El fin de semana que dejé de ser de mi marido
Lorenzo mira a Mariana y le gusta lo que ve. El vestido es de un blanco crudo, sin mangas, con la espalda al aire y un escote abierto que deja adivinar la curva de sus pechos bronceados. Es una mujer en sazón, plena, que se recuesta feliz en el brazo del hombre para que él note la firmeza de sus senos contra la tela. Ella sabe exactamente lo que está haciendo.
Pasean por la zona de bares de tapeo de Salamanca, con la temperatura por fin soportable después de un día de bochorno. Mariana salió del hotel con un short vaquero y una camiseta, la braguita mínima y el huevo vibrante encajado donde él había ordenado. Lorenzo eligió cada prenda esa tarde, y al cruzar el umbral le exigió que se metiera el aparato antes de pisar la calle.
La había seducido el día que la conoció, cuando la vio correrse sin disimulo en la terraza de un café. Le pareció una mujer que ardía en el placer, que se incendiaba sin pudor. Por eso, meses atrás, había aceptado los vídeos que le mandaba su amigo durante el encierro de la pandemia, y por eso había propuesto el cambio de pareja durante un fin de semana entero. Le gustaba verla tener orgasmos. Le gustaba más controlarlos.
Le divierte cómo Mariana se las da de culta cuando caminan entre los edificios viejos de piedra dorada, recitando fechas y nombres mientras el huevo vibrante juega dentro de ella. Fue durante ese paseo cuando vio el vestido en un escaparate. Lorenzo le ordenó entrar a comprarlo. Ella entendió enseguida que él quería exhibirla, y apenas corrió la cortina del probador. Los dependientes la vieron casi desnuda, con el colaless por toda prenda. A Mariana le divirtió notar la excitación de sus espectadores, jugar con el deseo que despertaba. Salieron de la tienda con el vestido puesto.
Está buena, y lo sabe. No es alta, pero tiene un culo del tamaño justo para una palma abierta, firme, y los pechos tiesos, con esos pezones largos que se marcan bajo la tela. Toda ella vibra al moverse, una mezcla de hambre y picardía que a él lo pone salvaje.
La aprieta contra su cuerpo y la besa en público, posesivo, sin esconderse. Los hombres de la barra la siguen con la mirada, imaginando cómo sería tenerla. Lorenzo le susurra al oído, entre el mimo y la orden.
—Mariana… ahora lo voy a subir más fuerte para que te vengas.
—Lo que vos digas, mi rey —contesta ella con la mirada entregada.
Toma su copa de vino, da un sorbo lento, se lame los labios y espera. Lo necesita. Lleva demasiado tiempo con la vibración jugando dentro y ya no aguanta. Quiere correrse, y quiere que él lo vea. Sabe que el deseo que levanta en los desconocidos del bar alimenta las ganas de su nuevo dueño, porque ha aceptado entregarse a sus caprichos. Él le ha puesto un fino aro de acero en el tobillo y otro al cuello, marcándola, dejándole claro que es suya. Quiere que se note que se está corriendo, sin escándalo, pero que el vendaval que la atraviesa sea visible.
La vibración aumenta. Mira a Lorenzo a los ojos, siente la primera ola, sonríe entregada y empieza el desplome. Se agarra a la barra con las dos manos, se muerde el labio, los senos tiemblan con la corriente que le recorre el cuerpo. Toma aire, jadea, casi gime, y llega al final. Se pega a su hombre y lo besa en la boca.
—Gracias por hacerme libre.
Lorenzo se siente poderoso. Entiende lo que ella le dice: antes era de otro, y ahora, porque ella lo ha decidido, es de él. Ver lo deseable que es, cómo la devoran con los ojos los hombres del bar, y el alcohol que lleva encima, lo vuelven un animal. Quiere arrastrarla al hotel y poseerla sin demora. Pero ella, mimosa, lo besa de nuevo y le habla bajito.
—Nos queda una parada más, y después vamos a hacer el amor. Quiero que me hagas tuya.
En la siguiente tasca piden gambas, que tienen buena pinta, y un blanco frío. De pie en la barra, ella empieza a comer despacio, saboreando cada pieza, separando la cabeza para chuparle el jugo y comerse el cuerpo entero como si fuera algo más sugerente. Un trago, otra gamba, sin prisa, sabiendo que el deseo del hombre crece con cada gesto. No tiene más que mirar el bulto que le levanta el pantalón. Él bebe y come rápido, queriendo terminar. Mariana dice que en su país no hay gambas así y, sin esperar respuesta, pide otra ración solo para alargar la espera.
Mientras la traen y vuelven a llenar las copas, ella lo besa. Pega los senos al pecho del hombre, juega con el aro del cuello, lo mira desde abajo para que sepa que es su hembra. Se gira apenas, dejando ver casi todo un pecho por el lateral del vestido. Lo quiere volver loco, y el alcohol está convirtiéndolo en lobo mientras ella hace de presa. Lo deja beber, lo acompaña, se come casi todas las gambas para dilatar el momento. Ha caído más de una botella cuando emprenden la vuelta al hotel, abrazados como dos enamorados, aunque ella nota la urgencia de Lorenzo en cada parada que hacen para besarse.
***
Al entrar en la habitación, Mariana enciende la luz y se queda quieta, jugando a esperar las órdenes.
—Desnúdate.
Es fácil. Solo tiene que aflojar la cinta de la cintura y dejar que los tirantes resbalen para que el vestido caiga a sus pies. Queda desnuda sobre las plataformas, con el colaless, el aro del cuello, la cadena del tobillo y el huevo vibrante todavía dentro.
—Qué buena estás —le suelta él mientras se queda sin ropa, con el sexo ya en alto.
—Lorenzo, mi vida… ¿qué querés que haga? ¿Te la chupo o me saco el huevito y me cogés? —pregunta ella con su voz más insinuante.
—Ponte de rodillas y chúpamela.
Mariana se arrodilla. Tiene la verga dura frente al rostro, larga, demasiado. La agarra y empieza a metérsela en la boca. El huevo se acelera dentro de ella y eso la pone más caliente. Cuando suelta el puño que la guiaba, se da cuenta del tamaño real. Debió seguir sujetando la base. Ha practicado, ha aprendido a tragar, pero la vibración la desconcentra, la empuja hacia el orgasmo, y encima ha bebido mucho. Al sentir la punta tocando la garganta piensa que puede vomitar, y no tiene ninguna gracia hacer eso con un hombre dentro de la boca.
Decide rápido. En el instante en que Lorenzo le suelta la cabeza y se echa hacia atrás, ella atrapa la verga con el puño y, como si fuera un juego, la saca de la boca. Lo mira con ojos de sumisa y empieza a golpearse las mejillas con ella, despacio, provocadora.
—No puedo más… por favor.
Librarse del miedo a vomitar hace que el orgasmo le llegue casi sin pausa. Se viene agarrando el sexo que besa mientras se lo restriega por la cara.
—Mírate… ya gozaste. Levántate. No te has portado bien.
Cuando Mariana se pone en pie, ve en la mirada de Lorenzo una lujuria salvaje, un deseo de poseerla, de dominarla entera. Se queda quieta, con los brazos a los costados.
—Mi amor… ¿puedo sacarme el vibrador?
—Sí. Lo chupas y lo limpias.
Ella se baja la braguita, lo extrae empapado de sus flujos y se lo lleva a la boca. Le gusta su propio sabor, esa prueba de lo mojada que estaba. Se siente hembra en manos de su macho, que la observa con una sonrisa de fauno.
Lorenzo saca del armario una bolsa de la tienda erótica y de ella una caja pequeña. Va hasta Mariana, la abre. Dentro hay dos aretes de acero, dos pendientes que hacen juego con la gargantilla y la tobillera.
—¿Querés que me los ponga?
—Sí. En los pezones.
Mariana se queda aturdida. No lo esperaba. Cuando los vio pensó en aros para las orejas, no para sus tetas. Pero tiene los orificios. Recuerda cuando era niña y se hizo los agujeros por primera vez, cómo había que mantener el camino abierto para que no se cerrara. Lo mismo pasó con los aros de los pezones: fueron un regalo para su marido, que ella se ponía cuando quería tenerlo desesperado, aunque también se calentaba al hacerlo. El alambre fino pasa sin obstáculo. Lo que la extraña es que Lorenzo haya descubierto la abertura disimulada en sus pezones oscuros. Siempre creyó que no se notaba. Va pasando el aro por el izquierdo, lo cierra, lo deja colgando. Repite con el derecho. Cuando termina, busca los ojos del hombre. Ve locura, un deseo sucio de amo. Comprende que está marcada, que es suya, una hembra que él posee y va a usar. Y tiembla. Tiene miedo, pero le excita y le gusta.
—Lorenzo… —dice solo su nombre.
El «mi vida» lo reserva para los momentos de frivolidad. Lo de «amo» y cualquier otra fórmula de sumisión le parece de novela barata; ella misma la usa a veces cuando escribe sus propios cuentos. Por eso ahora lo llama por su nombre. Quiere que él entienda que esto es más que un juego, que es su entrega como mujer.
—Tócate.
Mariana ha entendido el placer morboso que siente él al verla masturbarse. Y a ella también la enciende. Lo hace despacio, concentrada en el clítoris mientras con la otra mano juega con los aros, que tiran de unos pezones duros y alargados. Está muy caliente. Quiere que la coja. Lo necesita, y lo pide.
—Por favor… Lorenzo… fóllame.
—Sabes lo que eres.
—Sí, lo sé… tu mujer, tu hembra, tu putita. Lo sé… cogeme.
—Ponte como una perra.
Lo hace sobre la cama, en cuatro patas, como yegua que espera al semental. Él no dice nada. Se coloca detrás, acerca la verga al sexo empapado, apoya la punta y empuja. Entra dura, larguísima, hasta lo más profundo. La humedad la hace deslizarse fácil hasta el final, y Mariana se siente llena de hombre.
Respira hondo. Un placer espeso la invade, la sensación de estar caminando hacia algún lugar lejano. Entregada al italiano, a un hombre que no es su marido, pero que quizá por eso le da un goce distinto, el de protagonizar su propia aventura. Lorenzo se mueve, mete y saca una y otra vez. Ella vuelve a entrar en el camino del orgasmo, cada vez más hembra, más poseída, y se viene con un gemido. Él se detiene, se inclina para acariciar los pezones con los aretes y tira de ellos. Mariana siente un dolor pequeño y vuelve a gemir. Las manos del hombre le agarran las caderas y retoma el vaivén. Otra vez la ola, y un grito que avisa que ha llegado. Y él para de nuevo.
—No puedo más —suplica.
Lorenzo le tira del pelo, la levanta con la verga todavía dentro, le acaricia los pechos, le retuerce los pezones, juega con los aros. Le lame el cuello, lo mordisquea. Mariana es entera un deseo lascivo que se retuerce en un viaje sin fondo.
—¿Qué eres? —pregunta él.
—Tu mujer… tu puta. Quiero tu semen.
—Sabes que eres mía. Dilo.
—Soy tuya… Lorenzo.
Comprende que es la hembra de otro macho. Su marido la entregó, pero ahora es ella quien se ha entregado al italiano, no en un juego, sino en una locura maravillosa donde el amor y la lujuria se confunden.
Él la empuja con suavidad para que vuelva a ponerse como una yegua. La agarra de las caderas y arranca despacio, acelerando cuando siente que Mariana entra en el nirvana. Rápido, profundo, hasta que ya no puede más y estalla, vaciando su chorro de semen dentro de la mujer que se deshace en placer.