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Relatos Ardientes

La boda de mi amigo terminó como nunca imaginé

Durante los años que trabajé en África, supervisando una empresa de un grupo español, hice amistades que el tiempo no borró. Las más sólidas fueron las de Bruno, Hélder y Rui. Bruno era hijo de portugueses emigrados que hicieron fortuna con la madera; los otros dos, funcionarios del gobierno local. Andábamos todos por la treintena y, cuando el trabajo lo permitía, las noches se nos iban en cenas que terminaban convertidas en fiestas largas. Aprendimos a confiar los unos en los otros sin reservas.

Aquella complicidad creó costumbres que no se cuentan en voz alta. Compartíamos casi todo, y con los años eso dejó de sorprendernos. Por eso, cuando Bruno anunció en una cena que se casaba, supe que la celebración no iba a ser una boda cualquiera.

—Me caso en la quinta de mis padres, cerca de Tomar —dijo, llenándonos los vasos—. Os quiero la semana entera allí. De regalo solo pido que volvamos a ser los de antes.

Aceptamos los tres. La finca era enorme, con varias casas repartidas entre jardines, y a cada uno le tocó alojamiento propio. Llegué un lunes, dos días antes que Hélder y Rui. Bruno me recibió con un abrazo y me llevó hasta la casa que ocuparía.

—Ven a saludar a mi hermana, ya está aquí —me dijo apenas dejé las maletas.

Leonor. La recordaba de África, donde entre nosotros hubo una tensión que nunca llegó a nada por respeto a Bruno. La mujer que salió al jardín no era la misma. La maternidad le había dado curvas que antes no tenía; llevaba un crío de la mano y al marido al lado. Nos saludamos con dos besos y noté que su mirada se quedaba un segundo de más sobre la mía.

—Este es Vasco, mi marido —me presentó—. Y el pequeño.

Hablamos de cosas cotidianas. Su marido viajaba a Lisboa esa misma tarde y volvía el miércoles. Antes de despedirnos, Leonor me lanzó la invitación que yo no me atrevía a pedir.

—¿Por qué no vienes a cenar esta noche? Estoy sola con el niño. Cenamos temprano, que quiero acostarlo pronto.

—Acepto. ¿A qué hora?

—Sobre las siete y media.

Me arreglé con cuidado, queriendo que recordara al hombre que en África no le quitaba ojo. Llegué puntual. Estaba dándole el pecho al niño cuando entré, sin pudor, con la confianza de quien ya no levanta barreras entre nosotros.

—Hay confianza —dijo cuando me disculpé—. Siéntate ahí.

Cenamos pisto y un bacalao con bechamel que ella misma había preparado. Hablamos, reímos, y el vino hizo el resto. En un momento dejé de fingir.

—Leonor, voy a serte sincero. En África me gustabas, y nunca lo intenté por Bruno. Pero ahora estás imposible.

—No me tientes —respondió sin apartar la mirada—. Tú y yo sabemos que siempre quisimos algo más que charlar.

Se levantó a recoger los platos y, al pasar por mi lado, no se apartó. La así de la cintura y ella se dio la vuelta. El primer beso fue largo, hambriento, con años de espera dentro.

—Deseo esto desde que te vi entrar en casa de mi hermano —murmuró contra mi boca—. Estuve colada por ti. Si volvíamos a encontrarnos, sabía que no iba a dejarlo pasar otra vez.

Lo hicimos en la cocina, primero con prisa, después con calma. La senté en la encimera, le bajé la ropa con paciencia y aprendí de memoria cada curva nueva que la maternidad le había regalado. Cuando la tumbé sobre la mesa y entré despacio, soltó un gemido que tuvo que ahogar para no despertar al niño. Estaba mojada como nunca, ardiendo, pidiendo más entre susurros.

—Nunca estuve tan caliente —jadeó—. Mañana repetimos. Y pasado. No pienso desperdiciar un minuto a solas contigo.

Cumplió su palabra. Aquella semana aprovechamos cada rato sin testigos: por las mañanas, por las tardes, una vez incluso de pie contra la lavadora de la zona trasera, por precaución. Cuando Vasco volvió, nos volvimos más cautos, pero Leonor encontraba huecos donde no los había.

***

El jueves llegaron Hélder y Rui con sus parejas. Hélder estaba casado con Carla, una mujer de gafas, melena oscura y unas caderas que llamaban la atención. Rui vivía hacía años con Daniela, una mulata alta, de piel preciosa y labios gruesos. Las dos rondaban nuestra edad y eran de una belleza serena, de las que no necesitan esforzarse.

La boda fue el sábado y resultó perfecta: comida abundante, música, baile y esa alegría que los portugueses saben vivir como nadie. Firmamos los tres como testigos de Bruno. En nuestra mesa estábamos los amigos de África con sus parejas, Leonor, su marido y el niño. Yo había traído licor de café para ellas y aguardiente para nosotros, como en los viejos tiempos.

Cuando cayó la noche, el frac me agobiaba. Avisé de que iba a cambiarme y, de paso, me crucé con la ventana de Leonor, que acababa de acostar al crío. Sin Vasco cerca, no perdimos el tiempo: un encuentro rápido y furioso, dos orgasmos suyos seguidos y yo descargando con la urgencia de quien sabe que el reloj corre. Volví a saltar por la ventana y me fui a la casa de invitados a ducharme.

Estaba saliendo del baño, todavía desnudo, cuando escuché voces en portugués. Eran Carla y Daniela, que venían a usar el aseo creyéndome ausente. Abrieron la puerta y me encontraron tal como vine al mundo. No me tapé.

—Disculpa, Marcos —dijo Daniela sin dejar de mirar—. Pensábamos que ya no estabas.

—Estás como Dios te trajo al mundo —rio Carla detrás—. Y era verdad lo que cuentan los chicos.

—Perdonad, no os esperaba —dije, sin moverme un milímetro.

Me sequé con calma mientras ellas, entre risas nerviosas, hacían lo suyo. Cuando volví a la mesa, Hélder y Rui ya sabían lo ocurrido y se reían sin disimulo.

—Entre nosotros no hay secretos —sentenció Hélder, con esa frase que en África significaba mucho más de lo que decía.

Bailé con las dos toda la noche, alternándose, cómplices. Hacia las once, con los novios ya retirados a una casa rural para su primera noche, los cinco nos quedamos solos. Hélder y Rui estaban bastante perjudicados; ellas, frescas y sonrientes. Y entonces los maridos, medio en broma medio en serio, propusieron lo que yo no me atrevía a sugerir.

—En África compartíamos —dijo Rui, tirándome del cuello—. Aquí también. Estamos hechos polvo, pero no las vamos a dejar sin fiesta. Nos vas a echar una mano, amigo.

—Estáis locos. Son vuestras mujeres —protesté, aunque ya sabía cómo iba a terminar aquello.

***

Nos sentamos los cinco en el salón con las botellas. No tardamos en recuperar el viejo juego de las fiestas africanas: moneda al aire, todos contra todos, y el que ganaba imponía una prenda o un reto. En un cuarto de hora me habían dejado desnudo, porque todos jugaban contra mí.

Después cayó Daniela, y Rui le pidió que me acariciara. Lo hizo entre quejas y risas. Luego perdió Carla, y Hélder cobró el desnudo anterior pidiéndole que me la chupara. Lo miró un segundo, me tomó con la mano y empezó despacio, primero con la lengua, después tragando con una suavidad que me puso la piel de gallina.

El morbo de repetir aquellas orgías, pero ahora con sus esposas, me tenía duro como una piedra. Mientras ellas se turnaban conmigo, los maridos trajeron dos colchones, deshicieron las camas y aparecieron con mantas y un puñado de preservativos que dejaron caer sobre uno de los colchones. La fiesta africana volvía a empezar, esta vez en suelo europeo.

Ellos levantaron las caderas de sus mujeres y cada uno se aplicó a la suya hasta hacerla correr. Cuando las dos recibieron su primer orgasmo, Hélder me indicó que me tumbara.

—Sube, Carla —ordenó.

Ella se colocó sobre mí y bajó despacio hasta clavarse del todo. Hélder la empujó sobre mi pecho y buscó su otra entrada.

—Dale fuerte —me dijo en portugués cerrado—, que le encanta.

No me dio tiempo a contestar. Empezamos a follarla entre los dos, repitiendo el ritmo de aquellas noches africanas. Carla gritaba, mitad queja mitad placer, atrapada entre los dos. Entonces Rui apartó un poco el cuerpo de su mujer y le pidió a Daniela que me ofreciera su sexo a la boca. Ella se sentó sobre mi cara y yo, sujetando las caderas de Carla, me apliqué con la lengua a la mulata.

—Voy a correrme —avisó Hélder, descargando dentro de su mujer.

Carla lo notó y estalló en una doble penetración que la dejó temblando, empapándome el vientre. Cuando se apartó, fue el turno de Daniela. Volví a protegerme y ella se montó sobre mí con un gemido ronco. En minutos estaba tomada por los dos, cabalgando a ritmo, mientras Carla le ofrecía a su marido la boca y a mí el sexo. Los dos matrimonios y yo, en una coreografía que conocíamos de memoria.

—Voy a correrme como una perra —jadeó Daniela—. Qué delicia, qué gusto.

Rui descargó en ella entre convulsiones, y yo notaba sus embestidas a través de la fina piel que nos separaba. Logré que Carla se corriera de nuevo con mi lengua mientras ellas, sudando, me terminaban a dos lenguas hasta que solté toda la tensión de la noche.

Me di cuenta de algo entonces: Hélder no había tocado a Daniela, ni Rui a Carla. Me apreciaban lo suficiente para compartir conmigo, pero se respetaban entre ellos. Esa noche dormimos los cinco en aquel salón, ellas a mi lado bajo una manta, ellos en el otro colchón, como tantas veces en el pasado.

***

El domingo se marcharon a Lisboa para tomar un vuelo. Aún tuve un rato a solas con cada una, con la excusa de las maletas. La quinta se fue quedando vacía. Esa tarde, cuando intentaba dormir una siesta imposible, Leonor se coló en mi cama una última vez, arriesgándolo todo, y nos despedimos como animales.

—Ven a verme cuando quieras —me pidió después, abrazada a mí—. Y déjame llamarte por las noches cuando esté sola.

Pensé que ahí terminaba la semana. Me equivocaba.

Esa noche, ya en la cama, alguien golpeó la puerta de la casa de invitados. Era Bruno. Nos abrazamos, casi se nos saltan las lágrimas, dos compañeros de batallas que la vida llevaba ahora por caminos distintos. Sacó una botella, brindamos por la amistad y recordamos los cuatro años de África. Hasta que me miró fijo.

—Ya sé lo que pasó anoche. Hélder y Rui no saben mentir —rio—. Volvisteis a la fiesta y yo no estaba invitado.

—Surgió, Bruno. Pero el invitado era yo; ellos no se tocaron entre sí.

—Lo sé. Y me gusta cómo eres: haces el favor y sigues siendo el mismo amigo de siempre. —Se quedó callado un momento, llenó los vasos otra vez y bajó la voz—. Por eso esta noche te voy a necesitar.

Le pregunté qué quería decir. Lo que confesó me dejó sin palabras: durante años, en aquellas fiestas, había fantaseado con verme con su mujer. Y esa noche, la primera de casados, quería hacerlo realidad.

—Le pedí a Beatriz que se pusiera la lencería de la boda, que le haría una sesión de fotos. Le pondré un antifaz. Le encanta que le hable mientras la caliento. Solo te pido que no me falles, Marcos.

—Es un riesgo enorme. Mañana os vais de luna de miel.

—Confía en mí. Quiero que pruebe lo que tú y yo hicimos tantas veces.

Cuando me llamó por mi nombre completo, supe que era una petición sincera de un hermano. Me vestí y salí detrás de él. El plan era simple: yo entraría tras él, desnudo, en cuanto me hiciera una señal desde el dormitorio.

Pegado a la puerta entreabierta, lo escuché todo. Beatriz salió del baño con un conjunto de encaje blanco que resaltaba unas piernas largas, una cintura estrecha y un pecho generoso. Bruno la fotografiaba, la besaba, le metía los dedos mientras la calentaba con palabras.

—¿Te gustaría una polla enorme que te follara de verdad? —le decía—. Eres una insaciable.

—No me enciendas —reía ella, abriendo las piernas—. Si pillo una así hoy, no la suelto.

—Qué pena no tener una como la de Marcos —siguió él—. Esa aguanta una barbaridad.

—Uf, no me hables así. Es un hombre atractivo, lo reconozco. Cualquiera lo metería en su cama.

Estaba al rojo vivo. Bruno le pidió que se pusiera el antifaz y la tumbó al borde de la cama. Le separó las piernas y empezó a lamerla muy despacio. Entonces me hizo el gesto. Sin hacer ruido, fui sustituyendo sus manos por las mías sobre los muslos de ella, y al final lo relevé del todo. Mi lengua tomó el lugar de la suya, y Beatriz, sin saberlo, gimió más fuerte.

—Qué bueno, estoy salidísima —jadeaba—. No pares.

La trabajé hasta que la sentí al borde. Cuando pidió que la penetraran, me aparté y Bruno me hizo la señal. Me protegí y fui entrando despacio.

—Dios, está enorme —gimió, notando algo distinto—. Qué rico, amor.

Bruno empujó mi espalda, queriendo verlo todo. La agarré de las caderas y empotré a la mujer que pedía fiesta. Se estremeció, supo que algo había cambiado, pero el placer pudo más. Estalló en un orgasmo intenso, con un chorro fino y caliente por la presión, y enseguida llegó otro mientras Bruno le devoraba la boca y los pechos.

Cuando pidió parar, se arrancó el antifaz.

—Sois dos cabrones —dijo entre risas, agitada—. No sé si marcharme o aprovechar el momento.

—Aprovecha, amor —respondió Bruno, besándola—. Solo quiero que vivas una noche especial. Mañana es para nosotros; hoy es para el placer.

Beatriz se colgó de mi cuello, me besó y, mirando a su marido, soltó lo que ninguno olvidaríamos.

—Nunca pensé en ser infiel. Pero si algún día lo fuera, solo sería con este cabrón.

Reímos los tres y empezó una sesión de las que no se borran. Le hicimos una doble penetración intercambiando posiciones, y cuando terminamos, ella me dejó descargar donde quise. Bruno miraba con una sonrisa de satisfacción que decía más que cualquier palabra.

Al día siguiente partieron de luna de miel. Meses después coincidimos otra vez, ya con la calma de quien comparte secretos que solo nosotros entenderemos. De aquella semana en Portugal me quedó algo más que el recuerdo de una boda: la certeza de que la amistad verdadera, a veces, se demuestra de las formas más inesperadas.

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Comentarios (5)

CarlosR_bsas

Increible, de los mejores que leí en mucho tiempo!!!

Marcos_Cba

Que final tan inesperado... por favor tiene que haber una segunda parte. Me quedé con ganas de saber cómo terminó todo después con el amigo

LucasBaires

Muy bien contado, se siente real. Ese giro al final no lo vi venir para nada, lo tuve que releer dos veces jaja

Silvina_BA

Dios mio!!! me mató el final jajaja

Miguelito_Sur

Me recordo a una situación parecida en el casamiento de mi primo, aunque no llegó a tanto jaja. Muy buen relato, gracias por subirlo

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