La oferta del encargado cuando volví al ciber
Después de lo que pasó con mi antiguo compañero de trabajo, me encerré varios días en el departamento sin querer ver a nadie. Aquel encuentro me había roto algo por dentro, y al mismo tiempo me había mostrado lo que de verdad quería: dejar de fingir, vivir todo el tiempo como Daniela, sentir la piel sin la coraza con la que había crecido. Que me usaran así, sin nombre y sin cariño, me había hecho sentir minúscula, y descubrir que esa humillación me gustaba fue lo que terminó de empujarme.
Lo entendí con una claridad que asustaba: esto era lo que quería hacer con mi vida. Era mi forma de soltarme, de explorar un deseo que jamás había imaginado posible. No era el camino que nadie esperaría de mí, pero eso me daba igual. Era lo único que me hacía sentir viva.
Busqué otro departamento donde nadie hiciera preguntas. No me costó encontrar uno bonito y dentro de lo que podía pagar.
Gasté el resto de mis ahorros en lencería fina, tacones altos y juguetes de todo tipo. Quería ser la mejor en lo que había decidido ser, y estaba dispuesta a buscar mis límites para después cruzarlos.
Compré vestidos ajustados, jeans, calzas, carteras y maquillaje. Me aseguré de no salir nunca a la calle sin verme deseable.
***
La siguiente vez que pisé el ciber ya no era la misma. Jeans que me marcaban el culo, un top blanco que dejaba adivinar los pezones, una chaqueta negra y unos tacones con los que todavía tambaleaba, pero que me hacían sentir poderosa. Pelo negro liso hasta los hombros, aros de argolla, la cara maquillada con paciencia frente al espejo.
El chico del mostrador me recorrió de arriba abajo con una sonrisa torcida. Era alto, de hombros anchos, con tatuajes que asomaban bajo una remera ajustada. Había algo en su mirada que me apretó el estómago.
—Vaya, qué linda putita nos vino a visitar hoy —dijo, burlón, mordisqueando un palillo.
Me ruboricé, pero no bajé la cabeza. Daniela no se achica.
—Voy a una cabina —contesté, tratando de que la voz no me temblara.
Se rio, áspero, y se inclinó sobre el mostrador, demasiado cerca.
—¿Otra vez de ofrecida? ¿O ya te gusta tanto que ahora venís gratis?
La sangre me hirvió en la cara. Él soltó una carcajada, como si todo fuera un chiste suyo.
—Tranqui, «Daniela» —dijo, dibujando comillas con los dedos—. Antes de que pases, tengo una propuesta para vos.
Escupió el palillo a un costado y me agarró la muñeca con una mano grande y callosa.
—Tres veces por semana, dos horas gratis en las cabinas. A cambio… —sus ojos bajaron a mis labios pintados— soy el primero en usarte cada vez que vengas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Lo decía en serio?
—No… no sé —tartamudeé.
—Bueno, entonces seguí pagando como todos los maricones que vienen acá —y me soltó el brazo como si le quemara.
La humillación me ardió en la piel. Pero lo de puta se me sale por los poros, y no pude evitarlo.
—… ¿Podemos probar hoy? —pregunté en un susurro.
Su sonrisa fue lo último que vi antes de que me empujara contra la puerta del baño de empleados.
—Así me gusta.
No hubo preámbulos ni besos. Sus manos ásperas me bajaron el pantalón hasta los tacones, me arrancaron la tanga como si fuera un estorbo y me giraron contra la pared. Duele más cuando no hay ni un gesto de cariño.
El frío del azulejo me heló la mejilla mientras escuchaba el ruido del preservativo desenrollándose a mi espalda.
—No te muevas —gruñó, y obedecí.
Cuando entró, fue como un cuchillo, seco y cruel. Me aferré al lavamanos con las dos manos, mordiéndome el labial para no gritar. No llorar. No quejarme. No era eso lo que buscaban de mí.
Él no dijo una palabra, no me tocó con ternura. Fue puro cuerpo contra cuerpo, animal, hasta que jadeó y se derrumbó un segundo sobre mi espalda.
—No estás mal —dijo después, ajustándose el cinturón como si nada hubiera pasado—. Volvé el jueves.
Me dejó tirada ahí, con las piernas temblando y el maquillaje corrido.
Al salir del baño me miré en el espejo del pasillo. Daniela seguía ahí: despeinada, marcada, pero más fuerte que al entrar.
***
Las piernas todavía me temblaban cuando me metí en la cabina número doce, con el olor a sexo y a goma de preservativo flotando en el aire. Las paredes finas dejaban pasar los gemidos de la cabina de al lado: un hombre gruñendo, una voz ahogada, el sonido húmedo de un cuerpo siendo usado sin piedad. Una punzada de calor me corrió entre las piernas. Qué fácil era empaparme cuando el mundo entero olía a perversión.
Encendí la computadora y me conecté al chat interno del local. Escribí rápido.
«Pasiva femenina, cabina 12, prendida y sin límites.»
Los mensajes empezaron a llegar antes de que terminara de sentarme.
«20 lucas por anal sin condón.»
«Vení a la 8 y te como el culo primero.»
«¿Te gusta que te escupan adentro?»
Respiré hondo y contesté al más insistente.
«Cabina 12 lista. Preservativo obligatorio. Quince mil por veinte minutos.»
No había terminado de enviarlo cuando la puerta se abrió.
***
El primero fue un tipo de camisa azul y corbata floja, que olía a colonia barata y a ansiedad. Un ejecutivo apurado, de esos que miran el reloj mientras se desabrochan el cinturón.
—Dijiste quince —farfulló, peleando con la hebilla con dedos torpes.
—Sí, pero con condón —le recordé, sacando uno del bolsito.
Me miró como si le hubiera negado el cielo.
—Qué paja.
Pero igual pagó.
No me besó. Ni siquiera me tocó la cara. Solo me empujó de rodillas y me llevó la cabeza contra su verga, que olía a encierro y adrenalina. Me usó la boca como un mugroso usa el baño de una estación de servicio: rápido, impaciente, pensando en otra cosa. Cuando se corrió, ni siquiera avisó. Un gemido apagado, un sabor amargo en la garganta y un «gracias» entre dientes antes de irse.
En el pasillo ya esperaba otro.
***
Ese segundo sí sabía lo que hacía. Pantalón de tela, zapatos lustrados y una sonrisa que me hizo pensar que ya me había visto en algún lado.
—¿Sos nueva? —preguntó, pasando los dedos por mi cintura.
—Un par de veces nada más —mentí, sintiendo cómo sus uñas me marcaban la piel.
Él solo se rio.
—Lindo culito tenés para ser tan principiante.
Me agarró de las caderas y me dobló contra la silla de la computadora, sin preámbulos. El plástico del asiento me quemó los muslos cuando me empujó hacia adelante. Nada de cariño, nada de paciencia. Un dedo escupido entró de golpe mientras con la otra mano desenrollaba el preservativo.
—Relajate, nena.
Y después, la invasión.
Más grande que el anterior. Más lento, pero no más gentil. Cada embestida era un recordatorio de mi lugar: un agujero con precio. Me movió las caderas como si fueran un manubrio, ajustando el ángulo hasta que un gemido se me escapó solo.
—Ajá, ahí te duele —murmuró, satisfecho.
Cuando terminó, dejó un billete sobre el teclado.
—Volvé pronto. Te voy a buscar.
***
El último golpeó la puerta cuando ya faltaban cinco minutos. Delgado, joven, las uñas pintadas de negro y una mirada que me escaneó como si yo fuera su próxima tragedia.
—Cobrás por dejarte usar, ¿no? —preguntó con una voz demasiado dulce para lo que estaba diciendo.
El corazón me latió fuerte, pero asentí.
No hubo dinero por adelantado. No hubo condón hasta que se lo recordé con un hilo de voz. Solo manos que me hundían contra el piso, un muslo metido entre mis piernas para que no las cerrara y una polla que me abrió como un cuchillo. Gemí, y él me tapó la boca con la palma.
—Calladita, maricón. Sabías a qué venías.
Y no me dejó ir hasta que la pantalla de la computadora avisó que el tiempo se acababa.
***
Cuando salí, el encargado me vio pasar y sonrió desde el mostrador.
—Vas a volver, ¿eh? —preguntó, como si ya lo supiera.
Me acomodé el pelo y tragué el nudo que tenía atravesado en la garganta. Las piernas todavía me temblaban, pero por dentro había algo nuevo, una calma rara, casi orgullosa.
—Pronto —contesté.
Porque Daniela, aunque saliera rota de cada cabina, nunca dejaba de ser ella misma. Y, sobre todo, nunca dejaba de ser rentable.





