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Relatos Ardientes

El matrimonio del bloque de al lado quería probar

Las vacaciones de verano en la costa son otra cosa. El calor lo desordena todo, la gente se suelta, y en una urbanización como Brisa Azul, donde todos los vecinos bajamos a la misma franja de arena, la amistad se hace de un día para otro. Por la mañana tomas el sol y te bañas; por la noche dejas que la cabeza haga y deshaga a su antojo.

En esa zona hay de todo: chiringuitos, bares, locales de copas y, a dos calles, un club de parejas que atrae a media costa. Por eso muchos vecinos vienen buscando exactamente lo mismo que nosotros nunca confesamos en voz alta. Marcos y yo —yo soy Carla— solíamos plantar la sombrilla delante del chiringuito El Faro. Yo en tanga y en topless, él en bañador.

Allí coincidíamos cada mañana con un matrimonio de nuestro mismo edificio. Él, Damián, rondaba los cincuenta: alto, corpulento, moreno, con esa seguridad de hombre que sabe mirar sin disimular. Ella, Sonia, un par de años más joven, murciana, de pelo negro y ojos oscuros, con unos pechos grandes y una manera de hablar entre dulce y picante que enganchaba. Tenían una hija mayor que iba y venía según le convenía. Eran agradables, demasiado agradables.

En la playa se pasa el día entero, y a la hora de las cervezas o del vermut unos suben al chiringuito y otros bajan la nevera. Damián y Sonia eran de los que ofrecen, de los que buscan conversación. Así empezó todo, con un par de latas frías y una charla que se alargaba más de lo previsto.

Al tercer día comimos los cuatro en Casa Lúa, un sitio de mesas largas y manteles de papel. Fue una comida cómoda, de risas fáciles. Damián era atento y bromista; Sonia, sal pura. Se habló del calor, de los hijos, de política, y entre broma y broma Damián fue dejando caer el tema.

—Te queda de escándalo ese tanga —me dijo, con la copa en la mano—. Te pongas el que te pongas.

Le di las gracias sin bajar la mirada. Marcos, lejos de cortarse, soltó que su mujer tenía un culo redondo y unas tetas que valían el viaje.

—Y muy duros los pezones —añadió Sonia, riéndose, señalándose el pecho con descaro.

Después de comer pidió unos chupitos «para hacer la digestión», y de los chupitos pasamos a las copas. Se soltaron las lenguas. Contamos que no éramos del todo nuevos en esto, que alguna vez habíamos compartido cama con un amigo de Marcos de toda la vida. Ellos confesaron que lo habían hablado mil veces y nunca se habían atrevido.

—Si queréis, podemos ir al club una noche —propuso Damián.

—Al club no —corté yo—. Eso es demasiada gente. Demasiados ojos.

Volvimos a la arena con la conversación encendida. Ellos no paraban de preguntar, de querer detalles, y yo, cada vez más caliente de contarlos, no podía dejar de mirar cómo se le marcaba el bulto a Damián por encima del bañador.

***

Me levanté para refrescarme y, casi sin pensarlo, le dije que si se venía al agua. Dijo que sí antes de que terminara la frase. Caminamos hacia la orilla y él se quedó medio paso por detrás. No hacía falta preguntar para qué.

—Bien que me has mirado el culo —le solté cuando el agua nos llegaba a la cintura.

—Y ya me lo he follado tres veces con la imaginación —contestó.

—Yo te dejo —dije, y me reí.

Avanzamos un poco más, hasta que el agua me cubría los pechos y a él le dejaba el torso al aire. Entonces lancé la mano. Lo busqué por encima de la tela y noté el bulto, duro, mucho más de lo que prometía la ropa. Él me sujetó las tetas por debajo del agua y apretó. Le saqué la polla del bañador y empecé a moverla despacio, escondidos a la vista de todos por la línea del mar.

Me di la vuelta y se la pegué al culo, apartando el tanga para dejar la raja desnuda contra él. Estábamos tan metidos en lo nuestro que no vimos venir a Marcos y a Sonia hasta que los tuvimos al lado, riéndose, con la misma cara de querer entrar en el juego.

Marcos le bajó el bañador a Sonia bajo el agua y empezó a buscarle el clítoris con los dedos mientras ella protestaba entre risas que estábamos locos. Damián intentó metérmela allí mismo, pero le frené.

—Sin condón, no.

—Recogemos y subimos a mi apartamento —dijo él, casi sin aire.

Los cuatro dijimos que sí a la vez.

***

Salimos del agua, nos secamos a toda prisa y recogimos sillas y sombrillas con las manos torpes. Yo me eché una camiseta por encima y me lié la toalla a la cintura; Sonia hizo lo mismo. Los hombres se pusieron las camisetas y cruzamos la urbanización conteniendo la risa, como adolescentes con un secreto.

En el ascensor, Damián me arrancó el tanga por debajo de la toalla. Se chupó un dedo y me lo metió en el culo sin previo aviso.

—Qué prisa tienes —le dijo Sonia—. Desde el primer día estás detrás de ella.

—La misma prisa que tú tienes por él —respondió, señalando a Marcos con la barbilla.

Entramos en su apartamento y me quitó la toalla. Me quedé con el coño depilado al aire y el culo desnudo. Se acercó, me besó mientras me agarraba las nalgas con las dos manos, y yo le bajé el bañador. La polla, grande, me rozó el vientre. Me sacó la camiseta y empezó a deslizarse entre mis muslos sin entrar todavía, jugando.

A pocos pasos, Marcos le había levantado la camiseta a Sonia y le mordía los pechos. Ella le bajó el bañador, se sentó en el sofá y se la metió en la boca. Yo, al verlo, me arrodillé delante de Damián e hice lo mismo. Estuvimos así un buen rato, las dos parejas mezcladas, mirándonos sin pudor.

Damián me cogió de la mano y me llevó al dormitorio. Me echó en la cama, me separó las piernas y bajó la cabeza. Me comió el coño de arriba abajo, chupando los labios, lamiendo despacio hasta que el primer orgasmo me levantó las caderas de la cama. No paró. Metió un dedo, lo sacó húmedo y lo llevó al culo mientras seguía con la lengua en el clítoris. Me corrí otra vez, y una tercera, antes de que se incorporara a buscar un preservativo. Mientras rasgaba el envoltorio, yo le chupé la polla una vez más.

***

En el salón, Marcos tenía a Sonia de pie. Le metía los dedos, los sacaba para frotarle el clítoris y le comía los pechos sin tregua. Cuando le mordió el cuello, ella empezó a repetir que no parara, hasta que el «me corro» se le escapó entre jadeos.

Entraron los dos en la habitación y nos encontraron a mí a cuatro patas y a Damián embistiéndome por detrás, con mis tetas balanceándose a cada empujón. Yo le pedí unos azotes. Sonia se acercó, me besó, me apretó los pechos y bajó la mano a mi clítoris. Marcos le pidió a Damián que me azotara, y la palmada caliente me arrancó un gemido que no sonó a nada decente. Me corrí como lo que era esa tarde.

Marcos cogió otro preservativo, tumbó a Sonia boca arriba, le separó los tobillos y empezó a bombear dentro de ella. Era hipnótico ver cómo le subían y bajaban los pechos al ritmo de cada embestida. En ese momento Damián salió de mí, me abrió las nalgas y bajó la boca a mi culo. Lo lamió, lo mordió, jugó con el ojete el tiempo justo para que su polla bajara un poco las ganas. Yo me acariciaba el coño mientras tanto.

Al otro lado de la cama, Marcos había dejado de follársela para comerle el coño con las manos clavadas en sus pechos. Sonia gemía cada vez más fuerte.

—Qué bien me lo comes, cabrón —jadeaba—. No pares, aprieta.

Cuando Marcos le metió un dedo en el culo, sus gemidos se volvieron gritos hasta reventar en un orgasmo largo, de los que arquean la espalda. Verla así me puso al rojo.

Damián volvió a entrar, esta vez en mi culo, sujetándome de las caderas, apretando. Aguantó lo justo. Cuando estuvo a punto, sacó la polla, se quitó el condón y se vació entero sobre mi culo y mi espalda. Me incorporé, lo empujé hacia atrás y se la chupé limpia, saboreando lo que quedaba, mientras Sonia hacía lo propio con Marcos hasta tragárselo casi todo.

***

Serían las ocho de la tarde. Entramos al baño por turnos, primero yo, luego ella, a quitarnos la sal y el sudor. Cuando salí, Marcos ya tenía un par de copas preparadas en la terraza. Se acercó, me besó y me preguntó al oído qué me había parecido.

—Perfecto —le dije—. Mejor de lo que esperaba.

Cuando salió Damián y vio a Marcos cerca de mí, fue a buscar a su mujer. Tomamos las copas desnudos en la terraza, con la brisa de la noche secándonos la piel, repartiendo azotes cada vez que pasábamos, besos robados y manos que no se estaban quietas.

Volvimos a encendernos casi sin darnos cuenta, cada una con su pareja. Marcos me besaba de pie mientras me frotaba y yo se la movía a él; Damián y Sonia hacían lo mismo a un metro. El juego era sencillo: ellos nos masturbaban, y cuando llegaran al límite, cambiarían el destino. Marcos terminaría sobre Sonia y Damián sobre mí. Y así fue, entre risas y un último gemido compartido bajo las luces de la urbanización.

Los siete días que quedaban de vacaciones seguimos jugando. Quedamos como buenos amigos, de los que se escriben en invierno y se prometen repetir el verano siguiente. Aquel fue nuestro segundo intercambio. No sería el último.

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Comentarios (5)

Marcos_cba77

tremendo!!! uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo

NocheSalada77

Por favor que haya continuacion, quedé con ganas de saber como terminó todo entre los cuatro. Estuvo buenisimo

CorinaMer

el arranque en la pileta fue lo mejor, muy bien llevado sin apurarse

LectorFurtivo_MX

jajaja lo de seguirla hasta el agua me pareció lo mas auténtico y gracioso del relato. Muy bueno

Curiosa22

que calor!! me encanto

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