El intercambio que nos faltaba probar con otra pareja
Los que habéis seguido lo que cuento ya sabéis cómo somos mi mujer y yo a la hora de disfrutar del sexo sin demasiadas ataduras. En la última experiencia que os relaté, allá en la sección de tríos, os contaba que, aunque hace tiempo que dejamos atrás los cincuenta y cinco, seguimos con las mismas ganas de descubrir sensaciones nuevas. Lo que no imaginaba era que tan pronto tendría algo fresco que contaros.
Esta vez hubo pocos rodeos. Todo se dio de manera natural, casi sin buscarlo. Habíamos cenado en casa de Rodrigo y Beatriz, una pareja con la que nos une una amistad de muchos años, y en la sobremesa salió el tema de nuestras costumbres en la cama. Más que escándalo, lo que mostraron fue curiosidad: querían detalles, querían entender cómo gozábamos de esa forma tan libre. Nos confesaron que ellos nunca se habían atrevido, no por falta de deseo, sino porque no sabían por dónde empezar.
Para romper el hielo, me animé a leerles uno de mis relatos. Lo escucharon con una atención que no disimulaba el interés, sin un solo comentario, hasta que mi mujer decidió hablar claro.
—Ya veis que somos una pareja abierta y nos gusta ir descubriendo estos placeres. A mi marido le encanta verme con otro, y a mí me gusta dárselo —dijo, sin un asomo de pudor.
—Tiene que ser algo realmente distinto probar otras formas —comentó Rodrigo, y se le notaba en la voz el calor que le había dejado el relato.
—Romper la rutina debe de ser bueno, a juzgar por lo a gusto que se os ve —añadió Beatriz, con un tono que no era ni de asombro ni de timidez, sino más bien de complicidad.
—Pues basta con intentarlo —soltó mi mujer, bromeando—. Y nunca es tarde si las ganas son buenas.
—La verdad es que más de una vez lo hemos hablado —reconoció Rodrigo—. Un trío, un intercambio… cosas así.
—Es cierto, lo hemos mencionado —corroboró Beatriz mientras, casi sin que se notara, dejaba caer la mano sobre el muslo de su marido—. Pero no sabíamos cómo dar el paso.
—Es sencillo —dijo mi mujer—. Solo hay que estar dispuesta, y que tu marido vea cómo te disfruta otro. Incluso que se anime. No hay nada como sentir a dos a la vez.
—No será tan fácil encontrar el momento —insistió Beatriz, y al decirlo me miró con una insinuación que no dejaba lugar a dudas.
—Mujer, ya te lo decimos: basta con querer. Por ejemplo, si tu marido se animara con la mía ahora mismo, yo no le pondría ningún reparo. Ella sabe lo que me gusta y lo haría encantada.
—Solo hay que ponerse a ello si os apetece —sugirió mi esposa—. Me voy contigo a la habitación y echamos un rato. Te aseguro que a mi marido se le va a poner tan dura que será el mejor momento para que tu mujer se quite las bragas y aproveche.
—Tengo que aclararos una cosa —intervine—. Nosotros nunca hemos hecho un intercambio como tal. Lo que de verdad me pone es verla a ella con otro. Pero podemos hacer una excepción. Si Rodrigo se anima con mi mujer, solo de verlo os aseguro que voy a por la tuya con todas las ganas.
—¿Así de simple? —preguntó Beatriz, con una predisposición que ya no escondía.
—Si no os importa, nos gustaría probarlo —confirmó Rodrigo.
***
Les dimos respuesta sin pensarlo demasiado. Se notaba que a él le apetecía mi mujer y a mí no me costaba nada querer lo mismo con la suya. Las dos estaban apetecibles, y estaba claro que ellas también nos deseaban. Mi esposa lo dejó ver con gestos que no admitían interpretación, y eso, para mí, era lo más importante de todo.
Todo iba rápido y directo, como debe ser.
Tomé la iniciativa y besé la boca ansiosa de Beatriz, que se estremeció en el primer contacto. Rodrigo y mi mujer hicieron lo mismo, y los cuatro nos fuimos hacia el dormitorio. Cuando tumbé a Beatriz en la cama amplia y sentí su cuerpo responder bajo la malla ajustada, parecía deshacerse: su lengua dibujaba el contorno de mis labios mientras mi mano jugaba entre sus piernas. A nuestro lado, mi mujer y Rodrigo se enredaban en sus propios abrazos, conociéndose con prisa.
Ella respondió a las caricias de él yendo un paso más allá: le sacó la polla del pantalón y le dio las primeras lamidas, que él recibió con un suspiro largo. Verla así me puso de tal manera que Beatriz no se resistió a bajarme la cremallera y metérsela en la boca. Apretaba los labios con un ansia deliciosa, mamando despacio, mientras yo le desabrochaba la camisa para buscarle el pecho. A Rodrigo le pasaba lo mismo: lo encendía ver a su mujer entregada a otro.
Estuve a punto de correrme en su boca cuando Beatriz me hizo un gesto, una invitación para que mirara cómo Rodrigo le quitaba las bragas a la mía. Bajé hasta sus pechos, me perdí entre ellos un instante, y al volver la vista vi a mi mujer recibir las primeras lengüetadas entre las piernas. Entonces le arranqué a Beatriz las bragas, empapadas ya, y bajé a saborearla. Fue ahí cuando me susurró algo que no esperaba.
—Muchas veces, cuando lo hacía con mi marido, imaginaba que eras tú quien me follaba. Y cuando me tocaba a solas, también.
—Nunca te noté nada —respondí, sorprendido de verdad, mientras le acariciaba el clítoris.
—No me atreví a decírtelo. Pero he tenido las fantasías más sucias contigo.
—Y hoy te has mostrado dispuesta a todo.
—Por eso me alegro de que saliera el tema. Una vez le insinué a Rodrigo que me gustaría un trío, y lo dije pensando en ti, aunque nunca le dije con quién.
—¿Y qué te contestó?
—Que nada le gustaría más que ver cómo otro me lo hace. Que le encantaría que dos me la metieran a la vez, cada uno por un lado. Y yo llevo tiempo deseando saber qué se siente con eso… lo bien que se lo notaba a tu mujer.
—Nosotros hace años que lo hacemos casi todo. Solo nos faltaba esto.
Me pareció que mi mujer alcanzó a oír algo, porque me guiñó un ojo en señal de aprobación.
***
Mientras hablábamos, veía a Rodrigo guiar su pene hacia el sexo de mi mujer y entrar en ella con un ímpetu especial. Aquello aceleró mis impulsos, y me hundí en Beatriz buscando la profundidad más placentera, sintiéndola deshacerse con cada embestida. El semen se me escapaba por momentos al oír a mi esposa pedirle más y más a nuestro amigo. Creo que a ella también la excitaba verme con otra por primera vez; no dejaba de buscarme con la mirada, cómplice, mientras recibía aquella polla que la llenaba por completo.
Llegó el momento más intenso cuando entendí que mi mujer, abierta del todo, se corría a gritos para una polla que ya la inundaba. Yo seguía atendiendo a Beatriz, cada vez más hambrienta, hasta que me dio una sorpresa al oído.
—¿Te importaría metérmela por el culo?
Cambió de postura y me ofreció unas nalgas que pedían a gritos ser tomadas. Pensé un par de segundos en que eso nunca se lo había hecho a mi mujer, porque se lo prometí hace tiempo, pero no me pude resistir. Clavé el pene en su ano, suave y evidentemente ya conocido. Luego me confesaría que le fascinaba, que con Rodrigo era costumbre. Se la hundí hasta el fondo, empujando con una continuidad trepidante, saboreando aquella novedad, hasta que la sentí correrse en convulsiones al mismo tiempo que yo me vaciaba dentro.
A nuestro lado, mi mujer y Rodrigo seguían a lo suyo, frenéticos. No me extrañó: sé que ella es multiorgásmica y que necesitaba más, todo lo que él fue capaz de darle hasta que los dos quedaron exhaustos.
Mientras los observaba, Beatriz volvió a lamerme, y la polla se me endureció de nuevo escuchando los jadeos de mi esposa.
***
Fue una experiencia maravillosa. Nunca me había acostado con otra, nunca le había dado a nadie por detrás, y mucho menos lo había hecho mientras veía a otro hombre disfrutar de mi mujer sin la menor reticencia, dándole todo lo que pedía como si no hubiera mañana.
Felices los cuatro, nos quedamos en la cama acariciándonos los unos a los otros. Incluso ellas nos regalaron la escena de besarse y buscarse entre sí, despacio, a modo de celebración. Aquello reavivó nuestra excitación después de un rato de mirar cómo se complacían mutuamente. Pero esta vez cambiamos las reglas: Rodrigo propuso que cada uno cerrara la noche con su propia esposa. Y así lo hicimos, muy juntas las dos parejas, rozándonos en la cama mientras nuestras manos jugaban con los cuerpos de los otros.
Me encantaba estar dentro de mi mujer mientras acariciaba los pechos de Beatriz, a la que su marido penetraba mientras le comía la boca a mi esposa. Cruzamos los besos varias veces, intercambiando las lenguas sin pudor. Casi al mismo tiempo nos corrimos los cuatro.
Ni por un instante hubo una sensación extraña. Al contrario: cuando dimos por terminada nuestra orgía, acordamos que aquella no sería la última. Coincidimos todos en las ganas de repetir.
Cerramos el encuentro con elogios mutuos. Mi mujer alabó las virtudes de quien la había tomado, y Beatriz aseguró que ella y yo lo habíamos hecho de maravilla.
Mi esposa, siempre observadora, soltó un comentario sin mala intención sobre mi estreno.
—A mi marido le has hecho un regalo que llevaba mucho tiempo deseando: te ha follado por detrás, y lo he visto gozar como nunca.
—¿Te habría gustado que yo te hiciera lo mismo? —le preguntó Rodrigo a mi mujer.
—No lo sé, nunca lo he probado. Mi marido y yo tenemos un acuerdo. Pero viendo lo bien que lo ha pasado tu mujer, me lo estoy replanteando. Si volvemos a vernos, igual me estreno para que él vea cómo me la metes hasta el fondo, por donde siempre quiso.
Me pareció, por un momento, un reproche indirecto, pero ella me aclararía después, ya a solas, que era más bien una apuesta pendiente, una promesa de regalarme el privilegio de verla estrenarse delante de mí.
—Pues la próxima vez lo veremos —dije—. Supongo que me gustará que sea otra polla la que estrene tu culo. Y si es la de Rodrigo, mejor todavía.
—Perfecto —contestó Beatriz, mientras me brindaba un beso que me ardió en los labios—. Que mi marido se ocupe de la tuya, pero que tú me lo hagas a mí mientras lo miras.
—Tengo que confesaros algo —dijo Rodrigo—. A mí también me ha calentado como nunca ver por primera vez cómo otro disfrutaba de mi mujer. Ha sido una delicia descubrir esa sensación. Estoy de acuerdo en que hay que repetir, pero cuanto antes, porque esta mujer me ha dejado con ganas de más. Es extraordinaria.
—Lo mismo digo de la tuya —respondí—. Está buenísima y lo hace estupendamente.
—Yo creo que lo que más os ha gustado a los dos es ver el espectáculo que tanto deseabais —bromeó mi mujer.
—¿Y a vosotras no os ha gustado vernos con otra? —pregunté, buscando con disimulo la opinión de quien me había visto así por primera vez.
—Para mí era una novedad, y creo que sí me ha gustado… quizá porque tenía dentro una polla que me daba todo el gusto del mundo —volvió a bromear mi esposa—. Es excitante ver algo especial mientras te lo hacen.
—Yo también pienso que verlo intensifica el placer —añadió Beatriz—. Descubrir que mi marido disfruta de otra me ha hecho sentir algo mucho más fuerte. Me he corrido mejor que nunca, no quería dejar de mirar. Es asombroso. Ojalá lo hubiera descubierto antes.
—Entiendo que seáis tan felices con vuestra forma de vivirlo —dijo Rodrigo, acariciando la cara de mi mujer, que le respondió con una sonrisa.
—Si queréis, seguimos… —dije en broma. Reímos los cuatro.
Dimos por finalizado aquel encuentro, comprometidos del todo con repetirlo pronto. Nos despedimos con besos y abrazos compartidos.
Como último detalle, cuando ya nos marchábamos, alcancé a oír el susurro que mi mujer le dejó al oído a quien le había parecido un amante extraordinario.
—Lo haces muy bien. Procura que esto se repita pronto. No me importa si es solos o acompañados.
Imaginad mi entusiasmo al escucharlo. Ya os contaré si sucede algo nuevo.