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Relatos Ardientes

Mi amiga Sonia y yo terminamos rodeadas en el embalse

Ilustración del relato erótico: Mi amiga Sonia y yo terminamos rodeadas en el embalse

Nadie que lea esto puede negar que una mujer de mi edad se siente halagada cuando un chico de veinte la mira como si quisiera desnudarla con los ojos. A mí me pasa, y me gusta más de lo que confieso en voz alta. No es que esté necesitada de nada: ni de sexo ni de cariño voy escasa. Es otra cosa. Es saber que todavía provoco.

Me cuido, no sin esfuerzo, y a estas alturas mi cuerpo sigue llamando la atención. No soy alta, pero con mi pecho grande y mis caderas no puedo evitar que me miren por la calle. Tampoco es que me moleste.

Aún no era verano, pero el calor ya había llegado y con él la temporada de agua. Cuando no podemos escaparnos al pueblo, nuestro sitio favorito es un embalse cercano donde hay una zona apartada en la que se practica el nudismo. Ese día Daniel no podía venir, así que al salir del trabajo nos fuimos Sonia y yo solas.

A Sonia la conozco desde hace años. Trabajamos juntas y compartimos muchas aficiones, incluida la de intercambiar parejas con el resto del grupo. Es morena, de pelo rizado y piel tostada, con unos pechos pequeños de pezones oscuros que se endurecen en cuanto los rozas. Tiene el culo redondo y prieto, y cuando se inclina se le ve todo. Ella y su marido fueron de los primeros en animarse cuando empezamos con los intercambios, y desde entonces hemos compartido más de una aventura.

En el coche íbamos discutiendo adónde bajar exactamente.

—Prefiero la zona nudista —dije yo—. Así cojo color sin marcas.

—Y de paso enseñas un poco ese cuerpazo —se rió ella—. Que nos conocemos, Marta.

—También. Aunque entre semana no habrá nadie.

***

Llegamos, aparcamos y comprobamos que, en efecto, teníamos el sitio para nosotras solas. Nos desnudamos, extendimos las toallas y sacamos la crema. Me eché un buen pegote en las manos y empecé a repartirla por la espalda de Sonia sin dejar ni un milímetro sin cubrir. Bajé por sus nalgas, por la cara interna de los muslos, y deslicé los dedos entre sus piernas, rozando despacio el exterior de su sexo. Uno se me escapó por el centro y la noté húmeda.

—Mmm… ¿Ya empiezas? —murmuró—. Sabes que me enciendo enseguida.

Me reí, me agaché y le pasé la lengua desde atrás, recreándome en su sabor antes de incorporarme y plantarme delante de ella, dejándola a medias.

—Serás… —protestó, riendo—. Ahora me dejas así.

—Es que es pronto todavía. Trae la crema.

Me devolvió la jugada. Repartió la crema por mi espalda, se entretuvo en mis nalgas y mis muslos y luego me hizo girarme para subir hasta el pecho. Me acariciaba despacio, se humedecía los labios, y al final se inclinó y me lamió los pezones hasta dejarlos duros.

—Qué envidia me das con estas tetas —dijo, succionando uno entre sus labios—. Estoy pensando en operármelas.

Y entonces oímos voces que se acercaban por la orilla. Nos separamos rápido y nos tumbamos boca abajo, una al lado de la otra, fingiendo dormir.

—Qué pena que viene gente —susurré—. Si no…

—Yo estoy igual. No te imaginas cómo me has puesto.

Alargué la mano por debajo, comprobé lo mojada que estaba y, al retirarla, ella misma me la llevó a la boca y se chupó mis dedos justo cuando aparecían.

***

No miramos quién venía. Me quedé adormilada con el sol en la espalda hasta que las voces volvieron a pasar a pocos metros. Abrí un ojo y vi a dos hombres desnudos alejándose. Los dos tenían la espalda ancha; uno claramente mayor, el otro más joven. Como por esa zona suelen ir muchas parejas de hombres, no le di importancia.

Al rato volvieron a pasar, esta vez mirándonos sin disimulo. El mayor rondaría los sesenta: canoso, fornido, con buen cuerpo para su edad y un sexo en reposo de tamaño más que respetable. El otro tendría treinta y pocos, parecido de complexión, y lo suyo no desmerecía nada.

Sin pensarlo —o pensándolo demasiado— abrí un poco las piernas, rozando las de Sonia, que dio un respingo.

—Qué susto. Estaba medio dormida.

De reojo vi cómo el mayor le hacía un gesto con la cabeza al joven para que mirara, y cómo este sonreía. Sonia se dio cuenta y abrió las piernas igual que yo. Cuando se alejaban, el joven se giró para seguir mirándonos, descubrió que las dos lo observábamos y le dijo algo al otro. Acabamos los cuatro mirándonos con descaro.

No pasaron ni cinco minutos antes de que volvieran a pasar. Nos giramos boca arriba y les ofrecimos una visión clara de todo al separar un poco las piernas. Ellos ya no fingieron: se pusieron de frente, dejándonos ver dos erecciones de buen tamaño, las venas marcadas, el glande grueso y rosado.

Fui yo la primera en incorporarme, apoyada en los codos, y dije en voz alta para que me oyeran:

—Sonia. Mira qué dos se gastan esos.

Ella se levantó las gafas de sol.

—Vaya. No están nada mal.

Los dos se acercaron y se quedaron de pie casi rozándonos. El mayor habló primero.

—Hola, chicas. ¿Queréis compañía?

—No sé —me miró Sonia—. ¿Queremos?

Tener esas dos erecciones tan cerca ya me había mojado entera. Pasé los dedos por el sexo de Sonia, lo noté igual de húmedo y respondí:

—Estás como yo. Así que va a ser que sí.

***

Se sentaron, cada uno a un lado. A mí me tocó el mayor. El joven se colocó de manera que Sonia pudiera alcanzarlo, y ella no dudó en rodearlo con sus dedos finos. Resultaron ser padre e hijo, Roberto y Bruno, que solían bajar al embalse a hacer nudismo; el padre viudo desde hacía años, y juntos se permitían alguna que otra aventura.

Mientras él hablaba, mi mano subía por su pierna hasta cerrarse sobre su miembro, duro y caliente, el glande brillante. Una de sus manos buscó mi muslo y yo abrí las piernas para que llegara a mi sexo. Pasó un dedo de abajo arriba hasta el clítoris y se entretuvo allí mientras yo lo masturbaba despacio. Con la otra mano me apretó un pecho, buscó el pezón y lo pellizcó. Un escalofrío me recorrió entera cuando uno de sus dedos se hundió en mí, entrando y saliendo sin que el otro dejara de acariciarme.

Sentí una mano en el trasero y al girarme vi a Sonia con el miembro de Bruno en la boca, lamiéndolo de arriba abajo mientras le sostenía los testículos. Él apoyaba una mano en su nuca y empujaba suave la cadera.

Roberto tiró de mis piernas, me dejó abierta de par en par y se tumbó sobre mí. Me besó y lamió los pezones mientras su glande rozaba mi entrada sin llegar a entrar, apretando solo la cabeza para retirarse otra vez. Luego fue bajando, besándome el vientre, hasta separarme con la lengua y hundirla dentro.

A mi lado, Sonia ya gemía a cuatro patas, con Bruno agarrándole las caderas y penetrándola desde atrás. Tiré de su cara hacia la mía y la besé, nuestras lenguas jugando mientras la cabeza de Roberto seguía entre mis piernas.

No tardó en incorporarse y, agarrando su miembro, me penetró de un solo empuje. El gemido que se me escapó lo ahogó la boca de Sonia. Empezó a moverse, me levantó las piernas hasta apoyarlas en sus hombros y entró tan hondo que lo sentí llenarme entero. Oía el cuerpo de Bruno chocando contra el de mi amiga con cada embestida. Le busqué los pechos pequeños, los pezones durísimos, y me los llevé a la boca mientras ella me sujetaba los míos.

El orgasmo me llegó así, con Roberto bombeando sin parar dentro de mí. Apenas me dio tregua, así que cambié de postura: lo hice tumbarse y me senté sobre él de espaldas, mostrándole el culo. Cabalgándolo, sentí cómo una de sus manos me acariciaba el ano y un dedo presionaba la entrada hasta colarse dentro.

***

Fue entonces cuando descubrí que teníamos público. Un grupo de cuatro chavales de unos veinte años nos observaba a pocos metros. Sonia, con Bruno taladrándola sin descanso, no se había enterado hasta que se los señalé. Dos de ellos se habían sacado el sexo del bañador y se masturbaban despacio. Les hice una seña para que se acercaran.

Solo se atrevieron esos dos. Se colocaron a mis lados. Sin dejar de cabalgar, alargué la mano, atraje uno de aquellos miembros jóvenes hasta mi boca y lo rodeé con los labios, recorriéndolo entero. No tenía el tamaño de Roberto, pero tampoco estaba mal. El otro se arrodilló junto a Sonia, que lo colocó sobre su cara y se lo metió en la boca sin perder un segundo.

Mientras yo chupaba, el chaval me apretaba los pechos y jugaba con mis pezones. Ni me di cuenta de que un tercero se había acercado hasta que noté su miembro rozándome la otra mejilla. Empecé a alternar, lamiendo primero uno y luego el otro. El último era corto pero grueso, con un glande gordo que me llenaba la boca.

Debajo de mí, Roberto empezó a gemir más fuerte. Me aparté justo a tiempo, me arrodillé entre sus piernas, lo agarré con la mano y lo metí entre mis pechos hasta que descargó entre ellos con un temblor. Para entonces uno de los chicos se había colocado detrás de mí, y sentí su miembro ocupar el sitio que Roberto había dejado libre. Así, con uno empujando desde atrás y la boca llena por el otro, me vino un nuevo orgasmo que me sacudió entera.

Sonia cabalgaba a Bruno mientras otro de los chavales empezaba a abrirse paso despacio en su culo. Roberto se retiró a un lado a recuperarse y observar. El chico al que yo lamía se tumbó a mi lado y el que me penetraba se apartó: estaba claro lo que querían, y se lo di.

***

Hice que el del miembro más grueso se tumbara, me senté encima dejándome caer hacia atrás sobre su pecho y le ofrecí el ano al otro. Sentí cómo se abría camino hasta entrar del todo, y empezamos a movernos los tres a la vez. Un sexo en cada lado, jadeando sin freno, vi de reojo cómo Roberto sacaba su miembro del culo de Sonia, se quitaba el preservativo y terminaba sobre su espalda sin que ella dejara de cabalgar.

El temblor volvió enseguida. Me corrí sintiéndolos a los dos dentro hasta que el de abajo avisó de que se venía. Me separé, les quité los preservativos a ambos y los masturbé y lamí hasta que descargaron sobre mis pechos y mi cara. Aún los chupé un rato más, limpiándolos, sintiendo entre los labios cómo se vaciaban del todo.

Sonia y su chico ya habían terminado, él en su cara. Padre e hijo se vistieron, se acercaron a darnos un beso suave de despedida y un «gracias» antes de recoger y marcharse, dejándonos allí entre los tres jóvenes. El cuarto seguía a un lado, sin atreverse, con un bulto evidente en el bañador.

Cuando recuperamos el aliento, Sonia y yo nos levantamos ante la mirada atenta de los cuatro y nos metimos en el agua a quitarnos todo rastro de ellos. Volvimos a las toallas, nos tumbamos al sol y nos miramos sin decir nada. No hacía falta. Las dos sabíamos que aquel embalse acababa de convertirse, definitivamente, en nuestro sitio favorito.

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Comentarios (4)

Silvana_GBA

jajaja no puedo creer como termino eso, que situacion!! muy bueno

Vero_Rosario

Por favor escribi la segunda parte, quedamos con muchas ganas de saber como siguio todo esto jaja

LectorNocturno_ar

Me encanto como lo narraste, se siente muy veridico sin ser burdo. Segui escribiendo que tenes talento de verdad

MarcosB_78

¿y que paso cuando volvieron al agua? se hizo cortisimo jeje

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