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Relatos Ardientes

Nuestra primera noche en el club de intercambio

Voy a intentar contar lo que fue nuestra primera vez en un club de intercambio. Pasó hace ya bastantes años, así que algunos detalles se me habrán emborronado con el tiempo, pero quiero ser lo más fiel posible a como ocurrió. Por aquel entonces Carla y yo éramos muy jóvenes, recién estrenados como pareja seria, y teníamos esa mezcla de inconsciencia y curiosidad que solo se tiene a esa edad.

Todo empezó por una confesión suya. Una tarde, sentados en la cocina, me contó que durante meses había estado liándose con una amiga del trabajo. Al principio me sentó como una patada en el estómago. Llegué a pensar en irme de casa esa misma noche.

Pero algo curioso pasó cuando se me bajó el enfado. En lugar de imaginármela traicionándome, me la imaginaba con ella, y eso, en vez de doler, encendía algo. Carla lo notó. Hablamos durante horas, me explicó cómo había surgido, qué le gustaba de estar con otra mujer, qué sentía. Me contó, con la cara colorada, cómo la primera vez había sido en el baño de la oficina, cómo su amiga se había arrodillado y le había separado las bragas con dos dedos para chupárselo hasta hacerla correrse mordiéndose la manga. Se me puso la polla dura al instante escuchando aquello.

Terminamos esa conversación en la cama, y follamos de una manera que no recordaba desde el principio de lo nuestro. Le arranqué la ropa entre besos y le hundí la cara entre las piernas antes de que pudiera decir nada. Estaba empapada, el coño le brillaba, y se lo lamí de arriba abajo mientras le hacía repetir todo lo que le había hecho su amiga. «Dime cómo te chupaba», le pedía yo con la barbilla mojada, y ella jadeaba y me guiaba la cabeza. Luego me monté encima y se la metí de golpe, hasta el fondo, y follamos como animales, ella pidiendo más fuerte, yo agarrándole las tetas y mordiéndole el cuello. Me corrí dentro con un gruñido y sentí cómo ella se corría un segundo después, apretándome la polla con el coño en espasmos que no le había notado en meses.

—¿Y si lo probamos juntos? —me dijo unos días después, con la cabeza apoyada en mi pecho—. Hay sitios para esto. Locales donde la gente va en pareja.

Ni siquiera sabía que esos sitios existían.

Ella sí. Su amiga le había hablado de uno. Esa misma noche lo buscamos en internet y dimos con un local a las afueras que se llamaba El Edén. Tenía buenas reseñas, fotos de un salón con luces tenues, una barra larga y un jacuzzi al fondo. Nos quedamos mirando la pantalla en silencio, los dos con el corazón un poco acelerado, y supimos que íbamos a ir.

***

El día llegó antes de lo que esperaba. Me arreglé lo mejor que pude, camisa limpia, un poco de colonia, las manos sudando. Pero Carla fue otra historia. Cuando salió del cuarto se me secó la boca. Se había puesto un vestido negro ajustado que le marcaba cada curva, los labios pintados de rojo, el pelo suelto. Estaba para comérsela.

—¿Demasiado? —preguntó girando sobre sí misma.

—Perfecta —dije, y no mentía.

Llegamos pasada la medianoche. Nos recibió una mujer en la entrada, una de esas personas que trabajan en relaciones públicas y que parecen hechas para poner nerviosa a la gente. Era elegante, segura, con una sonrisa que no juzgaba nada. Nos preguntó si era nuestra primera vez y le dijimos que sí.

—No os preocupéis —dijo mientras nos enseñaba el sitio—. Aquí cada uno marca sus límites. No pasa nada que no queráis que pase. Y si os interesa alguien, me avisáis. Aunque, sinceramente —añadió guiñándonos un ojo—, con lo jóvenes que sois, no creo que tengáis que buscar mucho. Aquí eso llama la atención.

Se fue y nos dejó solos en mitad del salón. Carla y yo nos miramos sin saber muy bien qué hacer con esa frase. Empezamos a caminar despacio, una copa en la mano, y lo que vi me dejó sin aire. Había parejas en sofás besándose sin disimulo, manos metidas dentro de vestidos, una tía chupándosela a su chico mientras otro le mordía las tetas por detrás. Un par de habitaciones con la puerta abierta donde se oía todo: palmadas en el culo, gemidos, un «méteme la polla entera» que me llegó nítido desde el fondo. Una cama enorme en un rincón con tres o cuatro cuerpos enredados, un tío follándose a una tía a cuatro patas mientras ella le comía el coño a otra. Era mejor que cualquier película que hubiera visto, y yo notaba la tensión acumulándose por todo el cuerpo, la polla apretada contra la cremallera del pantalón.

Nos sentamos en unos bancos tapizados cerca de la barra. Al principio no me di cuenta, pero a los pocos minutos noté que varias parejas nos miraban. De distintas edades, algunas mayores, otras de nuestra quinta. Una tras otra se fueron acercando a charlar, a tantear, a invitarnos a una habitación o al jacuzzi. Ninguna nos terminaba de encajar. Quizá era la inexperiencia, las ganas de que la primera vez fuera con alguien que de verdad nos apeteciera.

Habíamos hablado ya con siete u ocho parejas cuando aparecieron ellos.

***

Ella se llamaba Mara, y todavía la recuerdo con detalle. Morena, melena por los hombros, unas tetas enormes que el escote del vestido apenas contenía y una forma de mirar que te desnudaba antes de tocarte. Su chico era alto, muy alto, simpático, de esos que se ríen fácil. A Carla siempre le gustaron los hombres altos, así que eso jugaba a favor.

Lo primero que noté es que tenían experiencia. No nos atosigaron. Se sentaron con nosotros, pidieron otra ronda y empezaron a preguntar lo de siempre: gustos, qué buscábamos, hasta dónde queríamos llegar. Pero lo hacían con calma, dejándonos espacio. Carla se soltó enseguida. Les contó lo de su amiga, cómo había descubierto que le gustaba comer coño, y yo la escuchaba contar aquellas cosas con la garganta seca, mirando de reojo a Mara, que se pasaba la lengua por el labio superior cada vez que Carla decía una guarrada.

—¿Os apetece pasar al jacuzzi? —dijo Mara en algún momento—. Se está mucho mejor ahí que aquí con tanto ruido.

Dudamos. Mi parte juvenil salió por la boca antes de poder frenarla.

—No hemos traído bañador —solté, y me arrepentí en el acto.

Mara se rió, una risa franca, sin maldad.

—Cariño, ahí dentro nadie lleva nada.

Carla y yo nos miramos un par de segundos. Esa mirada lo decía todo. Asentimos a la vez.

***

Nos cambiamos, nos pusimos los albornoces y entramos. Ellos ya estaban dentro del agua, desnudos, las burbujas tapando casi todo. Nos sentamos enfrente. Entre la poca luz y el vapor, de Mara solo distinguía el cuello, los hombros y esa sonrisa.

Carla volvió a contar, esta vez con más detalle, cómo había sido lo de su amiga. Ahora sin filtro: cómo la primera vez le había separado las bragas con la lengua, cómo se habían pasado horas comiéndose el coño una a la otra en el sofá de su casa, cómo aprendió a meter dos dedos y curvarlos justo donde había que curvarlos. Yo la tenía dura como una piedra solo de escucharla, con Mara a un metro y la imaginación disparada, la polla latiéndome bajo el agua caliente.

—¿Y por qué no le enseñas a tu chico cómo lo haces? —dijo Mara de pronto, mirándola—. Para que vea con sus propios ojos.

Carla la miró. Las dos se rieron, esa risa de complicidad que aún no entendía del todo. Y entonces Mara se puso de pie.

La vi por primera vez entera y se me cortó la respiración. Tenía unas tetas generosas, redondas y firmes, los pezones oscuros y duros como piedras por el cambio de temperatura, el vientre plano, el coño depilado y ya brillante de excitación. Era una mujer espectacular. Volvió a sentarse, esta vez al lado de Carla, y las dos se acercaron despacio hasta quedar pegadas.

Se besaron.

Era la primera vez que veía a Carla besar a otra mujer y no hay forma de explicar lo que sentí. No era solo deseo, era algo más hondo, como si la estuviera descubriendo de nuevo. Mara le metió la lengua entera y Carla se la devolvió con hambre, chupándosela, mordiéndole el labio inferior. Sin pensarlo, bajé la mano bajo el agua y me agarré la polla.

—Ni se te ocurra —dijo Mara sin dejar de besarla, con una sonrisa de lado—. Tú mira. Y disfruta.

Aparté la mano. Las dos siguieron, ajenas a todo. Mara le bajó los tirantes del sujetador del biquini a Carla y le sacó las tetas fuera del agua. Se agachó y le empezó a chupar los pezones, uno y otro, tirando con los dientes, haciéndola gemir. Carla echaba la cabeza hacia atrás y respiraba entrecortado, con las manos hundidas en el pelo de Mara. Bajo el agua se les veían las siluetas moviéndose, los dedos de Mara buscando entre las piernas de mi mujer y Carla abriéndolas para dárselos.

—Métemelos —oí que le decía Carla, casi sin voz—. Métemelos ya.

Mara se los metió. Se le notó en la cara a Carla cómo se los curvaba dentro, cómo empezaba a follársela con la mano bajo el agua mientras seguía chupándole las tetas. Se decían cosas en voz baja, «qué apretadita estás», «así, sigue así», «voy a comerte entera», frases sueltas que me llegaban a trozos y que me ponían más que cualquier imagen. Yo, con las manos sobre los muslos para no tocarme, sentía que iba a estallar dentro del bañador.

Mara salió del agua otra vez, esta vez del todo, y se sentó en el borde con las piernas separadas. El coño se le abrió a la altura de mis ojos, los labios rosados y el clítoris hinchado, y me miró fijo.

—¿Te gustaría probar? —preguntó, pasándose dos dedos por la raja para enseñarme lo mojada que estaba.

—Sí —dije, con la voz tomada.

—Más tarde. Ahora le toca a ella.

***

Lo que vino después se me quedó grabado para siempre. Carla se arrodilló entre las piernas de Mara y empezó a comérselo con una soltura que yo no le conocía. Le pasó la lengua plana desde el culo hasta el clítoris, se lo chupó fuerte, lo soltó, volvió a hundir la boca. Le metía la lengua dentro y luego dos dedos, follándoselo mientras le lamía el clítoris en círculos. Mara echaba la cabeza hacia atrás repitiendo lo bien que lo hacía, «así, guarra, cómemelo entero, no pares», pidiéndole más, sin dejar de mirarme a mí. Esa mirada, sabiendo que yo lo veía todo, con mi mujer entre sus piernas devorándole el coño, era lo que más me encendía.

Carla se puso a lamerle el clítoris más rápido, sin sacar los dedos, y Mara empezó a temblar. Le agarró la cabeza con las dos manos y le apretó la cara contra el coño mientras le decía «me corro, me corro, no pares». Mara no tardó en correrse, con un gemido largo que rebotó en las paredes de azulejo, echándose contra la boca de Carla y sacudiéndose entera. Cuando se le pasó, tiró de Carla y la sentó en el borde, en su lugar, y le quitó la parte de abajo del biquini de un tirón.

—Ahora tú —le dijo—. Vamos a ver cómo te corres tú.

Y allí estaba mi mujer, abierta de piernas de par en par, con la lengua de Mara entre ellas. Le comía el coño con una habilidad que solo se aprende comiendo muchos coños, la nariz apretada contra el pubis, el mentón resbaladizo. Carla se retorcía y se agarraba a los bordes del jacuzzi, «así, ahí, no te muevas de ahí», y Mara le sonreía sin dejar de lamer.

En cierto momento, por la postura, Mara quedó al alcance de mi mano. Sin dejar de comerle el coño a Carla, alargó el brazo, buscó mi mano bajo el agua y se la llevó entre sus piernas.

—¿A qué esperas? —me susurró, girando un segundo la cabeza con la boca brillante de flujo de Carla—. Hazme acabar. Mete los dedos, no seas tímido.

Miré de reojo a su chico, buscando una aprobación que no necesitaba. Mara lo notó.

—A él no lo mires. Aquí mando yo.

Él sonrió y asintió, dándome permiso con un gesto, la polla asomándole ya fuera del agua, gruesa y roja, agarrándosela con la mano. Empecé a acariciarla, primero por fuera, temblando, sin atreverme a más. Ella misma guió mis dedos hasta el clítoris, luego a la entrada del coño. Se lo metí. Estaba caliente, empapado, apretado. Se lo metí más, dos dedos hasta el fondo, y empecé a follársela con la mano al mismo ritmo con el que ella le comía el coño a Carla. Notaba cómo se le contraían las paredes cada vez que Carla soltaba un gemido más fuerte.

Yo apenas daba crédito. Carla en lo alto del jacuzzi con la boca de Mara entre las piernas, gimiendo a pleno pulmón, y yo detrás, con dos dedos hundidos hasta los nudillos en el coño de una desconocida en el agua caliente, sintiéndole el clítoris resbalar contra la palma de mi mano. El chico de Mara se pajeaba mirándonos, sin decir nada, con una sonrisa tranquila de quien ha visto la escena mil veces y aún así disfruta.

Carla estaba a punto. Pidió más, pidió que no parásemos, «méteme la lengua, mételo todo». Apreté el ritmo con los dedos dentro de Mara, buscándole el punto ese que Carla me había enseñado a encontrar, y sentí cómo se ponía tensa. Casi sin aviso, las dos se corrieron a la vez, una contra la boca de la otra, los cuerpos tensos y luego flojos, Carla apretando los muslos contra la cara de Mara y Mara mordiéndole la mano libre para no gritar demasiado alto. Se besaron despacio, con los labios y las barbillas todavía mojadas del coño de la otra, agotadas y satisfechas.

Mara se acercó a mí y me dio un beso suave en los labios. Le supo a Carla. Le supe a Carla en su lengua y me volvió a poner la polla dura al instante, la que nunca se me había bajado.

—¿Te ha gustado el espectáculo? —preguntó, bajando la mano bajo el agua y agarrándomela sin ningún pudor. Me apretó, me midió, sonrió al notar lo que tenía—. Mira qué polla más rica te tenías escondida.

—Es lo más caliente que he visto en mi vida —contesté, y era verdad.

Sonrió, se pegó a mi oído y bajó la voz, sin soltarme, empezando a subir y bajar la mano despacio bajo el agua.

—Pues queda mucha noche. Te aseguro que esto no ha hecho más que empezar. Voy a chuparte esta polla hasta dejarte seco, y luego mi chico se va a follar a tu mujer delante de ti mientras tú me la metes a mí. ¿Te parece?

No pude ni contestar. Me senté a su lado, Carla se enredó con el chico y le empezó a besar el cuello mientras le agarraba la polla con la mano, y empezamos a besarnos los cuatro, lenguas y manos por todas partes, sabiendo que lo mejor estaba aún por llegar.

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Comentarios(8)

NocheAlta33

tremendo!!! llevaba tiempo sin leer algo tan bien armado

Rosi_44

Me encantó la tension del principio, ese momento en que todo cambia de golpe... muy bien contado. Sigue así!

seba70

se me hizo corto, quiero saber mas de lo que pasó despues con todos ellos

MarcoDelSur

la descripcion del ambiente del club es genial, te mete de lleno en la escena sin necesidad de exagerar nada

Lorena_75

Me recordó a una noche que tampoco teniamos muy claro qué ibamos a encontrar, esas son las mejores jaja. Muy bueno el relato

GonzaK88

segunda parte por favor!!! me quedé con ganas de mas

Analía_78

muy bien escrito, sin ser burdo, es lo que marca la diferencia con otros relatos de este tipo

EnzoLector

¿es autobiografico? se siente muy autentico, como si lo hubieras vivido de verdad

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