca, chupándome los labios, marcándome el ritmo, enseñándome cómo quería que la besaran. Con una mano me buscó la polla por encima del bañador y me la apretó, midiéndomela, sonriendo contra mi boca al notar lo dura que la tenía.

—Vamos arriba, a mi cuarto —jadeó contra mis labios—. Aquí no.

***

Subimos las escaleras casi a tropezones, riéndonos como dos cómplices. Su habitación estaba en penumbra, con las persianas a medio bajar y el aire fresco del ventilador. Nos dejamos caer sobre la cama y seguimos besándonos, sus manos enredadas en mi pelo, las mías recorriéndole los costados, apretándole el culo por encima del bikini.

Bajé por su cuello, por la clavícula, hasta hundirle la cara entre las tetas. Le lamí un pezón, se lo chupé entero, tirando de él con los labios, y ella gimió más fuerte y me clavó las uñas en los hombros. Cambié al otro y le hice lo mismo, mordisqueándoselo apenas, mientras ella me susurraba que no parara, que se los chupara todo lo que quisiera.

Mi mano descendió por su vientre, sin prisa, hasta llegar al borde de la braguita del bikini. Y entonces lo noté. Un bulto. No uno pequeño, no una arruga de la tela. Un bulto firme y evidente bajo mi palma. Me quedé congelado, con la mano quieta y la respiración detenida en mitad del pecho.

Salomé abrió los ojos y me miró con una calma extraña, como si hubiera estado esperando ese momento desde el principio.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó en voz baja—. ¿Notaste algo que no esperabas?

—Tú… tienes… —no me salían las palabras.

—Soy una mujer trans, Mateo. No sabía cómo decírtelo. Me daba miedo tu reacción. —Hizo una pausa y apartó la mirada—. Si quieres irte, lo entiendo. No te voy a guardar rencor.

Me incorporé en la cama, con el corazón latiéndome en las orejas. Nunca me habían atraído los hombres. Nunca había estado con una mujer trans. Todo lo que creía saber sobre mí mismo se tambaleó en un segundo.

¿Y si dejo pasar esto y me arrepiento el resto de mi vida?

Salomé se movió para levantarse, recogiendo la toalla, dándome el espacio para escapar. Y fue verla marcharse lo que decidió por mí. No lo pensé más. La sujeté del brazo y la atraje de vuelta a la cama.

Ella me miró sorprendida, y luego sonrió. Esa sonrisa lo cambió todo.

***

Le retiré la braguita del bikini con dedos torpes, tirando de la tela por encima de las caderas, y la liberé de la prenda que la apretaba. Lo que apareció me dejó sin habla: una polla gruesa, larga, oscura, tersa, con el glande brillante ya perlado por una gota de líquido preseminal. Contrastaba con la piel más clara de sus muslos y se le apoyaba pesada contra el vientre. Me quedé mirándola, paralizado entre el desconcierto y una curiosidad que no había sentido nunca.

—¿Qué pasa, Mateo? —rió ella, divertida—. ¿Nunca habías visto una así de cerca?

—Nunca —admití, sin apartar la vista.

—¿Quieres tocarla? No muerde. —Su voz se había vuelto un susurro ronco—. Solo si tú quieres.

Acerqué la mano despacio, casi con miedo, y la rodeé con los dedos. No me llegaban a cerrar del todo. Estaba caliente, palpitante, dura como una piedra bajo una piel suavísima. La moví arriba y abajo con torpeza, retirándole la piel del glande, y una nueva gota transparente le brotó por la punta. Salomé soltó un gemido largo y echó la cabeza hacia atrás contra la almohada, y ese sonido suyo me encendió de una forma que no supe explicar.

—Así, mi amor, con más fuerza —me guió, cerrando su mano sobre la mía y marcándome el ritmo—. ¿Ves qué rico? Es una polla, como la tuya, solo que la tengo yo.

La masturbé un rato así, aprendiendo el gesto, sintiendo cómo se le hinchaba entera bajo mi puño. Ella empezó a mover las caderas empujando contra mi mano, follándose mi puño con embestidas cortas, y cada empuje le arrancaba un jadeo más ronco.

—¿Y si la pruebas? —murmuró—. Nunca lo hiciste, ¿verdad?

—No. Jamás.

—Siempre hay una primera vez. Y te va a gustar, ya verás. Ven, chúpamela despacito.

Me incliné, dudé un instante con los labios entreabiertos a un palmo del glande, y al final me dejé llevar. Le pasé primero la lengua por la punta, tanteando el sabor salado del preseminal, descubriendo una textura nueva. Le lamí el glande entero, dando vueltas alrededor con la lengua, y después me atreví a abrir la boca y a metérmela dentro. Cabía a duras penas. Me la hundí hasta la mitad y me retiré, dejando un rastro de saliva brillando sobre la piel oscura.

Ella enredó los dedos en mi pelo, sin forzar, solo guiándome, marcándome un ritmo lento.

—Así, despacio —susurraba—. Chúpame la punta, sí, con la lengua ahí… muérdela suave, sí, mi amor, así.

Fui ganando confianza con cada movimiento. Me la metí más hondo, hasta que la punta me tocó el fondo del paladar y me atraganté un poco. Retrocedí, respiré por la nariz y volví a bajar, esta vez más despacio, tragándomela casi entera. Salomé gimió más fuerte y sacudió las caderas contra mi cara.

—Joder, sí, tráguela, cariño —jadeó—. Ay, qué boquita tan rica tienes, Mateo.

Cogí ritmo. La subí y la bajé por mi boca durante minutos, mientras con una mano le acariciaba los huevos morenos y pesados y con la otra la seguía masturbando por la base. Salomé no paraba de gemir, de retorcerse sobre las sábanas, de repetir mi nombre, y oírla así me empujaba a seguir, a entregarme a algo que nunca había imaginado para mí. Se me había puesto la polla dura como nunca dentro del bañador, y me la apreté con la mano libre por encima de la tela mojada.

—Joder, Mateo —jadeó, con la respiración entrecortada—. Para no gustarte esto, la estás mamando demasiado bien. Voy a correrme si sigues así.

Aceleré. Le chupé la punta con fuerza, dando pequeños golpes con la lengua bajo el glande, y noté cómo el cuerpo entero se le tensaba debajo de mí. Cerró los muslos alrededor de mi cabeza, me clavó los dedos en la nuca y arqueó la espalda.

—Me corro, me corro, cariño, sácala si no te la vas a tragar —gimió, apretando los dientes.

No la saqué. No sé por qué, pero no la saqué. Me la dejé dentro y noté el primer latigazo de semen caliente golpearme el paladar, y luego otro, y otro, llenándome la boca de un chorro espeso y salado. Me la tragué a duras penas, sin dejar de chupar, mientras ella se sacudía y jadeaba mi nombre. Cuando se quedó quieta, le solté la polla despacio, con los labios brillantes y un hilo de semen escurriéndoseme por la barbilla.

No contesté. No tenía palabras. Solo sabía que el muchacho tímido que había subido aquellas escaleras ya no era el mismo que ahora estaba arrodillado en su cama, con la boca llena del sabor de otra polla, descubriendo un deseo que ni siquiera sabía que vivía dentro de él.

Salomé me tiró del brazo y me subió sobre ella. Me besó en la boca sin asco, buscando su propio sabor en mi lengua, y me metió la mano dentro del bañador. Me agarró la verga y me la masturbó con fuerza, rápido, casi sin misericordia.

—Ahora te toca a ti, mi amor —susurró contra mi oído—. Córrete para mí, así, en mi mano.

Bastaron unos pocos movimientos suyos. Aguantaba desde hacía tanto que exploté enseguida, corriéndome en chorros gruesos que le mancharon los dedos, el vientre y el borde de las tetas. Ella se rió, satisfecha, y se llevó los dedos empapados a la boca para chuparlos delante de mí sin apartarme la mirada.

***

Estábamos tan perdidos el uno en el otro que ninguno escuchó el coche en la entrada. Fue el golpe de la puerta principal, abajo, lo que nos arrancó de golpe del trance. Diego había vuelto.

—¡Mierda! —solté, incorporándome de un salto.

Busqué mi bañador por el suelo y me lo puse a tirones, con las manos temblando y la polla todavía a medio bajar. Salomé, en cambio, se movía con una serenidad pasmosa, acomodándose la ropa, aunque aquel bikini diminuto apenas conseguía disimular la polla que un minuto antes había tenido dentro de mi boca.

—Me quedé con ganas de mucho más —me dijo, mientras se ataba el pelo en una coleta improvisada—. La próxima vez te la meto entera por el culo, ya lo verás.

Mientras yo intentaba recuperar la respiración, ella garabateó algo en un trozo de papel y me lo deslizó en la mano. Era su número de teléfono. Me sonrió, se acercó y me dio un último beso, breve y cargado de promesas, mordiéndome el labio inferior antes de soltarme.

Bajé las escaleras procurando que la cara no me delatara, con el sabor de su semen todavía en el fondo de la garganta. Diego estaba en la cocina, sacando refrescos de las bolsas, ajeno por completo a lo que acababa de ocurrir un piso más arriba.

—¿Y mi madrastra? —preguntó, sin levantar la vista.

—Tomando el sol, creo —mentí, con la voz más firme que pude fingir.

Salí al jardín y me senté en el borde de la piscina, con los pies en el agua y el papel doblado quemándome dentro del puño. No entendía del todo lo que había pasado. Me había besado con Salomé, sí. Pero también había descubierto su secreto, se la había chupado hasta hacerla correrse en mi boca, me había tragado su semen, y me había gustado.

Estaba confundido, eso era innegable. Mi cabeza era un torbellino de preguntas sin respuesta. Y, sin embargo, entre todo aquel desconcierto, solo había una idea clara, latiendo con fuerza en mi polla otra vez dura bajo el bañador: ya estaba contando las horas para el próximo encuentro con ella.

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Comentarios(8)

Marcos_cba77

Que relatazo!!! me dejo sin palabras

RosarioMdq

Por favor seguila, quede con ganas de saber que pasa despues. Tremendo final

NocheConRelatos

Me engancho desde el primer parrafo, muy bien armado el suspenso. Justo como me gustan los relatos

SergioLP

Jajaja no me lo esperaba para nada!!! genial el giro que le diste

LaPileta23

Hay continuacion planeada? porque quede con muchas ganas de saber que pasa despues de ese momento

MaestroLeón

Se me hizo cortisimo, quiero mas!! Muy buen laburo

Meli_cordo

Me gusto la forma en que construye la situacion de a poco, sin apuros. Se siente real y eso es lo mas dificil de lograr. Sigan asi!!

Ale_nocturno

Increible como con pocas palabras te mete de lleno en la historia. Felicitaciones!!

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