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Relatos Ardientes

La travesti que invitó al elotero a casa

Tengo veintidós años y llevo casi dos viviendo sola en este departamento del quinto piso, lo que significa que también llevo dos años siendo la única responsable de mis antojos. Nocturnos o no. Alimenticios o no.

Esa noche estaba acostada en la cama con el teléfono sobre el pecho, viendo un video en el que dos chicas trans hacían cosas que me mantenían más que entretenida —una tenía a la otra doblada contra el borde del sofá, cogiéndosela por el culo con una polla más grande que mi antebrazo, y la de abajo gemía como si le estuvieran arrancando el alma por atrás—, cuando escuché el pitido inconfundible del carrito del elotero barriendo la calle de abajo. Esa campanita metálica que suena igual desde que tengo memoria, y de golpe lo único que quería en el mundo era un elote con chile y limón.

Me levanté de un salto. No pensé en la hora —eran casi las nueve de la noche— ni en cómo estaba vestida. Solo pensé en el elote.

Bajé las escaleras casi corriendo, con la playera azul que me queda hasta la cadera y las lycras blancas que hacía tiempo que debí haber guardado para estar en casa. Son de esas que de noche, bajo la luz de los postes, prácticamente dejan de existir. La tanga negra de hilo que llevaba debajo, esa que se pierde entre las curvas de mis nalgas, era lo más cercano a ropa interior que tenía en ese momento. Ni siquiera recordé que andaba así hasta que ya estaba en la banqueta.

—¡Señor, espere! —lo llamé, moviendo el brazo desde la acera.

El hombre frenó el carrito y se volvió. Tendría unos cincuenta y tantos, moreno, con la cara cansada de quien lleva horas empujando esa estructura por la colonia. Pero los ojos no los tenía cansados. Los ojos los tenía muy despiertos, y cuando me vieron, se detuvieron exactamente donde yo hubiera esperado que se detuvieran: en mis muslos, en la línea de mis caderas, en las nalgas que las lycras envolvían sin dejar nada a la imaginación.

No me di cuenta en ese momento. Solo pensaba en el elote.

—¿Me prepara uno con todo? —le pregunté acercándome.

—Claro que sí —respondió, aunque la voz le salió rasposa, como si tuviera que aclararse la garganta antes de seguir hablando.

Mientras él abría las hojas del elote y lo sumergía en la salsa, yo noté que la mirada no se le despegaba del cuerpo. Iba de mis muslos a mis caderas, de mis caderas a mi espalda cuando me giré instintivamente a buscar el dinero en el bolsillo imaginario de esas lycras que, por supuesto, no tenían bolsillos.

El dinero. Por supuesto.

—Un momento, que olvidé la cartera —le dije con la mejor sonrisa que pude improvisar.

—No hay problema —respondió—. Pero apúrese, que tengo que seguir.

Subí rápido, agarré los billetes de encima de la mesa del recibidor y bajé de nuevo. Para cuando llegué, el señor ya tenía el elote listo y me lo extendió sin decir nada, aunque los ojos hablaron solos cuando me detuve frente a él bajo la luz del poste. Pagué. Le agradecí que hubiera esperado. Y cuando pensé que el asunto terminaba ahí, lo miré de verdad por primera vez.

Estaba sudado. Tenía los hombros caídos de quien lleva jornadas de pie desde temprano. Y aun así, algo en la forma en que me sostuvo la mirada me hizo quedarme un segundo más de la cuenta.

—¿Quiere un vaso de agua? —le pregunté, casi sin pensarlo.

Dudó. Luego asintió.

Entré a buscar la botella y cuando salí, él ya había acercado el carrito más a la entrada del edificio. Aceptó el agua con las dos manos y tomó varios tragos largos sin apartar los ojos de mis piernas. Cuando terminó, me devolvió la botella vacía.

—Oiga —dijo, bajando un poco la voz—, ¿me podría prestar su baño un momento? Llevo horas en la calle.

—Claro —le dije—. Pase.

***

Lo guié adentro y le señalé la puerta del baño al fondo del pasillo. Me senté en el sillón de la sala a esperarlo, con el elote todavía en la mano, dando mordiscos distraídos y pensando en el video que había dejado pausado en la habitación —la chica de abajo ya no gemía, gritaba, con la polla de la otra entrándole hasta el fondo—.

Pero los minutos pasaban y el señor no salía.

Cinco minutos. Siete. Casi diez.

Me levanté despacio, sin hacer ruido, y caminé hasta la puerta del baño. Y entonces lo escuché. No era el sonido del agua corriendo. Era otro sonido: uno húmedo y acompasado, con la respiración acelerada del otro lado de la madera. El chasquido inconfundible de una mano subiendo y bajando por una polla dura, con la piel resbalando por saliva o por lo que fuera que estuviera usando de lubricante. Un sonido que yo conocía muy bien porque lo producía yo misma con bastante frecuencia.

El señor se estaba masturbando en mi baño. Pensando en mí. En mis nalgas dentro de las lycras. En mi coño marcado bajo la tela blanca. Se estaba haciendo una paja pensando en la chamaca que le acababa de comprar un elote.

Me quedé paralizada dos segundos. Luego sentí el calor subirme desde las piernas hasta la base del cuello, un calor que no tenía nada que ver con la vergüenza. Mi coño se apretó solo, como reconociendo la situación antes que mi cabeza. Las tetas se me endurecieron bajo la playera y sentí los pezones raspando la tela azul.

Me apoyé en la pared junto a la puerta, con la espalda pegada al muro, y sin pensarlo demasiado, metí la mano por dentro de las lycras y de la tanga. Mi coño ya estaba empapado, hinchado, con los labios abiertos y resbalando de lo mojada que me tenía la sola idea de ese viejo con la verga en la mano al otro lado de mi puerta. Encontré el clítoris de inmediato, duro como un botón, y empecé a moverlo en círculos despacio, con el dedo del corazón, mientras con el índice y el anular me abría los labios y me acariciaba la entrada, hundiendo la punta de un dedo hasta sentir cómo mi coño se lo tragaba sin resistencia.

Del otro lado, el ritmo del hombre se aceleró. Escuché un gemido bajo, contenido, un jadeo ronco de macho al borde. Yo metí un segundo dedo y los curvé hacia adelante, buscando el punto que sabía que me hacía chorrear, y empecé a bombearme mientras con la otra mano me apretaba una teta por encima de la playera. Los gemidos que me costaba trabajo contener los ahogué contra el hombro, mordiendo la tela de mi propia manga para no delatarme.

Fue entonces cuando sonó mi celular sobre el sillón, con el volumen al máximo.

Del baño llegó el silencio de golpe. Escuché movimiento rápido. Me saqué los dedos del coño, los dejé brillando de mis propios jugos, y me alejé corriendo de la puerta para dejarme caer en el sillón justo antes de que la manija girara. Me limpié los dedos disimuladamente contra la parte interna del muslo.

El señor salió con la cara roja y sin poder sostenerme la mirada más de un segundo. Le vi el bulto todavía marcado, apenas disimulado bajo el pantalón. No había terminado. Yo lo había interrumpido.

—Disculpe la tardanza —dijo—. Me entretuve.

—No se preocupe —respondí, con la voz más ronca de lo que hubiera querido—. Cuando quiera volver, ya sabe dónde vivo.

***

Lo acompañé a la puerta. Caminé delante de él, despacio, muy consciente de lo que estaba haciendo con las caderas, contoneándomelas para que se le grabaran a fuego. Escuché detrás de mí algo entre suspiro y jadeo contenido, y cuando llegamos a la entrada y me giré a despedirme, él ya no hacía ningún esfuerzo por disimular. El bulto en su pantalón era evidente. Grande. Indiscreto. La clase de bulto que no pasa desapercibido aunque uno se esfuerce en no mirar. La cabeza de la polla se marcaba contra la tela apuntando hacia arriba, y yo alcanzaba a ver hasta el contorno de la corona.

Yo no me esforcé en no mirar.

Nuestros ojos se encontraron. Él sabía que yo sabía. Y yo sabía que él lo sabía.

Del carrito tomé un elote sin preparar. Lo sostuve en la palma y empecé a acariciarlo despacio, de abajo arriba, cerrando el puño alrededor y deslizándolo como si le estuviera haciendo una paja a un hombre, sin apartar la vista de él. La polla del viejo dio un tirón visible dentro del pantalón.

—¿Cuánto me cobra por uno de estos, así, sin cocinar?

—Ese es suyo —dijo él, con la voz más grave que antes—. ¿Para qué lo quiere?

—Para metérmelo en el culo más noche —respondí, sin bajar la voz—, en la cama. Me voy a acordar de usted mientras me lo cojo con esto.

Silencio. Largo. Caliente. La polla se le hinchó otro centímetro dentro del pantalón, lo vi.

—Me gustaría ver eso —dijo finalmente.

Le sonreí.

—Si quiere, puede pasar a ayudarme a prepararlo.

No lo pensó dos veces.

***

De vuelta en la cocina, puse el elote bajo el chorro de agua fría y empecé a quitarle las hojas una por una. Él se quedó a un paso detrás de mí, demasiado cerca, respirándome en la nuca. Sentí el calor de su cuerpo antes de sentir sus manos, y cuando sus manos llegaron a mis caderas, ásperas y pesadas, callosas de años de empujar carritos y cargar mazorcas, solté el aliento que no sabía que estaba aguantando. Me apretó las caderas y me atrajo hacia atrás, y sentí toda la longitud de su verga dura pegándose contra el hueco de mis nalgas, apenas separada por dos capas finas de tela.

—Está usted temblando —murmuró contra mi oreja.

—No estoy temblando —le mentí, con la voz rota.

Me subió la playera por encima de las tetas de un tirón. No traía sostén. Me quedaron los pechos al aire, los pezones parados, y sus manos —esas manos gruesas, morenas, de trabajador— me los agarraron enteros y empezaron a apretármelos, rodando los pezones entre el pulgar y el índice hasta hacerme gemir. Bajó la boca a mi cuello y me lo mordió, chupándome la piel, mientras su verga seguía presionándose contra mi culo con un ritmo lento y hambriento.

No aguanté más. Tomé el elote con las dos manos y lo metí en la boca, despacio, con la lengua trabajando alrededor desde la punta, chupándolo entero como si fuera una polla, ensalivándolo, moviéndolo hacia adentro y hacia afuera de mis labios mientras lo miraba por encima del hombro.

Se le cortó la respiración. Me apretó las tetas más fuerte y empujó las caderas contra las mías con un gemido ronco.

Empecé a mover el elote en la boca con un ritmo lento, deliberado, sacando la lengua por debajo y lamiéndole la punta, mirándolo todo el tiempo. Sus manos recorrieron mis caderas, bajaron a mis muslos, volvieron a subir a las nalgas y me las apretaron con fuerza, abriéndomelas por encima de la tela. Empujé hacia atrás hasta que sentí la verga clavándoseme entre las nalgas, firme e insistente, y él tampoco se apartó. Al contrario: empezó a restregarse contra mí como un perro en celo, gruñendo bajito contra mi oreja.

Me giró despacio, con una mano en la cadera y la otra en el hombro. Tenía los ojos oscuros y la cara de alguien que lleva tiempo queriendo algo que no se había permitido. Me miró de arriba abajo una última vez, se detuvo en mis tetas al aire, en la humedad que ya empezaba a marcarse en las lycras a la altura del coño, como tomando una decisión que ya estaba tomada desde hacía varios minutos.

Y bajó.

***

Sus manos descendieron la lycra con una lentitud desesperante, de rodillas frente a mí, con la cara a la altura de mis caderas. Me quedé solo con la tanga de hilo empapada, y él la contempló un momento como si fuera un problema que tenía que resolver. La tela negra se me había metido entre los labios del coño y transparentaba el brillo de mis jugos. La apartó con los pulgares sin ningún apuro, dejándome el coño completamente expuesto ante su cara, rasurado, hinchado, brillando de lo mojada que estaba.

—Mírala nomás —dijo con la voz enronquecida—. Toda mojada por un viejo.

—Cállese y chúpemelo —le contesté, agarrándolo del pelo y jalándolo hacia mí.

Lo que siguió fueron varios minutos que no voy a olvidar pronto. Empezó por lamerme el interior de los muslos, subiendo despacio, respirándome encima antes de tocarme. Cuando por fin su lengua se estrelló contra mis labios, lo hizo con hambre. Me abría con los pulgares y hundía la lengua entera dentro de mi coño, sacándola y volviéndola a meter, follándome con ella como si fuera una verga pequeña y caliente. Subía al clítoris y me lo chupaba con los labios, succionando, luego lo azotaba rápido con la punta de la lengua, luego lo tomaba entero en la boca y lo mamaba como se mama un pezón.

—Ay, así, así, papi, no pare —gemí, ya sin ningún pudor, con la cabeza tirada hacia atrás.

Su lengua era lenta e insistente, sin prisas, sin el nerviosismo que yo esperaba de alguien de su edad. Un hombre que sabía comer coño. Que se había comido muchos. Cada vez que gemía yo, él apretaba más fuerte y empujaba con más ganas. Me metió dos dedos gruesos al mismo tiempo que me chupaba el clítoris, y los curvó adentro buscando ese punto que me hizo doblarme sobre él. Tuve que apoyarme con ambas manos en la encimera para no caer.

—No pare —le dije en algún momento, casi llorando de placer—. Por favor, no pare, me voy a correr, me voy a correr encima de su cara.

No paró. Aceleró. Me metió un tercer dedo, me abrió, me chupó el clítoris con más fuerza, y yo sentí cómo el orgasmo me subía desde las plantas de los pies. Le apreté la cabeza entre los muslos y me corrí en su boca con un grito largo, chorreando encima de su lengua, temblando entera, mientras él seguía chupándome y bebiéndose todo lo que salía de mí sin apartarse ni un centímetro. Cuando por fin lo dejé apartarse, tenía la barba brillando de mis jugos y una sonrisa satisfecha que no le había visto en toda la noche.

***

Cuando ya no pude más, lo detuve con una mano en el hombro, todavía temblando. Tomé el elote de la encimera, lo mojé bien en la saliva de mi propia boca, y me giré para apoyar las manos en la encimera y sacar el culo hacia atrás. Pasé la mazorca despacio por la abertura de mis nalgas, aún húmeda de su lengua y de mi propia corrida, presionando la punta contra el ano hasta que cedió la resistencia. El grosor era diferente al de los dedos: más irregular, con esos granos que se sentían raspar y masajear al mismo tiempo, más denso, más extraño y al mismo tiempo exactamente lo que quería en ese instante.

Empujé poco a poco. Sentí cómo mi ano se abría alrededor de la mazorca, cediendo centímetro a centímetro, tragándose el elote con un ardor delicioso. Él se había quedado arrodillado detrás de mí, con los ojos fijos en cómo me penetraba a mí misma por el culo, respirando por la boca.

—Despacio —dijo con voz ronca—. Ábrase bien.

Obedecí. Metí más. Sentí el elote llenándome, estirándome, abriéndome de una manera que ninguna polla me había abierto antes. Saqué. Volví a meter. El ritmo se fue acelerando solo, como si el cuerpo supiera lo que necesitaba sin que yo tuviera que razonarlo. Grité de placer sin disimular, sin contenerme, con los ojos cerrados y las manos aferradas al borde de la encimera mientras el elote entraba y salía de mi culo con un chasquido húmedo. Sentí la mano del hombre metiéndose entre mis piernas, empezando a acariciarme el clítoris al mismo ritmo con el que yo me cogía el culo con el elote, y eso me hizo enloquecer.

—Métamelo usted —le pedí, jadeando—. Cójame el culo con esto.

Tomó la mazorca de mi mano y empezó a moverla él mismo, con una firmeza que a mí me faltaba. Empujaba y sacaba, empujaba y sacaba, con la otra mano frotándome el clítoris sin parar. Estuve así casi diez minutos, con la cara apretada contra la encimera fría y el culo empalado en un elote que el mismo elotero me estaba metiendo. Me corrí otra vez, con el ano contrayéndose alrededor de la mazorca y las piernas temblándome tanto que apenas podía mantenerme de pie.

***

Cuando lo saqué, me giré y me arrodillé frente a él sin pensarlo. Le abrí el cinturón con dedos torpes. Le bajé el pantalón y el calzón de un jalón. Lo que apareció me hizo rodear la base con los dedos antes de decir una sola palabra.

Era grueso. Caliente. Más largo de lo que había parecido en el bulto. Con las venas marcadas de quien lleva horas en pie y toda esa tensión concentrada en un solo punto, con la cabeza morada e hinchada y una gota gruesa de líquido preseminal colgándole de la punta. Se la lamí de un movimiento, saboreándola, y él soltó un gemido gutural que me hizo apretar los muslos.

Me la acerqué a la boca y empecé despacio, con la lengua en la punta, dando vueltas alrededor de la corona, luego con los labios cerrándose alrededor y bajando de a poco, luego con el movimiento completo, tragándomela hasta donde podía, sacándola con un hilo de saliva colgando y volviéndomela a meter con la presión constante de los labios y la lengua trabajando por debajo. Él puso una mano en mi cabeza, no para forzar nada, solo para apoyarse en algo sólido.

—Dios —dijo en voz muy baja—. Chamaca, cómo mama usted.

Me la saqué de la boca solo para lamerla desde la base hasta la punta, larga y despacio, sosteniéndole los huevos con la otra mano y masajeándoselos. Le lamí los cojones enteros, uno por uno, chupándoselos, mientras con la mano no dejaba de hacerle una paja lenta. Después volví a metérmela en la boca, hasta el fondo esta vez, hasta sentir la punta pegándome en la garganta, y me quedé ahí, con los ojos llorosos y la nariz contra su vientre, tragando alrededor de ella.

—Puta madre —gimió.

Aceleré el ritmo. Empecé a chupársela con ganas, ruidosamente, sin importarme la saliva que me chorreaba por la barbilla y me caía en las tetas. Me concentré en él: en su respiración, en los pequeños movimientos involuntarios de las caderas, en cómo empezó a follarme la boca despacio, en las señales del cuerpo de alguien que no acostumbra a recibir esto. No tardó mucho. Cuando llegó al límite, llegó de golpe y con fuerza, con un sonido que era mitad gruñido y mitad sorpresa.

—Me vengo —alcanzó a advertir, pero yo no me aparté. Al contrario. Me la metí más adentro.

Sentí el primer chorro de semen caliente estrellándose contra el fondo de mi boca, espeso, abundante. Después vino el segundo, y el tercero. Tragué todo lo que pude sin dejar de chupar, sin dejar de mover la lengua alrededor, exprimiéndolo hasta la última gota. Cuando el pulso final le sacudió las caderas, me la saqué de la boca y le pasé la lengua por la punta para limpiarle lo que le quedaba, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

Me limpié la comisura del labio con el pulgar y me lo chupé. Él se recargó en la pared y soltó el aire en un largo suspiro, con los ojos cerrados y la espalda completamente rendida, con la verga todavía a media asta brillándole entre las piernas.

***

Lo acompañé a la puerta unos minutos después, después de que se acomodara la ropa y de que yo me subiera las lycras sobre un coño todavía palpitando. Ninguno de los dos sintió la necesidad de llenar el silencio con palabras. Me dio un beso torpe en la mejilla, con una calidez que no esperaba, antes de salir al pasillo.

Desde el carrito, ya en la calle, se giró una última vez.

—La próxima vez que pase por aquí le traigo uno más grande —dijo.

Cerré la puerta despacio y me quedé con la espalda apoyada en la madera, sonriendo sola, con el sabor de su leche todavía en la lengua.

Que cumpla.

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Comentarios(9)

Daniela22

Que relato tan diferente!! me encantó, nunca esperaba que terminara así. Mas por favor

Lupi_lector

Original de verdad. El detalle del elotero es un gancho que no te esperas y funciona perfecto. Muy bueno

GatoLector

excelente!!!

SofiaL77

Me encanto como lo narraste, se siente natural sin ser forzado. Hay segunda parte?

Tomas_88

Distinto a lo que suelo leer por acá, en el buen sentido. Se hizo cortísimo, quiero saber cómo siguió la noche jaja

MarisolTx

Se me hizo corto pero con mucho sabor, valga el chiste jajaja. Seguí así!

Carlos_BA

Buenisimo el arranque, te engancha desde la primera linea. Saludos

Lucas_Nocturno

Me recordó a una situacion inesperada que me pasó hace tiempo, distinta pero con esa misma vibra de que la noche puede cambiar de golpe. Muy bien contado

Fernandito77

No hay muchos relatos asi en este sitio, se agradece la originalidad. Esperando mas!

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