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Relatos Ardientes

Mi marido eligió al compañero que me compartiría

Llevábamos catorce años casados cuando todo cambió. Para contar esto voy a usar nombres que no son los nuestros: a mi marido lo llamaré Daniel, a él lo llamaré Andrés, y yo seré Lorena. Tenemos dos hijos y una vida que cualquiera llamaría normal. Nuestra intimidad había sido buena, con sus altibajos, como la de tantos matrimonios. Había épocas en que nos buscábamos cada noche y otras en que pasábamos semanas sin tocarnos.

Así fueron los primeros años. Después decidimos, sin decirlo del todo, que no queríamos resignarnos a eso. Empezamos a fantasear. Al principio era algo tímido, casi un juego de niños grandes: imaginábamos a otras personas mientras estábamos juntos. El vecino del cuarto piso, el chico de la ferretería, alguien que yo hubiera visto esa tarde y me hubiera parecido atractivo. Nos cambiábamos los nombres, adoptábamos esos roles, y nos reíamos después.

El morbo fue creciendo solo, sin que lo forzáramos. Nos gustaba. Se le notaba a Daniel en la cara, esa mezcla de excitación y vértigo cuando le hablaba al oído de otro. Cuando nos conocimos yo ya no era virgen, y se lo había contado todo antes de casarnos: los pocos hombres con los que había estado, lo que me gustaba, cómo me follaban. Esa información, que durante años había sido apenas un dato de nuestro pasado, de pronto se volvió combustible.

—¿Cómo te la metían? —me preguntaba mientras me tenía debajo, con su polla clavada hasta el fondo.

Y yo se lo contaba. Las posturas, los lugares, las cosas que me decían al oído mientras me abrían de piernas. Le describía cómo uno me agarraba del pelo para follarme la boca, cómo otro me lamía el coño hasta hacerme temblar, cómo un tercero me había reventado el culo por primera vez. A él lo encendía escucharlo y a mí me encendía decírselo, sentir cómo su verga crecía dentro de mí cada vez que soltaba una palabra sucia. Era un círculo del que ninguno quería salir.

Esto no tiene retorno, pensé una de esas noches. Y tenía razón.

—Imagínate que te esté cogiendo otro, así como te tengo yo ahora —me dijo una vez, casi sin aliento, embistiéndome más fuerte—. Y yo mirando cómo te llena el coño.

—Sí —respondí, y me sorprendió cuánto me gustó decirlo—. Que me folle bien duro, que me llene de leche mientras tú miras.

Se corrió al instante, con un gruñido ronco, chorreándome por dentro. Yo me acabé encima de su polla apenas unos segundos después, apretándolo con las piernas, temblando entera.

***

Esas charlas se volvieron rutina. Ya no pasaba solo en la cama. Podíamos estar en un centro comercial y, si cruzábamos a un hombre que valía la pena, Daniel me lo señalaba con una sonrisa y yo le seguía el juego. «Ese se ve que tiene una buena verga, seguro que folla rico», le decía al oído, y sentía cómo se le aceleraba el pulso a mi lado y cómo se le marcaba el bulto en el pantalón.

Todo eso ocurrió a lo largo de cuatro años. Cuatro años de subir la apuesta poco a poco. Hasta que una noche, cuando terminamos, con el semen de él escurriéndome entre los muslos, le pregunté lo que nunca me había animado a preguntar de verdad.

—¿En serio te gustaría que otro hombre me follara?

Se quedó callado un momento, mirando el techo.

—Tal vez sí —dijo—. Pero con el hombre indicado. No con cualquiera. Uno que sepa cogerte bien, que te haga acabar duro.

—¿Y tú? ¿Te animarías?

—Me animo —contesté—. Pero con tu permiso y contigo presente. De otra forma, no. Nunca a tus espaldas.

Hicimos un pacto esa madrugada, casi como quien firma un contrato. Buscaríamos al hombre correcto, juntos, sin prisa. Y nos pusimos en ello, riéndonos de lo absurdo y lo excitante que era a la vez.

***

Empezamos a salir más. Bares, casinos, lugares donde uno puede mirar y dejarse mirar. Yo me arreglaba con cuidado: vaqueros ajustados que me marcaban el culo, alguna falda corta, escote justo para que se me adivinaran las tetas, sin caer en lo vulgar. No faltaron los hombres que se me quedaban viendo, pero claro, con mi marido al lado, ¿quién se iba a acercar? Eso lo entendimos rápido. La fantasía era más difícil de lo que parecía en la oscuridad de nuestra habitación.

Duramos así un par de meses, sin avanzar, hasta que la solución apareció sola, un sábado, sin que la buscáramos.

Nos estábamos vistiendo para una reunión familiar cuando a Daniel lo llamó Andrés, un compañero de su trabajo. Le pedía prestada una herramienta. Daniel le dijo que pasara a buscarla y, al rato, sonó el timbre.

Lo recuerdo con detalle. Alto, de cuerpo macizo, hombros anchos, el pecho marcado bajo la camiseta y un bulto entre las piernas que no pude evitar mirar de reojo. Nos saludamos, cruzamos cuatro frases de cortesía y se fue tan rápido como llegó. Pero algo se me quedó pegado, un cosquilleo entre las piernas que no se me iba.

—¿Y si fuera él? —le solté a Daniel en cuanto cerró la puerta.

—Estás loca —se rió, nervioso—. Ese no. Es de mi trabajo. Cualquiera menos uno de la oficina.

Ahí quedó la conversación. Pero a mí me había gustado, y decidí que haría lo posible por convencerlo. Esa misma noche, en la cama, mientras Daniel me lamía el coño de arriba abajo, le cambié su nombre por el de Andrés. Sabía lo que iba a pasar. Se calentó como nunca, cayó en el juego, me pidió que se lo repitiera. Subí las caderas contra su boca y gemí el nombre de Andrés una y otra vez, imaginándome la lengua del otro entre mis labios, sus dedos gruesos abriéndome. Daniel se levantó, me dio la vuelta a cuatro patas y me la metió hasta el fondo de una embestida, follándome más duro de lo que me había follado en años, mientras yo repetía el nombre de Andrés a gritos contra la almohada. Se corrió dentro de mí soltando un rugido, y yo acabé al mismo tiempo, con el coño apretado contra su verga, empapada.

Las semanas siguientes seguí erosionando su resistencia con paciencia. Cada noche era otro Andrés distinto: Andrés que me abría de piernas en la mesa de la cocina, Andrés que me metía la polla en el culo, Andrés que se me corría en la cara. Hasta que una madrugada cedió.

—Está bien —dijo, mirándome serio—. Que sea él. Pero que él te busque. Que salga de él, no de ti ni de mí. Si te conquista, es porque quiere.

—Eso —le respondí mientras me reía—, déjamelo a mí.

***

Así empezó la etapa más extraña de mi vida. Yo tenía que conquistarlo sin que pareciera que lo conquistaba. Daniel lo invitó más seguido a casa; a los dos les gustaba el ajedrez, y esa fue la excusa perfecta para reunirnos, tomar algo y dejar correr las horas. Yo me vestía bien, sin nada espectacular, lo suficiente para estar presente sin ser obvia. Una camiseta que se ajustaba donde debía, sin sostén algunas noches para que se me marcaran los pezones, los labios apenas pintados.

Después de unas semanas, dimos un paso más. Daniel propuso ir a un casino, los tres, a relajarnos. Empezamos a ir una vez por semana, y desde la primera noche mi marido se inventaba pretextos para alejarse: que iba a probar otra máquina, que prefería las mesas del fondo. Me dejaba sola con Andrés.

Y Andrés se fue soltando. Lo notaba en cómo me sonreía, distinto a antes, más franco. En cómo me rozaba la mano «sin querer» cuando me pasaba una copa. En la forma en que su mirada bajaba a mi escote y se quedaba un segundo de más cuando creía que yo no me daba cuenta. Daniel jugaba a lo lejos y nos observaba de reojo, y saber que nos miraba me ponía el coño empapado dentro de las bragas.

Fueron tres salidas así. A la tercera, decidí que ya era hora de cruzar la línea. Le dije a Andrés que el humo del cigarro me estaba mareando, que necesitaba aire, que si me acompañaba afuera.

—Claro que sí —contestó, y se levantó enseguida.

Salimos al aparcamiento y, sin pensarlo demasiado, fuimos directos a su coche. Nos subimos. Él en el asiento del conductor, yo a su lado. Puse algo de música, más por hacer algo con las manos que por otra cosa. Y entonces sentí que me tomaba la mano y me la acariciaba despacio.

—Lorena —dijo, con la voz baja—. Me encantas. Estas últimas semanas no dejo de pensar en ti.

No respondí. Solo le sonreí. Iba a decir algo, no sé qué, cuando se inclinó sobre mí y me besó. No me resistí. Me dejé llevar, y sus besos me gustaron más de lo que esperaba, lentos primero y después con hambre, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca. En ese momento ya no había vuelta atrás: nos besábamos una y otra vez, y sentí sus manos subir hasta mis pechos y apretármelos por encima de la camiseta. Me pellizcó los pezones a través de la tela hasta que se me pusieron duros como piedras, y yo gemí en su boca. Fue una sensación rara y agradable a la vez, la de unas manos nuevas, desconocidas, mucho más grandes y bruscas que las de Daniel.

Me metió la mano por debajo de la camiseta, me subió el sostén de un tirón y me agarró las tetas a piel desnuda, amasándomelas, torciéndome los pezones entre los dedos. Yo se lo devolvía con la boca abierta contra la suya, jadeando, mientras bajaba mi mano hasta su entrepierna y lo apretaba por encima del pantalón. La tenía enorme, dura, y la sola idea de lo que estaba haciendo, con mi marido a unos metros sabiéndolo, me nubló la cabeza.

—Aquí hay guardias —murmuró con la voz ronca—. Vamos a otro sitio.

Condujo hasta una calle apartada, sin luces, y apagó el motor. Empezamos de nuevo. Los besos, las manos por todas partes, la respiración entrecortada. Me subió la falda hasta la cintura y me metió la mano dentro de las bragas. Sus dedos se abrieron paso entre los labios de mi coño y encontraron mi clítoris, hinchado y resbaladizo. Solté un gemido largo cuando empezó a frotarme en círculos.

—Estás empapada, Lorena —me dijo al oído, mordiéndome el lóbulo—. Nunca sentí un coño tan mojado.

Me metió dos dedos de golpe y yo eché la cabeza hacia atrás contra el asiento. Me los clavaba hasta el nudillo, entrando y saliendo despacio, mientras el pulgar me seguía trabajando el clítoris. Sentí que se me contraía todo por dentro. En ese coche apartado, con las ventanillas empañándose, me hizo acabar por primera vez, apretándole la muñeca con las dos manos mientras gemía sin poder taparme la boca.

Cuando me recuperé un poco, me lancé encima de él. Se desabrochó el pantalón con torpeza y se sacó la polla. Y ahí la vi, por primera vez. Era gruesa, larga, con una vena marcada por debajo y el glande brillante y morado. Bastante más grande que la de Daniel. La agarré con la mano y no llegué a rodearla del todo con los dedos.

—Joder —murmuré—. La tienes enorme.

—Es toda tuya —contestó, sonriendo—. Haz lo que quieras con ella.

Empecé a acariciársela despacio, subiendo y bajando el puño, apretando en la base y aflojando arriba. Con la otra mano le agarré los cojones y se los masajeé mientras él echaba la cabeza contra el reposacabezas y gemía por lo bajo. Me incliné y le pasé la lengua por la punta, lamiéndole la gota de líquido preseminal que ya le brotaba. Después me la metí en la boca, apenas la cabeza al principio, chupándosela con los labios apretados y girando la lengua alrededor del glande.

—Así, Lorena, así, mámamela toda —jadeó, apoyándome la mano en la nuca.

Bajé más, tragándomela hasta la mitad. Me faltaba boca para tanta verga. La saqué, la escupí para lubricarla bien y volví a metérmela, esta vez más al fondo, hasta que la sentí golpearme la garganta y me lloraron los ojos. Le hacía ruido con la boca, chupándosela sonora, babeándole toda la polla, alternando con la mano que le seguía el ritmo. Le lamí desde los cojones hasta la punta y le devoré la cabeza, succionándosela como si quisiera arrancársela.

Lo llevé hasta el borde con las manos y la boca, alternando, hasta que me avisó con voz ahogada que estaba a punto.

—Me corro, Lorena, me corro… —gimió, apretándome el pelo con los dedos.

No me detuve. Al contrario, se la chupé más fuerte, moviendo la cabeza rápido, haciendo vacío con la boca. Lo sentí venirse en chorros calientes contra mi lengua, uno tras otro, llenándome la boca de semen espeso y salado. Me lo tragué todo sin sacármela, ordeñándole hasta la última gota con el puño, mientras él temblaba en el asiento y gemía mi nombre. Cuando por fin la solté, se la lamí de arriba abajo para limpiarla, y me miró como si acabara de ver a un fantasma. Pensé en Daniel, en el casino, esperándome, imaginando exactamente esto, y sentí un latigazo de placer entre las piernas.

Estuvimos unos cuarenta minutos en ese coche. Cuando volvimos, Andrés me dijo en el trayecto que me quería para él, que deseaba tenerme entera, follarme sin prisa en una cama, con discreción, que nadie debía enterarse.

—Yo también quiero —le mentí a medias—. Y nadie lo va a saber. Los dos seremos discretos.

***

En el casino nos reunimos con Daniel. Estaba ansioso, lo disimulaba mal. A los diez minutos nos despedimos, dejamos a Andrés en su coche y volvimos a casa. Durante todo el camino le fui contando cada cosa: los besos, sus manos apretándome las tetas, cómo me había hecho acabar con los dedos, el tamaño de la polla que tenía, cómo me la había metido en la boca hasta la garganta, cómo se había corrido y yo me lo había tragado todo. Daniel iba encendido, callado, con las dos manos apretando el volante y un bulto brutal contra la bragueta.

Llegamos a casa y ni siquiera nos dio tiempo a subir a la habitación. Me tiró contra el sofá del salón, me arrancó las bragas y me abrió las piernas de un manotazo. Se hincó de rodillas y me hundió la cara en el coño, lamiéndomelo con rabia, chupándome el clítoris hasta que le grité que parara porque no aguantaba más. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas contra el respaldo y me clavó la verga hasta el fondo de una sola estocada. Me folló como si quisiera reclamar lo que acababa de prestar, embistiéndome con fuerza, agarrándome del pelo, dándome palmadas en el culo.

—Cuéntame otra vez cómo se la chupabas —me gruñía al oído—. Cuéntame cómo te metió los dedos.

Y yo se lo contaba, jadeando, mientras él me destrozaba el coño a embestidas. Acabamos los dos al mismo tiempo, con un grito, y se derrumbó encima de mí, empapado en sudor, con la polla todavía dentro echándome chorros de leche caliente.

Los días siguientes, Andrés y yo empezamos a escribirnos a escondidas. Mensajes cada vez más subidos de tono: lo que me quería hacer, cómo me iba a follar, en qué postura me quería tener. Él creía que era nuestro secreto; no imaginaba que cada mensaje yo se lo enseñaba a Daniel, y que después de leerlos mi marido me arrancaba la ropa y me follaba salvajemente. Pusimos fecha para vernos de verdad. Cinco días después.

Llegado el día, me preparé como si fuera la primera vez. Me depilé el coño entero, dejándolo liso como una niña, estrené lencería fina de encaje negro, me arreglé para él. Antes de salir llamé a Daniel, que estaba en el trabajo, solo para avisarle que ya me iba.

—Disfrútalo —me dijo con la voz temblando—. Deja que te folle bien. Y vuelve para contármelo todo.

Esperé a Andrés en el aparcamiento de una plaza. Ya estaba ahí. Me subí a su coche, nos abrazamos, me besó metiéndome la lengua hasta el fondo y me dijo que estaba muy guapa mientras me metía la mano por debajo de la falda y comprobaba, con un gemido, que ya estaba mojada para él. Ese día fui suya por primera vez del todo, y me sentí más plena, más follada y más llena de lo que esperaba sentirme. Pero eso es otra historia, una que merece contarse despacio y por separado.

Lo único que adelanto es esto: acordamos vernos seguido, ser amantes de planta, guardar el secreto. Él creía que lo guardábamos de Daniel. Daniel, en cambio, lo sabía todo. Y durante los meses que vinieron, esa fue nuestra forma de seguir encendidos, los tres atados a un juego de pollas, coños y semen que ninguno quería terminar.

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Comentarios(9)

Javi_Cba

Genial!!! Me dejo con ganas de mas. Espero que haya segunda parte.

GabrielRos

Como lo narraste es de diez. Se nota que saben escribir, muy creible todo.

DiegoK_Ros

El detalle del casino me parecio buenisimo, le da mucho realismo a la historia. Buen relato.

Meli_Rn

tremendo jaja me enganche desde el primer parrafo

NochesBaires

Por favor seguí escribiendo, que buena que estuvo!

CuriosoNocturno

¿y como termino la noche para todos? se hizo cortisimo, quiero saber mas jaja

LectorK88

Excelente. La tension del comienzo esta muy bien lograda.

Facu_Cba

muy bueno!!

Luciana_F

Me recordo un poco a algo que yo vivi, sin llegar a tanto claro jaja. Muy buen relato, sigan asi!

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