Nuestra primera noche en el club de intercambio
Voy a intentar contar lo que fue nuestra primera vez en un club de intercambio. Pasó hace ya bastantes años, así que algunos detalles se me habrán emborronado con el tiempo, pero quiero ser lo más fiel posible a como ocurrió. Por aquel entonces Carla y yo éramos muy jóvenes, recién estrenados como pareja seria, y teníamos esa mezcla de inconsciencia y curiosidad que solo se tiene a esa edad.
Todo empezó por una confesión suya. Una tarde, sentados en la cocina, me contó que durante meses había estado liándose con una amiga del trabajo. Al principio me sentó como una patada en el estómago. Llegué a pensar en irme de casa esa misma noche.
Pero algo curioso pasó cuando se me bajó el enfado. En lugar de imaginármela traicionándome, me la imaginaba con ella, y eso, en vez de doler, encendía algo. Carla lo notó. Hablamos durante horas, me explicó cómo había surgido, qué le gustaba de estar con otra mujer, qué sentía. Terminamos esa conversación en la cama, y follamos de una manera que no recordaba desde el principio de lo nuestro.
—¿Y si lo probamos juntos? —me dijo unos días después, con la cabeza apoyada en mi pecho—. Hay sitios para esto. Locales donde la gente va en pareja.
Ni siquiera sabía que esos sitios existían.
Ella sí. Su amiga le había hablado de uno. Esa misma noche lo buscamos en internet y dimos con un local a las afueras que se llamaba El Edén. Tenía buenas reseñas, fotos de un salón con luces tenues, una barra larga y un jacuzzi al fondo. Nos quedamos mirando la pantalla en silencio, los dos con el corazón un poco acelerado, y supimos que íbamos a ir.
***
El día llegó antes de lo que esperaba. Me arreglé lo mejor que pude, camisa limpia, un poco de colonia, las manos sudando. Pero Carla fue otra historia. Cuando salió del cuarto se me secó la boca. Se había puesto un vestido negro ajustado que le marcaba cada curva, los labios pintados de rojo, el pelo suelto. Estaba para comérsela.
—¿Demasiado? —preguntó girando sobre sí misma.
—Perfecta —dije, y no mentía.
Llegamos pasada la medianoche. Nos recibió una mujer en la entrada, una de esas personas que trabajan en relaciones públicas y que parecen hechas para poner nerviosa a la gente. Era elegante, segura, con una sonrisa que no juzgaba nada. Nos preguntó si era nuestra primera vez y le dijimos que sí.
—No os preocupéis —dijo mientras nos enseñaba el sitio—. Aquí cada uno marca sus límites. No pasa nada que no queráis que pase. Y si os interesa alguien, me avisáis. Aunque, sinceramente —añadió guiñándonos un ojo—, con lo jóvenes que sois, no creo que tengáis que buscar mucho. Aquí eso llama la atención.
Se fue y nos dejó solos en mitad del salón. Carla y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer con esa frase. Empezamos a caminar despacio, una copa en la mano, y lo que vi me dejó sin aire. Había parejas en sofás besándose sin disimulo. Un par de habitaciones con la puerta abierta donde se oía todo. Una cama enorme en un rincón con tres o cuatro cuerpos enredados. Era mejor que cualquier película que hubiera visto, y yo notaba la tensión acumulándose por todo el cuerpo.
Nos sentamos en unos bancos tapizados cerca de la barra. Al principio no me di cuenta, pero a los pocos minutos noté que varias parejas nos miraban. De distintas edades, algunas mayores, otras de nuestra quinta. Una tras otra se fueron acercando a charlar, a tantear, a invitarnos a una habitación o al jacuzzi. Ninguna nos terminaba de encajar. Quizá era la inexperiencia, las ganas de que la primera vez fuera con alguien que de verdad nos apeteciera.
Habíamos hablado ya con siete u ocho parejas cuando aparecieron ellos.
***
Ella se llamaba Mara, y todavía la recuerdo con detalle. Morena, melena por los hombros, unos pechos grandes que el escote del vestido apenas contenía y una forma de mirar que te desnudaba antes de tocarte. Su chico era alto, muy alto, simpático, de esos que se ríen fácil. A Carla siempre le gustaron los hombres altos, así que eso jugaba a favor.
Lo primero que noté es que tenían experiencia. No nos atosigaron. Se sentaron con nosotros, pidieron otra ronda y empezaron a preguntar lo de siempre: gustos, qué buscábamos, hasta dónde queríamos llegar. Pero lo hacían con calma, dejándonos espacio. Carla se soltó enseguida. Les contó lo de su amiga, cómo había descubierto que le gustaban las mujeres, y yo la escuchaba contar aquellas cosas con la garganta seca, mirando de reojo a Mara.
—¿Os apetece pasar al jacuzzi? —dijo Mara en algún momento—. Se está mucho mejor ahí que aquí con tanto ruido.
Dudamos. Mi parte juvenil salió por la boca antes de poder frenarla.
—No hemos traído bañador —solté, y me arrepentí en el acto.
Mara se rió, una risa franca, sin maldad.
—Cariño, ahí dentro nadie lleva nada.
Carla y yo nos miramos un par de segundos. Esa mirada lo decía todo. Asentimos a la vez.
***
Nos cambiamos, nos pusimos los albornoces y entramos. Ellos ya estaban dentro del agua, desnudos, las burbujas tapando casi todo. Nos sentamos enfrente. Entre la poca luz y el vapor, de Mara solo distinguía el cuello, los hombros y esa sonrisa.
Carla volvió a contar, esta vez con más detalle, cómo había sido lo de su amiga. Yo la tenía dura como una piedra solo de escucharla, con Mara a un metro y la imaginación disparada.
—¿Y por qué no le enseñas a tu chico cómo lo haces? —dijo Mara de pronto, mirándola—. Para que vea con sus propios ojos.
Carla la miró. Las dos se rieron, esa risa de complicidad que aún no entendía del todo. Y entonces Mara se puso de pie.
La vi por primera vez entera y se me cortó la respiración. Tenía unos pechos generosos, los pezones oscuros y duros por el cambio de temperatura. Era una mujer espectacular. Volvió a sentarse, esta vez al lado de Carla, y las dos se acercaron despacio hasta quedar pegadas.
Se besaron.
Era la primera vez que veía a Carla besar a otra mujer y no hay forma de explicar lo que sentí. No era solo deseo, era algo más hondo, como si la estuviera descubriendo de nuevo. Sin pensarlo, bajé la mano bajo el agua.
—Ni se te ocurra —dijo Mara sin dejar de besarla, con una sonrisa de lado—. Tú mira. Y disfruta.
Aparté la mano. Las dos siguieron, ajenas a todo. Se besaban el cuello, los pechos, se acariciaban bajo el agua. Se decían cosas en voz baja, frases sueltas que me llegaban a trozos y que me ponían más que cualquier imagen. Yo, con las manos sobre los muslos para no tocarme, sentía que iba a estallar.
Mara salió del agua otra vez, esta vez del todo, y se sentó en el borde con las piernas separadas. Me miró fijo.
—¿Te gustaría probar? —preguntó.
—Sí —dije, con la voz tomada.
—Más tarde. Ahora le toca a ella.
***
Lo que vino después se me quedó grabado para siempre. Carla se arrodilló entre las piernas de Mara y empezó a comérsela con una soltura que yo no le conocía. Le metía la lengua, los dedos, y Mara echaba la cabeza hacia atrás repitiendo lo bien que lo hacía, pidiéndole más, sin dejar de mirarme a mí. Esa mirada, sabiendo que yo lo veía todo, era lo que más me encendía.
Mara no tardó en correrse, con un gemido largo que rebotó en las paredes de azulejo. Cuando se le pasó, tiró de Carla y la sentó en el borde, en su lugar.
—Ahora tú —le dijo.
Y allí estaba mi mujer, abierta de piernas, con la lengua de Mara entre ellas. En cierto momento, por la postura, Mara quedó al alcance de mi mano. Sin dejar de comerle el coño a Carla, alargó el brazo, buscó mi mano bajo el agua y se la llevó entre sus piernas.
—¿A qué esperas? —me susurró—. Hazme acabar.
Miré de reojo a su chico, buscando una aprobación que no necesitaba. Mara lo notó.
—A él no lo mires. Aquí mando yo.
Él sonrió y asintió, dándome permiso con un gesto. Empecé a acariciarla, primero por fuera, temblando, sin atreverme a más. Ella misma guió mis dedos. Yo apenas daba crédito: Carla en lo alto del jacuzzi con la boca de Mara entre las piernas, y yo detrás, dándole placer a una desconocida en el agua caliente. Era demasiado para procesarlo.
Carla estaba a punto. Pidió más, pidió que no parásemos. Apreté el ritmo y, casi sin aviso, las dos se corrieron a la vez, una contra la boca de la otra, los cuerpos tensos y luego flojos. Se besaron despacio, agotadas y satisfechas.
Mara se acercó a mí y me dio un beso suave en los labios.
—¿Te ha gustado el espectáculo? —preguntó.
—Es lo más caliente que he visto en mi vida —contesté, y era verdad.
Sonrió, se pegó a mi oído y bajó la voz.
—Pues queda mucha noche. Te aseguro que esto no ha hecho más que empezar.
Me senté a su lado, Carla se enredó con el chico, y empezamos a besarnos los cuatro, sabiendo que lo mejor estaba aún por llegar.