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Relatos Ardientes

La noche que cambiamos de pareja en su departamento

Hacía casi un mes que me veía con Diego, y solo los fines de semana lograba escaparme para estar con él. Mi coartada era perfecta: le decía a todos que iba a la casa de una amiga, agarraba el auto y manejaba hasta el campo donde él vivía. En ese lugar pasé momentos que todavía me hacen sonreír cuando los recuerdo. Volvía a casa con una sensación de plenitud que ningún otro hombre me había dado.

El mejor fin de semana de todos fue cuando conocí al amigo de Diego.

Mi exmarido aprovechó un feriado largo para irse de viaje en moto con sus amigos, algo que le encantaba hacer cada tanto. Yo me quedaba sola en casa, libre, y ya tenía mis propios planes. Mis hijos se iban a quedar con sus abuelos, así que tenía la agenda despejada.

—Este viernes mi amigo Tobías volvió de viaje y me invitó a cenar a su departamento —me dijo Diego una tarde—. Hace años que no lo veo. ¿Te gustaría venir conmigo? Parece que también va a estar una amiga de él.

No lo dudé ni un segundo.

—Sí, ¿por qué no? ¿Qué otra cosa voy a hacer? Y después podemos ir al campo —le contesté riéndome.

—Mmm, cómo te gusta el campo a vos —dijo él, con esa sonrisa torcida que ya conocía bien.

—Más con vos al lado —le respondí, jugando.

El viernes dejé a los chicos con sus abuelos y pasé a buscar a Diego. Me había arreglado con ganas: botas, un pantalón negro ajustado y una camisa blanca que dejaba ver apenas el sostén por debajo. Llevaba el pelo negro alisado y los labios pintados de rojo. Diego me esperaba con una camisa celeste abierta en el cuello, un jean y zapatos de cuero. Cargamos unas cervezas y un par de botellas de vino, como para que la noche durara.

***

El departamento quedaba en un edificio de varios pisos. Estacionamos, el portero nos dejó pasar y subimos hasta el tercero, donde nos recibió Tobías, el amigo de la adolescencia de Diego.

Cuando abrió la puerta, no pude evitar mirarlo. Era un poco más alto que Diego, de ojos color miel y pelo castaño claro tirando a rojizo. Tenía puesta una camisa a cuadros ajustada y abierta que le marcaba el pecho y los brazos trabajados, y una bermuda de jean. Se notaba que era de esos hombres que corren y van al gimnasio. Me mordí el labio inferior tratando de disimular, pero sentía su mirada recorriéndome de arriba abajo sin ningún pudor, deteniéndose en mi escote.

—Pero mirá quién apareció. Tanto tiempo, Dieguito —dijo, dándole un abrazo.

—Carla, él es Tobías, mi amigo del secundario. Cuando terminamos se fue a vivir afuera —explicó Diego.

Lo saludé con un beso en la mejilla, y juro que sentí sus labios demasiado cerca de los míos, lejos de un saludo normal. Como si fuera a propósito. Esa provocación, en lugar de incomodarme, me gustó.

—Así que vos sos Carla, la pareja de Diego. Un placer —dijo él.

Diego y yo nos miramos y, sin poder evitarlo, soltamos una carcajada. Tobías no entendía nada, pero se rio con nosotros igual. La verdad de fondo era que no éramos ninguna pareja, pero esa era una historia para otro momento.

Pasamos al living, y ahí, sentada en el sofá, estaba Renata, la amiga de Tobías.

—Ella es Renata. Renata, a Diego ya lo conocés, y ella es Carla, su pareja —presentó Tobías.

Observé la reacción de Renata: puso cara de sorpresa al ver a Diego, y noté cómo él la miraba atónito, como reconociéndola. Tengo que admitir que estaba muy bien arreglada: pelo rubio ondulado, ojos verdes y un vestido rojo que le marcaba la figura, con un escote profundo del que Diego no podía despegar la vista ni disimulando. Sentí una punzada de celos al ver cómo la observaba, pero decidí no darle importancia.

***

Pasamos a la mesa y compartimos la cena entre vino, cerveza y anécdotas de ellos dos. Se reían de las cosas que le hacían a Renata, que escuchaba haciéndose la ofendida. Cerca de la medianoche, Tobías y Diego se levantaron y salieron al balcón a fumar. Renata y yo nos quedamos solas, y enseguida bajamos la guardia.

—Te confieso algo —me dijo ella, bajando la voz—. Con Tobías nos vemos hace unas semanas nada más. Y estoy casada.

Me reí, porque la entendí perfecto.

—No te asustes, yo también estoy casada. Vine de escapada —le confesé.

Nos miramos y nos largamos a reír las dos. No éramos tan distintas. En un par de minutos estábamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida.

Cuando Tobías y Diego volvieron, se sumaron para tomar unos tragos más. Y fue ahí, sin dar muchas vueltas, que Tobías largó una propuesta que nos dejó a todos mudos.

—Diego, ¿a vos te molestaría ver a Carla con otro hombre? ¿La compartirías?

Diego se quedó pensando.

—No sé, nunca se me cruzó por la cabeza. La verdad, no sabría qué decirte.

—¿Y vos, Carla? ¿Te animarías a ver a Diego con otra? —me preguntó Tobías, clavándome los ojos.

—No, no me gustaría. Eso no lo comparto —contesté de inmediato.

—¿Y si esa otra fuera Renata? —insistió él.

Renata levantó la vista de su copa.

—¿A vos te gustaría ver cómo Diego me coge? —preguntó, mirando a Tobías.

—No lo sé. Tendría que verlo —respondió él, con una calma que me erizó la piel—. ¿Te animás o no te animás?

—No creo que eso vaya a pasar —dije yo, más por reflejo que por convicción.

—Si Carla me da permiso, no lo dudaría —soltó Renata, con una mirada desafiante.

Todos giraron hacia mí, esperando. Busqué los ojos de Renata y ella me hizo un gesto casi imperceptible, como dejando que todo sucediera. Algo en mi estómago se apretó y se soltó al mismo tiempo.

—Sí —dije, sorprendiéndome a mí misma—. Me gustaría ver qué pasa.

***

Renata no esperó. Se levantó de la silla y caminó hasta Diego, lo apartó de la mesa para tener más espacio y apoyó las manos sobre su pecho, mirándolo fijo. Tobías se reclinó en su asiento como quien se acomoda para ver una película, y yo me ubiqué a su lado para mirar el mismo espectáculo.

Al principio sentí angustia, y enseguida celos. Pero, casi sin darme cuenta, esos celos se mezclaron con algo más: una excitación que me subía por el pecho. Renata le desabrochaba la camisa botón por botón y le besaba el torso, bajando despacio, hasta que se arrodilló frente a él. Diego estaba tenso, visiblemente excitado, mirándome de reojo como si temiera que yo dijera algo.

—Relajate y disfrutá —le dije, con una sonrisa—. Nadie se va a enterar.

Renata le bajó el pantalón y le tomó el sexo con una mano. Lo observó con descaro.

—Con razón no lo querés compartir —me dijo, riéndose—. Mirá lo que tenés guardado, nena. Esto me lo quedo toda la noche para mí.

Esas palabras le cambiaron la cara a Tobías. No sé si fueron celos o competencia, pero algo se le encendió por dentro al ver cómo Renata sujetaba a Diego con una mano mientras con la otra le acariciaba el resto. Ella apoyó los labios sobre la punta, lo olió, y empezó a chuparlo despacio, mirando a Tobías de reojo, vengándose de su propia propuesta indecente.

***

Tobías giró la cabeza hacia mí y me descubrió mordiéndome el labio, fascinada con la escena. Se levantó y se paró a mi lado, con la pelvis casi pegada a mi cara. Sentí el calor de su cuerpo. Sin pensarlo, le sostuve la mirada mientras le desabrochaba el pantalón.

Lo que apareció me tentó al instante. No era tan largo como el de Diego, pero sí más grueso. No me resistí: lo llevé a mi boca y lo sentí latir contra mi lengua, recorriéndolo de arriba abajo. Ver a Diego con Renata y tener a ese desconocido entre los labios al mismo tiempo me había puesto en un estado que no reconocía en mí. Tobías resultó más rudo de lo que esperaba: me agarró del pelo y empezó a moverse, llegando casi hasta el fondo. El borde de dolor me daba un placer extraño, y yo ya estaba completamente mojada. Renata, a un costado, tampoco se quedaba atrás.

Después de un rato, Tobías me llevó al sofá, me quitó la ropa y me recostó. Sus ojos se clavaron en mis pechos, que apretó con las manos firmes.

—Qué lindas tetas, Carla —murmuró antes de devorarlas con la boca, juntándolas, pasando la lengua de una a la otra.

Me encendió por completo. A los minutos bajó, buscando con la lengua entre mis piernas, recorriéndome entera, lento, hasta hacer que me temblaran los muslos.

***

Diego no se quiso quedar atrás. Llevó a Renata al lado nuestro, le sacó el vestido y la dejó desnuda. Se ubicó detrás de ella, besándole el cuello, diciéndole al oído lo bien que estaba mientras le apretaba un pecho con una mano y deslizaba la otra entre sus piernas. Renata jadeaba. Diego la puso de rodillas sobre el sofá, con la espalda arqueada, y ella se entregó apoyando la cara contra los almohadones, dejándolo hacer. Él la fue entrando despacio, hasta el fondo, y escuché el suspiro largo de Renata pidiéndole que no parara.

El departamento se había llenado de olor a alcohol y a sexo. De mi lado, Tobías terminó de chuparme hasta dejarme sin fuerzas en las piernas y se subió encima, acomodando una de mis piernas sobre su hombro. Frotó la punta contra mí, sintiendo lo dura que estaba, y empezó a entrar de a poco. No podía creer lo ancho que era; lo sentía apretado, llenándome por completo. Se me escapó un gemido desde lo más hondo. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre mí y me abrí más para no interrumpirlo, entregada, mientras me besaba el cuello y volvía cada tanto a mis pechos.

Miré hacia Diego y Renata. Me excitaba ver cómo él se movía, cómo ella lo disfrutaba. En un momento Diego se tensó, frunció el gesto y soltó un gemido ronco.

—Sí, así, no pares —jadeaba Renata—. Me llenaste toda.

Diego se retiró con una sonrisa de satisfacción y se dejó caer en el sofá, agotado. Renata, sin perder tiempo y todavía agitada, se arrodilló frente a él y lo limpió despacio con la boca, saboreando lo que quedaba.

***

Tobías, mientras tanto, aumentó el ritmo y me hizo perder la cuenta de las veces que llegué. Lo sentí ponerse cada vez más duro, la punta latiéndole como conteniéndose, hasta que se dejó ir dentro de mí con un gemido largo. Yo le clavé las uñas en la espalda. Quedó rendido encima, respirando fuerte, mientras Diego y Renata nos miraban casi riéndose de lo que acababan de ver.

Después, despacio, Tobías bajó por mi cuerpo y volvió a recorrerme con la lengua, lento, diciéndome lo bien que estaba. Nunca nadie me había hecho algo así, y en lugar de calmarme, me dio más ganas.

Me quedé mirando el techo, todavía sin aliento, pensando que esa noche apenas empezaba. Pero esa segunda parte la voy a contar en otro momento.

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Comentarios (4)

Sofi_MR

tremendo relato!!! hace tiempo no leía algo que me enganchara tanto desde el primer párrafo. Muy bueno

Guzman_Viajero

Se hizo muy corto, quedé con ganas de saber más. Excelente narración y muy buen ritmo

Susi_BsAs

La idea de la cena como punto de partida me pareció muy original. Se siente autentico, no forzado como otros que lei por ahi. Ojalá haya continuación

Marcos_LP

genial!!! por favor mas relatos así

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