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Relatos Ardientes

Lo que pasó con la otra pareja en el club privado

Daniela había dicho que no al menos cinco veces en el coche. Que ese tipo de sitios no eran para nosotros, que se moriría de vergüenza, que con mirar ya tenía suficiente. Yo no insistí. Me limité a aparcar frente a la fachada discreta del club, sin carteles, solo una puerta negra y un timbre, y a esperar a que decidiera ella sola.

—Una copa —dijo al final, apretándome la mano—. Nos tomamos una copa y nos vamos si no me gusta.

—Una copa —repetí.

No nos fuimos.

***

A Lucas y a Vera los conocimos en la barra. Él tendría unos cuarenta, ancho de hombros, con una calma que tranquilizaba. Ella era pequeña, de pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula, y tenía esa forma de mirar que te desnuda antes de que digas nada. Empezamos hablando del vino, de lo difícil que era encontrar el sitio la primera vez. Daniela se reía. Yo nunca la veía reírse así con desconocidos.

—¿Es vuestra primera vez aquí? —preguntó Vera, jugando con el borde de la copa.

—Se nota mucho, ¿verdad? —contestó mi mujer.

—Se nota, pero es lo mejor del mundo. Esa cara la perdéis enseguida.

Lucas posó la mano en la espalda baja de Daniela cuando se levantó para ir al baño. No fue un manoseo, fue un gesto, una pregunta. Y ella, en lugar de apartarse, me buscó con la mirada para ver qué hacía yo. No hice nada. Sonreí. Y en esa sonrisa, sin decir una palabra, le di permiso.

***

La sala grande estaba al fondo, separada por una cortina pesada. Olía a perfume y a sudor, y la luz era tan baja que las siluetas se confundían. Había una cama enorme en el centro, redonda, y a su alrededor sillones donde otras parejas se acariciaban sin prisa, mirando. Nadie hablaba en voz alta. Era un murmullo continuo, roto solo por algún gemido ronco, por el chasquido de una lengua contra un coño mojado, por el golpeteo seco de un cuerpo contra otro.

Nos sentamos los cuatro en el borde de la cama. Vera fue la primera en besarme. No pidió permiso a nadie; simplemente giró la cabeza, me sujetó la nuca y me besó despacio, mordiéndome el labio al separarse. Su mano bajó directa a mi entrepierna y me apretó la polla por encima del pantalón, midiéndome, sonriendo contra mi boca al notar cómo se me ponía dura en cuestión de segundos.

—Vaya, vaya —susurró—. Esto promete.

A un metro, Lucas hacía lo mismo con Daniela. Le había metido la mano por debajo del vestido y yo veía perfectamente cómo movía los dedos entre sus muslos, cómo mi mujer abría las piernas para él sin dejar de besarlo, cómo se le escapaba el primer gemido cuando esos dedos ajenos le encontraron el coño y empezaron a jugárselo. Abrí los ojos lo justo para verla cerrar los suyos y rendirse.

Esta no es la mujer que se negaba en el coche.

Las manos de Vera ya me habían desabrochado el pantalón y me habían sacado la polla al aire. Se agachó sin preámbulos y me la metió entera en la boca, hasta el fondo, chupándome despacio la primera vez, mirándome desde abajo con los labios estirados alrededor de mi verga. Me la sacó con un chasquido y me la lamió de arriba abajo, deteniéndose en el glande, escupiéndome encima para volver a metérsela.

—Está buenísima —dijo, con la voz enronquecida—. Voy a montarla hasta romperla.

Al lado, Lucas ya le había arrancado las bragas a Daniela y le comía el coño con hambre, con la cara enterrada entre sus muslos, agarrándole el culo con las dos manos para pegársela más a la boca. Mi mujer se retorcía, jadeaba con la boca abierta, se agarraba al pelo de un desconocido y le pedía más sin palabras, empujando la pelvis contra su lengua.

En algún momento las dos mujeres se cruzaron una mirada, y por lo que pasó después juraría que se habían puesto de acuerdo sin hablar.

Como una coreografía ensayada, las dos se incorporaron a la vez. Se desnudaron sin prisa, la una frente a la otra, quedándose completamente en pelotas delante de todos. Vera tenía los pezones diminutos y muy oscuros, tiesos como piedras. Daniela, más alta, con las tetas pesadas balanceándose y el vello del pubis recortado, brillante de saliva ajena. Pusieron una pierna a cada lado, una sobre mí, la otra sobre Lucas, y se sujetaron nuestras pollas para colocárselas en la entrada del coño. Bajaron a la vez, despacio, tragándonos centímetro a centímetro hasta apoyar el culo contra nuestros muslos.

Daniela soltó un gemido que no le había oído nunca, ni en diez años juntos. Un gemido de garganta, gutural, obsceno, de mujer follada por primera vez por una polla que no es la de siempre.

—Joder —jadeó, echando la cabeza hacia atrás—. Joder, qué grande la tienes.

Le aferré los pechos a Vera y empezó la cabalgada. Ella se movía en círculos, apretándome la verga con las paredes de su coño, subiendo y bajando con un ritmo que sabía perfectamente lo que hacía. Yo le pellizcaba los pezones, le mordía el cuello, le metía dos dedos en la boca para que me los chupara, y ella me obedecía riéndose, hundiéndose más fuerte cada vez, empapándome los huevos con su humedad.

Al lado, Daniela cabalgaba a Lucas como si llevara toda la vida haciéndolo. Se agarraba a sus hombros, se levantaba casi hasta dejarle la punta y volvía a caer clavándose la polla hasta el fondo, con un chapoteo húmedo que se oía por encima de todo. Sus tetas botaban con cada embate. Lucas le chupaba un pezón y luego el otro, y le daba palmadas secas en el culo que le dejaban marca colorada.

Se oyeron palmas. Una pareja del público marcaba el ritmo, ella de pie, inclinada, follada por su hombre que le susurraba algo al oído mientras le hundía la polla hasta las pelotas.

—Diles algo, preciosa —le murmuró él.

—Sentaos bien sobre esas pollas o lo hago yo —soltó ella hacia nosotras, con la voz quebrada—. Follároslas hasta vaciarlos. Y tú acelera, guapa, que estos cabrones me tienen al borde de correrme.

Vera se rió sin dejar de moverse. Me clavó las uñas en el pecho y aceleró, rebotando sobre mi polla con una rabia nueva, apretándome cada vez que subía como si no quisiera soltarme. Daniela ni siquiera escuchaba. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el pelo pegado a la cara, las uñas clavadas en los hombros de Lucas, y de la boca le colgaba un hilo de saliva que le caía entre las tetas.

—Más, más, más —repetía como un mantra—. No pares, no pares, no pares.

Verla así, entregada delante de extraños, con otra polla dentro haciéndola gemir como nunca, me prendió de una forma que no sabía explicar. No eran celos. Era orgullo y deseo mezclados, algo espeso que me subía por el pecho y me bajaba directo a los huevos. Cogí a Vera de las caderas y empecé a embestirla desde abajo, follándomela con fuerza, haciéndola gritar.

—No os corráis todavía —jadeó Vera, apretándose contra mí—. Esperad, esperad… quiero corrernos las dos juntas, mirad a Daniela, mirad cómo está…

No esperamos demasiado. La mujer del público empezó a temblar y se vino con un grito desgarrado, con su hombre bombeándola por detrás sin piedad, que arrastró a los demás. Daniela fue la siguiente. La sentí cerrarse sobre Lucas —lo vi en su cara, en la manera en que abrió la boca sin que le saliera sonido, en cómo se le tensaron todos los músculos del cuerpo—, convulsionar sobre su polla, correrse a gritos delante de treinta desconocidos, y mientras lo hacía me buscó con la mano, como si necesitara tocarme para no perderse del todo. Le di los dedos. Me los apretó hasta hacerme daño.

—Me corro, me corro, joder me corro —chillaba, sin dejar de cabalgar—. No pares, sigue, sigue…

—Ahora —dijo Vera contra mi oído—. Ahora, conmigo. Córrete dentro, quiero sentirlo caliente.

Y me dejé ir dentro de ella, descargando a chorros, sintiendo cómo mi semen le llenaba el coño y le rebosaba por los muslos mientras ella se venía a la vez, mordiéndome el hombro para no gritar, apretándome la polla con espasmos que me sacaron hasta la última gota. Con Daniela mirándome desde un metro de distancia, todavía temblando sobre otro hombre, viendo perfectamente cómo me corría dentro de otra mujer.

***

Después vino la calma rara que viene siempre después. Vera no se movió de encima de mí; apoyó la cabeza en el hueco de mi hombro y se quedó quieta, con mi polla todavía dentro, aflojándose despacio.

—No te muevas —pidió—. Quiero sentir cómo se va aflojando. Y cómo se me sale toda tu corrida. Ha sido increíble.

—No sé yo si esto se va a aflojar pronto —contesté, oliéndole el pelo.

—Mejor así.

A mi lado, Lucas le besaba el cuello a Daniela sin salir de ella todavía. Mi mujer tenía los ojos entreabiertos y una sonrisa floja, de borracha sin haber bebido, y de entre sus piernas asomaba la polla de Lucas, brillante, mojada de ella. Cuando nuestras miradas se encontraron, no apartó la suya. Algo había cambiado entre nosotros esa noche, y los dos lo sabíamos.

Poco a poco los espectadores fueron abandonando la sala, hasta que quedamos los cuatro solos en aquella cama enorme.

—Deberíamos pedir algo de beber y descansar un rato en el jacuzzi —propuse.

—Sí —dijo Daniela con la voz aún entrecortada—, pero esperad un poco. —Lucas seguía dentro de ella, besándole el hombro, moviéndose apenas—. Dadme un minuto. No me lo quiero sacar todavía.

***

Las mujeres se fueron a retocarse al vestuario. Vera le guiñó un ojo a Daniela de una forma que dejaba claro que el retoque iba a ser bastante literal, y por el camino le metió una mano por debajo del culo mientras caminaban. Nosotros pedimos las copas y nos metimos en el agua caliente del jacuzzi a esperar.

Lucas me cayó bien de verdad. Hablamos de cosas normales, de trabajo, de cuánto tiempo llevaban en esto, de cómo Vera lo había convencido a él y no al revés. Mientras tanto, dos chicos jóvenes que habían sido público de lo nuestro se acercaron al borde del jacuzzi y pidieron permiso para sentarse cerca.

—¿Venís mucho? —les preguntó Lucas.

—A partir de ahora vamos a venir más —contestó uno de ellos, mirando hacia la cortina—. A ver si podemos participar con vosotros alguna vez.

—Eso está hecho —dijo Lucas—. Poneos cerca, que cuando vuelvan las chicas tomamos algo todos.

***

Cuando Daniela y Vera volvieron, recién maquilladas y oliendo a perfume nuevo, encontraron el jacuzzi más concurrido de lo que lo habían dejado. Daniela arqueó una ceja al ver a los dos chicos.

—Uy, uy, uy —dijo entrando en el agua—, qué pronto cambiáis de planes. Me voy a poner celosa.

—No te enfades —le dijo uno de los jóvenes, sin atreverse del todo—. Si quieres, te presto al mío.

Daniela se rió, esa risa nueva, suelta, y miró a Vera.

—Tampoco le voy a hacer ascos. Ven, Vera, que este pobre chico está muy solo.

Yo me quedé al otro lado del jacuzzi, con la copa en la mano. Daniela me lo notó.

—¿Y tú? Estás ahí pasmado. ¿No te arrimas?

—Estoy encantado viendo lo que hacéis —contesté—. Me tomo mi copa y disfruto del espectáculo.

—Como quieras —dijo, mordiéndose el labio—. Pero que sepas que tú tendrás que rematar.

—No lo dudes.

***

Lo que vino después lo recuerdo a trozos, como un sueño con demasiada luz. Vera se sentó en el borde del jacuzzi con las piernas bien abiertas, enseñándonos el coño depilado y todavía hinchado de la sesión anterior. Uno de los chicos se arrodilló entre sus muslos y empezó a comérselo con una desesperación de novato, con la lengua torpe y hambrienta, y Daniela se puso al lado, apartándole la cara al chaval de vez en cuando para meterle ella la lengua a Vera en el clítoris, chupándoselo hasta hacerla gritar. Se turnaban: una lengua, luego otra, luego las dos a la vez, mi mujer besando a un desconocido con el sabor del coño de otra mujer todavía en la boca.

—Así, joder, así —jadeaba Vera, agarrándole el pelo a Daniela para que no le soltara el clítoris—. Chúpamelo, guapa, chúpamelo bien.

Lucas, mientras tanto, se enredó con el otro joven, que había sacado la polla del agua y se dejaba masturbar por Lucas con una risa nerviosa, sin dejar de mirar lo que hacían las mujeres. Y yo, que solo quería mirar, descubrí que mirar a mi mujer chupándole el coño a otra mientras un chaval de veintipocos le manoseaba el culo por detrás me ponía más que cualquier cosa que hubiera hecho jamás. Se me puso la polla dura como una piedra debajo del agua.

El chaval que estaba con Daniela se envalentonó. Le levantó el culo por encima de la superficie del agua y le hundió la lengua entre las nalgas, lamiéndoselo todo, coño y ojete a la vez, mientras ella no dejaba de mamar a Vera. Le metió dos dedos en el coño y bombeó fuerte. Luego se puso de pie detrás de ella, se colocó y le clavó la polla de una embestida, apoyándose en las caderas de mi mujer para follársela a lo bestia, salpicando agua por todas partes.

—Sí, sí, sí —jadeaba Daniela con la boca todavía pegada al coño de Vera—. Métemela toda, no seas suave, dame fuerte.

La llevaron al borde tres veces sin dejarla acabar. Una mano por aquí, una lengua por allá, la polla del chaval saliendo justo cuando empezaba a temblar, los dedos de Vera bajando a rozarle el clítoris y retirándose en el último segundo. Daniela aguantó la primera. A la segunda gimió de frustración y les insultó. A la tercera ya no pudo más, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y placer.

—Martín —jadeó, buscándome con los ojos por encima del agua—. Por favor, ven aquí y termina tú, que estos cabrones me van a matar. Te necesito, ven, ven ya…

—Aquí te quería yo —dijo Vera, satisfecha—. Toda tuya. De este me encargo yo solita.

Y sin dejar tiempo a nada, Vera agarró al chaval por la polla, se levantó y se lo montó encima ahí mismo, en el borde del jacuzzi, empalándose de una sola vez con un gemido largo.

Dejé la copa. Me acerqué por el agua caliente. Daniela me echó los brazos al cuello y me besó como no me besaba desde hacía años, con hambre, con algo de desesperación, con la boca abierta y la lengua caliente, con sabor a otra mujer.

—Métemela ya —me pidió contra la boca—. Hazme acabar, por favor, no aguanto más, tengo el coño ardiendo.

—Solo quería verte disfrutar —le dije.

—Calla. Calla y fóllame. Cómo te quiero, idiota.

La levanté por el culo, la apoyé contra el borde del jacuzzi y me abrí paso entre sus piernas en el agua caliente. Le hundí la polla de una sola embestida, hasta el fondo, y ella se desplomó contra mi pecho con un orgasmo largo, hondo, que la dejó sin voz desde el primer golpe. La cogí de las caderas y la empecé a follar en serio, bombeándole la polla con toda la rabia acumulada de haberla visto follada por dos hombres esa misma noche. Ella se dejaba, gimiendo, agarrada a mi cuello, con las tetas botándole contra mi pecho.

—Sí, sí, así, mío, tú eres el mío —repetía entre gemido y gemido—. Aunque me folle medio mundo, siempre serás tú, siempre tú.

Gemía como si hubiera ganado algo, como si todo lo que se había negado en el coche se le escapara de golpe por la boca. Se corrió otra vez, temblando entera, apretándome la polla con el coño hasta hacérmela crujir. La saqué en el último instante, la tumbé sobre el borde y acabé sobre su vientre a chorros gruesos, salpicándole las tetas, el ombligo, el pubis, mientras ella se pasaba los dedos por la corrida y se los llevaba a la boca, chupándoselos sin dejar de mirarme.

—Buen chico —jadeó, agotada, con las uñas todavía clavadas en mi espalda.

***

Los chicos habían terminado sus asuntos y se despedían de Vera y de Lucas. Daniela seguía pegada a mí, incapaz de hablar, con la frente apoyada en mi clavícula y el semen aún resbalándole entre los pechos.

—No ha estado mal, ¿eh? —dijo Vera, peinándose con los dedos—. Pero nada como la primera fiesta, con Martín. ¿Verdad, Daniela?

—No puedo ni hablar —murmuró mi mujer—. Entre todos me habéis dejado para el arrastre.

—Sois unos amigos fantásticos —dijo Lucas, sirviendo otra ronda—. Lo hemos pasado genial. Se me ocurre una cosa: este invierno bajamos a Lisboa, hay un club allí que tenéis que conocer. ¿Verdad, Vera?

—Sí —contestó ella, encantada—. Y tú y yo nos vamos de compras para la ocasión. Preparo la casa y listo.

Miré a Daniela.

—¿Tú qué dices?

—¿Cómo que qué digo? —Se incorporó por fin, todavía con las piernas temblándole—. Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo.

Y se tiró a los brazos de Vera, y se besaron despacio, sin público esta vez, solo porque querían, con las lenguas asomando entre los labios y las manos buscándose los pezones bajo el agua.

—Y tú no querías entrar en el local —le dije, cuando se separaron.

Daniela me sostuvo la mirada, mojada, satisfecha, otra mujer y la misma de siempre.

—Cállate y dame la copa —dijo—. Eres único.

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Comentarios(9)

ParejaNorte

Tremendo relato, de los mejores de esta categoria!

GabrielPam

excelente!!!

NachoPlata

La que decia que jamas... jajaja siempre terminan siendo las que mas disfrutan al final

Torino_86

Me recordo a una situacion parecida que viví con mi pareja hace años. Se siente muy autentico, de los relatos que parecen reales de verdad.

Caro_Pba

Buenisimo!!! Me encantaria saber como se animaron la primera vez a cruzar esa puerta

FernandoMdz

Muy bien contado, sin vueltas innecesarias. Sigan escribiendo asi.

DiegoK_Ros

Justo mi pareja y yo hemos hablado de algo parecido. Le mande el link a ver que me dice jajaja

AnaMendoza

Me encanto el ritmo del relato, no aburre en ningun momento. Esperando mas!

ElBaqueano

Bien narrado, se nota que lo vivieron. Los detalles del ambiente te meten de lleno en la historia.

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