La cena que terminó en un intercambio de parejas
Diego y yo llevábamos demasiado tiempo dándole vueltas a la misma idea, esa fantasía perversa y siempre aplazada de intercambiar a nuestras mujeres por una noche. Lo nuestro era una mezcla rara de morbo y orgullo: a los dos nos gustaban con locura nuestras parejas, y precisamente por eso la idea de compartirlas tenía algo prohibido que nunca terminábamos de soltar.
Carla, mi mujer, había superado los cuarenta sin que el cuerpo le pesara los años. Mantenía una figura firme, un culo generoso y un pecho que seguía robando miradas. De los cuatro, sin embargo, ella era la más reticente a la aventura. Sofía, la mujer de Diego, en cambio, siempre tuvo para mí algo distinto. Coincidíamos hasta en lo profesional, porque trabajaba como arquitecta en uno de mis principales clientes. En los últimos meses se había puesto en forma y, lo peor de todo, sabía exactamente cómo me miraba.
Como os contaba, lo de fantasear con un intercambio venía de lejos. Alguna vez nos habíamos enseñado una foto, ellas en ropa interior, casi siempre con la única intención de picar al otro. En uno de nuestros incontables planes fallidos, después de descartar la idea de ir a un club por inviable, propusimos algo más sencillo: una cena entre los cuatro. Y esta vez salió adelante. Ellas estaban advertidas, en tono de broma, de nuestras verdaderas intenciones.
Todo empezó la noche anterior a la cita. Yo ya estaba excitado por la remota posibilidad de que aquello ocurriera, y Carla y yo hacíamos el amor cuando ella me provocó con una sonrisa.
—¿Crees que a Diego le gustarían estas braguitas? —susurró.
No le contesté con palabras. Empecé a morderle los pechos y a acariciarla por encima del tanga, mientras le decía al oído que sin duda le gustarían. La tela estaba húmeda y ella arqueaba la espalda buscando mi mano, riéndose entre suspiros de su propia provocación. Seguía follando con ella, pero mi cabeza ya estaba en otro lado, imaginando a Sofía en esa misma postura, preguntándome si gemiría igual, si me clavaría las uñas de la misma manera. Esa noche apenas dormí.
***
Llegó el día. Habíamos dejado a los niños con mis suegros y teníamos la noche entera por delante. Mientras Carla se arreglaba, paseaba por el dormitorio con un tanga negro y unos tacones de infarto.
—Vosotros no iréis en serio, ¿verdad? Dejaos de tonterías —me dijo, mirándome de reojo.
—Deja que fluya la noche —respondí.
Aproveché un descuido para robarle una foto y se la mandé a Diego. Mira lo que podría ser tuyo, escribí debajo. Su respuesta tardó tres segundos en llegar y no fue precisamente decente.
Con los diez minutos de retraso de siempre, llegamos al restaurante. El ambiente era divertido, pero había una tensión de fondo imposible de disimular: ellos decididamente lanzados, ellas en modo alerta. La cena transcurrió entre risas y bromas subidas de tono, recuerdos de noches viejas y, de vez en cuando, algún comentario que cruzaba la línea.
Diego no dejaba de elogiar el cuerpo de Carla, y ella le seguía el juego con una soltura que pocas veces le veía en público. Sofía, sentada justo enfrente de mí, empezó a rozarme el pie contra la pierna, como por accidente, dejándolo cada vez más tiempo. Yo no lo evité. Bajo el mantel, su tobillo subía despacio por mi pantorrilla mientras ella seguía hablando de la carta de postres con una calma que me ponía nervioso. Pedí un café que no me tomé. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, había una pregunta entre los dos que ninguno se atrevía a formular en voz alta, aunque las respuestas ya estaban decididas.
Curiosamente, Carla y Diego, que casi nunca bebían, esa noche lo hicieron sin reparo. Cuando nos levantamos, todos estábamos animados por el vino. Sofía propuso seguir con una copa en su casa en lugar de en un bar, y los cuatro asentimos entre risas, sabiendo perfectamente hacia dónde se encaminaba la cosa.
Ellas se adelantaron unos metros por la acera. Carla, con sus tacones imposibles y una faldita vaquera corta y ceñida. Sofía, con unos pantalones de vinilo que le marcaban un culo redondo y firme. Diego y yo caminábamos detrás, piropeándolas en voz baja, con la cabeza funcionando a mil por hora.
***
Su casa estaba a un paso del restaurante. Nos repartimos entre el sofá y dos sillones, y Sofía propuso preparar unas copas. Me ofrecí a acompañarla a la cocina, no sin antes lanzar una mirada cómplice al resto.
El vino y la excitación me empujaron. Me coloqué a su espalda, muy pegado, y le sujeté la cadera con la excusa de hacer sitio. Ella no se apartó. Solo giró el cuello y me miró de lado.
—Qué cara tienes. Anda, no corras —me dijo, escapándose con un contoneo del culo que me dejó peor de lo que estaba.
Perdida mi primera batalla y con una erección que no sabía dónde meter, volvimos al salón con dos copas cada uno. Y lo que encontramos nos paró en seco. Carla estaba recostada en el sofá con las piernas separadas, besándose con Diego, mientras la mano de él se movía sin ningún disimulo entre sus muslos. Ninguno de los dos hizo ademán de detenerse al vernos. Al contrario.
Sofía y yo nos reímos, conteniendo el sonido, todavía con las copas en la mano. Le di un trago a la mía y, sin pensarlo más, la besé. Me respondió con la lengua, despacio, sin prisa. Ya no había marcha atrás. Carla gemía cada vez más fuerte, seguramente a propósito, para que todos supiéramos lo bien que lo estaba pasando.
***
Sofía y yo dejamos las copas y nos fuimos directos a su dormitorio. Empezamos a besarnos bajo el marco de la puerta, arrancándonos la ropa sin llegar a entrar del todo. Ahí mismo deslicé los dedos entre sus piernas y no pude evitar susurrarle lo que pensaba.
—Tenía unas ganas de esto que no te imaginas.
—Lo sé —me respondió, agarrándome de la nuca—. No pares.
Conocía de antemano cómo le gustaba, así que empecé a mordisquearle los pechos de pie, mientras mis dedos jugaban con ella. Tenía la piel caliente y respiraba contra mi cuello, agarrada al marco de la puerta para no perder el equilibrio. Sofía me desabrochó el pantalón y empezó a masturbarme con una lentitud calculada, midiéndome, mirándome a los ojos cada vez que yo cerraba los míos. Tuve la sensación de que iba a correrme en cualquier momento, así que le aparté la mano con suavidad y la giré contra la pared. Le besé el cuello, la nuca, los hombros, pellizcándole un pezón con una mano mientras con la otra seguía entre sus piernas, sintiendo cómo se abría poco a poco para mí.
***
En el salón, Carla y Diego seguían a lo suyo. Por los sonidos, ella se había arrodillado y lo recorría entero con la boca, jugando de una forma que en casa nunca se permitía. Después escuché su voz, ronca, dándole una orden.
—Fóllame.
Diego obedeció. Carla se puso a cuatro patas sobre el sofá y él la penetró por detrás, arrancándole un gemido largo que retumbó en toda la casa. Había deseo contenido de años en cada movimiento, los cuerpos buscándose, las bocas encontrándose entre embestidas. Diego no aguantó demasiado y terminó sobre su espalda. Pero Carla quería más. Se dio la vuelta y le pidió que volviera a empezar.
***
Nosotros, mientras tanto, lo hacíamos sobre la cama, con Sofía encima de mí, balanceándonos despacio, profundo, sin ninguna urgencia. Nos teníamos las manos entrelazadas y había entre los dos una conexión que parecía ensayada de antemano, como si lleváramos toda la vida esperando esa noche. Ella marcaba el ritmo, subiendo y bajando con los ojos entornados, mordiéndose el labio cada vez que la tocaba en el sitio justo. De vez en cuando se inclinaba para besarme y yo aprovechaba para sujetarle las caderas y hundirme más adentro, arrancándole un sonido grave que no había escuchado nunca y que se me quedó grabado.
En un momento le pedí que se sentara sobre mi cara. Ella aceptó sin dudar y se apretó contra mí, casi sin dejarme respirar, moviendo las caderas a su propio ritmo. Era lo que llevaba meses imaginando y resultó mejor de lo que esperaba. Mientras tanto, su mano había encontrado el camino de vuelta y me acariciaba, llevándome al borde en cuestión de segundos. Cuando ya no pude más, ella recogió con dos dedos lo que quedaba y se lo llevó a la boca antes de inclinarse a besarme.
***
Después nos quedamos tumbados, desnudos, hablando como si aquello fuera lo más normal del mundo. Desde el salón seguían llegando los gemidos de Carla. Sofía me besó otra vez, más suave, y apoyó la cabeza en mi pecho.
—¿Crees que volveremos a vernos así? —preguntó al cabo de un rato.
No le contesté. Solo le sonreí, y los dos supimos que aquella no había sido la última vez.