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Relatos Ardientes

Lo que nadie sabe que llevo bajo mi uniforme

Mi nombre en el trabajo es el que figura en el contrato: Matías. Tengo veintiséis años, trabajo en una empresa de gestión financiera en el décimo piso de un edificio del centro, en el área de liquidaciones y documentos. Reuniones semanales con PowerPoint. Café de máquina con azúcar. Compañeros que tienen entre cuarenta y sesenta años y que hablan del tráfico y del partido del domingo. Un lugar donde nadie pregunta nada que no tenga que ver con los números del mes.

Lo que no figura en ningún contrato, en ningún correo corporativo, en ninguna reunión de equipo, es lo que llevo debajo del pantalón de vestir.

Hoy, mientras escribo esto desde mi escritorio, tengo puesta una tanguita de encaje vino con aplicaciones de satén. Medias de red negras que llegan hasta mitad del muslo, sostenidas por un liguero de tiritas finas que cruzan las caderas. Debajo de la camisa de botones celeste, ajustada y formal, una camisola de seda color hueso que roza la piel con cada movimiento que hago. Si alguien me observara en este momento, vería exactamente lo que se supone que tiene que ver: el empleado prolijo del área de documentación, peinado, con los zapatos lustrados y una expresión de concentración razonable frente a la pantalla.

Yo me veo diferente.

Empezó hace algo más de dos años, un domingo a la noche. Estaba eligiendo la ropa para el lunes siguiente y me quedé un momento mirando el cajón de ropa interior. Semanas antes había pedido a una tienda online, a las dos de la madrugada, una tanguita de encaje negro. No era la primera vez que lo hacía. Era la primera vez que me la ponía antes de ir a trabajar.

Ese lunes no pude concentrarme en nada durante la mañana.

No porque me incomodara. Era exactamente lo contrario. Cada vez que me movía en la silla, cada vez que cruzaba las piernas debajo del escritorio o me levantaba para buscar un expediente en el archivo, era consciente de ese encaje contra mi piel. Era como tener un secreto dentro de otro secreto. Como una segunda piel que nadie más podía ver. El martes volví a hacer lo mismo. Y el miércoles. Y así hasta que dejé de llevar la cuenta.

Ahora es parte de la rutina matutina. Antes de elegir la camisa o el pantalón, elijo la lencería. Tengo un cajón entero dedicado a eso: medias de varios tipos —opacas, de red, de microfibra brillante con costura trasera—, ligueros de distintos modelos y colores, tanguitas en todas las variantes posibles, alguna faja con cintas que me ajusta la cadera de una manera que hace que todo lo demás tenga sentido.

Los lunes suelen ser días de encaje negro. Algo serio, algo que acompañe bien el inicio de semana. Los miércoles me permito más: a veces un babydoll corto debajo de la camisa, ceñido al torso, invisible desde afuera pero presente en cada inhalación. Los viernes llevo el liguero de seda roja, que es el que más me gusta, aunque me llevó varias semanas animarme a sacarlo del cajón para llevarlo fuera de casa.

La diferencia que noto en mí misma cuando atravieso la entrada del edificio por la mañana, con el liguero ajustado bajo el pantalón, no es fácil de explicar. Camino diferente. No de manera visible, no de una forma que nadie pueda percibir. Pero yo lo siento en la forma en que piso el suelo, en cómo me siento en la silla, en cómo elevo ligeramente la barbilla cuando el ascensor se abre en el décimo piso y entro al área de trabajo con los zapatos lustrados y el secreto intacto.

Hay días en que también llevo juguetes.

Mis colegas no saben nada. O casi nada. Eso creo.

El señor Ferreyra tiene cincuenta y ocho años, trabaja en el sector contable desde antes de que yo naciera y usa el mismo reloj de cuero marrón todos los días sin excepción. Cuando nos cruzamos en el pasillo me saluda con una inclinación de cabeza y a veces me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario. El señor Balbi, que supervisa el área de documentación y me asigna el trabajo semanal, tiene una costumbre: cuando me llama a su oficina para revisar algo, se acomoda despacio en la silla y me mira de arriba abajo antes de decir cualquier cosa. Ninguno de los dos dice nada fuera de lugar. Yo tampoco.

La excepción es Luciana.

La primera vez que me habló fue en el café de la planta baja, tres meses después de que yo empezara en la empresa. Le pregunté si había lugar en la mesa y ella asintió sin levantar los ojos del teléfono, y luego los levantó de golpe y me estudió durante tres segundos enteros sin decir nada. Me preguntó en qué área trabajaba. Le respondí. Ella asintió de nuevo y siguió con el café. Pero me siguió mirando mientras hablaba con otra persona, y yo lo noté perfectamente.

Luciana tiene veinticuatro años y trabaja en atención al cliente, dos pisos más abajo. Sube constantemente al décimo porque dice que la impresora del octavo tiene problemas crónicos. Yo creo que la impresora funciona perfectamente. Cuando me ve siempre encuentra algo que decir: que si ese tono de azul me queda muy bien, que si el corte del pantalón me favorece, que si tengo una postura que no es común entre los hombres del piso. La semana pasada se acercó mientras yo buscaba algo en el archivero y me habló casi al oído:

—Para ser hombre, tenés unas caderas increíbles, ¿sabés?

No le respondí nada. Sonreí. Seguí buscando el expediente. Por dentro sentí algo que baja desde los hombros hasta los pies y que no tiene un nombre limpio en ningún idioma.

Sé que ella sabe algo. No todo. Pero algo.

***

Los baños del décimo piso están al fondo del pasillo, pasando la sala de reuniones pequeña y el archivo muerto. Cuatro cabinas. A las once de la mañana y a las tres y media de la tarde, el tráfico es casi nulo. Tardé unas semanas en aprenderlo, pero lo aprendí bien.

Al principio solo iba a encerrarme un momento. Me miraba en el espejo del teléfono, me pasaba las manos por la tela de la camisola debajo de la camisa, respiraba un poco. Nada más. Cinco minutos y volvía al escritorio.

Después empecé a llevar cosas.

Tengo un neceser pequeño, del tipo que usa cualquiera para un viaje de trabajo. Dentro hay lo necesario para esos momentos: un vibrador delgado de silicona que no hace ruido, toallitas húmedas, un pequeño frasco de perfume de mujer que me pongo en las muñecas y en el cuello antes de salir de la cabina. Algo discreto. Algo que queda entre la ropa y la piel y que nadie puede oler a menos que se acerque demasiado.

Me encierro en la cabina del fondo. Me quito la camisa y la doblo sobre el gancho. Me quedo con la camisola, el liguero, las medias, la tanguita. Me miro en la pantalla del teléfono porque no hay otro espejo. Y me tomo el tiempo que me tomo, que a veces es poco y a veces no.

Lo que más me excita no es el momento en sí. Es el contexto. Es saber que a tres metros hay alguien lavándose las manos o peinándose frente al espejo sin imaginar absolutamente nada. Es saber que cuando salga voy a acomodarme la corbata en el espejo del lavabo, junto al señor Ferreyra o al señor Balbi o a cualquier otro, y voy a decir algo sobre el calor o sobre el partido del fin de semana, y ellos van a asentir, y nadie va a saber nada de lo que acaba de pasar adentro de esa cabina.

O quizás sí.

Hay días en que salgo del baño y el señor Ferreyra está esperando turno cerca de la puerta. Me mira. Yo lo miro. Hay un segundo que dura demasiado. Él entra. Yo me lavo las manos. Me voy al escritorio.

Esos días camino diferente por el pasillo.

***

La fantasía que más me acompaña, la que aparece casi todas las tardes alrededor de las cuatro cuando la luz se vuelve naranja por las ventanas y el ritmo de la oficina baja, es sencilla: alguien entra en el momento que no debería.

O en el momento exacto.

La puerta de la cabina que creí cerrar bien no lo estaba del todo. O el señor Ferreyra llegó antes de lo que calculé y la cerradura hizo un ruido extraño. O Luciana, que conoce los horarios del piso mejor de lo que aparenta, subió al décimo en el momento preciso en que yo tenía la camisa colgada en el gancho y las manos ocupadas.

En la fantasía no hay escándalo. Hay silencio. Hay una mirada que lo procesa todo en dos segundos. Y luego alguien que empuja la puerta un poco más, en lugar de cerrarla.

No sé si eso va a pasar alguna vez. No sé si lo quiero de verdad, o si la distancia entre el deseo y la posibilidad es exactamente lo que mantiene todo esto funcionando. Mientras escribo, sentada en la silla con las medias de red ajustadas bajo el pantalón y el liguero marcando una línea fina contra la cadera, no tengo una respuesta clara para eso.

Lo que sí sé es que mañana voy a elegir la lencería antes que la ropa de trabajo. Y el martes también. Y cada uno de los días que vengan después.

***

Luciana va a subir en unos minutos. Pasa entre las cinco y las cinco y cuarto, siempre con algún expediente como pretexto. Va a decir algo. Siempre dice algo.

Hoy, por primera vez, creo que voy a responderle.

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Comentarios (2)

ElenaGM

increible!! de los mejores que lei en lo que va del año

Mati_cba

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber mucho mas. Me engancho desde el principio

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