El trío con mi mujer y la mujer idéntica a ella
La idea no fue mía. Llevo años contándome a mí mismo que no fue mía, y casi me lo creo. Fue Elena quien una noche, con las luces apagadas y mi mano todavía húmeda entre sus piernas, me dijo al oído que había conocido a alguien que se le parecía. No una vecina, no una compañera de la clínica donde trabajaba. Una mujer que se vendía en un local de la costa, en Málaga, y que de espaldas, en la penumbra, podía pasar por su hermana gemela.
—La he visto dos veces —murmuró—. La segunda hablé con ella. Se llama Rocío.
No supe qué contestar. Mi mujer nunca había sido tímida con lo que deseaba, pero aquello era nuevo, un escalón que no sabía que existía.
—¿Y qué hiciste? —pregunté, fingiendo más calma de la que tenía.
—Tomar una copa. Mirarla mucho. Pensar en ti follándonos a las dos.
Elena tenía esa costumbre de soltar la frase que lo cambiaba todo y quedarse callada, esperando, como quien deja una carta boca abajo sobre la mesa. Esa noche no insistió. Tampoco hizo falta. La semilla quedó sembrada, y durante semanas creció sola, en silencio, en cada momento en que la miraba y me preguntaba cómo sería tenerla por partida doble, dos coños idénticos abriéndose para mi polla.
***
El local se llamaba el Candil y no tenía nada de elegante. Una barra larga, luz baja, música que un tipo detrás del mostrador elegía con un gusto que no pegaba con el sitio. Ese tipo era Bruno, el dueño, un hombre de manos grandes y sonrisa fácil que entendía de personas más que cualquier psicólogo que yo hubiera conocido. Fue él quien nos recibió la primera noche que fuimos juntos.
—Así que usted es el marido —dijo, sin malicia, mientras nos servía—. Su mujer tiene buen ojo. Rocío y ella, de lejos, son la misma persona.
—Eso me han dicho.
—Lo va a ver usted mismo. —Se inclinó un poco sobre la barra—. Es bonito, ¿sabe? Dos mujeres que se parecen, comiéndose el coño la una a la otra. La gente paga lo que sea por algo así.
Elena no dijo nada. Bebía despacio, observando la entrada cada vez que la cortina del fondo se movía. Cuando Rocío apareció, lo entendí todo de golpe.
No era idéntica. De cerca, los ojos eran más oscuros, la boca más ancha, había una cicatriz pequeña en la ceja que Elena no tenía. Pero el conjunto, la manera de caminar marcando la cadera, la melena cayendo sobre el ojo izquierdo, la inclinación del cuello al sonreír… era como mirar a mi mujer a través de un cristal empañado. Sentí un vértigo que no era del todo desagradable, y una tirantez inmediata en la bragueta.
Se sentó con nosotros. Las dos juntas, una al lado de la otra, eran un espejo que devolvía una imagen ligeramente equivocada. Hablaron como si se conocieran de toda la vida. Yo apenas abrí la boca; me limité a mirar, a comparar, a buscar las diferencias y a perderme cada vez que las encontraba.
—¿Te molesta que hablemos de ti como si no estuvieras? —me preguntó Rocío en algún momento, mientras la mano de Elena se le posaba en el muslo por debajo de la mesa.
—No —dije, y era verdad.
—Mejor. Porque esta noche tú no decides nada. Esta noche te vamos a usar como queramos, y vas a mirar todo lo que te digamos que mires.
Elena se rió por lo bajo. Reconocí esa risa: la que ponía cuando algo le gustaba demasiado y no quería admitirlo, la misma con la que se corría cuando le mordía el cuello por detrás.
***
El cuarto estaba al final de un pasillo, detrás de la cortina. Una cama amplia, una lámpara de pie con la luz tamizada, un sillón en un rincón. Bruno me señaló el sillón con la barbilla antes de cerrar la puerta.
—Empieza ahí —dijo—. Ya te dirán ellas cuándo.
Me senté. Las dos mujeres se quedaron de pie frente a frente, a un paso de distancia, mirándose con una curiosidad que no tenía nada de fingida. Fue Elena la que avanzó primero. Levantó la mano y le apartó a Rocío el mechón que le caía sobre el ojo, el mismo gesto que yo le hacía a ella mil veces. Rocío cerró los párpados un instante, como reconociendo el roce.
—Es raro —susurró Elena—. Es como tocarme a mí.
—Lo sé.
Se besaron despacio, sin prisa, con la boca apenas abierta. Duró poco esa educación: pronto las lenguas se buscaron, se enredaron a la vista, y oí el chasquido húmedo desde el sillón. Las manos de mi mujer descendieron por la espalda de la otra, le bajaron la cremallera del vestido con la misma pericia con que se desnudaba a sí misma. La tela cayó al suelo y, durante un segundo absurdo, no supe cuál de los dos cuerpos era el que yo conocía de memoria. Rocío no llevaba sujetador. Tenía las tetas un poco más pequeñas que Elena, los pezones oscuros y ya duros, apuntando hacia arriba.
Elena le cerró los dedos sobre uno de ellos, lo pellizcó, lo estiró, y Rocío gimió con la boca abierta contra su cuello. Después mi mujer bajó la cabeza y se lo mamó, sacando la lengua, chupándolo entero, mordiéndolo mientras la otra le agarraba la nuca. Fue Rocío la que empezó a desnudar a Elena entonces, con prisa, tirándole del vestido hacia arriba hasta dejarla en bragas. Le metió la mano por delante, apartó la tela y la tocó ahí. Vi la muñeca de Rocío moverse en círculos pequeños y a mi mujer arquearse contra ella, mordiéndose el labio.
—Está empapada —dijo Rocío mirándome de reojo—. Tu mujer chorrea de pensar en lo que le vamos a hacer.
Me removí en el sillón. La polla me palpitaba contra la costura del pantalón, pero no me toqué. No todavía. Aquello tenía sus tiempos y yo era apenas un invitado.
***
Rocío fue la primera en arrodillarse. Llevó a Elena hacia el borde de la cama, le arrancó las bragas por los tobillos y le separó las rodillas con las manos, abriéndoselas del todo para que yo también viera. El coño de mi mujer, brillante, hinchado, con los labios ya separados, quedó a la altura de esa boca ajena. Rocío la besó por dentro de los muslos, subiendo poco a poco, y cuando por fin la lamió, lo hizo despacio, de abajo arriba, con la lengua plana, deteniéndose a chuparle el clítoris hasta que Elena dio un gemido largo.
Mi mujer echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar ese sonido que yo conocía bien, el que se le escapaba siempre justo antes de perder el control. Verlo provocado por otra lengua, por una mujer que era casi ella misma, me cortó la respiración. Rocío le metió dos dedos y siguió chupándole el clítoris, moviendo la muñeca con un ritmo que la hacía cimbrarse entera.
—Mírale la cara a tu marido —dijo Rocío sin sacar los dedos—. Está a punto de correrse en los pantalones sin que nadie lo toque.
Elena giró la cabeza y me buscó. Sus ojos brillaban, las mejillas encendidas, los labios entreabiertos. No dijo nada, pero me sostuvo la mirada mientras la otra mujer le devoraba el coño, chupando con ruido, sorbiendo, y esa complicidad muda fue más íntima que cualquier cosa que hubiéramos compartido en años de cama. Vi cómo la barbilla de Rocío se le llenaba de flujo, cómo Elena le agarraba el pelo y le empujaba la cara contra su sexo hasta correrse la primera vez, temblando, apretándole la cabeza entre los muslos.
—Ven —me dijo por fin, con la voz rota, extendiendo el brazo—. Ya puedes. Ven a follárnosla.
Me levanté con las piernas algo flojas, me quité la camisa y el pantalón por el camino, y me arrodillé en la cama, detrás de Rocío. Le recorrí la espalda con las manos, esa espalda que de espaldas era la de mi mujer, y encontré el tatuaje en la base de la columna: un pequeño dibujo geométrico que no entendí y que no me detuve a descifrar. Lo besé. Ella arqueó el cuerpo hacia mí sin dejar de atender a Elena, y me ofreció el culo levantado, las nalgas separadas, el coño y el ojete a la vista, brillantes de saliva y de sudor.
—No te quedes mirando —murmuró—. Esta noche no eres público. Métemela.
Me agarré la polla y la froté entre sus labios, arriba y abajo, sintiendo cómo se me empapaba entera. Cuando entré, entré de una sola embestida, hasta el fondo, y Rocío soltó un grito ahogado contra el muslo de Elena. Estaba caliente, apretada, y cada vez que empujaba oía el chasquido de su cuerpo contra el mío. Elena me miraba desde arriba, con una mano en la cabeza de Rocío empujándosela contra su coño, con la otra pellizcándose un pezón.
—Fóllatela fuerte —me pidió—. Fóllatela como me follas a mí.
La agarré por las caderas y empecé a bombearla en serio, sacando la polla casi entera y clavándosela hasta los huevos, una y otra vez. Rocío ya no podía hablar; solo gemía contra el sexo de mi mujer, con la lengua todavía dentro, y ese gemido vibraba en Elena y la hacía retorcerse.
***
Lo que vino después se mezcla en mi memoria como las imágenes de un sueño que vuelve a ráfagas. Recuerdo a Elena tendida de espaldas, con Rocío montada sobre su boca, las dos moviéndose con una sincronía que asustaba, como si compartieran el mismo cuerpo y el mismo deseo. Mi mujer le agarraba el culo con las dos manos y le comía el coño desde abajo, sacando la lengua entera, metiéndosela, y Rocío se restregaba contra ella con las caderas, las tetas botando, la boca abierta.
Yo me arrodillé detrás de Rocío en esa postura y le ofrecí la polla a la altura de la cara. Se la metió entera de golpe, sin usar las manos, y me miró desde abajo con los ojos aguados mientras yo le agarraba la nuca y empujaba. Sentí su garganta cerrarse contra el glande, oí las arcadas, y Elena me palmeó el muslo desde debajo, pidiéndome que no parara. La follé por la boca así, con Rocío chupándomela y comiéndole el coño a mi mujer al mismo tiempo, hasta que tuve que sacarla o me corría antes de tiempo.
Recuerdo mis manos repartidas entre las dos, sin saber a cuál pertenecía cada gemido. Recuerdo a Elena tumbándose de lado en el borde de la cama, doblando una pierna, pidiéndome que la penetrara mientras Rocío le chupaba las tetas. Le metí la polla por detrás, en esa postura de cuchara, y sentí su coño familiar tragarme sin resistencia, resbaladizo, hirviendo. La follé despacio al principio, con Rocío mordiéndole el hombro, susurrándole al oído las mismas guarradas que yo le decía siempre a solas, como si hubieran ensayado.
—Que se corra otra vez —me ordenó Rocío—. Rómpela.
La agarré del muslo, se lo levanté para abrirla del todo, y aceleré. Elena gritó, se corrió con un temblor largo, y a mí me faltó poco para acabar dentro. Me retiré a tiempo, jadeando.
—Ahora la otra —dijo Elena, todavía con el pecho subiendo y bajando—. Métesela por el culo. Quiero verlo.
Rocío se puso a cuatro patas al lado, y Elena, con dos dedos empapados en su propio flujo, se los metió en el ojete despacio, uno y luego el otro, abriéndoselo con paciencia. La escupió allí, se los volvió a meter. Cuando por fin le puse el glande, Rocío bajó la cabeza contra la sábana y me pidió que empujara. Entré poco a poco, sintiendo cómo cedía ese anillo apretado, cómo me apretaba de un modo distinto al del coño, más caliente, más cerrado. Elena, tumbada debajo de nosotros de espaldas, le comió el coño mientras yo la sodomizaba, y Rocío no supo si empujar hacia atrás contra mi polla o hacia abajo contra la boca de mi mujer. Se convulsionó de placer, mordiendo la almohada.
Después Elena me pidió que entrara en ella también, y la sensación de hundirme en una carne que era y no era la de Rocío, todavía con el sabor de la otra en la polla, me hizo perder el juicio. Mi mujer nos miraba con una sonrisa que jamás le había visto, la sonrisa de quien ha encontrado por fin el reflejo exacto de su fantasía.
—¿Te gusta? —me preguntó Elena, con la voz ronca, apretándome el culo con los talones para clavarme más adentro—. ¿Te gusta no saber en qué coño la tienes metida?
—Me gusta —admití, y la palabra me salió rota.
—Dilo otra vez.
—Me gusta. Me vuelve loco. Sois las dos el mismo puto coño.
Rocío rió por debajo, una risa que era casi la de mi mujer, y ese pequeño desfase, esa nota que no terminaba de encajar, fue lo que me llevó al límite. Elena lo notó en cómo se me tensó todo el cuerpo, me apartó, se sentó, y me llamó con el dedo. Rocío se le acercó gateando. Las dos me pusieron la cara juntas, mejilla contra mejilla, la lengua fuera, los ojos en alto, esperando.
Me agarré la polla y me corrí encima de ellas con un gruñido, chorros gruesos que les cayeron a las dos en la frente, en los labios, en la barbilla, y que se pasaron con la lengua de una boca a otra, compartiéndolo, besándose después con mi corrida entre las dos. Nunca había visto nada tan sucio ni tan hermoso.
***
Después nos quedamos los tres tumbados, recuperando el aliento, un revoltijo de piernas y melenas oscuras imposibles de separar en aquella luz. Rocío encendió un cigarro y se lo pasó a Elena, que dio una calada y me lo tendió a mí. Lo fumamos en silencio, pasándonoslo de mano en mano como si lleváramos toda la vida haciéndolo.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo Rocío al cabo de un rato, mirando al techo, con la mano descansando sobre el vientre de Elena—. Que durante un momento yo tampoco sabía quién era. Si la mujer de su marido o la que cobra por la noche. Vosotros me lo habéis hecho olvidar.
—No hables como si fuera un trabajo —dijo Elena, y le apretó la mano.
—Es que lo es, cariño. —Rocío sonrió, sin amargura—. Pero hay noches que se parecen tan poco a un trabajo que una se confunde. Esta ha sido una de esas.
Me incorporé sobre un codo y las miré a las dos, tan parecidas y tan distintas, recortadas contra la pared beige del cuarto, los muslos todavía brillantes, los pezones rojos de tanto chupar. Pensé en lo fácil que había sido cruzar aquella línea, en cómo lo que semanas atrás me parecía impensable ahora me resultaba lo más natural del mundo. Pensé que volveríamos. Lo supe con una certeza tranquila, sin culpa, mientras Elena se acurrucaba contra mi pecho y alargaba el brazo para que Rocío hiciera lo mismo del otro lado.
—¿En qué piensas? —me preguntó mi mujer.
—En que no quiero saber cuándo va a terminar esto.
—Entonces no preguntes —dijo, y me besó, y noté todavía en su boca el sabor salado de mi propia corrida—. El futuro ya nos lo dirá.
Fuera, en el local, Bruno había puesto otra canción, una de esas baladas lentas que sonaban a confidencia. La cortina del fondo se movía con el aire acondicionado. Las dos mujeres se durmieron casi a la vez, con la respiración acompasada, y yo me quedé despierto un rato más, mirándolas, todavía incapaz de distinguir del todo dónde acababa una y empezaba la otra. Quizá nunca quise distinguirlo. Quizá esa confusión, ese vértigo de tener a mi mujer y a su doble enredadas en mis brazos, con los coños todavía calientes de mi polla, era exactamente lo que había ido a buscar sin atreverme a nombrarlo.
Cuando por fin me venció el sueño, lo último que sentí fue una mano —no supe cuál— buscando la mía bajo la sábana, y apretándola.





