La noche que dejé ir a mi mujer con mi mejor amigo
Cualquiera habría apostado a que sería al revés, que yo daría el primer paso. Pero fueron ellos, Lucía y Andrés, quienes no aguantaron más las ganas. A mi mujer le llegó la invitación a una cena que organizaba un banco, de esas que casi siempre rechaza sin pensarlo. Esta vez aceptó, y los dos sabíamos por qué: Andrés iba en representación de su empresa.
Lucía lo disimulaba, le quitaba importancia con un gesto de la mano cada vez que yo sacaba el tema. Pero Andrés era mi amigo desde la universidad, y Andrés me lo contaba todo. Esa misma tarde me había enseñado los mensajes que se cruzaban: insinuaciones, medias frases, la manera en que iban dibujando un encuentro alrededor de aquella cena sin nombrarlo nunca del todo.
—¿Estás seguro de que quieres que te cuente? —me había escrito él.
—Cuéntamelo todo —respondí—. Hasta el último detalle.
Esa noche, Lucía se arregló frente al espejo del dormitorio. Iba siempre guapa a esos eventos, pero aquella vez había algo distinto, una luz que no le conocía. Se movía sobre unos tacones finísimos, todavía sin vestido, solo con un conjunto de lencería negra que le dejaba la espalda al aire. Me senté en el borde de la cama a mirarla.
—Qué guapa vas —le dije—. ¿Por algo en especial?
—Como siempre, ¿no? —contestó sin girarse, buscando mi reflejo en el espejo.
Terminó de maquillarse con calma, marcándose los labios de rojo, y se enfundó un vestido negro ceñido que le marcaba cada curva. Se acercó, me dio un beso largo y cálido, y al separarse me sostuvo la mirada un segundo de más.
—No me esperes —murmuró—. Ya sabes cómo se alargan estas cosas.
La puerta se cerró y me quedé solo en el salón, con el corazón golpeándome el pecho y una mezcla extraña en el cuerpo. No eran celos. Era otra cosa, algo que me costaba nombrar pero que me tenía completamente excitado, imaginando lo que iba a pasar con el afortunado Andrés.
Me serví una copa y me senté junto a la ventana. Pensé en cómo habíamos llegado hasta aquí. Empezó como una conversación de cama, una de esas fantasías que uno suelta a media voz en la oscuridad creyendo que nunca se cumplirán. Ella me había confesado que le gustaba la idea de que la desearan otros, de que yo lo supiera, de contármelo después. A mí me ardía la sola idea. Y entre todos, el nombre que siempre volvía era el de Andrés, mi amigo de toda la vida, el que llevaba años mirándola un segundo de más en cada cena.
Apagué la televisión y dejé el móvil sobre la mesa, bocarriba, esperando. No le había pedido que me escribiera. No hacía falta. Sabía que Andrés tarde o temprano me lo contaría, paso a paso, como hacíamos siempre con todo. Y esa espera, la incertidumbre de no saber en qué momento exacto sus cuerpos se encontrarían, era una forma de placer que no había sentido nunca.
***
El evento se celebraba en un teatro del centro. Todo esto me lo contó él después, esa misma madrugada y luego con más calma, sin ahorrarse nada, tal como le había pedido.
Se saludaron guardando las formas, pero con un beso que duró más de lo que dura un beso entre dos amigos. Andrés le puso la mano en la cadera, fingiendo acercarla para una foto, y aprovechó para recorrerle el costado con una lentitud que solo ellos dos entendían.
—Creo que ya estoy empalmado —le susurró al oído.
Lucía no perdió la sonrisa. Con un gesto discretísimo, casi imperceptible para los que los rodeaban, bajó la mano y le rozó la erección por encima del pantalón. Luego se mordió el labio inferior y le devolvió una mirada que lo decía todo.
La cena transcurrió como estaba previsto. Discursos, copas que circulaban en bandejas plateadas, presentaciones a desconocidos cuyos nombres olvidaban al instante. Por debajo de la cortesía, sus manos se buscaban y se rozaban con una torpeza casi adolescente. Cada vez que podía, Andrés dibujaba con los dedos la línea del tanga de Lucía bajo el vestido, y ella se ofrecía a ese contacto como una presa que ya ha decidido dejarse cazar.
Tres copas de vino después —ninguno de los dos solía beber tanto—, la desinhibición era tan evidente como el deseo. Lucía se inclinó hacia él, bellísima en su vestido corto y negro, y le susurró:
—Ven. ¿Me acompañas?
Lo arrastró de la mano sin un destino claro. En un teatro antiguo siempre hay rincones donde la luz no llega, y lo encontraron antes de lo que esperaban: subieron unas escaleras tras unas cortinas gruesas que separaban los palcos del anfiteatro. En cuanto la penumbra los cubrió, sus lenguas se entrelazaron en un beso largo, húmedo, contenido durante toda la noche.
Andrés la apretó contra él, le subió el vestido por detrás y jugó con la tela mínima del tanga. Lucía respiraba entrecortado entre beso y beso.
—Esto no era lo que habíamos hablado —le dijo ella en voz baja—, pero tengo demasiadas ganas.
Su mano buscó la cremallera del pantalón. Cuando lo liberó y comprobó el tamaño, se le escapó un gemido sordo. Lo guió ella misma, ahí mismo, de pie tras las cortinas, y apenas lo tuvo dentro le rogó al oído:
—Llévame a otro sitio. Por favor. Pero no pares.
***
Salieron del teatro como pudieron, casi sin pensar. Había varios hoteles cerca y se dirigieron al más próximo, pero ni siquiera trescientos metros pudieron recorrer sin detenerse dos veces a devorarse en plena calle, indiferentes a las pocas miradas de los que pasaban a esa hora. Se registraron a trompicones, subieron a la habitación, y en cuanto la puerta se cerró se arrancaron la ropa a mordiscos.
Él le desnudó el torso y le mordió los pezones mientras ella se sentaba sobre la cómoda, que sería el primer escenario de la noche. La recostó allí, apartó el tanga a un lado y comprobó lo empapada que estaba. Bajó la cabeza y la devoró sin prisa mientras Lucía le hundía los dedos en el pelo y lo apretaba contra ella, arqueando la espalda contra el espejo.
Cuando ella no pudo más, él la puso de pie y la giró de cara al cristal. Se colocó detrás, y no le hizo falta ayudarse con la mano: entró de un solo movimiento, fácil, por lo mojada que estaba. La folló mirándola a los ojos a través del reflejo, besándole el cuello, repitiéndole una y otra vez cuánto la deseaba.
—No te quites los zapatos —le pidió él.
Ella sonrió. Eran esos pequeños caprichos que en casa nunca pedía, por miedo a tener que dar explicaciones que aquí no debía a nadie. Pasaron a la cama y volvieron a unirse, esta vez despacio, en movimientos largos y profundos, acariciándose como si llevaran años buscando justo ese momento y por fin se lo concedieran.
Lucía se colocó encima. Mientras él la penetraba, se acarició el clítoris con la punta de los dedos, marcando ella misma el ritmo, hasta llegar al orgasmo dos veces seguidas, una detrás de otra, sin tregua. Andrés aguantó cuanto pudo, hasta que dejó de poder. Se corrió con tanta fuerza que los dos terminaron riéndose, sorprendidos por la cantidad, abrazados y sudados sobre las sábanas revueltas.
Se quedaron así un rato, recuperando el aliento, las piernas todavía enredadas. Andrés le acariciaba la espalda con la yema de los dedos y ella le contaba, entre risas bajas, que llevaba semanas imaginando esa noche, que le costaba mirarme a los ojos en casa sin pensar en él. No había culpa en su voz. Solo una franqueza nueva, desnuda, que él me repetiría palabra por palabra al día siguiente y que a mí me removería por dentro como pocas cosas.
***
Miraron el reloj: la una de la madrugada. Se ducharon a toda prisa y bajaron a compartir el mismo taxi de vuelta. En la despedida se dieron un beso recatado, casi púdico para todo lo que había sido la noche, ante un taxista que los miraba sin entender nada. Prometieron llamarse durante la semana.
Yo seguía despierto cuando Lucía entró en casa. Oí la llave, sus pasos, el roce del vestido al caer sobre una silla. Se metió en la cama oliendo a champú de hotel, se acurrucó contra mí y notó que no dormía.
—Un rollo, como siempre —dijo en voz baja, como quitándole importancia.
Me quedé un momento en silencio, sonriendo en la oscuridad. Sabía que no había sido «como siempre». Sabía que Andrés me lo contaría todo al día siguiente, despacio, y que ella fingiría no recordar los detalles mientras yo se los recitaba al oído.
—Como siempre —repetí, y la abracé.
Se durmió enseguida, tranquila, como si no hubiera pasado nada. Y quizá, en el fondo, para nosotros tres ya no pasaba nada extraordinario: solo otra noche más en ese juego que habíamos decidido jugar con los ojos bien abiertos, sin engaños, sin culpa, y con un deseo que no dejaba de crecer cada vez que la veía salir por la puerta con el vestido negro y aquel «no me esperes» en los labios.