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Relatos Ardientes

Subí al último autobús y todos me conocían

Ilustración del relato erótico: Subí al último autobús y todos me conocían

Salí del estudio con dos horas de retraso. Mi jefe insistía en que termináramos el montaje esa misma noche, y no me dejó marcharme hasta que lo convencí con la boca, arrodillada bajo su escritorio mientras él fingía revisar correos. Los hombres se rinden con una facilidad que todavía me sorprende. A mí me gusta así: directa, sin rodeos, con un peso tibio entre los labios y la certeza de que tengo el control aunque parezca lo contrario.

Descubrí esa parte de mí a los veintidós, en una mudanza, con un vecino que me doblaba la edad y que me trató como nadie me había tratado hasta entonces. Tengo veintisiete ahora y he perdido la cuenta de las manos que me han recorrido. Me gustan los hombres maduros, los que ya no tienen prisa ni vergüenza, los que saben exactamente lo que quieren y no piden permiso para tomarlo.

Aceleré el paso cuando vi las luces del último autobús de la ruta nocturna, el único que pasa cerca de mi barrio a esa hora. Logré subir justo antes de que las puertas se cerraran, sin aliento, con los tacones en la mano. Y entonces miré hacia el fondo y sonreí.

El autobús estaba casi vacío. Casi.

Reconocí a cada uno de los pasajeros. No por casualidad: a todos los había tenido encima, debajo o dentro en algún momento de los últimos años. Era como si la ciudad entera me hubiera citado en un mismo vehículo a las once de la noche.

Andrés, mi antiguo vecino, el de la mudanza, el que empezó todo.

Hernán, el conductor, que algún sábado me había llevado gratis a cambio de un rato en la última fila.

Lucas, que años atrás me había dado clases particulares y nunca llegó a cobrarme en dinero.

Tomás, el dueño del minimercado de la esquina, que jamás me ha pasado un solo producto por la caja.

—Buenas noches, señores —dije con toda la coquetería del mundo, y me dejé caer en el asiento junto a Lucas.

Detrás se acomodaron los otros dos. Hernán nos vigilaba por el espejo retrovisor sin soltar el volante.

—Hola, forastera —me saludó Lucas, que siempre me llamaba así desde que me mudé al barrio.

—Miren quién subió —dijo Andrés con esa sonrisa torcida que conozco demasiado bien—. Nuestra favorita.

—Se me adelantó la sangre de solo verla —murmuró Tomás desde atrás, y nadie dudó de que hablaba en serio. A sus cincuenta, ese hombre tenía una resistencia que ya quisieran muchos jóvenes.

—¿Favorita? —preguntó Lucas, arqueando una ceja, como si recién atara cabos.

Antes de que yo respondiera, Andrés se adelantó.

—Yo la conozco desde la mudanza —dijo—. A Tomás le paga el mercado con otra moneda. Y a Hernán los viajes. Resulta que no era el único, profesor.

Lucas soltó una risa baja y negó con la cabeza.

—Siempre supe que esas faldas tuyas te iban a traer problemas —dijo, mirándome de reojo.

—Usted me lo advertía, sí —contesté, apoyando el pecho contra su brazo—. Pero lo único que se me cruza son hombres que me hacen perder la cabeza.

Bajé la vista y noté el bulto creciendo bajo su pantalón. Me relamí, me levanté y caminé por el pasillo hacia la cabina, desabrochándome la blusa botón a botón mientras el autobús se mecía con cada bache.

—Hernán —dije, inclinándome sobre su hombro—, ¿conocés algún lugar tranquilo? Uno donde nadie escuche nada.

—Aguantate —respondió, ya desviándose de la ruta hacia un descampado que conocía—. Hoy no te vamos a soltar temprano.

—Eso espero —le apreté el muslo y volví hacia el fondo, donde los otros tres ya se habían acomodado en los asientos largos, expectantes.

***

Me quité la blusa, el sostén, la falda. Lo dejé todo doblado sobre un asiento, como quien se prepara con calma para algo que va a durar. El aire frío del autobús me erizó la piel, y esa sensación, la de estar desnuda en un sitio donde no debería estarlo, me encendió más que cualquier caricia.

Me arrodillé frente a Lucas. Tomé su erección con la mano, escupí sobre ella y me la llevé a la boca despacio, sintiendo cómo se tensaba bajo mi lengua. Él me hundió los dedos en el pelo, sin empujar todavía, solo guiando.

—Vaya forma de saludar —dijo, con la voz ronca.

Sentí una palmada seca en una nalga y supe, sin mirar, que era Andrés.

—Ya está lista —comentó él, casi con orgullo—. La conozco de memoria.

Sonreí con Lucas todavía en la boca y empecé a moverme con ganas, subiendo y bajando, marcando un ritmo que lo hizo apretar la mandíbula. Una mano ajena se deslizó entre mis piernas por detrás, buscando, y gemí contra él sin poder evitarlo.

Saqué la verga de mi boca y me incorporé. Hernán ya había estacionado en mitad de la nada, lejos de la avenida, y se levantó del asiento del conductor para sumarse. Antes de que llegara, tomó un cinturón de uno de los respaldos y me lo pasó alrededor del cuello, sin apretar, solo dejándolo ahí como una promesa.

—Al piso —ordenó—. Y vení gateando hasta nosotros.

Solté una risa y obedecí. Me puse en cuatro y avancé por el pasillo angosto, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda. La primera verga que encontré fue la de Tomás. Me lancé sobre ella, la envolví entera, y él tomó las riendas de inmediato, agarrándome la cabeza y marcando su propio ritmo.

Fui de uno a otro, probándolos a todos. La de Andrés era la más larga; la de Hernán, la más gruesa. Me los pasé por la boca por turnos, sin prisa, dejando que cada uno me usara unos minutos antes de cederme al siguiente. El sonido húmedo llenaba el autobús vacío, mezclado con sus respiraciones cada vez más pesadas.

***

Cuando me cansaron la garganta, me hicieron ponerme de nuevo en cuatro patas sobre el asiento largo, con las caderas en alto. El primero en entrar fue Hernán. Me tomó por la cintura y se hundió de un solo empujón, arrancándome un grito que rebotó contra las ventanas.

—Mi parte favorita del día —gruñó, embistiendo— es esta.

Gemí con la mejilla pegada al cuero del asiento, dejándome llevar, mientras él me sujetaba con las dos manos y no aflojaba el ritmo. Justo antes de terminar se salió, rodeó el asiento y me ofreció su verga a la boca para que la limpiara con la lengua mientras recuperaba el aliento.

Sentí a otro acomodarse detrás de mí. Adiviné que era Andrés por la manera en que me agarró las caderas, posesivo, como reclamando un territorio que considera suyo desde aquella primera vez.

—No olvidaste a tu vecino, ¿no? —dijo, entrando despacio por donde menos lo esperaba.

Apreté los ojos y respiré hondo, dejando que el cuerpo se acostumbrara. Y entonces los dos se coordinaron: uno por delante, otro por detrás, y por un momento perdí por completo la noción de dónde terminaba yo y empezaba el resto. Lucas me sostuvo la cara entre las manos para mirarme a los ojos mientras los otros me movían como querían.

—¿Te gusta así, con todos a la vez? —preguntó Andrés contra mi oído.

—Sí —jadeé, sin un gramo de vergüenza—. Me encanta.

El placer me subió en oleadas, una detrás de otra, hasta que el cuerpo entero me tembló y tuve que morderme el brazo para no gritar más fuerte. Ellos no se detuvieron. Me cambiaron de posición una vez, y otra, turnándose, hasta sentarme a horcajadas sobre Tomás.

Lo besé en la boca, lento, mientras me empalaba sobre él con un suspiro. A mi viejo conocido del minimercado le brillaban los ojos como a un chico. Sentí otra presencia acomodándose detrás y gemí cuando el segundo cuerpo se sumó, llenándome por completo, dejándome sin aire entre los dos.

Me usaron en cada postura que se les ocurrió, sobre los asientos, contra las ventanas empañadas, en el suelo del pasillo. Cuando ya no quedaba ángulo por probar, me rodearon de pie. Cerré los ojos y dejé que terminaran donde quisieron, marcándome la piel, mientras yo me sostenía de rodillas en el centro de ese círculo improvisado.

***

Me vestí despacio, sin sostén ni ropa interior, que quedaron olvidados en algún rincón del autobús. Hernán arrancó de vuelta y nos devolvió a la ruta como si nada hubiera pasado, como si fuéramos cuatro pasajeros somnolientos y un conductor cumpliendo su último viaje.

Fui bajándome con cada uno en su parada, despidiéndome con un beso en la mejilla y un «gracias» que ellos entendían perfectamente. Andrés bajó en la mía, conmigo, los dos solos bajo el farol roto de la esquina.

—Arrodillate —dijo, con esa autoridad tranquila de quien sabe que no le voy a decir que no.

Lo hice. Él me tomó de la barbilla, me miró un segundo largo y luego sonrió.

—Buena chica —murmuró, y me ayudó a levantarme—. Nos vemos pronto, vecina.

Lo vi alejarse calle abajo, con las manos en los bolsillos, silbando. Yo me quedé un momento bajo la luz titilante, despeinada, con la blusa mal abrochada y una sonrisa que no podía borrarme.

Cómo me gusta esta vida.

Entré a casa, me di una ducha larga y caliente, y me acosté pensando ya en el lunes, en el estudio, en mi jefe y su escritorio. La ciudad está llena de hombres que creen que me usan. La verdad es más simple y más sucia: soy yo la que los elige, uno por uno, autobús por autobús, hasta dejarlos rendidos y agradecidos. Y cada tanto, cuando el destino los junta a todos en el mismo lugar, simplemente me dejo llevar.

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Comentarios (5)

NachoMDP

jajaja que situacion mas loca, en serio. No me lo esperaba para nada así. Tremendo!!

Cris_lectora

El excerpt ya me había atrapado y el relato cumplió de sobra. Necesito saber si va a haber una segunda parte.

LorenaBA

Me hizo acordar a un viaje que hice hace años donde pasaron cosas un poco parecidas... aunque no llegó a tanto jaja. Muy bien escrito y muy real.

ElTioNorte

El comienzo es pura tensión y de ahí no podés soltar el relato. Felicitaciones, de verdad.

SandroViajero

De los mejores de esta categoría que lei ultimamente. El detalle de que los conocia a todos le da un giro que no me esperaba para nada.

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