La profesora que me convirtió en su mujercita
La doctora Mariana Vidal entró al aula 201 de la Universidad de Brennan a las ocho en punto, y el murmullo de los veinte alumnos se apagó de golpe. El sol entraba por el ventanal de la izquierda, así que nunca encendía las luces. Sus tacones de aguja resonaron contra la cerámica mientras avanzaba hacia el escritorio, dejaba su cartera y se sentaba en el borde con las piernas cruzadas, como si quisiera que la mirasen.
Llevaba un vestido negro de falda tubo, demasiado elegante para una clase matutina, con un escote cuadrado que insinuaba un busto generoso. Medias de nailon oscuras, las uñas pintadas de rojo, unas gafas de marco metálico que le daban ese aire de autoridad que tanto disfrutaba.
—Buenos días. Hoy empezamos un tema nuevo —dijo—. Vamos a estudiar la hipnosis como complemento terapéutico.
Un bufido sonó desde el fondo del aula.
—¿Algún problema, señor Acosta? —preguntó sin perder la calma.
—La hipnosis es un truco de feria —soltó él, recostado en la silla, con esa seguridad de quien cree saberlo todo.
—Para mucha gente lo es. Aquí vamos a ver cómo se usa como apoyo en tratamientos de ansiedad o para dejar de fumar.
—El mismo Freud la descartó.
—Freud comprobó que no servía en terapias profundas. Pero ha corrido mucha agua desde entonces, y en un enfoque cognitivo funciona perfectamente.
—Si no se resuelve la causa, la conducta no cambia —insistió Acosta.
—Veo que usted es estrictamente psicoanalítico. No nos desviemos, por favor.
Mariana continuó la clase, expuso ventajas, riesgos y protocolos, mostró resultados de su propia práctica. Cuando terminó, el alumno la abordó junto a la puerta.
—Profesora, no estoy nada de acuerdo con lo que dijo.
Ella respiró hondo. Cada tanto le tocaba uno así: más dispuesto a discutir que a escuchar, inquebrantable en sus convicciones.
—Entiendo su marco teórico. Le pido un poco de paciencia y apertura. Ahora discúlpeme, tengo consulta.
Se alejó por el pasillo vacío, el taconeo marcando su irritación. No le molestaban las preguntas; al contrario, estimulaba la crítica. Lo que la sacaba de quicio era cuestionar por cuestionar.
***
Al día siguiente, a la misma hora, lo encontró otra vez al fondo.
—Hoy veremos cómo se potencia la hipnosis combinándola con psicotrópicos —anunció.
El bufido, puntual.
—Eso no existe. Es el efecto de la droga, que vuelve sugestionable al sujeto.
—Mi intención es demostrar que, si antes administramos una sustancia como la ketamina, que de por sí relaja las defensas, los resultados de la sugestión se multiplican.
—No puede demostrarlo.
Mariana contó hasta tres. Era la última vez que se lo permitía.
—Bien. Ya que usted está tan convencido de que no funciona, le propongo algo. Venga hoy a las seis a mi consulta. Lo hipnotizaré durante todo el semestre y, al terminar, serán sus compañeros quienes juzguen si la técnica sirve.
—Acepto. Dudo que sea capaz de hipnotizarme.
—¿Están todos de acuerdo en arbitrar? —preguntó al aula.
El sí fue unánime. Nadie objetó.
***
Acosta llegó puntual. Al menos eso tenía a favor.
—Pase, siéntese en ese sillón de respaldo alto. Necesito que esté cómodo. Hoy solo haremos una sesión exploratoria: nada de sugestiones, ningún fármaco. Solo comprobaré si usted puede ser hipnotizado.
—¿«Si» puedo? Ahora la veo dudando, profesora.
Qué habilidad la de ese muchacho para irritarla.
—No dudo de mí. Sucede que hay entre un diez y un veinte por ciento de personas incapaces de confiar en otro. Yo lo considero un defecto de carácter.
—Veamos si tengo la suerte de pertenecer a ese grupo —se burló.
Ella se quitó un pendiente con una piedra semipreciosa y lo sostuvo frente a sus ojos.
—Concéntrese en el brillo.
—¿Y el reloj? ¿No se usa un reloj?
—Sirve cualquier objeto. Empecemos.
Con voz lenta y monótona, lo fue llevando poco a poco hacia el trance. Para su alivio, el alumno resultó perfectamente hipnotizable. Y la exploración confirmó su corazonada: la personalidad de Acosta era un castillo de naipes. Lo único que lo sostenía era la rigidez de sus creencias. Bastaría con mover una carta.
—Despierte —dijo, chasqueando los dedos.
—Mmm… admito que me siento más relajado. Pero nada más.
—Era solo exploración. Vuelva mañana a la misma hora y empezaremos en serio.
Cuando él se marchó, Mariana abrió una carpeta nueva, escribió su nombre en la tapa y empezó a tomar notas. Veamos cuánta arrogancia te queda dentro de unos meses.
***
La primera semana la dedicó a allanar el terreno. Reforzó, sesión tras sesión, la confianza del alumno en ella; le sugirió, casi al pasar, que prefería a las mujeres maduras antes que a las chicas de su edad, que le seducían los tacones altos, el maquillaje impecable, las uñas largas. Que en su presencia se sentiría tranquilo, seguro, dócil.
En la facultad, sus compañeros notaron el cambio. Acosta ya no era el contestatario de siempre; participaba sin oponerse, medía cada comentario. «La hipnosis funciona», concluyeron todos. Ninguno imaginaba lo que se avecinaba.
La segunda semana, Mariana subió la apuesta. Le ofreció un café antes de la sesión; él no supo que dentro llevaba la dosis de ketamina exacta para su peso. Una vez en trance profundo, empezó a sembrar.
—Retrocedamos. Tenía usted quince años. ¿Tenía un mejor amigo?
—Sí. Diego. Éramos inseparables.
—¿Recuerda haberlo visto desnudo alguna vez?
—Una tarde, en mi casa. Dejó la puerta del baño abierta.
—¿Solo lo vio? ¿No lo tocó cuando él se giró?
—No… creo que no.
—Concéntrese. Quizá lo sostuvo un momento.
—Ahora que lo dice… puede ser. Un instante.
Paso a paso, con preguntas que parecían inocentes, Mariana fue tejiendo un recuerdo que jamás existió. Sacó del cajón una réplica de silicona y la puso en la mano del alumno dormido.
—Está aquí. Tóquelo. Reviva lo que sintió.
—Me da mucha vergüenza —murmuró él, acariciándola.
—No tiene por qué. A Diego le gustaba. Le pedía que siguiera.
—Sí… me pide que siga. Que lo hago bien.
—Despierte —ordenó al final.
Acosta abrió los ojos confundido. Recordaba con nitidez algo que nunca había ocurrido: la textura, el peso, los gemidos de su amigo de la infancia. Esa noche, en su cama, revivió el episodio inventado hasta terminar derramándose sobre las sábanas, recogiendo después su propio semen con los dedos y llevándoselos a la boca, asombrado de reconocer el sabor.
***
El resto de la semana, las sesiones continuaron. Aparecieron más recuerdos falsos: tardes enteras con Diego, caricias mutuas, sexo oral, besos. ¿Cómo había podido olvidar todo eso? Ya no estaba confundido. Estaba excitado.
En la tercera semana, Mariana cambió la ketamina por mescalina y dio el siguiente paso. Sustituyó la réplica por un arnés. Se quitó el vestido y, en ropa interior, medias y tacones, lo ajustó a su cintura.
—Quizá esto te ayude a recordar. Bésalo. Recórrelo con la lengua.
El alumno, en trance, obedeció sin resistencia.
—Ahora métetelo entero en la boca. Tu reflejo ya no existe.
Con una mano lo guio por la nuca hasta el fondo.
—Mírame a los ojos. Siempre mira a los ojos de quien estás complaciendo. Desde hoy, en trance, te dirigirás a mí como Ama o Señora. ¿Está claro?
Él asintió como pudo.
El viernes, Mariana lo envió, todavía sonámbulo, a comprar un dispositivo de castidad en un local a dos cuadras. Cuando volvió, se lo colocó con destreza y guardó la llave en una cadena que llevaba al cuello.
—Al despertar, no te llamará la atención llevarlo. Te parecerá parte de la terapia.
—Perfectamente claro, Señora.
***
Aquel fin de semana fue un tormento para Acosta. Encerrado, incapaz de tener una erección, desesperado por un alivio que no llegaba. El lunes entró a la consulta al borde del colapso.
—Tiene que hacer algo, profesora. Me rindo, usted ganó, la hipnosis funciona, se lo firmo donde quiera. Pero necesito liberarme.
—Tranquilo. Toma agua y relájate.
En el vaso ya había mescalina. Lo indujo al trance usando la propia llave de la cadena como péndulo.
—Hoy aprenderás a tener un orgasmo de otra manera. Quítate la ropa y apóyate en el escritorio.
Se calzó unos guantes de látex, lubricó una prótesis curva diseñada para la próstata y lo preparó con paciencia, primero con los dedos. Cuando él empezó a gemir, aceleró el ritmo hasta que el alumno se corrió sin tocarse, derramándose sobre la madera.
—¿Lo disfrutaste?
—Sí, mucho.
—Entonces agradece. Limpia mi escritorio.
Sin una palabra, él lamió su propio semen de la superficie vidriada. La rutina se repitió toda la semana. Para el viernes ya no hizo falta la hipnosis: bastó una sugerencia para que se quitara los pantalones y se ofreciera.
***
El domingo por la tarde sonó el teléfono de Mariana. Número desconocido.
—Soy yo, profesora. Acosta. No aguanto más, necesito su ayuda.
—Hoy es domingo. Mañana tenemos cita.
—Se lo ruego.
Ella sonrió. La mosca caía sola en la telaraña. Le dio su dirección particular.
Lo recibió con un kimono de seda anudado a la cintura. Debajo, un corsé de cuero negro que le marcaba un talle de avispa, medias oscuras, tacones de aguja, el maquillaje impecable y el arnés ya puesto, deformando la tela con una protuberancia inconfundible.
Acosta entró casi sin saludar, se bajó los pantalones y se inclinó sobre la mesa de la sala.
—Por favor, no puedo más. Penétreme.
—No tan rápido. Solo te pido un pequeño capricho.
—Lo que sea.
Lo llevó al dormitorio. Sobre la cama había un conjunto de lencería de seda.
—Póntelo.
Él se vistió sin resistirse. Mariana se acercó por detrás y le susurró al oído.
—¿Qué deseas?
—Que me penetre, Señora.
—¿Serás mi mujercita?
—Sí, Señora. Lo que quiera.
Lo inclinó sobre la cama, abrió sus piernas, lubricó y entró de una sola embestida.
—¿Cómo te llamas?
—Andrés.
—Ya no. Desde ahora eres Renata. ¿Cómo te llamas?
—Soy Renata, Señora.
Lo cabalgó largo rato, hasta que del miembro aprisionado en la jaula empezó a brotar semen a chorros, sin que él lo tocara. Mariana lo recogió y se lo dio a beber a la recién nacida Renata.
—Mañana ven a la consulta con esta ropa puesta. Y completamente depilada.
—Sí, Ama.
***
Cada día de esa semana se sumó una prenda nueva: el lunes unos tacones bajos para aprender a caminar, el martes una minifalda ajustada, el miércoles unas prótesis de pecho, el jueves una blusa, el viernes unos pendientes largos. Mariana le colocó además un plug que debía llevar siempre, «para mantenerte lista». Renata obedecía cada orden con una docilidad que ya no necesitaba trance.
—El domingo al mediodía ven a mi casa —le dijo al despedirla—. Será una sesión especial.
***
Cuando llegó, Renata descubrió que no estaban solas. Sentada en el sillón aguardaba la doctora Beatriz Salcedo, decana de la Universidad de Brennan. Traje sastre marrón que no lograba ocultar su busto, cabello rubio recogido, gafas de carey, labios y uñas de un rojo intenso.
—Un placer que hayas venido —dijo la decana—. Es hora de que Renata salga del todo a la luz. Pero primero hay que vestirla como corresponde.
Entre las dos la transformaron. Corsé blanco, prótesis más generosas, medias sujetas a un portaligas, zapatos altos, maquillaje completo, uñas postizas, una peluca pelirroja de rizos hasta media espalda y, al final, un traje sastre color crema que moldeaba su nueva silueta.
—Conoce a Renata —dijo la decana frente al espejo de cuerpo entero—. Esta eres tú ahora.
Renata se miró: una imagen que respiraba a la vez profesionalismo y deseo contenido.
—Mañana actualizaré tu legajo con tu nueva identidad. Trabajarás medio tiempo como mi secretaria. ¿De acuerdo?
—Sí, Señora.
—Pero antes, una pequeña prueba de admisión. Acércate.
La decana abrió su chaqueta, liberó un pecho y se lo ofreció. Renata lamió primero, succionó después, y se sorprendió al notar que de él manaba leche tibia y dulce. Mientras tanto, Mariana se colocó a su espalda, retiró el plug y la fue penetrando despacio.
—Continúa más abajo, niña —ordenó la decana, apartando la falda.
Renata descendió besando su vientre hasta encontrar, en lugar de lo que esperaba, un miembro real apuntando a su rostro.
—Te dije que mi caso fue parecido al tuyo —explicó la decana entre jadeos—. La única diferencia es que en mí quedó el deseo de penetrar. Yo también pasé por las manos de la doctora Vidal. Empieza.
Renata lo recibió por completo, acariciándole los testículos, atrapada entre las dos mujeres que se turnaron las posiciones durante un largo rato. Cuando la decana sintió que llegaba, se retiró y derramó su orgasmo sobre los labios de la nueva alumna.
—Recibe tu bautismo —dijo.
Las tres terminaron abrazadas en el suelo, disfrutando del roce del nailon y de la piel.
—Mañana a las nueve te espero en mi despacho —murmuró la decana.
***
Al día siguiente, la doctora Vidal se presentó en rectoría. En el escritorio de la antesala, perfectamente caracterizada, estaba Renata.
—La decana me ha citado —dijo la profesora.
—Sí, doctora. La está esperando. Pase, por favor.
Y mientras Mariana cruzaba la puerta, su antiguo alumno —ahora su mejor obra— añadió con una sonrisa impecable:
—Si me necesitan, háganmelo saber.