Lo que dos lancheros nos propusieron en la playa
La tarde anterior la pasamos en la casa de campo de Tere, las cuatro juntas, con Ingrid. Fue una de esas tardes que se quedan pegadas a la piel: el placer de estar otra vez en nuestro rincón de siempre y, sobre todo, la suerte de haberla compartido con ella, que apenas llevaba unos días en el país y ya nos tenía a todas enamoradas.
Ingrid era austríaca, estaba de paso, y tenía esa manera tan suya de reírse de todo sin juzgar nada. Cuando salimos cargadas con las bolsas de lo que habíamos comprado, fue ella la que insistió en quedarse a dormir en mi casa esa noche. Las demás se despidieron en la puerta y nosotras dos subimos riéndonos como adolescentes.
Nos duchamos juntas, jugando con el chorro de la regadera, y comimos las sobras de pie en la cocina. Yo estaba agotada, pero ella no tenía sueño. Cuando por fin me acosté, la sentí entrar al cuarto y sentarse en la orilla de la cama, con el camisón enrollado en la cintura y las piernas abiertas, sin bragas, mostrándome un coño rosado y ya brillante que era una invitación que no hacía falta poner en palabras.
Tiene unas piernas que me vuelven loca. Las acaricié desde la rodilla hacia arriba, despacio, hasta encontrar la carne mojada entre sus muslos. Le pasé dos dedos por los labios del coño, de abajo hacia arriba, y ella soltó un suspiro largo cuando le rocé el clítoris hinchado. Estaba caliente, más que yo incluso, porque al recordar lo que quería contarle ya iba reviviendo cada imagen en mi cabeza.
—¿Has estado en Austria? —me preguntó de pronto, mientras me besaba el cuello y me mordía el lóbulo—. ¿O por qué haces tantas cosas como las hacemos allá?
—Nunca estuve. Solo conocí a un austríaco, hace años. Uno al que adoré y al que sigo adorando un poco. Con él hice cosas que antes nunca me había atrevido a hacer.
—Cuéntame —pidió, acomodándome dos almohadas en la espalda para que quedáramos a la misma altura—. Quiero saber qué sentiste. Y qué sientes todavía. Cuéntame cómo te folló.
Por dónde empezar. Le dije que, para entenderlo, tenía que hablarle primero de Andrés.
Andrés es hoy mi marido, pero en aquel entonces solo éramos amigos. Amigos muy íntimos, de esos que se cuentan todo y a veces algo más. Su empresa tenía las oficinas unos pisos por encima de las nuestras, en el mismo edificio, y comíamos juntos casi a diario en el mismo restaurante. Primero hablábamos de trabajo; después, de todo lo demás, de con quién había cogido cada uno el fin de semana, sin filtros.
Un día le llegaron visitas de la casa matriz, en Suiza. Tres hombres jóvenes, y entre ellos un austríaco medio novato. Entré a la sala de juntas ofreciendo café y él me pidió un capuchino. Le sostuve la mirada lo más pícara que pude y se lo llevé yo misma. Cuando se lo entregué, los demás se rieron por lo bajo; no entendí el chiste, pero sí entendí cómo me miraba: como si ya me estuviera desnudando, deteniéndose en mis tetas y en la curva del culo cuando me di la vuelta.
Esa misma tarde Andrés había quedado en verse con él en su hotel. Me animé a acompañarlo. El austríaco, que se llamaba Klaus, no bajaba, así que subimos a buscarlo. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Andrés la empujó y me llevé la sorpresa de mi vida: Carolina, su secretaria, cabalgaba sobre Klaus completamente desnuda, con las tetas rebotando y la boca abierta, mientras él le clavaba la verga hasta el fondo agarrándola de las caderas. Se oía el chapoteo húmedo de ella subiendo y bajando, y los gemidos entrecortados de los dos.
Cerramos la puerta sin hacer ruido. Yo estaba furiosa, no sabría decir por qué, aunque el coño me palpitaba de pura envidia.
—¡Es tu secretaria! —le reclamé a Andrés en el pasillo.
—Déjala, es libre de coger con quien se le antoje —me contestó, divertido—. No seas celosa.
Eso me encendió todavía más, aunque yo jamás me habría considerado celosa. Bajamos a esperar al bar. Cuando Klaus apareció, ya repuesto, cenamos los tres y se me fue pasando el enojo entre copa y copa. Él me miraba distinto, y yo a él: la imagen de su polla desapareciendo dentro de Carolina no se me iba de la cabeza y me tenía las bragas empapadas debajo del vestido.
Andrés le preguntó qué quería conocer de México y Klaus dijo que un lugar sin turistas, junto al mar. Propuse Bahía Serena, un puerto pequeño en el Pacífico, y a la mañana siguiente los tres tomábamos un avión. Andrés había reservado tres habitaciones, una para cada uno, «para que todos tengamos libertad de coger», dijo guiñándome un ojo.
***
La primera tarde la pasamos en la playa. Al volver, colgué mi bikini mojado en el balcón, que daba al océano, sin molestarme en vestirme del todo. Fue entonces cuando descubrí una cámara asomándose por encima del muro que separaba mi balcón del de al lado. Solo se veían las manos, pero no hacía falta pensar mucho: del otro lado solo podía estar Klaus.
Respiré hondo y decidí dejarlo hacer. Puse mi mejor pose, fingiendo que no me había dado cuenta, sonriendo al vacío. Me solté el nudo del bikini y dejé caer la parte de arriba. Me acaricié las tetas despacio, pellizcándome los pezones hasta ponerlos duros, sabiendo que él estaba disparando cada segundo. Si quieres fotos, te las voy a dar. Al día siguiente repetí la escena, esta vez sin nada que me cubriera, y para rematar me senté en la tumbona de piernas abiertas y me pasé dos dedos por el coño, hasta que los saqué brillantes de mi propio jugo. Lo dejé llenar el carrete.
Esa noche, después de bailar hasta tarde en un bar de la costa, Andrés se retiró temprano y nos dejó solos. Klaus no hablaba español y yo apenas chapurreaba su idioma, pero nos entendimos perfectamente con las manos y las miradas: le apreté el bulto por encima del pantalón en el ascensor, sentí lo dura que ya la tenía, y él me metió la lengua hasta la garganta hasta que se abrieron las puertas.
A la mañana siguiente fui a su cuarto con la excusa de avisarle del desayuno. Estaba en calzoncillos, cubierto a medias por la sábana, con el bulto marcado y las piernas separadas. Acerqué mi silla a la cama y, con Andrés de traductor antes de marcharse, le confesé lo que quería. Andrés se lo dijo en inglés con una sonrisa: que yo deseaba follármelo hasta perder el sentido y no sabía cómo pedírselo.
Klaus me jaló de la nuca y me besó. Yo le devolví otro más fuerte, mordiéndole el labio. Cuando Andrés cerró la puerta al salir, ya estaba a su merced y no quería estar en ningún otro lugar.
—¡Ingrid, no te imaginas lo bien que la estaba pasando! —le dije, interrumpiendo mi propio relato—. No te duermas, que viene lo mejor.
—No me duermo —murmuró ella contra mi pecho, chupándome un pezón—. Sigue, por favor. Pero déjame sentir tus piernas.
Acomodó las dos almohadas debajo de las mías y se recostó pegada a mi costado. Me abrió los muslos con una rodilla y encajó su pierna contra mi coño, apretando, mientras seguía mamándome las tetas y yo hablaba. Las dos estábamos al rojo vivo: a ella la encendía mi historia y a mí me encendían su lengua y ese muslo firme que se restregaba contra mi clítoris.
Klaus me desnudó despacio, prenda por prenda, y se tomó su tiempo. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndolos justo antes de soltarlos, y bajó lamiéndome el vientre hasta hundir la cara en mi coño. Me lamió despacio, con la lengua plana, de abajo hacia arriba, y después me clavó la punta en el clítoris hasta ponerme a temblar. Metió dos dedos y los curvó hacia adelante mientras seguía chupándome, y yo le agarraba el pelo empujándole la cabeza contra mi coño, gritando en un español que él no entendía pero que le encantaba.
Cuando ya me tenía deshecha, se subió sobre mí. Le agarré la polla con la mano y casi me da miedo lo dura y lo gruesa que la tenía: rosada, con la vena hinchada y la punta mojada. Se la guié yo misma a la entrada del coño y él empujó de una sola embestida, hasta el fondo. Me penetró firme, pero, una vez dentro, no se movía: seguía acariciándome, besándome cada centímetro, preguntando una y otra vez en su inglés torpe si me gustaba tenerlo dentro. Yo me deshacía de pura desesperación, sintiéndolo enorme y quieto, apretándolo con los músculos del coño, subiendo las caderas para follármelo yo si él no lo hacía, queriendo venirme sin lograrlo del todo.
—Bitte —le supliqué, «por favor», la única palabra que recordaba en alemán—. Fóllame, Klaus, fóllame ya.
Entonces empezó, despacio primero, sacándomela casi entera para volver a hundirla de golpe. El sonido de nuestros cuerpos chocando, del chapoteo de mi coño empapado tragándose su polla, llenaba el cuarto. Me llevó al borde tres veces y me frenó otras tres, hasta que le clavé las uñas en la espalda pidiéndole más.
Después me volteó boca abajo y me puso las almohadas bajo el vientre, levantándome las caderas y dejándome el culo bien expuesto. Me besó y me lamió donde nunca nadie lo había hecho: la lengua caliente subiéndome por la raja, dando vueltas alrededor del ojete y hundiéndose de a poco. Yo nunca había probado el sexo anal, y cuando entendí lo que buscaba sentí miedo y deseo a partes iguales. Le sentí un dedo mojado empujando ahí, luego dos, abriéndome despacio.
Se puso un condón. Me dio una nalgada suave para que me relajara y empujó con una paciencia que me derretía. La punta de la polla forzando el anillo, ganando terreno milímetro a milímetro. Al principio ardía como un carajo, y solté un quejido largo cuando por fin cedí y lo sentí entrar hasta la mitad. Su mano se coló por debajo hasta mi clítoris y empezó a frotármelo en círculos, y todo se volvió una sola sensación insoportable de dolor y placer mezclados. Cuando estuvo entero adentro, se quedó quieto, respirándome en la nuca, hasta que fui yo la que empecé a mover el culo contra él, pidiéndole que me follara ahí también. Empezó a bombearme el ojete con embestidas cortas, cada vez más rápidas, y yo mordía la almohada para no despertar el hotel entero, corriéndome con una sacudida que me atravesó de arriba abajo.
Cuando ya no podía más, me volteó, se quitó el condón y me sentó sobre él, hundiéndose en mi coño hasta el fondo. Le cogí la polla, todavía manchada, y me la volví a meter yo misma con las dos manos, temblando.
Me levantaba de las caderas y me dejaba caer, marcándome el ritmo, hasta que entendí que quería que yo lo cabalgara. Empecé despacio, apoyando las manos en su pecho, y terminé furiosa, moviéndome rápido, apretándolo con el coño en cada bajada, sintiéndolo tensarse, con las tetas rebotándome en la cara. Me chupó un pezón, me mordió el otro, me metió el pulgar en la boca para que se lo mamara, y yo, muerta de gusto, se lo chupé como si fuera su polla. Sentí cómo se ponía todavía más duro dentro de mí y le grité que se viniera, que me llenara, y él lo hizo con un temblor largo, corriéndose a chorros dentro de mi coño con un gemido ronco. Yo ya me había corrido antes que él, tan fuerte que el orgasmo me duró varias embestidas más, sintiéndolo palpitar cada vez que se vaciaba. Cuando se salió, me chorreó su semen caliente por los muslos, y yo me lo unté con la mano y me chupé los dedos frente a él.
Nos duchamos juntos, él enjabonándome con una ternura que no esperaba, y todavía volvimos a coger de pie, con mi mejilla contra los azulejos y su polla otra vez dura entrándome por detrás. Así conocí a tu paisano —le dije a Ingrid—, y así me enamoré un poco de él para siempre.
***
—Me dejas a medias —protestó Ingrid, ya sin disimular las ganas, con la mano metida entre sus propios muslos, frotándose el coño delante de mí—. Me muero por conocer ese lugar. Pero mañana tengo que irme.
Le agarré la mano y me la llevé a la boca, chupándole los dedos empapados de su propio jugo.
—¿Y si no te vas? —le solté de golpe—. Tengo tres días libres por el puente. Vámonos las dos a Bahía Serena. Y prometo hacerte correr como nunca antes de subir al avión.
Se incorporó de un salto, con los ojos brillándole y los pezones tiesos.
—¿De verdad? Me quedo más días en tu tierra y vamos. Yo pago el viaje.
La empujé de espaldas contra el colchón y me hundí entre sus muslos sin más trámite. Le abrí los labios del coño con los pulgares y le pasé la lengua entera, lento, saboreándola. Estaba dulce y salada a la vez, y hervía. Le chupé el clítoris hasta que empezó a jalarme el pelo, y le metí tres dedos hasta el fondo, curvándolos, sintiéndole ese punto esponjoso que la hacía arquearse. Se vino en mi boca gritando en alemán, apretándome la cara contra su coño con las dos manos, y yo no la solté hasta que me empujó riéndose porque ya no aguantaba más.
Conseguimos vuelo para el mediodía siguiente. Arreglé con Tere que me cubriera en el trabajo y así, medio locas, empezamos nuestra propia aventura.
En el aeropuerto hicimos amistad con la chica de una agencia de autos que, sin que le compráramos nada, nos consiguió un hotel pequeño y alegre, atendido por una pareja joven y guapísima: Raúl y Diana. Nos instalamos, comimos ahí mismo y salimos a caminar.
En el muelle reconocí a Memo, el lanchero que años atrás me había llevado a la isla con Klaus. Me recordó al instante y se ofreció a cruzarnos de nuevo. Esta vez lo acompañaba Beto, un poco mayor, igual de descarado. Nos invitaron a subir al techo de la lancha a tomar el sol sin marcas, y a Ingrid le pareció de lo más divertido quitarse todo. Los dos se acomodaron el bulto en el pantalón sin disimular cuando la vieron ponerse en cuatro para trepar.
Anclaron cerca de la playa, bajaron el motor y nos sirvieron cervezas. No hizo falta ser muy lista para entender que algo se traían entre manos: no nos quitaban los ojos de las tetas ni del coño depilado de Ingrid.
—¿La vez pasada el extranjero te pagaba? —preguntó Memo, directo.
—No. Era un huésped de la empresa, un fotógrafo que quería retratarme y yo lo dejé. Y esta de aquí es Ingrid, también extranjera, también muy entrona, pero ella es mi amiga.
—¿Y qué buscan ahora? —insistió Beto, sin quitarle los ojos de encima a Ingrid.
—Algo que nos deje un buen recuerdo de ustedes —les dije—. Que nos divierta. Y… bueno, un par de vergas duras que sepan usarse.
Los dos se rieron y brindaron. Quedamos en vernos esa misma noche.
***
Esa noche, sin embargo, la diversión empezó antes de lo previsto. Raúl y Diana nos invitaron a cenar en el restaurante del hotel y, entre la música tropical y los tragos, la plática se fue calentando. Ingrid, ya suelta, les confesó que no era exactamente lesbiana, pero que de vez en cuando sí le encantaba comerle el coño a una mujer, y eso bastó para que la pareja quisiera averiguar hasta dónde llegaba ese «de vez en cuando».
Subimos a su habitación a seguir la fiesta. Diana se acercó a Ingrid y la besó sin preámbulos; mi amiga respondió arqueándose contra ella mientras Diana le metía la mano bajo la blusa y le pellizcaba los pezones. Le abrió la blusa de un tirón, le sacó las tetas del sostén y se agachó a chupárselas, mientras Ingrid le abría la falda a Diana y le colaba los dedos entre los muslos. Terminaron en el suelo, enredadas, besándose largo con las dos manos metidas en el coño de la otra, y el veredicto unánime fue que las dos servían perfectamente para esto.
Yo estaba de pie con Raúl detrás, que me había subido la falda y me apretaba el culo con las dos manos, restregándome la polla ya dura por encima de las bragas.
—El problema —se rio Diana, despeinada, con la boca brillando del jugo de Ingrid— es que somos cuatro y solo hay un hombre.
—Yo lo resuelvo —dije, y me quité la ropa mientras ella hacía lo mismo.
Nos abrazamos en un sesenta y nueve sobre la cama, las dos gozando a la vez. Le abrí el coño con dos dedos y le clavé la lengua adentro, chupándole el clítoris con la boca entera, mientras ella me hacía lo mismo. Me lamía de arriba abajo, del clítoris al ojete, y de tanto en tanto se detenía a chupar mientras me metía tres dedos hasta el fondo. Nos mordíamos los muslos, los labios del coño, hasta que las dos pedíamos más.
Entonces repartimos a Raúl. Tenía fama de rápido, así que me lo monté primero sin dejarlo terminar. Me lo puse en la boca antes de nada, chupándoselo entero, tragándomela hasta que se me llenaron los ojos de agua, y él gemía agarrándome el pelo. Cuando se le empezó a hinchar peligrosamente, me lo saqué de la boca de un pop y me subí encima, dejándome caer sobre su verga y frenando cada vez que sentía que iba a estallar. Se lo pasé a Diana un rato: ella se lo cabalgó de espaldas, mirándome, con el clítoris al aire para que Ingrid, tirada entre sus piernas, se lo chupara mientras él le cogía el coño desde abajo.
Lo recuperé yo un rato después, poniéndome en cuatro sobre la cama, y le pedí a Raúl que me la metiera por detrás. Me clavó la verga hasta el fondo del coño de una embestida y me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás, mientras Ingrid se metía debajo de mí y me chupaba el clítoris con Diana besándola. Cuando lo sentí a punto de estallar se lo cedí a Ingrid, que se le subió encima de espaldas a él, cabalgándolo mirándonos a nosotras, con las tetas rebotándole y la boca abierta, y se vino gritando en alemán como yo no la había oído nunca. Vi cómo se le contraía el coño alrededor de la polla de Raúl, cómo un chorrito le corría por el muslo.
—Te toca, amiga —me dijo Diana, generosa, todavía con el sabor de Ingrid en la boca—. A este lo tengo siempre.
Me apoderé de Raúl y me esmeré en darle la mejor cabalgata de su vida. Me lo puse boca arriba y le lamí la polla de la base a la punta, sacándole gotas de líquido preseminal que me tragué mirándolo. Me lo monté a horcajadas y empecé a subir y bajar despacio, apretando el coño en cada bajada. Le puse las tetas en la cara para que me las mordiera. Diana se le sentó encima de la boca para que se la comiera mientras yo lo cabalgaba, y las dos nos besamos por encima de él, mordiéndonos la lengua. Lo mantuve firme largo rato y, cuando ya me sentía servida, me dejé ir contrayendo el coño en oleadas, provocando que él se viniera dentro de mí con un gemido que despertó a medio hotel, llenándome hasta que sentí su semen escurriéndome por los muslos cuando me levanté.
Ingrid se agachó y me lamió lo que me chorreaba, saboreando la mezcla de los dos.
***
Al día siguiente, después de pasear y comer con Raúl y Diana, volvimos al hotel y nos encontramos a Memo y Beto esperándonos en la recepción. Nos habían buscado en medio puerto para invitarnos a salir. Cansadas y todo, nos arreglamos y nos fuimos con ellos.
Nos llevaron en una moto-taxi a una palapa llena de música y de gente del lugar. Bebimos cerveza, bailamos pegados —Beto me apretaba el culo con las dos manos y me metía la lengua en la oreja, y yo le sentía la verga durísima contra la panza— y, ya entrada la noche, caminamos hasta la orilla del mar. Detrás de un montículo, Beto extendió unas lonas sobre la arena. Las dos sabíamos perfectamente para qué.
Nos desnudaron entre risas y cerveza. Beto tenía una polla morena, gruesa, curva, que a Ingrid se le fueron los ojos apenas la vio. Memo la tenía más fina pero larguísima, y se la sacudía frente a mi cara con una sonrisa. Frené a Beto antes de que se apurara, lo puse boca arriba y le di el mismo tratamiento que le había dado a Raúl: le lamí los huevos uno por uno, me llené la boca con su verga, la chupé despacio con la lengua enroscada, llevándolo al borde una y otra vez y soltándolo justo antes de que se corriera. Cuando la punta empezaba a hincharse le apretaba la base con los dedos y me lo sacaba de la boca.
Ingrid me copió con Memo, arrodillada al lado mío, mamándosela con una devoción que me calentaba solo de verla. La saliva le chorreaba por la barbilla. De tanto en tanto nos mirábamos y nos reíamos, y una le pasaba la polla del suyo a la boca de la otra para probarlas las dos. Cuando por fin nos apiadamos de ellos, me monté a Beto en la arena, cara a cara, hundiéndome sobre su verga curva y meciéndome despacio. Sentía cómo esa curvatura me raspaba justo el punto de adentro, y grité cuando me vine la primera vez con él todavía duro. A los pocos minutos me di la vuelta y me lo cabalgué de espaldas, con las manos en la arena, mientras Ingrid a mi lado se dejaba coger en cuatro por Memo, que le agarraba las caderas y le metía la verga larga hasta el fondo con embestidas secas.
Cambiamos otra vez. Me pasaron a Memo y ella se quedó con Beto. Yo me tumbé en la lona con las piernas abiertas y Memo se hundió encima de mí, follándome despacio pero profundo, con esa polla que parecía no terminar nunca. Al lado, Ingrid gemía a cuatro patas mientras Beto le daba nalgadas y le arrastraba la verga curva por el coño. Los hicimos durar a los dos, largo y húmedo, hasta que terminaron rendidos sobre la arena, Memo vaciándose sobre mi vientre a chorros calientes y Beto corriéndose adentro de Ingrid con un gruñido de animal.
Cuando quedamos cubiertas de arena, con las piernas todavía temblando y el semen escurriéndonos, nos metimos los cuatro al mar, desnudos. El agua tibia me lavó los muslos manchados y sentí las manos de Memo cerrándose otra vez sobre mis tetas por debajo del agua. Al rato se sumaron otras parejas de la zona, imitándonos, y la noche se volvió un juego de cuerpos que se rozaban en el agua tibia sin más compromiso que el placer del momento. Alguien me metió los dedos por detrás sin que yo alcanzara a ver quién, y me dejé, riéndome, mordiendo el hombro de Ingrid que estaba siendo besada por una desconocida.
De regreso al hotel, Ingrid venía callada, pensativa. En la recepción todavía estaban Raúl y Diana, que nos preguntaron cómo nos había ido. Ella los miró, me miró a mí, y por fin habló.
—Qué maravilla es este país —dijo, todavía agitada, con el pelo lleno de arena y las mejillas encendidas—. Gente que de verdad quiere unirse a ti, aunque sea por un rato, sin compromiso y sin celos. Amo este lugar. Y te amo a ti, seas lo que seas: lesbiana, bisexual o lo que quieras llamarlo.
La besé despacio, ahí mismo, frente a la pareja que sonreía, metiéndole la mano bajo la falda y sintiéndole el coño todavía húmedo y caliente.
—Una viene con la mente limpia, a meditar —se rio bajito contra mi boca—, y termina con dos vergas y un coño de mujer en la misma noche. Bendito México.





