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Relatos Ardientes

El juego de las sillas que se nos fue de las manos

Nos habíamos conocido en el club de Damián, ese local discreto de Torre del Mar al que llegas la primera vez muerto de vergüenza y del que sales preguntándote por qué tardaste tanto en animarte. Éramos cuatro parejas que coincidíamos casi todos los sábados, siempre en la misma esquina del salón, hasta que un día dejamos de ser desconocidos que se intercambiaban y nos convertimos en algo parecido a una pandilla.

Lo nuestro empezó como diversión y terminó en una amistad de las que duran. Quedábamos para cenar, para tomar copas, y casi siempre la cosa acababa igual: ropa por el suelo y risas hasta el amanecer. Con el tiempo nos soltamos tanto que dejamos de usar preservativos entre nosotros. A las chicas nos gustaba terminar la noche sintiendo cómo se nos escapaba el calor por la cara interna de los muslos, y a ellos les encantaba mirarlo.

Aquel fin de semana decidimos cambiar de escenario. Alquilamos una casa rural a las afueras del pueblo, una de esas con vigas de madera y una chimenea enorme. Cada pareja venía de una ciudad distinta y el club había sido siempre nuestro punto de encuentro, así que escaparnos juntos a un sitio nuevo nos parecía casi una travesura de adolescentes.

La casa era sencilla y solo tenía tres habitaciones. A nadie le preocupó: compartir cama no iba a ser precisamente el problema de aquel grupo.

Apenas pisamos el salón ya no quisimos salir de él. Afuera hacía un frío de morirse, pero con la chimenea encendida y las mantas en el sofá se estaba como en el paraíso. Nos quedamos ahí, los ocho, sin más plan que el que fuera surgiendo.

Las comidas se volvieron un juego en sí mismas. Mateo simulaba una felación con un plátano hasta hacernos llorar de risa; Carla se dejaba caer un hilo de leche condensada entre los pechos para que su marido lo recogiera con la lengua; alguien untaba nata en la nariz del de al lado y se la limpiaba a besos. Todo era provocación, una manera de calentar el ambiente sin prisa, sabiendo que la noche era larga y nadie tenía adónde ir.

—Tengo una idea —dijo Bruno, apoyando la copa en la mesa con una sonrisa que ya conocíamos—. El juego de las sillas.

***

Bruno era el más mirón de todos. En el club casi siempre prefería sentarse en un rincón y observar antes que participar, y se le notaba que disfrutaba más con los ojos que con las manos. Su propuesta tenía mucho de eso: él se quedaría fuera, dirigiendo, y montaría tres sillas en el centro del salón.

Los otros tres chicos se sentarían desnudos, esperando. Cuatro mujeres darían vueltas alrededor mientras sonara la música y, al pararse, cada una correría a sentarse encima del que pillara. La que se quedara de pie, esa ronda, se quedaba sin nada.

—Tres sillas, cuatro reinas —dijo riéndose—. Que gane la más rápida.

Nos pareció genial. El problema lo vimos cuando los tres se desnudaron y se sentaron: ninguno estaba ni de lejos a la altura de las circunstancias.

—Esto hay que solucionarlo —dijo Lucía, y se arrodilló sin esperar respuesta.

Las demás la imitamos. Nos repartimos los regazos y empezamos a despertarlos con la boca, sin prisa, turnándonos, hasta que los tres estuvieron firmes como la madera de las propias sillas. Bruno tuvo que parar la cosa porque Mateo ya estaba a punto de terminar solo con que Carla le pasara la lengua un rato más.

—Quietos, quietos —dijo entre risas—. Que se nos acaba el juego antes de empezar.

Puso en el televisor uno de esos vídeos del juego de las sillas con canciones de moda, de los que cortan la música sin avisar. Y dio comienzo el espectáculo.

***

Cuatro mujeres con el pintalabios corrido de tanto chupar, sin ropa interior y empapadas de pura anticipación, empezamos a girar en círculo alrededor de los tres que hacían de silla. Más bien de trono, decía Lucía. De trono con clavo incorporado.

Caminábamos provocando al máximo: un poco de contoneo, alguna palmada en el culo de la de al lado, abriéndonos para enseñarles lo que se iban a perder o lo que iban a ganar. Ellos seguían cada movimiento con la mandíbula tensa, sin atreverse a tocarse, esperando la señal.

La música se cortó y nos lanzamos las cuatro a la vez, a empujones, peleando por un sitio. Tres lo conseguimos: nos dejamos caer y los sentimos entrar de golpe, hasta el fondo. Carla se quedó de pie, fuera de juego, mordiéndose el labio y maldiciendo en voz baja.

Volvió a sonar la canción y las tres afortunadas empezamos a cabalgar buscando el orgasmo, aunque eran tan pocos segundos que en cuanto el ritmo se detenía teníamos que levantarnos a toda prisa y dejarlos a medias. Esa era la trampa del juego: nunca el tiempo suficiente.

***

Segunda ronda. Carla no pensaba repetir el papel de espectadora. En cuanto la música paró, le metió un empujón a Lucía y se sentó de una clavada justo encima del novio de su amiga, para más guasa.

—¡Tramposa! —gritó Lucía, muerta de risa, señalándola con el dedo.

—Aprende, bonita —contestó Carla, moviéndose despacio para restregárselo por la cara.

Los insultos iban y venían toda la noche, pero siempre desde el cariño, como una broma compartida. Bruno, en su rincón, tenía una erección imposible y no paraba de acariciarse mientras nos miraba. Disfrutaba más que nadie, y eso que ni se había movido del sillón.

Tercera ronda. Cuarta. Quinta. La mecánica era siempre la misma y siempre distinta: la música sonaba unos segundos, cabalgábamos como si en ello nos fuera la vida, y de golpe el silencio nos obligaba a levantarnos y a cambiar de regazo. Cada vez tocaba un hombre diferente, una postura diferente, un ritmo diferente. Yo perdí la cuenta de cuántas veces me senté y a cuántos sentí.

Lo más cruel era ese instante de transición, cuando los dejábamos a medias y corríamos a girar otra vuelta. Ellos se quedaban tensos en las sillas, con las manos agarradas a los reposabrazos para no tocarse, mirándonos pasar con una mezcla de súplica y rabia contenida. Nosotras lo alargábamos a propósito, contoneándonos un poco más de lo necesario, sabiendo exactamente lo que les hacíamos.

Llegamos hasta ocho rondas antes de que empezaran las explosiones.

Estábamos torturándolos sin piedad, dándoles solo un poquito cada vez, dejándolos al borde una y otra vez para arrancarnos en el último segundo. Aquellos tres no iban a aguantar mucho más, y se les notaba en la cara, en la respiración entrecortada y en cómo apretaban los dientes cada vez que la música nos obligaba a separarnos de nuevo.

***

En la ronda ocho volvimos a sentarnos sobre las parejas que nos tocaron. Para entonces entrábamos con una facilidad ridícula: lo que no resbalaba por una resbalaba por otra, todo mezclado, las clavadas convertidas en coser y cantar.

Cuando la canción se detuvo, ninguno de ellos esperó la señal de levantarse. Dos de los chicos agarraron con fuerza las caderas de la que tenían encima y empezaron a terminar dentro, con unas sacudidas largas que les recorrieron entero. Un par de convulsiones después, las dos mujeres se quedaron quietas, sintiéndolo todo, con el pulso latiéndoles entre las piernas de tanto cabalgar.

Hubo risas y algún aplauso. Solo había una cara de fastidio: la del tercero, que se había quedado a las puertas. Le pidió a su pareja que siguiera, aunque la música ya no contara para nada, y ella le hizo caso encantada. Pocos segundos más tarde era la tercera en quedar igual de satisfecha que las otras dos.

Y en un extremo del salón, una cuarta mujer con cara larga: Carla otra vez, que tras su jugada maestra de la segunda ronda había vuelto a quedarse sin premio.

—Yo también quiero lo mío —protestó, cruzándose de brazos como una niña.

Una de las que aún tenía a su hombre dentro le señaló el rincón con la barbilla.

—Pues ve a por la de mi novio, que lo tienes ahí pasmado mirando.

***

Era Bruno, claro. El árbitro. Llevaba toda la partida acariciándose y tenía el sexo enrojecido, brillante, en ese punto exacto en que cualquier roce de más lo iba a desbordar.

Carla no se lo pensó. Se acercó a él, que seguía de pie junto a la pared, y se levantó un poco sobre las puntas de los pies para encajárselo despacio, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo entero. Quedaron los dos enfrentados, ella colgada de su cuello, y empezaron a moverse rápido, sin la disciplina del juego, ya solo buscando el final.

No tardó ni un par de minutos. Bruno la sujetó contra él y dejó por fin de mirar para sentir, vaciándose dentro con un gruñido ronco mientras Carla le clavaba las uñas en la espalda.

—Por fin —suspiró ella, dejándose caer de nuevo sobre los talones.

Ya estábamos las cuatro con nuestra recompensa.

***

Nos quedamos desnudos un buen rato, despatarrados en el sofá y en la alfombra, sin ganas de vestirnos. Alguien sacó otra botella y brindamos por la casa rural, por el frío de afuera y por Bruno, que ya planeaba la siguiente edición del torneo con tres sillas y una cuarta de repuesto «para que no quede nadie fuera».

La chimenea seguía crujiendo. Carla, con la cabeza apoyada en mis piernas, miraba el techo con una sonrisa de gata satisfecha.

—El mejor juego que hemos inventado —dijo.

Y nadie se lo discutió. De todos los sábados en el club de Damián, de todas las noches que llevábamos compartiendo, aquella era la que íbamos a recordar para siempre. El juego de las sillas, lo llamamos. Aunque, la verdad, de sillas tenía bien poco.

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Comentarios (4)

Fer_1992

La premisa del juego me enganchó desde la primera linea, no pude parar de leer. Muy bueno!

NocheCaliente79

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mas!!!

LucilaRosada

jajaja el título lo dice todo 😂 excelente relato

CarlosLector88

Muy original la dinamica, nunca leí algo así. Me encantó

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