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Relatos Ardientes

Mi marido quiso compartirme con su mejor amigo

Llevábamos casi un año jugando al mismo juego, y aun así, cada vez que Tomás me proponía una noche nueva, sentía el mismo cosquilleo en el estómago. No era miedo. Era otra cosa, algo más difícil de nombrar, que me hacía perder un poco la cordura.

—Esta vez quiero verlo todo —me dijo mientras conducíamos hacia la costa—. Sin prisas. Sin que te guardes nada.

Lo miré de reojo. Mi marido tenía las manos tranquilas sobre el volante y esa media sonrisa que conocía demasiado bien. Otra vez esa mirada. La de quien disfruta más regalando que recibiendo.

—¿Y si me gusta demasiado? —pregunté.

—Por eso lo hago —contestó sin apartar los ojos de la carretera.

El hotel estaba al final de un pueblo pequeño, fuera de temporada, con las calles empedradas mojadas por la lluvia de la tarde. Habíamos reservado una habitación con vistas al mar y una botella esperando en el cubo de hielo. Todo estaba pensado, hasta el último detalle. Tomás era así: cuidaba la escena como quien prepara una función de la que solo iba a ser espectador.

Bruno llegó cuando ya había anochecido.

Lo conocía de antes, de las cenas, de las sobremesas largas en las que mi marido y él se reían de cosas viejas. Pero verlo entrar en aquella habitación, sabiendo a qué venía, lo cambiaba todo. Era alto, de manos grandes, con una calma que ocupaba el espacio sin esfuerzo. No saludó con prisa. Dejó la chaqueta sobre una silla, miró a Tomás, me miró a mí.

—Qué guapa te has puesto —dijo, y la frase, dicha así, sonó menos a halago que a inventario.

—Para ti —respondí, y noté que la voz me temblaba apenas.

Tomás sirvió tres copas, repartió dos y se quedó con la suya. Después acercó el sillón a los pies de la cama, se sentó y cruzó las piernas. No dijo nada. No hacía falta. Esa era su parte: mirar, beber despacio, dejar que la noche corriera por su cuenta.

—¿Está cómodo el público? —bromeó Bruno sin volverse.

—Muy cómodo —contestó mi marido.

Bruno se acercó a mí. Olía a algo limpio y oscuro a la vez. Levantó una mano y, en lugar de tocarme, simuló una caricia a un dedo de mi piel, recorriendo el aire que había entre su palma y mi cuello. Cerré los ojos. El cosquilleo bajó del estómago a un sitio más concreto.

—Date la vuelta —pidió.

Obedecí. Me apartó el pelo del hombro y bajó la cremallera del vestido sin ninguna prisa, diente a diente, hasta que la tela se aflojó y resbaló por mi espalda. Lo escuché respirar detrás de mí. Escuché también el silencio atento de Tomás en el sillón, y esa doble presencia —el que me desnudaba y el que me observaba— me encendió de una forma que todavía no sé explicar del todo.

—Despacio —dijo Bruno, aunque yo no me estaba moviendo—. Quiero que él tenga tiempo de verlo bien.

El vestido cayó. Me quedé en ropa interior y tacones, de espaldas a la cama, dándole a mi marido la imagen exacta que había venido a buscar. Bruno me hizo girar de nuevo, me sostuvo la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo.

—¿De quién eres esta noche?

La pregunta me sorprendió. Era un juego, lo entendí enseguida, una de esas cuerdas invisibles que tensaba para ver hasta dónde lo seguía.

—De los dos —dije.

Sonrió, satisfecho, y me besó. No fue un beso amable. Fue un beso que reclamaba, que abría, que no pedía permiso porque el permiso ya estaba dado en la puerta. Sus manos encontraron mi espalda, el broche del sujetador, mis caderas. Me dejé llevar, colgada de su cuello, mientras al fondo se oía el tintineo del hielo en la copa de Tomás.

***

Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Me quitó las bragas con una lentitud calculada, como si supiera que cada centímetro era para alguien más además de para él. Después separó mis rodillas y se quedó mirando, sin tocar, dejando que la espera hiciera su trabajo.

—Pídelo —dijo.

—Bruno…

—Pídelo bien. Que te oiga él también.

Miré por encima de su hombro. Tomás se había inclinado hacia delante, los codos en las rodillas, los ojos brillantes. Esto es lo que querías.

—Por favor —dije, y no me reconocí en lo ronca que sonó mi voz.

Entonces sí. Su boca encontró el centro de mi cuerpo y todo lo demás dejó de importar. No fue suave ni paciente; fue exacto. Me agarré a las sábanas, eché la cabeza hacia atrás y dejé que un gemido se me escapara sin filtro, sabiendo que el sonido cruzaba la habitación y llegaba al sillón. Bruno no aflojaba. Subía el ritmo cuando yo intentaba escapar, lo bajaba cuando me acercaba demasiado, jugando conmigo como con un instrumento que ya conocía de memoria pese a tenerlo por primera vez.

El primer orgasmo me llegó así, casi por sorpresa, partido en dos por la vergüenza deliciosa de ser mirada. Temblé entera. Bruno levantó la cara, los labios húmedos, y se giró por fin hacia mi marido.

—¿Quieres acercarte?

Tomás dudó un segundo. No por pudor —ya habíamos pasado esa frontera hacía meses—, sino porque le gustaba alargar el momento, igual que con la copa. Después se levantó, dejó el vaso en la mesilla y se sentó en el borde de la cama, a mi lado. Me apartó un mechón pegado a la frente con una ternura que contrastaba con todo lo demás.

—¿Estás bien? —murmuró solo para mí.

—Más que bien —le contesté, y le besé la mano.

Esa era nuestra costumbre, el pequeño gesto que mantenía todo en su sitio: por mucho que la noche se desbocara, había un hilo entre nosotros que nadie más tocaba.

Bruno se puso de pie y empezó a desvestirse sin teatro, con la seguridad del que sabe que no tiene que demostrar nada. Cuando se quitó la camisa, le recorrí el cuerpo con la mirada y noté que mi marido hacía lo mismo, atento, estudiándolo, midiendo lo que estaba a punto de compartir conmigo.

—Túmbate en medio —me ordenó Bruno.

Obedecí. Me coloqué en el centro de la cama, entre los dos hombres, y sentí por primera vez en toda la noche el peso completo de lo que estábamos haciendo. A un lado, mi marido, con quien había construido una vida entera. Al otro, un hombre que apenas conocía y que esa noche tenía permiso para todo. Y yo en medio, deseada por ambos, el motivo de que los dos estuvieran allí.

***

Bruno se colocó sobre mí y entró despacio, sosteniéndome la mirada, atento a cada gesto de mi cara. Me llenó por completo y se quedó quieto un instante, dejándome respirar, antes de empezar a moverse con un ritmo hondo y firme. Tomás, a mi lado, me acariciaba el pelo, los pechos, me besaba el hombro, susurrándome cosas al oído que no eran para Bruno.

—Mírate —me decía—. Mira cómo te miran.

Giré la cabeza y le ofrecí la boca. Nos besamos mientras el otro hombre marcaba el compás de mis caderas, y la mezcla de las dos cosas —la ternura conocida y la fuerza nueva— me arrastró a un lugar del que no quería volver. No sé cuánto duró. Perdí la cuenta de los minutos igual que se pierde el hilo de una conversación cuando solo importa el cuerpo.

—Date la vuelta —dijo Bruno en algún momento.

Me puse a cuatro patas. Él me sujetó de la cintura y volvió a entrar, esta vez sin la calma del principio. Frente a mí quedó Tomás, de rodillas, mirándome a los ojos desde muy cerca, viendo cada gesto que la otra mano provocaba en mi cara. Era una imagen extraña y perfecta: mi marido recibiendo de lleno mi placer, regalado por él mismo, devuelto multiplicado.

—¿De quién eres? —repitió Bruno detrás de mí, con la voz quebrada por el esfuerzo.

—De los dos —jadeé—. Soy de los dos.

Tomás cerró los ojos al oírlo, como si esa frase le diera algo que llevaba toda la noche esperando. Me cogió la cara entre las manos y me besó otra vez, profundo, mientras el cuerpo entero me empezaba a temblar.

El segundo orgasmo no se pareció en nada al primero. Me partió desde dentro, largo y descontrolado, y grité contra la boca de mi marido sin importarme nada. Bruno me siguió poco después, hundiéndose hasta el fondo con un gemido grave, los dedos clavados en mis caderas.

Caímos los tres sobre la cama deshecha, sin aliento, enredados de cualquier manera. Durante un rato nadie habló. Solo se oía el mar al otro lado de la ventana y nuestras respiraciones recuperando el ritmo poco a poco.

***

Bruno fue el primero en moverse. Se levantó, bebió directamente de la botella y nos miró desde los pies de la cama con una sonrisa cansada.

—Sois un peligro vosotros dos —dijo.

—Volverás a llamarme —contestó Tomás, divertido, abrazándome por la espalda.

—Mañana mismo.

Se vistió sin prisa, como había hecho todo aquella noche, y antes de salir se acercó y me besó la frente, un gesto casi tierno que no encajaba con el hombre de un par de horas antes. Cuando la puerta se cerró, la habitación se quedó en silencio.

Me quedé mirando el techo, con la cabeza apoyada en el pecho de mi marido, sintiendo cómo el corazón le iba bajando el ritmo bajo mi mejilla.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

—En que no me reconozco —dije—. Y en que me gusta no reconocerme.

Me apretó un poco más fuerte. Esto también es nuestro. No había engaño en lo que hacíamos, no había nada escondido; al revés, era lo más honesto que teníamos, una verdad que solo cabía entre nosotros y que nadie de fuera entendería jamás.

—¿Repetimos? —murmuró contra mi pelo.

Sonreí en la oscuridad.

—Pregúntamelo otra vez la próxima vez que vayamos por la carretera —dije—. Y mírame igual que hoy.

Afuera seguía lloviendo despacio. Me dormí así, en medio de la cama todavía tibia, pensando que algunas parejas se rompen por mucho menos de lo que a nosotros nos unía. Lo nuestro, en cambio, crecía cada vez que aprendíamos a compartir un poco más.

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Comentarios (4)

Pepe_GDL

excelente!! tremendo relato

NocheSinFin_22

¿va a haber segunda parte? quedé con ganas de mas, de verdad

Damian_BsAs

Me recordó a algo que viví hace un tiempo, son esas noches que no se olvidan más. Bien contado!

PatricioMza

Genail!!! Uno de mis favoritos

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