La apuesta con la vecina nueva terminó en algo más
El camión de la mudanza apareció un martes de julio, justo enfrente de casa. Me alegró ver que los nuevos vecinos traían a una chica más o menos de mi edad. Yo tenía dieciocho años recién cumplidos, esa franja rara en la que ya no eres un crío pero tampoco te tratan como adulto. Lo único que tenía claro entonces era que mis hormonas iban a mil y que me masturbaba más de lo que estaría dispuesto a admitir delante de nadie.
La vi por primera vez botando un balón de baloncesto en la acera, con un control que delataba años de práctica. Crucé la calle con cualquier excusa y la saludé. Le conté que tenía un aro montado en el garaje y que a veces jugaba directamente en la acera, por si le apetecía estrenar el barrio con una canasta.
—Me llamo Nadia —dijo, parando el balón con la cadera—. Bueno, Nadiana, pero nadie me llama así.
Era guapa de una forma que descolocaba: rubia, de mi misma altura, casi metro setenta y cinco, y unas piernas largas que parecían no terminar nunca. Cuando le conté en qué instituto iba, descubrimos que estaríamos en el mismo curso a partir de septiembre.
—Dame dos minutos —dijo—. Me cambio y te machaco.
Entró en su casa para ponerse algo más cómodo. Cuando volvió a salir, se me secó la boca y, sinceramente, no pude moverme del sitio. Llevaba unos shorts diminutos de deporte y un top de jogging que dejaba muy poco a la imaginación.
Esto no es justo, pensé, intentando que la entrepierna no me delatara.
—Esta ropa tiene truco —dijo ella, sin rastro de broma en la voz—. No solo me deja moverme mejor. También distrae a rivales como tú, que se ponen tontos en cuanto me ven y fallan hasta los tiros libres.
Lo dijo con una naturalidad pasmosa, como quien comenta el tiempo. Y yo no recordaba haberla tenido nunca tan dura como en ese momento, ahí plantado en mi propia acera.
—¿Una al veintiuno? —propuso—. Al mejor de tres. Si gano yo, me enseñas algo. Si ganas tú, te enseño yo.
—¿Algo como qué?
—Tú me enseñas la polla. Yo te enseño las tetas. —Sonrió—. Pero vas a perder.
Sabía perfectamente que no había forma humana de ganarle. Aun así acepté, en parte por orgullo y en parte porque la idea de perder no me parecía ningún castigo. Nos metimos en el garaje, jugamos las tres partidas y, como era de esperar, las tres fueron suyas.
Para pagar la apuesta, me bajé los pantalones cortos y el calzoncillo hasta los tobillos y me subí la camiseta para que pudiera mirar bien. Nadia se rió mientras me observaba, y cuando alargó la mano para tocarme, no me aparté ni un milímetro.
—Está durísima —comentó, sorprendida, sopesándola—. Y ni siquiera hay hueso ahí dentro.
—Vístete así y dime tú cómo se baja —contesté.
—Puedo encargarme de eso —dijo entre dientes—. Una mamada y te corres. Así se ablanda.
—Puede que haga falta más de una —solté, medio en broma.
—Pues más de una será.
***
Se arrodilló ahí mismo, sobre el suelo frío del garaje, y se la metió en la boca mientras me acariciaba la base con la mano. No pensé que fuera a dejarme terminar dentro, así que la avisé. Para mi sorpresa, no se apartó: siguió hasta el final y se lo tragó todo sin pestañear.
Lo raro vino después. En lugar de ablandarse, mi polla seguía igual de tiesa. Ella se rió, encantada con el desafío, y volvió a empezar. Tuvo que sacarme tres orgasmos seguidos, dejarme literalmente seco, antes de que aquello bajara por fin. Tardamos casi una hora. Nunca antes me había pasado algo parecido, pero con Nadia vestida así y con su boca trabajando, tampoco debería haberme extrañado.
Cuando ya tocaba volver a casa para cenar, hizo una última maldad: se quitó el top deportivo y me enseñó los pechos. No necesitó mucho más para ponérmela dura otra vez. Se rió, besó la punta, después me besó en los labios, y se marchó tan tranquila.
***
Esa misma noche, después de cenar, llamaron a la puerta. Era Nadia. Mi padre la dejó pasar y, sin más, la mandó a mi cuarto. Yo estaba revisando el correo en el ordenador cuando la oí entrar. Se había cambiado de ropa, pero seguía pareciendo sacada de un sueño: unos pantaloncitos cortos y una camiseta con las mangas y el bajo recortados, de modo que apenas le tapaba el pecho.
—No llevo nada debajo —me dijo, como si tal cosa.
Y me lo demostró. Se levantó la camiseta para enseñarme los pechos y luego se bajó los shorts lo justo para que viera el resto. Se me puso dura al instante, que era exactamente lo que ella buscaba. Se arrodilló otra vez, me bajó la ropa y empezó con otra mamada.
Iba por la tercera consecutiva cuando mi madre abrió la puerta sin avisar. Se quedó un segundo en el umbral, nos miró, me sonrió de un modo que no supe interpretar y cerró sin decir palabra.
Aquella tarde Nadia estuvo en casa casi dos horas seguidas. En todo ese tiempo aprendí más de su cuerpo que en toda mi vida de fantasías. La vi entera, jugué con sus pechos, la toqué, y ella me enseñó pacientemente cómo acariciarla a ella. Incluso me dejó usar la lengua, y cuando por fin conseguí que se corriera, me besó en la boca, satisfecha.
Intenté ir más allá, pero me frenó con suavidad.
—Todavía no —dijo—. Soy virgen. Y nos hemos conocido esta mañana. No hace falta correr tanto, que ya vamos rápido.
Me dio un beso de despedida largo en la puerta, justo delante de mis padres. Lo hizo a propósito, estoy seguro.
***
Cuando me acosté, mi madre entró en la habitación. Yo esperaba algún comentario sobre lo que había visto antes, pero llegó por un camino que jamás habría imaginado.
—¿Habéis hecho algo más, además de las mamadas? —preguntó.
—No —respondí, rojo hasta las orejas—. La conozco desde esta mañana.
—Pues va deprisa, la chica. —Se quedó pensativa y luego, casi para sí misma, añadió—: La verdad es que me encantaría probarla.
Me quedé mudo. Ella se rió de mi cara.
—¿Eres bisexual, mamá? —conseguí preguntar.
—No lo sé. Nunca pensé que lo fuera. En la universidad me lié con un par de compañeras, pero cuando conocí a tu padre eso quedó atrás. —Se encogió de hombros—. Y, sin embargo, esta cría me ha puesto las bragas húmedas solo de verla. Tráeme mañana una buena muestra de ella y, si te portas bien, tal vez la noche siguiente me toque a mí.
Antes de irse me besó en los labios, deslizó la lengua un instante y me pasó la mano por encima de la sábana hasta notar que volvía a ponerse dura.
—Solo quería comprobar una cosa —dijo, divertida. Apagó la luz y cerró la puerta.
***
A la mañana siguiente, Nadia apareció justo después del desayuno. Mi madre le abrió y la repasó de arriba abajo: los mismos shorts mínimos, el mismo top que apenas la sostenía.
—¿Tu madre sabe que sales así a la calle? —le preguntó, entre escandalizada y curiosa.
—Deberías ver lo que se pone ella —se rió Nadia—. ¿La llamo y la invitas a un café? Vive justo enfrente.
—Claro —respondió mi madre, mirándome con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente.
Nadia hizo la llamada y esperamos en la entrada a ver cruzar la calle a su madre. Se llamaba Carla y, de lejos, ya se notaba que la manzana no caía lejos del árbol. Llevaba un bikini, pero distinto a cualquiera que yo hubiera visto: dos triángulos diminutos sobre el pecho y otro abajo, sin un solo tirante a la vista. Cuando se acercó, mi madre me apretó la mano con fuerza.
—¿Cómo se sostiene eso? —preguntó mi madre en la cocina, sin poder disimular.
Carla, sin el menor pudor, se despegó una de las piezas, la lamió y volvió a pegársela.
—Silicona —explicó—. Y la de abajo va sujeta a un pequeño juguete por dentro. Pruébatelo si quieres.
Mi madre ni siquiera me miró. Se desnudó allí mismo, dejó que Carla le colocara las piezas y, cuando se giró hacia mí, casi no la reconocí: nunca la había visto así.
—Subid vosotros a tontear un rato —dijo Carla, mirándome con una ceja arqueada—, que tu madre y yo tenemos cosas que probar.
***
Nadia me arrastró a mi cuarto, se desnudó y me besó.
—Mi madre quiere probarte también a ti, ¿sabes? —le dije.
—Pues entonces vamos —contestó, y volvió sobre sus pasos por el pasillo. La seguí.
Al asomarnos al dormitorio de mis padres, nuestras madres ya estaban abrazadas, besándose como si llevaran años esperando ese momento. Nadia aguardó educadamente a que se separaran antes de empujar con delicadeza a mi madre sobre la cama y sentarse a horcajadas sobre su boca. Carla se acomodó entre las piernas de mi madre y, en cuestión de segundos, los gemidos llenaban toda la habitación.
Carla me llamó con la mano y me hizo un sitio para que yo también probara. Acabamos los cuatro enredados, una pequeña cadena de bocas y manos donde ya nadie llevaba la cuenta de quién hacía qué. Era la escena más tórrida que había visto en mi vida, y yo estaba en el centro de ella.
—Estoy lista —me susurró entonces Nadia, separándose un momento—. Si tú quieres, quiero que seas tú.
Claro que quería. La tenía durísima desde hacía rato. Nadia se colocó con el culo al borde de la cama y nuestras madres se situaron una a cada lado de ella, acariciándola, mientras yo me hundía entre sus piernas.
Sin más preámbulos entré despacio en ella, que estaba empapada. No aguanté mucho la primera vez, pero, como ya empezaba a ser costumbre conmigo, no se me bajó. Seguí, me corrí una segunda vez y todavía una tercera, mientras las dos mujeres susurraban cosas al oído de Nadia y le mordían el cuello.
—Tienes un aguante increíble —dijo mi madre, mirándome con algo parecido al orgullo.
Cuando por fin me retiré, Carla bajó sin prisa hasta su hija y la limpió con la lengua, tragándose todo lo que yo había dejado dentro, como si fuera lo más natural del mundo. Luego me reclamó para ella y me montó allí mismo, en el suelo, hasta sacarme otras dos.
—La última es mía —cortó mi madre, apartándola con suavidad.
Y entonces se subió encima de mí. Me puso las manos sobre sus pechos, y cuando se movía arriba quedaban a la altura de mi cara. Yo se los apretaba un poco y le chupaba los pezones hasta que ella se sentaba con fuerza, marcando el ritmo. Mi madre follaba de una forma que mi padre, evidentemente, conocía bien. Me corrí por tercera vez dentro de ella y me quedé sin nada más que dar.
***
Cuando los cuatro estuvimos por fin saciados, bajamos a la cocina a comer algo. Nuestras madres se pusieron a hablar de sexo sin ningún filtro, y solo escuchándolas aprendí más de la vida íntima de mis padres de lo que jamás habría querido saber. Mi madre confesó que le encantaría vestirse como Carla y como Nadia, pero que mi padre nunca la dejaría; que le gustaría probar en sitios donde existiera el riesgo de que los pillaran, pero que él era de cama propia y poco más.
Carla era exactamente lo que mi madre soñaba ser, multiplicado por diez. Y Nadia, una versión más joven de su madre, dispuesta a repetir conmigo en cualquier momento y en cualquier lugar.
Esa tarde salimos los cuatro a comprarle ropa nueva a mi madre, de la que ella nunca se había atrevido a usar. Mi padre se iba a llevar una sorpresa considerable al volver del trabajo. Y, a partir de aquel verano, nada volvió a ser como antes en nuestra calle, gracias a las nuevas vecinas de enfrente, que ya tenían un plan muy claro para incorporar también a mi padre a sus juegos.
Y vaya si lo consiguieron.