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Relatos Ardientes

Mi despedida de soltera terminó en una orgía

Ilustración del relato erótico: Mi despedida de soltera terminó en una orgía

Me llamo Renata, tengo veintiséis años y faltaban apenas dos días para mi boda. Mis amigas y mi hermana menor, Mara, que ya tenía veintitrés, me montaron una despedida de soltera en el loft de Vanesa, la más fiestera del grupo. Yo me imaginaba lo de siempre: vino barato, música a todo volumen y alguien llorando antes de la medianoche.

Lo que no me imaginaba era el resto.

—Tenemos una sorpresa para vos a las doce en punto —me dijo Vanesa al oído, con una sonrisa que debí haber sabido leer.

¿Qué se traen estas locas?

La fiesta iba como cualquier otra. Habíamos bebido bastante, el living olía a perfume y a sidra, y nadie paraba de reírse. Alguien había colgado guirnaldas plateadas en las paredes y una banda de tela que decía «¡Última noche libre!». Yo llevaba puesta una corona ridícula que Mara me había encasquetado al llegar, y no me la quería sacar.

Cerca de la medianoche, Mara me ató un pañuelo sobre los ojos y entre todas me empujaron hasta una silla en el centro del salón. Me senté sin entender nada, con el corazón golpeándome el pecho. La oscuridad detrás de la venda lo volvía todo más intenso: las risas, los pasos apurados, el roce de las manos que me acomodaban en el asiento.

Entonces la música cambió de golpe. Algo grave, lento, pesado. Las chicas empezaron a gritar como si estuvieran en un recital.

—¿Qué pasa? ¿Qué hicieron? —pregunté, riéndome y nerviosa a la vez.

Nadie me respondió. Unas manos firmes tomaron las mías y las guiaron hasta un cuerpo. Le toqué las nalgas casi sin querer y las sentí duras, tensas bajo la tela. No entendía qué estaba pasando, pero el calor de esa piel me subió por los brazos.

La persona se sentó a horcajadas sobre mí. Volvió a agarrarme las muñecas y me hizo recorrerle el torso entero. Era ancho, musculoso, sin nada puesto de la cintura para arriba. Le rasguñé los abdominales sin pensarlo, sintiendo cada marca bajo mis uñas, y las chicas aullaron más fuerte.

Vanesa me arrancó la venda de un tirón.

Frente a mí había un hombre hermoso, alto, de espalda ancha, bailando con una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que hacía. Me quedé con la boca abierta.

***

El tipo siguió moviéndose alrededor de la silla, jugando conmigo. De un movimiento rápido se bajó el pantalón y quedó en bóxer, y todas explotamos en gritos. Yo me tapaba la cara con las manos, muerta de vergüenza y de risa, pero no podía dejar de mirarlo.

Volvió a sentarse encima de mí. Me tomó las manos otra vez y me las pasó por encima de la tela, justo donde se notaba lo duro que ya estaba. Y entonces, sin que nadie me empujara, fui yo la que metí los dedos por debajo del elástico. Las chicas perdieron la cabeza.

—¡No, Renata! —me pareció escuchar entre las risas, y juraría que era la voz de Mara.

El hombre se levantó de nuevo, esta vez para quitarse lo único que le quedaba. Quedó completamente desnudo delante de todas, y el living se convirtió en un caos de gritos. Cuando empezó a bailar otra vez, su sexo se movía de un lado a otro y nadie podía apartar la vista.

Se acercó hasta ponérmelo a la altura de la cara. Las chicas empezaron a cantar:

—¡Que se la chupe, que se la chupe!

No me resistí. Lo tomé con una mano y me lo llevé a la boca, despacio primero, después con ganas, mientras el salón entero rugía. Dios, qué estoy haciendo dos días antes de casarme. Pero no paré.

Mientras yo seguía, un segundo hombre entró por la puerta del fondo y empezó a bailar entre mis amigas. Eran dos. Vanesa había contratado a dos.

***

No sé por qué, cuando lo solté un segundo, le hice un guiño con el ojo. El hombre lo entendió como una invitación y fue directo hacia Carla, una de mis amigas, casada hacía años. Pensé que ella lo rechazaría de plano. En cambio lo agarró y empezó a masturbarlo con tanta fuerza que el tipo le pidió entre risas que aflojara, que así se iba a venir enseguida.

El otro hombre ya tenía la verga dentro de la boca de Sol, otra del grupo, que parecía llevar años esperando ese momento.

Busqué a Mara con la mirada y la encontré escondida detrás de dos chicas, espiando todo con los ojos enormes. Siempre fue la tímida de la familia. Me levanté, la tomé de la mano y, aunque al principio se resistió un poco, la llevé hasta la silla y la senté.

—Quedate, mirá nomás —le dije al oído.

Los dos hombres se acercaron y empezaron a bailar desnudos a su alrededor. Para mi sorpresa, fue ella la que estiró la mano, tomó uno de los dos y se lo llevó a la boca. Se tapaba con la otra mano para que no viéramos, pero igual lo hacía. Me senté a su lado y, sin pensarlo, me ocupé del que tenía enfrente.

Verla a mi hermana ahí, soltándose por primera vez, me prendió de una manera que no esperaba.

***

A partir de ahí se desató todo. Algunas de mis amigas se acercaron a relevarnos, otras ya estaban besándose con los hombres en el sillón. Carla se sacó el jean, se puso en cuatro sobre la alfombra y le pidió al primero que la penetrara. El tipo no se hizo rogar.

Una tras otra, mis amigas fueron cayendo. El living entero era piel, gemidos y risas ahogadas. Yo me saqué el vestido y esperé mi turno; no iba a ser la excepción justo en mi propia despedida.

Me monté sobre uno de ellos y empecé a moverme como si me fuera la vida. Buscaba a Mara con los ojos mientras lo cabalgaba, y la encontré en el suelo, enredada con Vanesa. Vi cómo Vanesa la desvestía despacio, cómo le besaba los pechos y después bajaba entre sus piernas. Mi hermana arqueaba la espalda contra la alfombra. Nunca pensé que la vería así.

La dueña de casa se cansó del desorden, agarró a uno de los hombres del brazo y se lo llevó a su habitación con un par de chicas más. Nos quedamos en el living Mara, yo, tres amigas y uno solo de los tipos.

***

Nos organizamos casi sin hablar. Mientras una lo cabalgaba, otra le ponía el sexo en la boca, y así íbamos rotando, turnándonos sobre el mismo hombre que ya no daba abasto. El aire estaba espeso, pegajoso, y nadie quería que terminara.

Yo había perdido por completo la noción del tiempo. La música seguía sonando de fondo, pero ya casi no la escuchábamos por encima de nuestra propia respiración. En algún momento me descubrí mirando a Mara, las dos a centímetros de distancia, compartiendo al mismo hombre, y en lugar de vergüenza sentí una complicidad rara, como si acabáramos de cruzar juntas una línea que no tenía vuelta atrás.

—No le contamos a nadie de esto —me susurró ella, agitada, con una sonrisa que nunca le había visto.

—A nadie —le prometí.

Cuando le tocó a Mara subirse encima, el tipo decidió cambiar el ritmo. La levantó del piso como si no pesara nada y la folló de parado, sosteniéndola contra su cuerpo mientras ella se aferraba a sus hombros. Después nos puso a las dos hermanas una al lado de la otra, nos pidió que levantáramos las caderas y nos fue tomando por turnos, primero a una, después a la otra.

Al final nos hizo arrodillar a todas y, cuando acabó, las que estábamos más cerca alcanzamos a probar su sabor en la lengua. Quedamos tiradas, riéndonos, sin aliento, sin saber cómo habíamos llegado hasta ahí.

***

Estábamos tan agotadas que nos quedamos dormidas donde caímos. Yo dormí en el sofá, abrazada a ese hombre delicioso que todavía olía a sudor y a perfume. Mara y las demás se acomodaron en el suelo, sobre la parte que tenía alfombra, hechas un ovillo.

Me despertó, cerca de las seis y media de la mañana, una sensación inconfundible: el hombre me estaba penetrando de nuevo, despacio, por detrás. Cuando abrí bien los ojos y recordé dónde estaba, vi al segundo tipo parado frente a mí, esperando su turno con una media sonrisa. Mientras uno seguía dentro de mí, me incliné y le hice sexo oral al otro. Las demás todavía dormían.

—¿Y mi hermana? —le susurré al que tenía atrás, en un arranque que todavía no me explico.

Le señalé cuál era. Mara dormía boca abajo, ajena a todo. El hombre se acercó, se le subió encima con cuidado y, cuando ella despertó de golpe entre un gemido y un grito, él le tapó la boca con la mano para no despertar al resto. Después la solté a su suerte y volví a lo mío.

Así terminó la orgía que armamos sin quererlo la noche anterior. Con esos dos hombres nos la pasamos hasta bien entrada la mañana, y dos días después me casé en una ceremonia preciosa, de blanco y con una sonrisa que nadie supo descifrar.

Ellos me dejaron sus números antes de irse. De vez en cuando, Mara o yo los llamamos, y la pasamos tan bien como aquella noche. Mi marido nunca lo supo, y esa, supongo, es la mejor parte.

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Comentarios (3)

Valeria_BA

me encanto!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

NocheLoca_mx

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mas!

Romi_84

Ay, me hizo acordar a algo que me contaron unas amigas hace años jaja. Que buen relato

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