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Relatos Ardientes

Observé a mi mujer con otro hombre esa noche

El bar del hotel tenía esa penumbra cómplice que invita a hacer cosas que uno no contaría después. Un cuarteto de jazz tocaba bajo, sin prisa, y el sonido se mezclaba con el tintineo del hielo y el murmullo de las conversaciones ajenas. Mariana y yo habíamos reservado esa escapada para desconectar, pero los dos sabíamos que veníamos buscando algo más. No lo habíamos dicho con palabras exactas. Flotaba entre nosotros desde hacía semanas, como una pregunta que ninguno se atrevía a formular en voz alta.

Llevábamos casi un año explorando los bordes de lo que éramos. Habíamos hablado de abrir la pareja, de mirar y dejarnos mirar, de fantasías que confesábamos en la cama, a oscuras, cuando es más fácil ser honesto. Pero hasta esa noche todo había quedado en el terreno de las palabras. La idea de verla con otro me había acompañado durante meses como un calor sordo en el estómago, mitad deseo, mitad vértigo.

Ella llevaba un vestido negro que le abrazaba la figura sin esfuerzo. El pelo suelto, en ondas que le rozaban los hombros, y los labios de un rojo oscuro que yo no podía dejar de mirar. Nos sentamos en la barra, muy cerca, y pedimos lo de siempre: un whisky para mí, una copa de vino para ella.

—Estás muy callado —me dijo, rozándome la rodilla con la suya.

—Estoy mirándote —contesté—. Como todos los que entran por esa puerta.

Sonrió, y en esa sonrisa había una pregunta que los dos entendíamos.

El hombre llegó poco después. Alto, traje bien cortado, esa seguridad de quien está acostumbrado a que las cosas le salgan. Se sentó a dos taburetes de nosotros y pidió algo en voz baja. Se presentó como Andrés cuando Mariana le preguntó la hora, una excusa tan vieja que casi me hizo reír. Estaba en la ciudad por una conferencia, dijo. Se quedaba dos noches. Hablaba mirándola a ella, pero de vez en cuando me incluía con un gesto, como midiendo el terreno.

Yo observaba en silencio, con el vaso sudando entre las manos. Sentí el cambio en el aire antes de entenderlo del todo: la manera en que ella se inclinaba un poco hacia él, cómo jugaba con el pie de la copa, cómo se reía un instante más de lo necesario. Esto está pasando de verdad. El pensamiento me cruzó el pecho con una mezcla de pánico y excitación que no supe separar.

—¿Tu acompañante no se molesta? —preguntó Andrés en algún momento, señalándome con la barbilla.

Mariana me buscó con la mirada. Toda la noche dependía de ese segundo. Negué apenas con la cabeza, despacio, y vi cómo a ella se le encendía algo detrás de los ojos.

—Al contrario —dijo ella, sin dejar de mirarme—. Le gusta mirar.

Lo dijo en voz baja, pero la frase cayó sobre la barra como una piedra en agua quieta. Andrés sonrió despacio. Yo sentí que el calor me subía por el cuello.

***

El momento llegó cuando vi cómo él le rozaba el dorso de la mano sobre la barra. Un gesto mínimo, casi inocente, pero inequívoco. Ella no la retiró. Al contrario, giró la muñeca para que las palmas se rozaran, y entonces supe que ya no había marcha atrás.

Se levantaron casi a la vez. Mariana se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa cómplice, esa que solo conozco yo. No hubo palabras, solo un entendimiento tácito: ella iba a subir con él, y yo iba a darles tiempo. Me incliné y le rocé la boca con la mía, despacio.

—La nuestra —murmuró contra mis labios—. La habitación. Sube cuando estés listo.

Los seguí con la mirada mientras cruzaban el vestíbulo. El corazón me martillaba en el pecho con una fuerza desconocida. Pedí otro whisky y dejé que el alcohol me fingiera una calma que no tenía. Me pregunté, mientras el hielo se deshacía, si esto era de verdad lo que habíamos deseado o solo lo que habíamos imaginado que deseábamos. Hay una distancia enorme entre fantasear algo en la oscuridad y verlo caminar delante de ti rumbo al ascensor.

Tardé veinte minutos. Veinte minutos contados en sorbos, mirando el reflejo de las botellas detrás de la barra, sintiendo el pulso en las sienes. Después subí.

***

El pasillo de la cuarta planta se me hizo interminable. La moqueta absorbía mis pasos, las puertas idénticas se sucedían con sus números dorados, y yo caminaba como quien se acerca al borde de algo. Cuando llegué a la nuestra, dudé un instante con la tarjeta en la mano. Del otro lado se escapaba un sonido apagado de voces y de respiraciones. Apoyé la frente un segundo contra la madera. Luego pasé la tarjeta y entré.

Ni siquiera me oyeron. La luz de las lámparas de noche bañaba la habitación en un resplandor cálido, color ámbar, que volvía dorada la piel y suaves las sombras. Mariana estaba sobre la cama, desnuda, sus curvas dibujando líneas oscuras en la colcha blanca. Tenía las piernas enredadas en la cintura de Andrés, que se movía sobre ella con un ritmo profundo y constante, besándole el cuello, el hombro, la boca, con una intensidad que me dejó sin aire en los pulmones.

Me quedé quieto junto a la puerta, sin querer interrumpir. El deseo y la curiosidad se me anudaron en el pecho como una cuerda tensa. Ella me había dicho muchas veces que la idea de tenerme mirando la encendía, pero una cosa era decirlo a oscuras y otra muy distinta era esto. Nuestros ojos se encontraron un segundo, apenas un parpadeo. No se detuvo. No pidió permiso. Siguió entregándose a él como si mi presencia fuera el último ingrediente que le faltaba a la escena, como si saberme allí le subiera la temperatura un grado más.

Me senté en la butaca junto a la ventana. La luz de la calle entraba por los visillos y proyectaba franjas tenues sobre el suelo, sobre la cama, sobre los dos cuerpos que se movían. Los observé. Observé la espalda de él tensándose, la mano de ella aferrándole el hombro, la curva de su cuello cuando echaba la cabeza hacia atrás. No había celos en mí. Buscaba el celo, casi lo esperaba, y no lo encontraba. En su lugar había una mezcla espesa de admiración, de lujuria y de una incredulidad serena. Esto lo habíamos construido nosotros. Esto era exactamente lo que ella quería, lo que yo había pedido ver.

Los sonidos llenaban el cuarto sin pudor. Sus gemidos, el murmullo grave de la voz de él, el crujir leve del colchón. Mariana decía cosas a media voz, palabras sueltas, y reconocí algunas que solían ser solo mías. No me dolió. Me encendió. En algún momento me di cuenta de que tenía la mano apretada contra el bulto tenso de mis pantalones, presionando, incapaz de ignorar mi propia excitación. No me toqué más que eso. Quería estar presente, entero, mirando.

El ritmo cambió. Se volvió más urgente, más áspero, las respiraciones rotas. Vi cómo ella le clavaba los talones en la espalda, cómo arqueaba el cuerpo entero, cómo se le tensaba el vientre. Andrés murmuró algo contra su oído y ella respondió con un sonido largo que conozco bien, ese que solo aparece cuando de verdad pierde el control. Después, los dos se quedaron quietos, brillando de sudor bajo la luz ámbar, las respiraciones bajando despacio.

***

Pasó un minuto entero en silencio. Solo el zumbido lejano del aire acondicionado y el rumor de la calle cuatro pisos abajo. Entonces Mariana giró la cabeza hacia mí, alargó un brazo y me llamó con los dedos. Me levanté casi por instinto, las piernas moviéndose antes que la decisión, y crucé la habitación hasta el borde de la cama.

Me incliné y ella me besó. Tenía la boca caliente, el sabor mezclado de lo familiar y de lo nuevo, y en ese beso había una pregunta y una respuesta a la vez. Me sostuvo la nuca con una mano, sin prisa, marcándome que seguía siendo mía aunque acabara de no serlo.

Andrés se incorporó sobre un codo. Tenía una expresión relajada, sin un gramo de arrogancia, y me tendió la mano en un gesto sencillo.

—Encantado de conocerte de verdad —dijo, y había algo desarmante en su honestidad.

Se la estreché. Había una naturalidad extraña en la escena, como si los tres lleváramos años haciendo esto y no fuera la primera vez que compartíamos una cama. Me senté en el colchón. Mariana se acomodó en el centro, entre los dos, con una pierna sobre la mía y la espalda apoyada en su pecho.

—¿Y bien? —me preguntó, con esa sonrisa traviesa que siempre precede a sus mejores ideas—. ¿Qué te ha parecido?

Me tomé un momento. Busqué las palabras y no encontré ninguna lo bastante grande para todo lo que sentía: el vértigo del pasillo, el calor de la butaca, el alivio de saber que mirarla con otro no me había alejado de ella sino todo lo contrario.

—Increíble —dije al fin—. Eres increíble.

Su sonrisa se ensanchó y me apretó la mano contra su vientre.

Hablamos los tres un buen rato, todavía desnudos, con la sábana medio enredada en las piernas. Andrés nos contó que se había fijado en ella en cuanto entró al bar, y que nunca habría imaginado que la noche terminaría así. Ella le devolvió el cumplido con un guiño. Yo conté mi versión, la del hombre en la butaca, lo que había visto y lo que había sentido desde la distancia. Fue una conversación sin reservas, de esas raras que ocurren cuando ya no queda nada que esconder.

Andrés se vistió cuando empezaba a clarear. Se despidió con un gesto sencillo, sin promesas ni números de teléfono, y nos dejó solos. La puerta se cerró con un clic suave.

Mariana se acurrucó contra mí, tibia, cansada, satisfecha. Yo la abracé en la penumbra que empezaba a teñirse de gris. Habíamos cruzado un umbral juntos, esa noche, y al otro lado no estaba la pérdida que yo había temido durante meses. Estaba esto: ella entre mis brazos, más cerca que nunca, los dos despiertos mirando el techo y entendiendo, por fin, lo que habíamos venido a buscar.

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Comentarios (4)

DiegoVelasco

esto si que es morbo puro, me encanto!!!

RominaCordoba

que tension la del comienzo, se me hizo corto. Espero que haya continuacion porque quede con muchas ganas de saber como termino todo

MarceloRawson

Nunca habia leido algo asi en esta categoria. Me quede pensando mucho rato despues de terminarlo.

chica_curiosa

Como mujer este tipo de relatos me generan sentimientos encontrados jajaj pero no pude parar de leer. Muy bueno

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