Dos amigas y cuatro chicos en la cala secreta
Desnudas las dos sobre las toallas, dejamos que el sol nos secara sin ninguna prisa por taparnos. Hacía apenas unos minutos que aquellos chicos nos habían follado en la orilla de la cala, y todavía sentía el calor entre las piernas y el sabor a sal en los labios. Sabina estiró un brazo y me rozó la mano. Ninguna de las dos dijo nada.
Con los ojos cerrados, los oíamos cuchichear. Estaban sentados a un par de metros de nosotras, en la pequeña playa de cantos rodados a la que habíamos llegado por un sendero medio borrado. Nadie más conocía ese rincón, o eso parecía. Por eso lo elegíamos siempre.
—Joder, Bruno, ahí mirando, todo caliente, y tú sin acercarte —dijo uno.
—No me atreví —contestó otra voz, más baja.
—Eso es que todavía eres virgen, te lo digo yo —se rio un tercero.
—A mí la rubia, con esas tetas, me pone como una moto.
—Pues no has visto cómo la chupa la morena.
Sabina y yo nos miramos y sonreímos sin abrir apenas los ojos. Ellos seguían hablando, cada vez más subidos, y la conversación giraba toda alrededor del que se había quedado quieto. Llegó un momento en que empezaron a chincharlo de verdad, y eso fue lo que nos empujó a las dos a hacer algo.
Nos pusimos de pie a la vez, sin necesidad de ponernos de acuerdo. Llevábamos años así, leyéndonos los gestos. Caminamos hasta ellos. Estaban los cuatro sentados, todos desnudos menos uno, y nos colocamos cada una a un lado del que seguía con el bañador puesto.
El pobre no sabía dónde mirar. Tenía la mandíbula apretada y una vena le latía en el cuello. Mis pezones ya estaban duros, y los de Sabina también; el aire de la tarde y la situación hacían el resto.
Fue ella la que se agachó junto a él y le susurró algo al oído. Le pidió que se levantara, y el chico lo hizo de un salto, como si lo hubieran pinchado. Uno de los otros quiso imitarlo, pero bastó una mirada mía para que volviera a sentarse en su sitio.
Sabina se pegó a su espalda y le clavó los pezones entre los omóplatos, rodeándole la cintura con los brazos. Yo me apreté contra su costado y le apoyé los pechos en el brazo.
—Así que eres virgen —le dije.
Asintió con la cabeza, tragando saliva, sin atreverse a soltar una palabra.
—Pues hoy dejas de serlo —dijo Sabina contra su nuca—. Va a ser tu primera vez.
Ella le acariciaba el torso, le daba pellizcos pequeños en los pezones, le besaba el cuello despacio. Yo le giré la cara hacia mí con dos dedos y le di un beso suave en los labios mientras mi otra mano bajaba por su abdomen hasta encontrar el bulto bajo el bañador.
Mi lengua se metió en su boca buscando la suya, torpe al principio y luego cada vez menos. Notaba cómo se le aceleraba la respiración, y todavía más cuando metí la mano bajo la tela y le agarré la polla. La tenía dura, caliente, con las venas marcadas. Le bajé la piel y deslicé el pulgar por el glande, que estaba húmedo.
Tuve que coger yo misma una de sus manos y llevármela al pecho.
—Tócame —le pedí.
Con torpeza me cubrió el pecho con la palma y notó cómo el pezón se le clavaba en la mano. Le cogí la otra y me la llevé al culo. La cerró sin saber muy bien qué hacer mientras yo le masturbaba despacio y sentía cómo se endurecía aún más.
Las manos de Sabina ya le habían bajado el bañador por detrás, y una de ellas le agarró los huevos. El chico se puso tenso de golpe.
—Chsss, tranquilo. Relájate —le dije.
Sus tres amigos seguían sentados en sus toallas, desnudos, con las pollas en distintos grados de erección y los ojos clavados en nosotros. Decidí que merecían una vista mejor, así que tiré suavemente de Bruno hacia nuestras toallas y lo dejé de pie en medio de las dos, a plena luz.
Mi mano no soltaba su polla. Mientras lo besaba, le susurré al oído.
—Lámeme los pezones.
Con la mirada brillante, agachó la cabeza y me pasó la lengua por un pezón, primero con miedo. Poco a poco se fue soltando. Después de besar y lamer, se metió uno entero entre los labios y empezó a succionar con ansia.
—Despacio, chaval. No hay prisa.
No podía tener los pezones más duros. Sentía esa lengua áspera y joven recorriéndolos, los labios cerrándose alrededor con demasiada hambre. Le sujeté la cabeza contra el pecho y dejé que aprendiera.
Sabina, desde el otro lado, terminó de quitarle el bañador y le liberó la polla, que yo solté para que ella se arrodillara delante de él y la cogiera con su mano.
—¿Te han hecho esto alguna vez? —le preguntó.
Empezó a besarle el glande y a pasarle la lengua alrededor mientras Bruno soltaba el primer gemido. Cuando los labios de ella le rodearon la punta y se la metió en la boca, el chico suspiró largo, como si llevara aguantando ese suspiro toda la tarde.
Bajé la mirada. Era una polla de tamaño normal, con las venas marcadas y una ligera curva hacia un lado, y el glande rosado terminado en punta que Sabina lamía sin descanso.
—Te gusta, ¿verdad? —le dije.
Tartamudeó un sí con mi pezón todavía entre los labios. Le besé otra vez y fui bajando despacio, rozándole el cuerpo con los pechos, hasta arrodillarme al lado de Sabina. Mientras ella le lamía la polla, yo le metí los huevos en la boca, uno y luego el otro, hasta que las dos nos intercambiamos.
Ahora eran mis labios los que rodeaban esa polla dura e inexperta, con su sabor salado de mar y de chico. Él se animaba por momentos; mientras chupaba los pezones oscuros de Sabina, empezó a mover las caderas y a follarme la boca demasiado rápido.
—¿Tienes prisa? Así te corres enseguida —le dijo ella, parándolo con una mano en el vientre.
Aquello le calmó el ímpetu. Dejó que fuera yo la que marcara el ritmo, y se lo agradecí lamiéndolo entero, sin prisa, hasta sentirlo temblar.
***
No tardé en ponerme a cuatro patas delante de él sobre la toalla. Sabina le puso un preservativo con dos dedos expertos y le guio la polla hasta la entrada de mi coño. Él empujó poco a poco, conteniendo el aliento, hasta meterla entera.
Me agarró las caderas y empezó a bombear al ritmo que Sabina le iba marcando con la voz: primero despacio, luego subiendo la velocidad. Ella se colocó a horcajadas sobre mi espalda, le cogió la cabeza con las dos manos y se la hundió entre los muslos, obligándolo a lamerle el coño mientras me follaba.
El pobre, desbordado por todo a la vez, no tardó en empezar a gemir. Sentí cómo se le tensaba el cuerpo y cómo se estremecía, y me dio el tiempo justo de apartarme, quitarle el preservativo y meterle la polla entre los pechos antes de notar el semen caliente salpicándome la cara y el escote.
Con la respiración entrecortada, Bruno seguía lamiendo a Sabina hasta que ella, sacudida por los espasmos, se corrió contra su cara y se la dejó empapada. Se dejó caer sobre la toalla, deshecha, y yo seguí lamiéndole la polla a él con suavidad. No bajaba.
—Mmm. Todavía está dura —dije—. ¿Aguantas un rato más?
Hice que se tumbara sobre los cantos rodados, me coloqué a horcajadas encima y volví a clavármela. Los otros tres seguían mirando, las pollas duras, masturbándose sin disimulo, y uno se levantó para acercarse.
—No, no. De eso nada —le corté—. Ahora le toca a él. Lo vuestro es mirar.
Les di la espalda para que vieran mi culo y cómo la polla de su amigo me entraba y me salía sin parar. Un momento después me giré para que lo vieran de frente, mi coño taladrado y mis pechos subiendo y bajando mientras cabalgaba. Saber que cuatro pares de ojos no perdían detalle me puso más que el propio chico.
No tardé en correrme entre jadeos. Cuando me aparté, fue Sabina la que ocupó mi sitio y se montó sobre Bruno. Él se mordía los labios para ahogar los gemidos mientras le agarraba las caderas y la ayudaba a subir y a bajar.
Me quedé un rato mirando cómo los otros tres se masturbaban sin quitar ojo. Y aún no estaba saciada. Me metí entre las piernas de Bruno, besé a Sabina, le bajé por el cuello lamiéndole los pezones y mordisqueándolos, y llegué hasta su coño, que lamí mientras ella saltaba sobre la polla de él.
Deslizaba la lengua a lo largo de su sexo y la pasaba también por el tronco de la polla cada vez que salía, hasta llegar al clítoris, que le succioné suave entre los labios.
Mientras lo hacía, uno de los chicos dejó de hacer caso y se acercó por detrás de mí. Sentí sus manos en mis caderas y, lejos de apartarlo, me giré a mirarlo y le agarré la polla.
—Por el culo —le dije—. Pero antes lámelo.
No se lo pensó dos veces. Lo siguiente que sentí fue su lengua rodeándome el ano y luego pasándose por encima, lubricándolo con saliva mientras me acariciaba el coño con dos dedos. Volví a agachar la cabeza y seguí lamiendo a Sabina hasta que noté el glande presionando.
Con mucho cuidado empezó a empujar hasta meter la punta, y después fue entrando hasta el fondo. Me cogió de las caderas y empezó a bombear sin parar, haciéndome jadear de placer contra el coño de mi amiga.
Enseguida otro de los chicos se puso a mi lado y cambié de polla con la boca mientras el primero seguía embistiéndome por detrás. El cuarto se colocó delante de Sabina, que no dudó en lamerle la polla que se le ponía a la altura de la cara sin dejar de cabalgar a Bruno.
Pareció planeado, aunque no lo fue. Los cuatro empezaron a avisar casi a la vez de que se corrían. Sabina y yo nos pusimos de rodillas, juntas, rodeadas de aquellas cuatro pollas que ellos mismos se masturbaban a toda prisa, y dejamos que acabaran encima de las dos.
Los pechos, las caras, todo quedó cubierto del semen de los cuatro. Nos miramos un instante, manchadas y muertas de risa, y nos turnamos para limpiarles las pollas a lametazos hasta que se quedaron flácidas.
***
Ya saciadas, nos tumbamos a recuperar el aliento un rato antes de volver al agua a limpiarnos. Cuando salimos, los cuatro seguían en sus toallas, sin habla. Recogimos nuestras cosas con calma.
Al pasar a su lado, nos despedimos de ellos con un beso a cada uno y una última caricia. A Bruno le aguanté un segundo más la mirada; ya no quedaba nada del chico que no se atrevía a acercarse.
De camino a casa fuimos hablando de todo, riéndonos a carcajadas. Y al llegar, yo por lo menos, se lo conté a Damián con pelos y señales.
—Si es que no se os puede dejar solas —dijo él, divertido—. Por lo menos uno perdió la virginidad. Y de qué manera.
Como suele pasarnos después de una de nuestras aventuras, esa noche Damián y yo hicimos el amor. Despacio, sin prisas, dedicándole tiempo a darnos placer el uno al otro, con la cala y los cuatro chicos todavía dándome vueltas en la cabeza.