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Relatos Ardientes

Convencí a mi marido para nuestro primer trío

Hola, soy Carla, y esta es una de esas noches que ninguno de los dos olvida cuando la recordamos en la cama, todavía calientes.

Bruno y yo llevábamos años en el ambiente. Habíamos hecho intercambios con otras parejas, habíamos ido a algún club, y en todo ese tiempo aprendí algo de él: era capaz de compartirme con otro hombre, pero la idea de un chico solo lo ponía nervioso. Decía que con una pareja todo estaba más equilibrado, que un tipo suelto podía «pillarle gustillo al asunto». Yo creo que lo que de verdad lo asustaba era algo que ni él se atrevía a nombrar.

Así que un domingo por la mañana, con los dos enredados entre las sábanas, le solté la propuesta sin rodeos.

—Quiero un trío. Tú, yo y otro hombre.

Bruno se quedó mirando el techo un rato largo.

—¿Otra pareja? —preguntó, haciéndose el tonto.

—No. Un chico solo.

No lo vi nada convencido, la verdad. Pero tampoco me dijo que no, y yo conozco esos silencios suyos. Significan «me da miedo, pero hazme cambiar de opinión».

***

Estuve mirando perfiles en una página del ambiente durante un par de semanas. La mayoría eran ansiosos, escribían cuatro groserías y mandaban fotos de su polla como si eso fuera una carta de presentación. Hasta que apareció Andrés.

Charlamos varios días antes de hablar siquiera de vernos. Tenía conversación, sentido del humor, y una forma tranquila de decir las cosas que me gustó tanto como sus fotos. Y las fotos prometían: hombros anchos, brazos trabajados, una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Lo que tuve clarísimo desde el principio fue una cosa: no lo invitaba a mi casa. Una cosa son otras parejas que vienen y se van, y otra muy distinta un desconocido que después sabe dónde vives y a qué hora se apagan las luces. Así que le propuse el club al que íbamos a veces, uno de esos días en que admitían a hombres solos.

—Quedamos antes en una cervecería —le escribí—. Nos tomamos algo, nos miramos las caras, y decidimos.

Aunque, para qué engañarme, poco había que decidir. Yo ya sabía que me lo quería follar.

***

La tarde de la cita me arreglé a conciencia. Bruno y yo nos metimos juntos en la ducha y, entre el vapor y sus manos, me llevé la primera de la noche. Rápido, contra los azulejos fríos, con su boca pegada a mi cuello y un orgasmo que me subió desde el bajo vientre hasta dejarme las piernas temblando.

—Como sigas así no llegamos —le dije, riéndome, todavía sin aliento.

Me depilé con cuidado, lo dejé todo liso. Me puse un conjunto de tanga y sujetador con pedrería que me hace un cuerpo de escándalo, y encima un vestido negro corto pero decente, de los de «vamos a tomar una caña» y nadie sospecha nada.

Bruno se vestía a mi lado, callado, y yo lo observaba por el espejo.

—Si en algún momento no quieres, paramos —le dije—. No tienes que demostrarme nada.

—No, no. Quiero. —Tragó saliva—. Solo que a mí el tío no me toca, ¿eh? Eso lo tenemos claro.

—Clarísimo, cariño —le contesté, y le di un beso. Ya veremos, pensé para mis adentros.

***

Andrés apareció en la cervecería puntual. En persona era todavía mejor que en las fotos: alto, ancho, con esa seguridad de quien no necesita esforzarse para gustar. Nos dimos dos besos, pedimos unas cervezas y nos sentamos los tres en una mesa del fondo.

Lo que vino después fue una hora rara y deliciosa. Nervios, risas, miradas que se sostenían un segundo de más. Bruno empezó tieso, con los brazos cruzados, pero Andrés era listo: le habló de fútbol, de coches, de cualquier tontería, y poco a poco mi marido se fue soltando. En un momento dado los dos se reían de algo y yo los miraba pensando que aquello pintaba mucho mejor de lo que esperaba.

Cuando noté que el ambiente estaba en su punto, dejé la cerveza a medias y los miré a los dos.

—Bueno. ¿Nos vamos a que me folléis o lo dejamos para otro día?

La respuesta de Andrés fue levantarse y buscar las llaves del coche. La de Bruno fue mirarme con una mezcla de susto y deseo que hacía años que no le veía.

***

El club estaba a quince minutos. Pedimos un reservado, una de esas salas con la luz baja, un sillón ancho y una cama enorme en el centro. En cuanto cerramos la puerta, las dudas de la cervecería se quedaron fuera.

Me desnudaron entre los dos. Cuatro manos quitándome el vestido, el sujetador, dejándome solo el tanga de pedrería un instante antes de arrancármelo también. Estaba empapada. Lo notaba en los muslos, notaba ese olor a sexo que se me escapaba de tanto desearlo durante semanas.

Me tumbaron en la cama. Bruno me besó la boca mientras Andrés bajaba, me abría las piernas y se metía entre ellas. Y entonces empezó a hacer algo que nadie me había hecho así. Recorría con la lengua desde el clítoris hasta más abajo, mucho más abajo, dibujando círculos lentos donde nunca había sentido una boca de esa manera. Me arqueé sin poder evitarlo.

—Joder… —se me escapó.

Bruno me metió su polla en la boca para callarme, y yo lo recibí encantada, chupándosela mientras Andrés seguía a lo suyo abajo. Era demasiado. Tener a los dos a la vez, cada uno en una punta, me tenía al borde sin haber empezado siquiera lo bueno.

***

Y entonces pasó lo que yo sospechaba y mi marido juraba que jamás.

En uno de esos movimientos en los que cambiamos de postura, Andrés se incorporó, se giró hacia Bruno y, sin preguntar nada, se metió su polla en la boca. Yo me quedé quieta, mirando. La cara de Bruno al principio fue de puro pánico, los ojos abiertos como platos buscándome a mí. Le sostuve la mirada y no dije nada. No hacía falta.

Andrés sabía muy bien lo que hacía. No tenía ninguna prisa, iba despacio, leyendo cada reacción. Y poco a poco vi cómo el susto de mi marido se transformaba en otra cosa. Cerró los ojos. Echó la cabeza hacia atrás. La mandíbula se le aflojó.

Yo me senté en el sillón de al lado, sin perder un solo detalle, con la mano entre las piernas y una excitación que no había sentido en mi vida. Ver a Bruno entregarse a algo que llevaba años negándose me ponía más que cualquier polla.

Cuando Andrés notó que mi marido estaba del todo entregado, le deslizó un dedo y eso fue el final. Bruno se corrió ahí mismo, con un gemido ronco que jamás le había oído, llenándole la boca. Después se quedó tumbado, mirando al techo, respirando fuerte, como quien acaba de cruzar una frontera y no sabe muy bien qué siente.

—¿Estás bien? —le pregunté, acercándome.

—Sí —dijo, y se rió bajito, casi incrédulo—. Estoy muy bien.

***

Pero yo todavía no había terminado. Ni de lejos.

Agarré a Andrés del brazo y tiré de él hacia la cama.

—Ahora tú. Fóllame hasta que no pueda más.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me metió la polla de una embestida. Yo estaba tan mojada que entró entera de golpe. A la quinta o sexta acometida ya tenía un orgasmo encima, de esos que te dejan sin voz, agarrada a las sábanas mientras él me sujetaba las caderas.

No me dio tregua. Cuando todavía me temblaban las piernas bajó otra vez a comerme por detrás, ensalivando, abriéndome con calma, y luego me la clavó despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Con Bruno mirándolo todo desde el sillón, ya recuperado y tocándose otra vez, la cosa me pareció todavía más excitante. Saberme observada por mi marido mientras otro me poseía así me llevó al límite por tercera vez.

—Córrete dentro —le pedí.

Y se corrió, agarrándome fuerte, con un gruñido largo que se mezcló con el mío.

***

Acabamos los tres tirados en la cama, sudados, riéndonos como críos de la barbaridad que acabábamos de hacer. Para Bruno había sido la primera vez con otro hombre. Para mí, el mejor trío de mi vida. Y para los dos, algo que rompió de golpe una pared que llevaba años entre nosotros.

Nos metimos un rato en el jacuzzi del club antes de irnos. De esos jacuzzis siempre se sale un poco pegajoso, con olor a cloro y a sexo mezclados. Nos despedimos de Andrés en la puerta con un beso los tres, sin promesas, solo con un «a ver si se repite» que sonaba sincero.

De vuelta a casa, la canguro que nos cuidaba a los niños nos miró al entrar.

—Uy, venís pringaditos —dijo, inocente—. Como mis padres cuando van a casa de unos amigos con piscina.

Bruno y yo nos miramos y tuvimos que morirnos la risa por dentro. Ya me imagino qué clase de piscina tienen los amigos de sus padres.

***

Cuando la chica se fue, Bruno se metió en la cama y se durmió casi al instante, con esa cara de paz de quien por fin se ha quitado un peso de encima. Yo, en cambio, seguía caliente solo de recordarlo.

Me levanté al baño, eché el pestillo y me senté en el borde del bidé con las piernas bien abiertas. Saqué del cajón mi amiguito doble, ese que vibra de los dos lados, y me lo fui metiendo despacio mientras repasaba en mi cabeza la cara de mi marido en el momento exacto en que dejó de tener miedo. Ese fue el recuerdo que me hizo correrme la última vez de la noche, sola, con la mano sobre la boca para no despertar a nadie.

Así acabó la noche de nuestro primer trío. Y créeme cuando te digo que, después de aquello, mi marido nunca volvió a decir eso de «a mí el tío no me toca».

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Comentarios (5)

CastilloBCN

que buenísimo!! de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo

Lectora_Ely

Ay por favor, tiene que haber segunda parte. Quede muy intrigada con como termino todo entre ellos después de esa noche.

Norberto45

El titulo ya me engancho y el relato no decepciono para nada jaja. Muy bien!

Lorena_75

Me gusto mucho como esta contado, desde la perspectiva de ella se siente mas autentico. Sigan así 👏

LucianoMdq

Me pregunto si fue solo esa vez o si siguio... alguien me da spoilers jaja

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