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Relatos Ardientes

El intercambio que Marina planeó para esa noche

A Marina la conocí a través de una de esas aplicaciones donde se supone que uno busca amistad pero siempre termina surgiendo algo más. Ella estaba casada y al principio se autoengañaba diciendo que solo buscaba eso, conversación, alguien con quien hablar porque se sentía sola en su casa. Tardó poco en admitir lo que de verdad le pasaba: su marido hacía años que no la tocaba como ella necesitaba. Con esa confesión ya quedaba abierta la puerta a todo lo demás.

Yo, en aquella época, no tenía pareja. Era libre de hacer y deshacer con quien quisiera, sin rendirle cuentas a nadie. Por eso lo suyo me resultaba tan atractivo: el riesgo era todo de ella, y eso, lejos de frenarme, me encendía.

La primera vez que nos vimos quedamos a tomar un café en un centro comercial a las afueras. No hablamos más que de tonterías, pero la tensión entre nosotros era tan evidente que costaba disimularla. Ella, sin embargo, estaba más pendiente de vigilar que ninguna cara conocida la viera sentada con un hombre que no era su marido. Le aterraba la idea de que la descubrieran. Cada vez que alguien pasaba cerca de la mesa, se quedaba rígida.

—Tranquila —le dije—. Nadie nos mira.

—Tú no conoces este pueblo —respondió con una media sonrisa nerviosa.

***

Volvimos a quedar a los pocos días, y esta vez optamos por subirnos a mi coche y salir de la ciudad, a un camino apartado donde no temiéramos que nadie nos reconociera. Ahí tuvimos nuestro primer contacto de verdad, aunque se limitó a que ella me masturbara despacio, mirándome a los ojos, como si quisiera grabarse mi reacción. Fue suficiente para que ya no pudiéramos parar.

Los encuentros se fueron repitiendo. Unas veces en el coche, con los cristales empañados y el miedo a unos faros acercándose; otras en habitaciones de hotel donde por fin podíamos dar rienda suelta a todo sin reloj ni vigilancia. Teníamos una conexión extraordinaria en la cama. Nos buscábamos, nos entendíamos sin hablar, disfrutábamos como dos adolescentes que descubren algo nuevo en cada cita.

Esto no va a terminar bien, pensaba a veces. Pero nunca lo decía en voz alta.

Y en uno de aquellos encuentros furtivos, tumbados todavía desnudos sobre las sábanas revueltas de un hotel de carretera, Marina me propuso algo que no esperaba.

—Quiero proponerte un juego —dijo, apoyando la barbilla en mi pecho.

—Tú dirás.

—Un intercambio de parejas.

Me incorporé un poco para mirarla. Lo tenía todo pensado, hasta el último detalle. Tenía una amiga, Patricia, que según ella estaba colada por su marido desde hacía tiempo. El plan consistía en que yo me hiciera pasar por la pareja de Patricia, montáramos una cena de las cuatro y, llegado el momento, la cosa terminara con ella y mi mujer, y conmigo y Marina. A mí la idea me daba un morbo difícil de explicar. Seguiría acostándome con una mujer casada, sí, pero esta vez con el consentimiento del propio marido, delante de sus narices.

—¿Y si tu marido se da cuenta de que tú y yo ya nos conocemos? —pregunté.

—No se va a dar cuenta de nada —dijo ella con una seguridad que me dejó pensando.

***

Marina me presentó a Patricia unos días después, en otro café neutral. La amiga se mostró encantada con la idea desde el primer minuto; demasiado, quizá. No me cayó especialmente bien. Hablaba rápido, reía demasiado fuerte, y me daba la sensación de que iba a estropearlo todo. Me preocupaba que, en el momento del intercambio, se notara que ella y yo no éramos pareja, que no teníamos nada en común, que ni siquiera sabíamos el nombre de los padres del otro.

Quedamos en casa de Marina para cenar los cuatro un sábado por la noche. Yo pasé a recoger a Patricia por su piso, y durante todo el trayecto fuimos montando nuestra historia particular: cómo nos habíamos conocido, cuánto tiempo llevábamos juntos, alguna anécdota inventada, los datos básicos que cualquier pareja conoce uno del otro. Todo para que la farsa pareciera sólida.

—Si te preguntan cómo nos conocimos, di que en la boda de un primo mío —le indiqué.

—Hecho. Y tú di que me odiabas al principio. Queda más creíble —respondió ella, divertida.

La verdad es que no hizo falta haber preparado tanto. La cena fue rápida y con poquísima conversación; solo faltó que habláramos del tiempo para completar el cliché. Los cuatro sabíamos perfectamente a qué habíamos ido, y la ansiedad por pasar a lo importante se respiraba en el aire. El marido de Marina, un tipo grande y de pocas palabras, no mostró el menor interés por conocernos. Se limitaba a mirar sin ningún disimulo el escote de Patricia, que para eso se había arreglado.

***

Tras la cena vino la copa, y con la copa, el momento. Marina, que era con diferencia la más lanzada de los cuatro, fue la que sacó el tema. Empezó preguntando si alguna vez habíamos estado en un club de ambiente, si conocíamos a gente que hiciera intercambios, si nos parecía algo natural o un tabú. De las indirectas pasó a las directas con una naturalidad que me sorprendió. Dejó caer, mirando a su marido, que ella sabía perfectamente que a Patricia le gustaba él, y que tal vez había llegado la hora de comprobar qué pasaba.

Prácticamente empujó a su marido hacia Patricia, que no se hizo de rogar. Los dejó solos en un extremo del sofá y vino a sentarse a mi lado, en el otro. Yo todavía pensaba que el marido notaría algo, que percibiría la familiaridad entre nosotros, que se daría cuenta de que aquello no era ningún primer encuentro. Pero el hombre solo tenía ojos para el escote que tenía delante. Marina y yo nos miramos y, sin decir una palabra, ya nos lo habíamos dicho todo.

La otra pareja arrancó con unos besos algo torpes, tímidos por parte de Patricia, más decididos por parte de él. Marina, viendo que la cosa avanzaba, propuso que para tener algo de privacidad y estar más cómodos se fueran al dormitorio. Su marido no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó arrastrando a Patricia de la mano y desaparecieron por el pasillo.

Y ahí nos quedamos los dos solos, en el salón en penumbra.

***

Sin mediar palabra, Marina me fue empujando contra el respaldo hasta hacerme sentar bien hundido en el sofá. Se subió encima de mí, a horcajadas, y empezó a besarme con un hambre que no había mostrado durante toda la noche. Apretaba su cuerpo contra el mío, me agarraba por la espalda, restregaba su entrepierna contra la mía con un balanceo lento y deliberado. Se movía como si llevara horas conteniéndose, y probablemente así era.

No tardó en quitarse la blusa por encima de la cabeza y lanzarla al suelo. Tenía unos pechos pequeños y redondos que a mí siempre me habían parecido perfectos, con los pezones rosados y duros bajo la poca luz que entraba de la cocina. Bajé la boca hasta ellos y empecé a recorrerlos, mordisqueándolos con suavidad entre los labios, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y dejaba escapar un suspiro largo.

Mi mano bajó por su espalda hasta su culo y la atraje más hacia mí. Por el pasillo se oían ya los primeros ruidos del dormitorio, lo que parecía animarla todavía más. Deslicé los dedos entre sus muslos y noté, a través de los leggins ajustados que llevaba, que estaba completamente empapada.

—Quítate eso —le dije al oído.

Se incorporó un poco para que yo pudiera aflojarme el pantalón y liberarme. Mientras tanto, intenté colar un dedo más atrás, tanteando, pero ella se retorció y me apartó la mano con firmeza.

—Por ahí no —susurró, con una mirada que mezclaba deseo y advertencia.

Se puso de pie un segundo, se bajó los leggins de un tirón y se dio la vuelta, dándome la espalda.

***

Volvió a sentarse sobre mis rodillas, de espaldas a mí, y con su propia mano guió mi polla hasta la entrada de su sexo. Al principio solo dejó que la rozara, restregándose para empaparme, jugando con la punta. Luego, sin previo aviso, bajó del todo y la sintió entrar entera. Se quedó inmóvil unos segundos, como saboreando la sensación, con la respiración entrecortada.

Después empezó a moverse despacito, trazando pequeños círculos con las caderas. Yo la sujetaba por la cintura, pero era ella la que marcaba el ritmo de principio a fin. De los círculos pasó a un balanceo de adelante hacia atrás, lento, demorándose en cada movimiento, disfrutando cada centímetro. Yo apretaba los dientes para aguantar.

Y entonces empezó a cabalgarme de verdad. Subía y bajaba con sentones cada vez más fuertes, más rápidos, completamente desatada. Hubo un momento en que el ritmo fue casi brusco, pero no había forma de pararla ni ganas de hacerlo. Gemía como nunca la había oído, sin contención, y sospeché que en parte lo hacía para que su marido la escuchara desde la otra habitación. Esa idea, lejos de molestarme, me llevó al borde.

—Espera —jadeó ella sin dejar de moverse—. Aguanta un poco, quiero que sea a la vez.

Apreté la mandíbula y me obligué a resistir, clavando los dedos en sus caderas. Ella aceleró aún más, buscando su propio final, y cuando sentí que se tensaba entera y empezaba a temblar, me solté por fin. Le mordí el hombro mientras me vaciaba dentro de ella, sin miedo a dejarle marcas que tendría que explicar al día siguiente. Nos corrimos al mismo tiempo, agarrados, con la respiración rota.

Acabamos exhaustos, ella derrumbada contra mi pecho, los dos cubiertos de sudor. Fue, sin ninguna duda, el mejor polvo que tuvimos juntos.

***

Del otro lado del pasillo, los ruidos se habían apagado hacía rato. Patricia salió poco después, recolocándose la ropa con una sonrisa boba, y apenas crucé dos palabras con ella en el trayecto de vuelta a su casa.

Nunca volví a saber de aquella amiga, y Marina y yo jamás repetimos ningún intercambio. Seguimos viéndonos varias veces más, en hoteles y en el coche, y aunque siempre lo pasábamos bien, nunca volvió a ser tan intenso como aquella noche en su salón.

Con el tiempo, ella empezó a hablar de dejar a su marido y empezar algo serio conmigo. Yo no estaba interesado en eso, y se lo dije con la mayor honestidad que pude. Dejamos de vernos poco después. No he vuelto a saber nada de Marina, pero estoy seguro de que le ha ido bien en la vida. Era una mujer extraordinaria, de las que no se olvidan.

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Comentarios (4)

ValeriaBaires

increible!! me quede con ganas de saber como termino la noche. Por favor una segunda parte

Nico_RLP

La tension del salon con esa mirada compartida... tremendo. Sigue escribiendo así

SandraK

Me recordo a una salida de parejas que tuvimos hace tiempo jaja, esa complicidad silenciosa es muy real. Bien capturado

Gaston_MDQ

el marido sin enterarse de nada jajaja, clasico. Muy bueno el relato

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