Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Soy trans y sumisa: así aprendí a obedecer

Buenas noches. Dejad que me presente antes de contaros nada de lo que me ha pasado, porque hay cosas que solo se entienden si sabes quién las cuenta.

Me llamo Sabrina para casi todo el mundo. Sabri o Bri para la gente que me quiere, y Brina para los muy pocos que me conocen de verdad. Soy una chica trans y tengo treinta y cuatro años. Llevo mucho tiempo queriendo escribir esto y siempre encontraba una excusa para no hacerlo. Esta noche, por fin, no la encontré.

No quiero hacer una serie ordenada ni una autobiografía con capítulos. Lo que quiero es ir poniendo por escrito mi vida tal como la recuerdo, sin orden, según me la vayan pidiendo. Vosotros preguntáis, yo respondo escribiendo. Me gusta la idea de que sea una conversación, no un monólogo. Pero para que tenga sentido, primero tenéis que saber quién soy ahora.

Trabajo en el sexo. Lo digo sin rodeos porque me cansé de los eufemismos. Follo por dinero y me gusta hacerlo. Comparto un piso de trabajo con otras dos compañeras en el centro de Valencia, y vivo en Torrent, en otro piso que comparto con mi mejor amiga. No tengo pareja. Nunca tuve demasiada suerte con eso, o quizá nunca busqué en el sitio correcto.

Hay tres palabras que me definen mejor que mi nombre: trans, sumisa y, desde hace un par de años, una chica en pleno proceso de transformarse en algo más dulce y más artificial, más muñeca. Me gusta esa palabra. Muñeca. Me la susurran al oído mientras me follan y se me afloja todo por dentro, el coño ya no lo tengo, pero se me afloja el culo y la boca, que son los que uso para complacer.

Físicamente soy alta, un metro ochenta y uno, y delgada. Siempre me cuidé, pero ahora lo hago con una intención distinta, casi obsesiva. Tengo la cara de rasgos suaves, los ojos de un gris azulado que cambia con la luz, y una melena rubia teñida que me cae en ondas hasta la cintura. Tengo tatuajes que cuentan cosas y piercings que escondo o enseño según el día, incluidos los dos que llevo en los pezones y el que me atraviesa el capullo de la polla. Lo que más miran de mí son las tetas: una talla grande que me operé dos veces y que pienso operarme una tercera, porque me gusta que reboten cuando me follan por detrás. Y, claro, la polla que me cuelga entre las piernas, que por trabajo y por gusto mantengo funcional, aunque casi nunca la uso para penetrar a nadie: la mía es la que se chupa y la que se corre cuando otro me la trabaja.

De carácter soy cariñosa hasta cansar. Desde pequeña me sentí bien cuidando, sirviendo, anticipándome a lo que el otro necesitaba antes de que lo pidiera. Tardé años en entender que eso no era debilidad, que era mi forma de desear. Obedecer me calma. Complacer me enciende. Abrir la boca cuando me lo ordenan y tragarme lo que me metan me hace sentir en mi sitio. Y una vez que lo acepté, dejé de pelearme con la única parte de mí que nunca me mintió.

No siempre fue así. Hubo una época en la que me avergonzaba de todo: del cuerpo con el que nací, de la voz que me costaba afinar, de las ganas que sentía y no me dejaba sentir. Crecí en un pueblo pequeño donde una chica como yo era poco menos que un escándalo, y aprendí a hacerme invisible mucho antes de aprender a maquillarme. Cuando por fin me marché y empecé a transformarme, lo hice con rabia y con miedo a partes iguales. La calma vino después, despacio, y vino de un sitio inesperado: de aceptar que me gustaba entregarme, abrir las piernas y el culo para el hombre que supiera pedírmelo bien.

Por eso escribo. No busco que me compadezcáis ni que me aplaudáis. Solo quiero contar mi vida tal como la viví, con sus partes luminosas y sus partes turbias, sin maquillar nada. Si algo de lo que cuente os toca por dentro, o os pone la polla dura, habrá valido la pena.

***

Os cuento cómo entendí todo esto, porque empezó con un hombre al que ni siquiera llegué a conocer del todo.

Fue hace tres inviernos, una tarde de lluvia en la que el piso de trabajo estaba muerto. Mis compañeras se habían ido a casa y yo me quedé porque no tenía ganas de coger el tren de vuelta. Estaba sola, en bata, sin bragas, viendo cómo el agua resbalaba por el cristal, cuando sonó el telefonillo.

—¿Sabrina? —dijo una voz grave al otro lado—. Llamé esta mañana.

No me acordaba de él, pero le abrí igual. Subió despacio. Cuando le vi en el rellano supe que aquella tarde iba a ser distinta. Era un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros, con una calma que ocupaba todo el pasillo. No me comió con los ojos como hacían casi todos. Me miró entera, sin prisa, como quien evalúa algo que va a tener entre las manos un rato largo.

—Eres más alta de lo que esperaba —dijo.

—¿Te molesta? —pregunté, ya con el tono de quien quiere agradar.

—Al contrario. Me gustan altas y con algo entre las piernas.

Se me subieron los colores y me temblaron las rodillas. Le hice pasar al salón. Le ofrecí una copa y, mientras se la servía, sentí sus ojos clavados en mi nuca, en la línea de la espalda, en la forma en que la bata se me pegaba al culo cuando me agachaba. No me tocó. Solo me miraba. Y esa mirada pesaba más que cualquier mano.

—Ven aquí —dijo, sentado en el sofá—. Despacio. Quiero verte caminar.

Obedecí. Crucé el salón sobre los talones, consciente de cada paso, y algo en mi pecho se ordenó solo, como cuando una pieza encaja por fin en su sitio. Esto es lo que soy, pensé. Esto, y no lo que finjo el resto del día.

Me detuvo a un palmo de sus rodillas.

—Arrodíllate.

Lo hice sin pensar, y al hacerlo solté un aire que llevaba todo el día reteniendo. Me apartó un mechón de la cara con dos dedos, lento, y me sostuvo la barbilla para que le mirara.

—No tengas prisa —dijo—. Hoy mandas tú en una sola cosa: en cuánto te gusta esto. En todo lo demás mando yo. ¿Está claro, muñeca?

—Sí, señor —susurré, y la palabra me salió sola.

Se abrió los pantalones sin dejar de mirarme y se sacó la polla ahí mismo, delante de mi cara. La tenía gruesa, dura, con la punta ya brillante. Me la puso a un centímetro de los labios y esperó, sin metérmela, solo enseñándomela para que la mirara bien.

—Sácame la lengua.

Se la saqué. Me apoyó la punta del glande en la lengua y la dejó ahí, quieta, mientras yo respiraba por la nariz y se me hacía la boca agua. Me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Chúpamela despacio. Como si me quisieras.

Abrí la boca y me la fui tragando centímetro a centímetro. La rodeé con los labios, la lamí por debajo, le pasé la lengua por el frenillo hasta hacerle temblar los muslos. Él me sostuvo el pelo con una mano, no para forzarme, sino para verme mejor. Me la sacaba, me miraba el hilo de saliva que se me caía por la barbilla, y me la volvía a meter, más honda cada vez. Cuando llegué a la base y la garganta se me cerró, tosí, se me llenaron los ojos de lágrimas, y él me acarició el pelo como quien acaricia a un animal que hace bien las cosas.

—Buena chica —dijo—. Trágamela otra vez. Más despacio.

Se la tragué otra vez, y otra, aprendiendo a respirar cuando la sacaba, aprendiendo a relajar la garganta cuando la empujaba. Le mamé las pelotas una a una, me las metí en la boca, se las lamí por debajo mientras le masturbaba con la mano llena de saliva. Se le escapó un gemido bajo, un gruñido casi, y ese sonido me mojó por dentro más que si me hubiera tocado. Yo por debajo de la bata ya tenía la polla dura, goteando en el suelo, y ni siquiera me atrevía a rozarme.

—Basta —dijo al rato, y me apartó de él con cuidado, sujetándome la mandíbula—. No quiero correrme todavía. Levántate.

Me levantó él mismo, tirándome del brazo. Me hizo subir a sus rodillas, de espaldas, y me habló al oído mientras me recorría los brazos con las yemas, sin tocar nada urgente, encendiéndome a fuego lento. Me dijo que era preciosa. Me lo dijo varias veces, con esa voz baja que se mete bajo la piel, y yo me derretí más con sus palabras que con sus manos. Soy así. La piel me responde, pero lo que de verdad me rinde es que alguien decida por mí, que me diga lo que soy y me lo crea.

—Date la vuelta —ordenó.

Me giré sobre él, a horcajadas, y por fin me besó. Fue un beso lento, profundo, de los que se toman su tiempo porque saben que no hay prisa. Me mordió el labio inferior justo cuando empezaba a relajarme, y el pequeño dolor me arrancó un gemido que no supe contener. Sentí su polla dura empujarme por debajo, apretada contra mi culo a través de la bata, y empecé a moverme encima, buscándola.

—Eso —murmuró contra mi boca—. Así te quiero. Sin disimular. Frótame ese culo de puta que tienes.

Me abrió la bata sin desnudarme del todo, dejándome a medias, expuesta y todavía cubierta, que es como más me gusta sentirme: en sus manos, sin decidir nada. Me recorrió el cuello con los labios, bajó por la clavícula, se detuvo en mis tetas con una atención que me hizo arquearme. Me chupó los pezones uno a uno, tirando del piercing con los dientes, y yo le agarré de la nuca, le pedí más sin palabras, empujándome contra su boca. Con la otra mano me buscó la polla por debajo, me la envolvió entera, y me la empezó a masturbar despacio, con la palma ya empapada de lo que me chorreaba.

—Mírate cómo estás —dijo—. Duro y goteando como una zorrita. ¿Así se te pone cuando obedeces?

—Sí, señor —jadeé.

—Quieta —dijo, y me apretó las caderas para frenarme cuando empecé a follarle la mano—. Cuando yo diga.

Y me quedé quieta. Temblando, con la polla palpitándome contra su puño cerrado, pero quieta. Esa obediencia, esa renuncia, me hizo sentir más mujer que cualquier operación. Porque elegir entregarme es lo único que nadie me regaló nunca; eso me lo gané yo, a pulso, aprendiendo a confiar.

Me tumbó en el sofá boca abajo, me subió la bata hasta la cintura y me abrió las piernas de rodillas. Sentí sus manos separarme las nalgas y su lengua, caliente y precisa, lamiéndome el culo de arriba abajo. Grité contra el cojín. Me lo comió sin prisa, con la boca abierta, ensopándome, metiéndome la lengua dentro hasta hacerme rogar. Me estaba enseñando quién mandaba con la boca antes que con la polla.

—Por favor —susurré, y no me dio vergüenza. Al contrario. Decirlo en voz alta me liberó algo—. Por favor, señor, fólleme.

—¿Fóllame cómo? Pídelo bien.

—Fólleme el culo. Métamela ya, por favor.

Se rio bajito y me mordió una nalga. Me abrió con dos dedos, primero uno, luego dos, mojados de su saliva, y me los movió dentro hasta que empecé a empujar yo sola contra su mano. Cuando ya estaba abierta, se colocó detrás, me sujetó las caderas con las dos manos y me puso la punta de la polla en el agujero. La sentí ahí, gruesa, esperando.

—Respira —dijo.

Respiré, y empujó. Entró despacio, con firmeza, ganando terreno centímetro a centímetro mientras yo apretaba los dientes contra el cojín y se me escapaba un gemido largo, mitad de dolor mitad de alivio. Cuando estuvo dentro del todo, con las pelotas apoyadas contra mí, se quedó quieto un segundo para que me acostumbrara. Me dio dos besos en la espalda, entre los omóplatos, mientras me acariciaba el pelo apartándomelo del cuello.

—Qué culo más apretado tienes, muñeca —murmuró—. Está hecho para esto.

Empezó a moverse. Al principio despacio, con embestidas largas y hondas, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter hasta el fondo, marcándome un ritmo que me obligaba a respirar con él. Yo me agarré al brazo del sofá con las dos manos y me abrí más, subiendo el culo, ofreciéndoselo entero. Cada vez que entraba del todo se me escapaba un gemido agudo, y él me contestaba con un gruñido ronco que me ponía todavía más.

—Así, buena chica. Ábrete para mí. Toda tuya.

Aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más duras, y el sofá empezó a golpear la pared con cada empujón. Me agarró del pelo con una mano, tiró de mí hacia arriba hasta ponerme de rodillas, con la espalda arqueada contra su pecho, y siguió follándome así, sujeta por el pelo, mientras con la otra mano me buscaba la polla por delante. Me la agarró y me la empezó a machacar al mismo ritmo con el que me embestía por detrás.

—¿Te gusta que te folle así, muñeca? Dilo.

—Me encanta, señor. Fólleme fuerte. Fólleme como a una zorra.

—Eso eres. Mi zorrita obediente.

Me lo dijo al oído, mordiéndome el lóbulo, y algo dentro de mí se rompió. Me tocó como quien lee, aprendiendo qué me hacía gemir y qué me hacía suplicar. Cada vez que encontraba un punto que me deshacía, volvía a él hasta dejarme al borde y entonces paraba, solo para verme retorcerme y pedir. Me llevó al filo tres veces, cuatro, dejándome pedirle a gritos que me dejara terminar, y solo cuando le rogué de verdad, con la voz rota, aflojó la mano en mi polla y me susurró que sí.

—Córrete. Córrete conmigo dentro. Mírame.

Me giré la cabeza hacia atrás, buscando sus ojos, y en cuanto los encontré exploté. Se me arqueó todo el cuerpo, la corrida me salió disparada contra el sofá en chorros largos mientras el culo se me cerraba entero alrededor de su polla, ordeñándosela sin querer. Él aguantó dos, tres embestidas más, cada vez más hondas, y con un rugido bajo se corrió dentro de mí, empujando hasta el fondo, vaciándose entero mientras yo lo notaba palpitar. Y fue eso, su mirada sosteniendo la mía y su semen llenándome, lo que me partió en dos.

Después me abrazó. Eso fue lo que más me sorprendió. Se dejó caer conmigo en el sofá, todavía dentro, y me sostuvo contra su pecho un buen rato, en silencio, mientras la lluvia seguía cayendo en el cristal. Cuando se la sacó, despacio, lo hizo con cuidado, y con dos dedos me limpió lo que le chorreaba y me lo pasó por los labios para que se lo chupara. Lo hice sin pensarlo. No tenía por qué quedarse. Estaba pagado, podía haberse ido. Pero se quedó, y me acarició el pelo, y yo me sentí, por una vez, simplemente cuidada.

—¿Estás bien? —preguntó al rato.

—Mejor que bien —dije, y era verdad.

***

Nunca volví a verle. Llamó un par de veces más a la semana siguiente, pero nuestros horarios no cuadraron y luego desapareció, como desaparece casi todo el mundo en este oficio. No me importó tanto como pensaréis. Me dejó algo más valioso que una segunda cita: me dejó la certeza de quién era yo cuando dejaba de pelearme conmigo misma.

A partir de esa tarde dejé de tener miedo de mi propio deseo. Entendí que ser sumisa no me hacía menos, que abrir la boca, el culo y las piernas para el hombre correcto es la forma más libre que conozco de estar con alguien. Y entendí que la mujer que quiero ser, esa muñeca dulce y obediente que voy construyendo a base de decisiones, no es una máscara. Es lo más sincero que tengo.

Por eso empiezo por aquí. Por una tarde de lluvia y un desconocido que me trató como yo siempre necesité que me trataran: como a la zorrita cariñosa que soy. Hay muchas más historias, algunas más tiernas, otras mucho más crudas. Las iré contando según me las pidáis.

Preguntadme lo que queráis. No me corto con nada. Vosotros decidís por dónde sigo, y a mí, ya lo sabéis, me encanta que decidan por mí.

Besos,

Brina.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios(7)

KittyCba

excelente relato!!! me encantó de principio a fin

pampero_73

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de mas

IreneValdes

Que manera de narrarse sin filtros. Se siente honesto y valiente. Muy bien logrado

MarisolNK

Me recordo a algo que yo misma viví hace unos años. Gracias por la valentía de contarlo así

EduardoFdez

¿Esto viene de una experiencia real? Se siente muy autentico, casi como un diario

VeroFC

La presentación engancha de entrada, no pude dejar de leer

Tukero85

seguí así!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.