Carla eligió a la invitada perfecta para los tres
Daniel salió a la terraza con una bandeja en las manos: tres copas de gin-tonic con mucho hielo, la ginebra brillando en el cristal bajo la luz dorada del atardecer. Sonrió al verlas tan a gusto, sentadas juntas en la tumbona doble, compartiendo un momento más íntimo de lo habitual. Se tumbó al lado de Carla, dejó que el sol se colara entre las sombras del toldo y la besó despacio, un roce breve pero cargado de complicidad.
Carla seguía observando a Marina con una mezcla de curiosidad y diversión. Había algo en ella que la fascinaba, algo que quería desentrañar, y no podía evitar tirar del hilo.
—¿Y el sexo qué tal? Dime, ¿te consideras una experta o todavía te queda mucho por aprender?
Marina soltó una risa nerviosa, algo que rara vez dejaba escapar. Se notaba que la pregunta la había pillado por sorpresa, pero estaba dispuesta a ser honesta.
—Hasta que os conocí a vosotros, pensaba que iba bastante sobrada en el tema. Siempre he sido de explorar, de probar cosas. Pero ahora que lo pienso, me doy cuenta de que era más inexperta de lo que creía. Como si hubiera estado jugando en una liga menor. Creía que lo sabía todo y resulta que aún me queda muchísimo por descubrir.
Carla la miró fijamente. Sabía que estaba tocando un tema que no era solo sexual, sino algo más hondo. Había una especie de transformación en Marina, algo que se movía dentro de ella, y Carla sentía que estaba a punto de entenderlo.
—Te queda mucho por descubrir, créeme —dijo con picardía—. El sexo es como un viaje que no termina nunca. No se trata de acumular técnicas ni de coleccionar experiencias. Se trata de entender lo que una quiere, lo que una necesita.
—¿Y tú qué opinas, Daniel?
Él había estado tranquilo, disfrutando de la calma y de la conversación. Respondió con una sonrisa leve. No era un asunto fácil de abordar, pero a él no le incomodaba.
—Creo que lo que Carla quiere decir es que el sexo va mucho más allá de lo físico. Es cuestión de conexión, de confiar en ti misma y en la otra persona. No hay reglas fijas. Y además es adictivo: cada vez que crees que lo sabes todo, descubres deseos nuevos. Nunca deja de evolucionar.
Carla, sin perder el tono relajado pero con un brillo travieso en los ojos, se inclinó un poco hacia Marina.
—Lo bueno del sexo es que siempre hay algo nuevo que descubrir. Cada encuentro es distinto, cada persona trae algo diferente. Si estás dispuesta a perder el miedo, claro.
Se incorporó de la tumbona y caminó descalza por el césped, estirando su figura esbelta, las curvas firmes, los glúteos tensos. Daniel la siguió con la mirada, comparando una vez más a aquella mujer hecha de seguridad y deseo con una Marina más prudente pero igual de sensual.
—Voy a darme el primer baño de la tarde. Me estoy friendo al sol.
—Yo también, para refrescarme —dijo Marina.
Carla se metió en el agua y se sumergió entera. Cuando emergió, soltó una exclamación por la temperatura, sorprendentemente fría comparada con el bochorno del ambiente. Marina entró después. Daniel se fijó en que tenía un cuerpo de bandera: pechos generosos, piernas tonificadas.
—¡Está estupenda! —dijo Marina—. Es genial estar aquí. Podría acostumbrarme a esto.
Las dos se mostraban en todo su esplendor, los cuerpos atléticos, dejando que el agua resbalara sobre la piel que empezaba a broncearse. Carla salió primero y se tumbó en la toalla, completamente estirada y expuesta. Clavó la mirada en Daniel, desafiante, y él se la devolvió mientras se ponía las gafas de sol. Ella lo examinaba con disimulo, lanzándole ojeadas que se iban volviendo deseo.
Marina salió de la piscina con mucha clase, dejando que Daniel viera el balanceo firme de sus nalgas. Se sentía deseada, convertida en el objeto del deseo de aquella pareja tan particular. Cogió el bronceador y le contestó con sus ojos felinos cada mirada. Carla no se perdía un solo detalle.
—Te gustan sus tetas, ¿verdad? Pues son totalmente naturales. Seguro que te morirías por tocarlas —dijo Carla, provocadora, apoyándose en el codo.
Daniel acababa de dejar las copas sobre la mesa y volvía a la sombra cuando ella, arqueando la espalda, dejó escapar un suspiro satisfecho.
—Cariño, ¿nos echas crema? Que luego nos pelamos como gambas —dijo, tendiéndole el bote con una sonrisa traviesa—. Empieza por Marina, que es la novata y no quiero que diga que no la cuidamos.
Daniel la miró de reojo, divertido, y se volvió hacia Marina.
—¿Te importa?
Marina, tumbada boca arriba sin la parte de arriba del bikini, giró la cabeza y sonrió.
—¿Importarme? Para nada. Ya me has visto en peores circunstancias, creo. Dale.
Carla se sentó en el borde de la tumbona con el bote entre las manos.
—Hazlo bien, ¿eh? Que esta piel de norteña no está acostumbrada al sol de aquí. Mira qué culo, va a parecer un farol si no le das bien —dijo, riéndose, mientras le daba un azote suave.
—¡Serás bruja! —contestó Marina, divertida, sin moverse—. Como si no supiera que lo que quieres es que me soben un poco.
—¡Hombre, claro! ¿Tú te crees que invito a cualquiera a mi piscina? —replicó Carla. Luego miró a Daniel con gesto solemne—. Aplícate. Y no te pongas nervioso si se te va la mano. Marina es toda tuya… durante un rato.
Daniel bufó, echándose crema en las palmas.
—Voy a tener que cobrar horas extra con vosotras.
—¡Sí, hombre, encima! Cualquiera pagaría por lo que estás haciendo tú ahora.
Marina soltó una carcajada.
—Callad y trabajad, que estoy empezando a pensar que me habéis traído con premeditación.
Carla se inclinó y le susurró al oído:
—¿Te crees que no teníamos un plan? La que entra en mi jardín sale, como mínimo, con las piernas temblando.
Marina se mordió el labio y murmuró sin girarse:
—Sois unos degenerados.
—Eso no es un insulto para nosotros, cielo. Es una declaración de intenciones —contestó Carla, guiñándole un ojo a Daniel, que ya empezaba a extender la crema sobre los pechos de Marina con las palmas calientes por el sol y por la tensión que crecía en el aire.
Con las manos abiertas dibujó círculos sobre sus pechos. Notó los pezones endurecerse bajo las caricias. Bajó después con calma por la espalda, se detuvo en los omóplatos, descendió hacia la cintura y terminó en las nalgas. La piel le ardía un poco por el sol, y ella se estremeció.
—Joder —murmuró con una sonrisa—. Si me acaricias así mucho rato, no respondo.
—Yo solo cumplo órdenes —contestó él con voz grave—. La jefa me ha dicho que te embadurne bien.
Carla, tumbada de lado, los observaba con los ojos entrecerrados y una sonrisa lujuriosa, chupando un hielo de su copa.
—¿Sabéis lo sexy que es veros así? Parecéis una escena de película. Solo falta la cámara lenta.
Marina se rio por lo bajo.
—Pues tú eres la que dirige, directora. ¿Qué quieres que haga? ¿Me quito la parte de abajo?
Carla se incorporó, moviendo las caderas con una languidez estudiada.
—No te atreverías —retó.
Marina levantó la cabeza con una sonrisa desafiante.
—¿Quieres apostar? —dijo, poniéndose en pie.
Daniel dejó el bote sobre la mesa sin apartar la vista. No sabía si jugaban de verdad o solo tanteaban, pero la electricidad del aire era cada vez más densa. Carla se acercó a la tumbona y se arrodilló frente a ella.
—Es una locura —le susurró muy cerca del oído—. Pero a nosotros nos va la locura, ¿no?
Marina se deshizo de las tiras de la braguita con movimientos suaves, felinos, y dejó su sexo depilado a la vista.
—Ya veo que te habías preparado para la fiesta.
—No soy tonta. Sabía a lo que me exponía al venir.
Carla le besó el pubis y le agarró las nalgas con suavidad.
—Deliciosa. Pero no pienso ser la única que se quede sin crema. Ven, a ver si te atreves a ponerme las manos encima.
Se levantó y volvió a su tumbona. Marina la siguió y, sin dudar, se sentó a horcajadas sobre ella y cogió el bote. Carla notaba el sexo de la otra rozándole el vientre.
—Puta —le dijo, con una sonrisa encantada.
—Zorra —respondió Marina, divertida, dejando caer una buena cantidad de crema en sus propias manos.
Daniel las miraba con el pulso acelerado y un nudo caliente en el estómago. Sabían que estaban a punto de cruzar otra línea.
Marina deslizó las manos cubiertas de crema por los hombros de Carla con una lentitud calculada. Los dedos se movían seguros, presionando, acariciando, explorando. Carla cerró los ojos y soltó un suspiro largo, entregándose al tacto.
—Joder, Marina… ¿cuántas veces habías hecho esto antes? —preguntó en voz baja, con un deje ronco.
—¿Darle un masaje a una mujer medio desnuda mientras está empapada en sudor y ginebra? Es mi primera vez —contestó con una sonrisa ladeada, bajando las manos por los brazos y rozándole después los pezones en una caricia lenta.
Carla giró el rostro, sus labios rozando la mejilla de Marina.
—Estás aprendiendo muy deprisa.
—Me gusta aprender contigo —le susurró Marina al oído.
Daniel seguía inmóvil, los ojos fijos en cada movimiento, la respiración cada vez más pesada. No decía nada, pero las pupilas le hablaban solas. Carla, sin apartar las manos de los muslos de Marina, lo miró con una sonrisa cargada de intención.
—¿Qué dices, cariño? ¿Le damos el aprobado?
—No es un aprobado —contestó él—. Es matrícula de honor con prácticas intensivas.
Marina se rio por lo bajo, pero no se detuvo. Bajó las manos hacia el vientre de Carla, justo por encima del ombligo, y allí se quedó, dibujando pequeños círculos. Carla le agarró las muñecas con firmeza.
—Ahora yo.
Se giró con agilidad, quedó de rodillas frente a ella y, sin pedir permiso, empezó a embadurnarle el pecho, lento, deliberado, haciendo que cada movimiento arrastrara una promesa.
—Estás jodidamente buena —murmuró.
Marina cerró los ojos, dejándose hacer. Y entonces, con un tono casi tembloroso, dijo:
—Esto se nos va a ir de las manos. Si sigues así, no respondo.
—Eso es lo que quiero —respondió Carla con una chispa traviesa.
Se pasó la lengua por el labio inferior, como saboreando lo que venía. Con las manos todavía untadas, rodeó la cintura de Marina y la acercó, piel con piel, las respiraciones calientes entrelazadas.
—Tú solo dime si quieres que pare.
Marina negó con la cabeza, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. No había ni una pizca de duda. Solo deseo. Daniel se levantó despacio, la copa aún en la mano, y se colocó junto a ellas, observando. Carla alzó la vista hacia él.
—¿Nos ayudas o vas a quedarte ahí como espectador de lujo?
—Estoy disfrutando del espectáculo. Pero si me necesitáis… —dio un sorbo lento— yo juego.
Marina giró la cabeza hacia él, todavía pegada a Carla.
—No sé qué me estáis haciendo, pero esto es lo más caliente que me ha pasado en años.
Carla soltó una carcajada baja, erótica, y se quitó la parte de abajo del bikini con un tirón suave.
—Pues prepárate. Lo mejor está por llegar.
La empujó con suavidad hacia la tumbona y Marina cayó de espaldas, riendo, mientras Carla se colocaba encima con las piernas rodeándola. El sol jugaba sobre sus cuerpos; el aire caliente apenas podía competir con el calor que desprendían ellas. Daniel se acercó por detrás de Carla y le puso una mano firme en la cadera, cómplice. Le habló al oído.
—Esto es lo que somos. Lo que tú has creado. No sabes la suerte que tengo.
Carla giró el rostro y lo besó sin despegarse de Marina.
—Entonces vamos a celebrarlo bien. Los tres.
Se inclinó sobre ella con la seguridad que solo da el deseo sin frenos. Le mordisqueó el cuello, bajando poco a poco, dejando un rastro de besos y aliento caliente que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido contenido.
—No te reprimas —le dijo Carla con una sonrisa traviesa—. Aquí nadie va a juzgarte.
Daniel, apoyado en el borde de la tumbona, miraba fascinado, el pulso disparado. Carla se deslizaba sobre el cuerpo de Marina, que ya había dejado atrás cualquier atisbo de contención.
—Ven —le dijo a Daniel sin dejar de acariciarla—. Ahora es tu turno.
Él se arrodilló junto a ellas. Le apartó un mechón de pelo a Marina y le besó los pezones, suave y firme, mientras Carla la sujetaba por la cintura. Las respiraciones se entrelazaban, los cuerpos empezaban a moverse en un ritmo nuevo, eléctrico, sin pausa. Las manos de Daniel y de Carla se cruzaban sobre el cuerpo de Marina, recorriéndola, despertándola centímetro a centímetro. Ella ya no sabía quién la tocaba, y tampoco le importaba. Solo sentía.
—Estoy… estoy al borde —murmuró.
Carla la miró a los ojos, pegada a su rostro.
—Entonces crúzalo. Hoy no hay límites. Déjate ir.
Marina cerró los ojos y el mundo desapareció. Solo quedaron ellos, las manos, los cuerpos, el calor, la sensación de pertenecer a algo nuevo y salvaje. Una pequeña revolución íntima al borde de una piscina.
Daniel se colocó detrás de Carla, besándole el cuello. Ella gimió sin perder el ritmo con Marina, que jadeaba envuelta en asombro y deseo. No había más sonido que sus respiraciones, el agua de la piscina y el roce de la piel.
Marina agarró la nuca de Carla con fuerza, atrayéndola para besarla con una intensidad que mezclaba hambre y agradecimiento. La tensión entre ellas se rompió como una ola contenida durante días. No quedaban barreras ni palabras necesarias. Solo deseo y una complicidad que lo arrastraba todo.
—Sois unos cabrones —murmuró Marina con una sonrisa temblorosa—. No me habíais avisado de que esto era así de bueno.
—Si te lo decimos, no vienes —contestó Carla, jadeando.
La respiración de Marina se volvió errática cuando Daniel le deslizó los dedos por los muslos. Ella se aferró a su pecho, los labios entreabiertos, la mirada oscura y febril. Él deslizó las manos bajo sus muslos y, con un movimiento firme, le abrió las piernas. Las bocas se buscaron, desesperadas, mientras él acomodaba su sexo contra el de ella. La tensión, el calor, lo prohibido: todo se mezclaba en una sensación vertiginosa.
Cuando la penetró, lo hizo con delicadeza. Ella arqueó la espalda, los dedos clavados en su nuca, los labios dejando escapar un gemido entrecortado. Carla apoyó la cabeza en su cuello, deslizando la boca por la piel caliente, saboreando cada estremecimiento.
Carla se recogió la melena en una coleta improvisada, práctica, casi profesional. Se inclinó sobre el sexo de Marina y empezó a frotarle el clítoris con la lengua. Daniel, de pie frente a ella, jadeó cuando su mujer le pasó la punta de la lengua por toda la extensión del miembro. Podía saborear en él la humedad de Marina.
Marina gemía bajo Carla.
—Quiero comerte —susurró—. Siéntate sobre mi boca.
Carla se levantó y se sentó sobre la boca de Marina, que gruñó por lo bajo, las manos recorriéndole las caderas, apretando la carne firme. Empezó a lamerla con pasión. Jadeó cuando Daniel la penetró otra vez, ahora con fuerza desenfrenada.
—Hazlo fuerte —pidió Marina, la voz densa de deseo, atrapándolo entre las piernas—. Haz que me corra. Hoy soy una perra en celo.
La piel le ardía, sentía la fricción caliente de los cuerpos entrelazados.
—¿Esto es lo que llevabas deseando toda la tarde? —murmuró Daniel contra su cuello, mordiendo la piel—. ¿Que te follen mientras le comes el coño a mi mujer?
—Sí. Y tragarme toda su humedad —gimió—. Me lleváis a otra dimensión.
Marina ya no era capaz de articular palabra. Las manos se aferraban al sexo de Carla, abriéndolo para que su lengua pudiera penetrarla hasta el fondo, mientras Daniel la embestía cada vez más fuerte. El calor de aquel placer se mezclaba en un cóctel embriagador, y jadeó en un suspiro casi sollozante mientras su cuerpo se estremecía.
—Dios mío… me corro. Me corro —dijo con la voz temblorosa.
Daniel le separó los muslos un poco más y empujó la pelvis hasta el límite.
—Eso es —murmuró.
Marina no pudo contener los gemidos que se le escapaban de la garganta, cada uno más intenso que el anterior, mientras el cuerpo le convulsionaba bajo las descargas de un orgasmo brutal, fruto de la larga excitación. Carla frotaba su sexo contra aquella boca, completamente fuera de sí.
—No te detengas —suplicó—. Por favor, no pares ahora.
Marina no necesitó que se lo repitiera. Con una succión intensa la llevó más allá de lo que creía posible. Los movimientos de Carla se convirtieron en espasmos y se dejó ir, abandonándose por completo.
—¡Sí! —gritó—. ¡Sí!
El éxtasis fue tan intenso que sintió que le fallaban las piernas. Daniel no pudo contenerse. Salió del interior de Marina y buscó la boca de Carla, pero apenas llegó a tiempo: varias descargas la alcanzaron en la boca y en la cara. Las respiraciones estaban desbocadas, los corazones a punto de estallar.
—Otra vez —murmuró Carla, la voz áspera y cargada de necesidad—. Tócame.
Daniel no necesitó más indicaciones. La tumbó en la toalla y la lamió intensamente, mientras las manos de Carla, enredadas en su pelo, le marcaban el ritmo. La acariciaba con una devoción contenida, como si no quisiera que ese instante terminara nunca. En algún punto se deshicieron juntos, entre suspiros, risas y una promesa implícita de que aquella no sería la última vez.
Cuando todo se calmó, quedaron tumbados los tres, entrelazados, las gotas de sudor y cloro secándose sobre sus cuerpos bajo el sol que ya empezaba a caer.
Marina rompió el silencio en voz baja.
—No sé si esto ha sido una locura… o justo lo que necesitaba.
Carla le pasó un dedo por el vientre, una caricia casi perezosa. Se inclinó y la besó con pasión.
—Las dos cosas, probablemente.