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Relatos Ardientes

Renata me domó frente a la ventana esa noche

El desconocido se había desplomado en la otra cama con la respiración entrecortada, agradeciendo en silencio la suerte que el azar le había puesto entre las piernas. Diego seguía tendido a su lado, sudoroso y saciado, pero Renata y yo no habíamos terminado ni de lejos. Al contrario: nadie se había ocupado todavía de nosotras, y esa habitación de hotel con su ventanal enorme prometía demasiado como para desperdiciarla.

Lo primero fue descorrer las cortinas. La calle estaba ahí abajo, viva, con su goteo de transeúntes que volvían a casa a esa hora incierta de la madrugada. Renata me tomó de la mano y me arrastró hasta el cristal, las dos desnudas, sin pudor, dejando que la luz de la habitación nos delatara ante cualquiera que levantara la vista.

No tardaron en detenerse. Uno primero, luego otro, después una pareja que fingía esperar algo en la esquina. Nosotras les dábamos combustible para el deseo: sus manos me recorrían y las mías la provocaban a ella, pellizcos en los pezones, dedos perdiéndose entre las piernas, todo frente a ese público improvisado que ya no disimulaba. Renata me tomó la cara entre las manos.

—¿Qué quiere la zorrita esta noche? —me dijo, mientras dos de sus dedos se hundían despacio en mi sexo—. ¿Comerse a otro por dinero, comerme a mí o ser mi putita?

Las tres opciones me apetecían por igual.

Pero yo siempre he sido demasiado fácil para esto y no lo podía remediar. La miré a los ojos, la besé con hambre y me puse a cuatro patas sobre la cama, dispuesta a que hiciera conmigo lo que quisiera. Separé bien las rodillas, arqueé la espalda, ofrecida y rendida, esperando mi castigo.

Sus manos agarraron mis caderas. Por un instante pensé que iba a penetrarme allí mismo, pero me hizo girar sobre el colchón. A mí me encendía poder ver las caras de los que miraban desde la calle; ella, en cambio, prefería que ellos vieran mi culo y mi sexo mientras me castigaba de cara a la pared. Una vez en posición, me empujó la cabeza hacia abajo para exhibirme aún más. Sentía cómo me abría las nalgas, cómo separaba mis muslos, cómo amasaba mi entrepierna sin prisa.

Y entonces, sin previo aviso, un latigazo cayó sobre una de mis nalgas. Primero el zumbido en el aire, luego el calor inconfundible de la fusta marcándome la piel. Todo mi cuerpo se sacudió. Hasta Diego reaccionó desde la cama. Antes de que pudiera recuperarme, llegó el segundo golpe sobre la otra nalga. Renata se había tomado muy en serio aquello de ser mi dueña.

Giré la cara hacia atrás casi por instinto. Ella me observaba con los ojos encendidos, y la gente me devoraba desde el otro lado del cristal. Yo veía lo mismo que ellos veían reflejado en la ventana: mi culo en pompa, mi sexo brillante, mis nalgas enrojecidas. Una desvergonzada a punto de ser tomada. Sin dejar de mirar hacia afuera, Renata seguía azotándome con esa fusta infernal, alternando una nalga y luego la otra.

Podía notar cómo todo se calentaba al mismo tiempo: ella, yo, los desconocidos tras el vidrio que tarde o temprano se masturbarían recordando esta escena. Cada azote era una descarga, cada mirada ajena un combustible más. Diego solo se levantó para sentarse en la silla del rincón y disfrutar de cómo disfrutaban de mí.

—Tu mujer es una potra salvaje —dijo Renata mientras seguía marcándome el ritmo y hundía dos dedos en mí—. Por eso hay que domarla.

Lo dijo con una voz tan tranquila, tan serena, que me asustó un poco más que la propia fusta.

Siguió charlando con Diego como si yo no estuviera presente, sin dejar de tocarme. Sabía perfectamente que ignorarme de aquella manera los ponía a ambos todavía más cachondos.

—¿Tú crees que podré yo sola con semejante guarra? —le preguntó a Diego—. ¿O tendré que pedirle ayuda a alguno de esa manada de ahí fuera?

—Es muy puta —sentenció él, con la voz ronca—. Como no tengas algo bueno preparado, mejor que busques refuerzos.

Mientras hablaban, Renata ya tenía tres dedos dentro de mí y, con la punta de la fusta, me daba toquecitos turbadores en el clítoris. Sentirme usada e ignorada al mismo tiempo me arrastraba a un estado que no controlaba.

***

—¿Tú has visto alguna vez cómo se doma a una potra, Diego? —continuó ella—. Primero hay que asegurarle bien las patas traseras.

Noté el roce de algo de cuero cerrándose alrededor de mi tobillo. Mientras seguía narrándole cada paso a mi marido, Renata me iba sujetando a la cama: primero los tobillos, abiertos para que no pudiera juntar las piernas, después las muñecas amarradas al cabecero. Solo me quedaba libre la cabeza.

—Así, bien sujeta, ya está lista para la doma —dijo bajándose del colchón—. Solo falta ponerle la montura.

Clavó sus ojos en los míos. Escondía algo entre las manos que no llegaba a distinguir, pero no tardé en descubrirlo. Un consolador doble, dos vergas de silicona unidas por una base, que me metió en la boca sin contemplaciones.

—Esta es tu montura, putilla —murmuró—. Ya verás qué bien te sienta.

Mi boca se hizo a la idea de lo que estaba por venir mientras lo saboreaba. Renata lo sacó, llevó uno de los extremos hasta su propio sexo y, sin dejar de mirarme, se lo introdujo despacio. La otra mitad quedó apuntándome como si fuera suya de verdad. Ajustó unas correas a la base, se la afianzó como un arnés y volvió a acercarla a mis labios.

Hasta que no me la sacó de la boca no caí en la cuenta del plan: pensaba metérmela entera, sin descanso. Me puse nerviosa. Mi sexo estaba más que dispuesto, aunque el tamaño imponía. Lo que me atemorizaba era pensar en el resto del cuerpo, en lo que vendría después. No era virgen de nada, pero mi cuerpo no había coqueteado nunca con semejante aparato, y sabía que iba a necesitar ayuda para recibirlo.

Renata ya estaba subiéndose otra vez a la cama. Lo inevitable se acercaba. La punta de silicona destinada a mi sexo jugueteaba entre mis labios, mojándose en ellos, pero el resto de mí se tensaba en lugar de relajarse, cerrándose sobre sí mismo por puro instinto.

Ninguno de los dos parecía reparar en mi necesidad. Seguían hablando de mí como si fuera un animal de feria, sin omitir un solo detalle de lo que me esperaba.

—Diego, sepárale bien las nalgas a tu mujer —ordenó Renata sin pestañear—. Y dale unos toques de fusta para abrirle el camino.

Sentí esas manos conocidas abriéndome, y la fusta cayendo en pequeños latigazos sobre la zona más cerrada de mí. Mi sexo se humedeció todavía más, pero lo que no esperaba era lo demás: cada golpecito, en lugar de asustarme, me iba aflojando, entregándome a aquel juego endemoniado. No eran golpes fuertes, apenas roces, y sin embargo cada uno me turbaba un poco más.

Ahí fue exactamente cuando perdí el control. Antes de que me diera cuenta, Renata entró en mí de golpe, las dos vergas a la vez, empujándome contra la pared como dos martillos. Me aferré con fuerza a las correas de la cama para que la invasión fuera todavía más profunda.

Renata me follaba como una verdadera amazona. Me montaba. Yo era su yegua y ella lo sabía.

—Ahora vas a cabalgar como la puta que eres —me dijo al oído.

Sus caderas empujaban con un ritmo brutal, la fusta en la mano me azuzaba como a una montura desbocada. Mi cuerpo se abría por completo, los labios me lloraban de placer, los pezones tirantes a punto de romperse, la piel ardiendo por los azotes. Yo no era más que un animal lanzado hacia un orgasmo enfermizo, imparable.

Empujaba con cada poro de mi piel para sentir más cómo sus caderas me hacían suya. Gemía con fuerza, no solo de placer, también para tomar aire y poder soportar aquella embestida que no aflojaba.

Diego, desde su silla, animaba a Renata a cabalgarme con más ímpetu. Por cómo le temblaba la voz supe que ya estaba duro otra vez, listo para volver al ataque. No podía ver a la pequeña multitud apretada contra la ventana, pero la sentía en cada centímetro de mi cuerpo. Sabía que esa noche me estaba convirtiendo en el recuerdo y la fantasía de un montón de desconocidos.

Todo aquello, y mucho más que me atravesaba de lado a lado, me hacía sentir poseída como nunca antes. Renata entraba y salía de mí sin tregua, ensartándome viva. Mi sexo empezó a contraerse en oleadas, mi pulso se disparó, el corazón parecía querer salírseme del pecho. Y entonces algo estalló dentro de mí: un chorro caliente brotó sin que pudiera contenerlo, los pelos de la nuca se me erizaron, los dedos de los pies se contrajeron, el aire se me escapó de los pulmones. Un orgasmo me cruzó entera, sin piedad, dejándome con una descarga de adrenalina que casi me deja seca.

—¿Cómo puedo ser tan puta? —grité, fuera de control.

Mientras lo decía, Renata clavó hasta el fondo las dos vergas y las dejó allí, aparcadas en su garaje de placer, sin intención ninguna de soltar a su yegua todavía.

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Comentarios (6)

NachodeCba

buenisimo!!! de los mejores que lei en semanas

Sabri_Mdq

Que relato mas intenso, se siente cada detalle. Esperando con ansias la segunda parte!

MarcosDV

tremendo, me dejo sin palabras jaja

CuentaRel

Me recordó a una noche que viví algo parecido con mi pareja y... bueno, quedemosnos ahí jaja. Pero sí, hay algo en ese tipo de situaciones que no tiene igual.

Enrique77

Esto es basado en algo real? Se siente demasiado vívido para ser pura ficcion

Claudia_76

Increible narrativa, engancha desde el primer parrafo

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