Lo que escondía bajo el traje en mi entrevista
Siempre fui discreto con mis gustos. De los que nadie sospecha. Treinta y seis años, complexión delgada, piel morena, y bajo el traje de lino azul marino que me puse esa mañana llevaba puesto el calzón de encaje más bonito de toda mi colección.
Me llamo Marcos. Cuando estoy solo, cuando me visto para mí, me llamo Valeria.
Soy travestí de clóset. Mi pareja lo sabe desde hace años. Lo aceptó con más calma de la que yo esperaba, aunque puso una sola condición: que esa parte de mí se quedara lejos de nuestra cama y de nuestro departamento. Así que Valeria vive en un cajón con llave, dentro de una maleta que guardo en el clóset del cuarto de visitas. Cuarenta y ocho prendas íntimas, doce sostenes, tres faldas y un vestido negro de tirantes que nunca he llegado a usar.
Empecé desde adolescente, como casi todos. Primero las prendas de mis primas, después las de mis novias, después las mías propias, compradas en línea con paciencia y criterio. Sé exactamente qué telas me sientan bien, qué cortes me favorecen, qué colores le quedan a mi tono de piel cuando me miro en el espejo de cuerpo entero que tengo escondido detrás de la puerta del baño.
Era martes cuando me llamaron de Consultoría Orinoco, una firma financiera mediana pero bien posicionada. Llevaba dos meses buscando trabajo después de que mi empresa anterior reorganizó toda el área de proyectos y me dejó fuera con una liquidación decente. El tiempo libre no me venía mal. Me daba para buscar con calma y para atender otras necesidades.
Me citaron a las diez de la mañana. La noche anterior saqué el traje de la funda, plané la camisa y elegí la corbata. Todo perfecto. Todo profesional. Pero a las seis de la mañana, mientras me duchaba, me depilé las piernas y pensé: ¿por qué no?
No era la primera vez que iba a una entrevista con lencería de mujer debajo. Había algo en esa sensación, en el secreto que llevaba pegado a la piel, que me daba una seguridad extraña. Como si tuviera un escudo invisible. Revisé el cajón y saqué un calzón de bikini color vino oscuro, de tela suave con un pequeño moño en la cintura. Discreto. Cómodo. Completamente mío.
Me lo puse, me vestí encima y salí.
***
La oficina de Consultoría Orinoco quedaba en el piso doce de un edificio de vidrio en el centro financiero. La recepcionista me indicó que esperara, y diez minutos después apareció la encargada de recursos humanos.
Se llamaba Lucía. Le calculé unos sesenta años, aunque se movía como si tuviera cuarenta. Vestía un traje sastre gris perla ajustado, el cabello blanco perfectamente ordenado, y llevaba unos aretes de perla que le daban un aire de directora de banco suizo. Me tendió la mano con firmeza.
—Marcos, qué puntual. Sígame, por favor.
La entrevista fue fluida. Lucía sabía lo que buscaba y lo preguntaba sin rodeos: manejo de proyectos, experiencia con clientes institucionales, disponibilidad para viajar. Yo respondía con la misma claridad. A los cuarenta minutos sentí que la cosa iba bien.
Entonces llegó el momento que no esperaba.
—Tenemos una política interna —dijo Lucía, cerrando su carpeta—. Antes de presentar tu candidatura al director general, necesitamos una revisión médica básica y un antidoping. Es estándar para todos los cargos de coordinación.
Estándar. Claro. Perfectamente estándar.
Asentí como si no sintiera el pánico subiéndome por la garganta.
—Pasamos a la enfermería —dijo, y ya estaba de pie.
Mientras la seguía por el pasillo, mi mente corría sola. Revisión médica significaba desvestirse. Desvestirse significaba que alguien iba a ver el calzón color vino con el moño en la cintura. Pensé en inventar cualquier excusa: que no había tomado agua y no podía dar la muestra, que tenía un dolor de estómago, que me había olvidado el documento de identidad. Pero todo sonaba absurdo incluso dentro de mi cabeza.
La enfermería era una habitación pequeña con olor a alcohol y luz fría. Un escritorio, una camilla cubierta con papel, un biombo de tela beige en el rincón, y un estante lleno de frascos y formularios.
—La enfermera pidió permiso hoy —dijo Lucía, abriendo un cajón con naturalidad—. Yo hago las revisiones cuando falta. No es nada complicado.
Llenó un formulario con mis datos. Me entregó un frasco para la muestra. Y después señaló el biombo.
—Puedes pasar detrás. Quítate la ropa de arriba y quédate en ropa interior. Luego me avisas.
Pasé detrás del biombo. Me quité la chaqueta y la colgué en el gancho que había en la pared, me desanudé la corbata, la doblé con cuidado. Me desabroché la camisa botón por botón. Todo lo hice despacio, como si el tiempo que tardara en desvestirme pudiera cambiar lo que iba a pasar.
Cuando llegué al cinturón, me detuve.
Podía quedarme con el pantalón puesto y decir que no me lo iba a quitar. Podía inventar algo.
Pero algo en mí no quería fingir. Era una sensación que reconocí porque la había sentido antes: ese calor en el pecho que viene cuando el secreto está a punto de salir. No era miedo exactamente. Era anticipación.
Me bajé el pantalón. Lo doblé y lo coloqué sobre la silla junto a la chaqueta. Me quedé en el calzón de bikini color vino, las piernas rasuradas, el abdomen plano, y respiré hondo antes de dar un paso y salir de detrás del biombo.
Lucía levantó la vista del formulario.
No dijo nada durante dos o tres segundos. Me miraba sin parpadear, con esa expresión que tienen las personas cuando procesan algo que no esperaban. Después, con la misma calma con la que había manejado toda la entrevista, volvió a bajar la vista al papel.
—Date vuelta, por favor. Reviso si tienes tatuajes en la espalda.
Me di vuelta.
—¿Tatuajes?
—No.
—Bien. —Hizo una marca en el formulario—. ¿Cicatrices de intervenciones quirúrgicas?
—Ninguna.
—Perfecto.
Anotó algo más. Hubo un silencio que no era incómodo exactamente, pero tampoco era neutral.
—Marcos —dijo Lucía, sin levantar la vista—. En esta empresa no juzgamos los gustos personales de nadie.
Lo dijo en el mismo tono con el que me había preguntado sobre mi experiencia con clientes institucionales. Sin énfasis. Sin burla. Sin una sola inflexión fuera de lugar.
—Lo agradezco —respondí.
—Tu perfil es exactamente lo que estamos buscando. Solo falta que el director general te dé el visto bueno. Le mandé tu información esta mañana y me confirmó que podía recibirte hoy.
—¿Hoy mismo?
—En unos minutos. —Dejó el bolígrafo—. ¿Puedes esperar?
No me había vestido todavía. Estaba de pie en ropa interior femenina en la enfermería de una empresa donde acababa de tener la mejor entrevista de trabajo de los últimos dos años. Y la mujer que tenía delante actuaba como si eso fuera lo más normal del mundo.
—Sí —dije—. Puedo esperar.
***
El director general se llamaba Roberto. Entró sin llamar dos minutos después, con el paso seguro de alguien que no acostumbra esperar permiso. Cincuenta y pocos años, de baja estatura y complexión robusta, traje oscuro impecable, cabello canoso cortado muy corto. Tenía una expresión que no revelaba nada.
Me vio de arriba abajo sin disimulo.
Sus ojos se detuvieron en el calzón. Se quedaron ahí un momento más de lo estrictamente necesario.
—Marcos —dijo, tendiéndome la mano—. Roberto Castaño. Mucho gusto.
Le estreché la mano. Él no la soltó de inmediato.
—El gusto es mío.
—Lucía me ha dicho cosas muy buenas de ti. —Sus ojos volvieron, brevemente, hacia abajo—. Veo que eres un hombre de gustos particulares.
—Son de mi pareja —respondí, por reflejo.
Roberto sonrió. Era la primera vez que sonreía desde que entró.
—Claro que sí. —Hizo una pausa—. ¿Cuánto tiempo llevas usándolos?
Sabía que no me creía. Y yo sabía que él sabía.
—Tiempo suficiente como para saber cuáles me quedan bien —dije.
Algo cambió en su cara. Una tensión que no era incomodidad sino todo lo contrario.
—Tienes razón —dijo—. A ti te quedan bien.
Se acercó un paso. Lucía recogió sus papeles en silencio, dijo «los dejo para que conversen» y salió, cerrando la puerta con suavidad.
Roberto se quedó a menos de un metro de mí. Bajó la vista al calzón sin disimulo esta vez, sin la pantalla de la formalidad.
—¿Cuánto crece? —preguntó.
La pregunta me tomó desprevenido, aunque no debería haberlo hecho.
—Cuando está despierto, bastante más.
—¿Me dejas verlo?
No había amenaza en su voz. No había presión. Era una pregunta directa, formulada con la misma tranquilidad con la que podría haber preguntado mi disponibilidad para viajar. Y esa tranquilidad, paradójicamente, fue lo que me hizo responder que sí.
Saqué mi pene sin quitarme el calzón, moviéndolo apenas a un lado. Roberto lo miró un momento y después extendió la mano y lo tomó. Sus dedos eran gruesos y seguros. Empezó a moverlos despacio, con una presión constante que no dejaba margen para la vacilación.
Crecí rápido. Era la primera vez que un hombre me tocaba así y la sensación era distinta de lo que había imaginado: más directa, más sin ceremonias.
Roberto se agachó.
Lo que siguió fue metódico y experto. Tomó mi pene en la boca sin vacilaciones, con una técnica que dejaba claro que no era la primera vez ni la segunda. Lo hacía despacio al principio, dejando que la presión se acumulara, y después más profundo, hasta que sentí su garganta cerrarse alrededor. Me apoyé con una mano en el borde de la camilla para no perder el equilibrio.
Pasaron varios minutos así. Cuando por fin levantó la cabeza, mi pene estaba completamente erecto.
Roberto se incorporó. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta con movimientos rápidos y precisos, y cuando empezó a desabrocharse la camisa entendí que esto no había terminado.
Debajo del traje oscuro de director general, Roberto llevaba un conjunto de lencería color marfil: una tanga con encaje fino en la cintura y un sostén a juego, completamente transparentes. Su propio pene, pequeño y completamente erecto, asomaba tenso contra la tela.
Me miró a los ojos.
—Supongo que ahora ya sabes que aquí entendemos ciertas cosas —dijo.
No respondí. No era necesario.
Roberto caminó hasta la camilla y se recostó boca abajo, apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados. Corrió la tanga hacia un lado con dos dedos, despacio, dejando expuesto su ano.
—Con cuidado al principio —dijo en voz baja.
En el bolsillo interior de mi chaqueta, que seguía doblada sobre la silla, tenía un condón. No sabría decir por qué lo llevaba esa mañana. Tal vez porque Valeria siempre lo lleva.
Me lo puse y me coloqué detrás de él. Humedecí mi pulgar y lo presioné suavemente contra su entrada para sentir cómo respondía. Roberto no se tensó. Todo lo contrario: aflojó los músculos con la familiaridad de alguien que conoce muy bien su propio cuerpo.
Entré despacio.
La resistencia inicial fue mínima. Fui introduciéndome poco a poco, sin apuro, hasta que estuve completamente dentro. Él soltó un sonido bajo, contenido, que no era dolor. Sus caderas empujaron levemente hacia atrás para recibirme, lo que me indicó que podía aumentar el ritmo.
Lo hice. Gradualmente. Con cada movimiento la presión crecía, y Roberto empujaba a su vez para encontrarme, marcando él mismo la profundidad que quería. El papel de la camilla se arrugaba debajo de nosotros y ese era el único sonido, junto con nuestra respiración.
—Así —dijo una vez, en voz muy baja.
Con la mano libre, Roberto se masturbaba. Podía sentir el movimiento rítmico de su brazo mientras yo lo penetraba, y esa imagen, ese hombre de traje que ahora llevaba lencería de encaje color marfil debajo de mí mientras yo tenía puesto un calzón de bikini color vino, era tan improbable y tan real al mismo tiempo que algo se me aceleró por dentro de un modo que no tenía nombre.
Terminé dentro del condón, con un empuje final que lo hizo presionar la cara contra su antebrazo.
Nos quedamos quietos unos segundos. Él boca abajo, yo de pie detrás, recuperando el aliento.
***
Roberto se incorporó, ajustó su tanga, recogió la camisa del suelo y empezó a vestirse con la misma eficiencia con la que se había desvestido. Cuando ya estaba completamente presentable, con la corbata ajustada y la chaqueta en su lugar, se giró hacia mí.
—El trabajo es tuyo —dijo—. Lucía te tiene el contrato listo.
Y después, casi como un añadido:
—Una cosa. No está en el contrato, pero es condición. Cada día que vengas a trabajar aquí, quiero que traigas puesto algo tuyo. No algo de tu pareja.
Sonrió por segunda vez. Salió sin más.
Lucía me esperaba en su oficina con una carpeta beige sobre el escritorio. Me la tendió sin comentarios, salvo uno al final, cuando yo ya estaba en la puerta con el contrato bajo el brazo.
—Bienvenido al equipo, Marcos. —Hizo una pequeña pausa—. O como prefieras que te llamemos.
Bajé los doce pisos en el ascensor solo, con el corazón todavía acelerado y el calzón color vino debajo del pantalón de lino.
Esa noche abrí la maleta del clóset y saqué el vestido negro de tirantes que nunca había llegado a usar.
Era hora de estrenarlo.