La noche que mi amiga y yo intercambiamos esposos
Esto pasó cuando todo volvió a la normalidad después del encierro largo, ese en el que el mundo entero se detuvo. Para entonces, mi marido y yo llevábamos meses arrastrándonos por la misma rutina gris. Teníamos sexo una vez al mes, si había suerte. Él siempre con la misma excusa: el trabajo, el cansancio, las ganas que se le iban por el camino.
Una de esas pocas noches en que acabábamos de tener sexo, se quedó mirando el techo y soltó lo que llevaba tiempo pensando.
—Estamos demasiado lejos el uno del otro —dijo—. ¿Y si reavivamos esto?
—¿Cómo? —pregunté, sin moverme.
—Hace tiempo que fantaseo con un trío.
La idea me agarró desprevenida. Le contesté que no me imaginaba chupándosela a dos hombres toda la noche, ni dejando que me dieran por detrás. El anal nunca fue lo mío y él lo sabía. Aceptó el no sin discutir y la conversación se apagó ahí.
Pero a mí se me quedó otra idea dando vueltas en la cabeza. En la universidad había hecho algo parecido con mis amigas: un intercambio. En aquel entonces yo estaba soltera y me dejaba llevar por quien me gustara, mientras ellas iban con sus novios de turno. La diferencia era que ahora yo también tenía con quién jugar.
Al día siguiente le escribí a Lucía. A ella ya la conocen de otras cosas que conté: morena, de mi estatura, tetas pequeñas y un culo respingón que los años no le tocaron. Le mandé un mensaje contándole lo del trío que me había propuesto mi marido y le aclaré que esa no era la idea que me calentaba a mí.
—Me acordé de lo que hacíamos en la facultad —le escribí.
—Estás loca —me respondió, con una carcajada metida entre las palabras—. ¿Después de tantos años?
Dejé pasar la tarde y volví a la carga, esta vez sin rodeos. Le propuse que nos viéramos los cuatro: ella con Diego, con quien ya llevaba años viviendo, y yo con mi marido. Unos tragos en un bar, y si la cosa fluía nos íbamos a su departamento a ver qué pasaba. Al principio se resistió. Después de un rato me escribió que estaba bien, pero que si llegado el momento no se animaba, me lo diría sin culpa. Quedamos el viernes en un bar del centro.
Esa misma tarde mi marido pasó a buscarme cerca del trabajo. Hablamos de los niños y de tonterías hasta que solté que Lucía nos había invitado a tomar algo el viernes. Puso cara de fastidio, la excusa de siempre, el cansancio. Le dije que tenía semanas sin salir, que solo quería unos tragos. Terminó aceptando.
***
El viernes nos encontramos cerca del bar. Diego tiene auto pero odia manejar, así que el único coche que llevamos fue el nuestro. Mi marido quedó como conductor designado y se conformó con una sola cerveza. La charla era cómoda; entre vodka y vodka, Lucía, Diego y yo nos íbamos soltando, recordando la universidad. Hasta que vi la cara de mi marido. Cuando hay demasiado ruido alrededor se pone de malas, y se estaba poniendo de malas.
—¿Y si seguimos esto en su depa? —propuse, mirando a Lucía y a Diego.
Aceptaron al instante. A mi marido se le iluminó la cara apenas entendió que no tendría que aguantar más música a todo volumen. Salimos, nos metimos los cuatro en el auto y paramos en una tienda a comprar tres botellas más. Mientras ellos bajaban, le mandé un mensaje a Lucía desde el asiento.
—¿Te vas a animar? —escribí.
—Sí, pero estoy nerviosa. Necesito más alcohol.
—A mí me pasa lo mismo. El mío no sabe nada del plan.
—Diego tampoco. Hay que emborracharlos un poco.
Llegamos al departamento. Le dije a mi marido que se relajara, que esa noche ya no iba a manejar, y Lucía remató ofreciéndonos quedarnos a dormir si hacía falta.
Pusieron música y empezamos a beber. Poco a poco vi cómo mi marido se soltaba. Lucía y yo arrancamos con las anécdotas de la facultad, esas que contábamos a medias, callándonos siempre la parte más caliente. Fue ahí cuando mi marido se enteró de que Diego había sido primero mi novio y después el de Lucía.
—Entonces son hermanas de leche —soltó Diego, ya entonado.
Nos reímos los cuatro, y con esa risa empezó todo.
Con el alcohol corriendo, admitimos que era verdad, que las dos nos habíamos acostado con él en otra época.
—Sí, pero eso era cuando estaba más flaca —dije—. Ahora tengo mejores nalgas.
—Sin duda —contestó Diego.
—Hey, eso es mío —saltó mi marido.
—Pero primero fue mío —devolvió Diego, y volvimos a estallar de risa.
Lucía hizo un gesto de fingida molestia. Para que mi marido no quedara afuera, la levanté de un brazo.
—A ver, párense las dos. Diganos la verdad: ¿cuál está más nalgona?
Diego respondió enseguida que Lucía. Miré a mi marido y le exigí que fuera honesto. Se quedó observándonos a las dos, serio, calculando.
—La verdad… sí. Lucía está más nalgona.
Nos doblamos de risa otra vez. Para no perder el envión, Lucía contraatacó.
—Pero mirá las tetas que carga ella.
Me crucé de brazos por debajo del pecho y lo levanté.
—Ahí sí te gano.
—Y eso ahora es solo mío —dijo mi marido, apretándome una.
Diego no se quedó atrás; abrazó a Lucía por la espalda y le tomó las dos.
—Igual no me quejo de estos limoncitos.
***
La música seguía y Lucía me levantó para bailar. Nos abrazamos y me habló al oído.
—¿Cómo hacemos? Ellos no se animan.
—Seguime la corriente.
Me acerqué y la besé en la boca. Me respondió de inmediato, con ganas, y nuestros maridos empezaron a silbar y aplaudir como si fuera un espectáculo. Nos separamos y cada una fue hacia el suyo. Es ahora o nunca, pensé.
—¿Qué preferirías —le pregunté a mi marido—, verme besar a Lucía o a Diego?
—A los dos —dijo, sin titubear.
Lucía estaba sentada sobre las piernas de Diego. Me agaché un poco, volví a besarla a ella y después busqué la boca de Diego, que me respondió metiéndome la lengua hasta el fondo.
—¿Y yo? ¿Me voy a quedar mirando? —protestó mi marido.
Lucía se acercó a él y repitió la jugada: lo besó primero a él, después a mí. Pero esta vez, mientras me besaba, me metió la mano bajo la blusa y me sacó un pecho. Sentí otra boca recorriéndome la espalda y una mano sacándome el otro pecho. Abrí los ojos: era mi marido. Giré la cabeza hacia Diego, que ya se acariciaba el bulto del pantalón, mientras Lucía, con la mano libre, le apretaba la entrepierna a mi marido.
La tomé del brazo y la senté en las piernas de él. Se siguieron besando y vi cómo mi marido le estrujaba las tetas a Lucía. Me levanté y, con los pechos al aire, fui hacia Diego. Le abrí las piernas, me senté en su regazo y sentí su erección clavándose contra mi falda de mezclilla.
—Me había olvidado de tus pezones —murmuró—, pero siguen igual de ricos.
Empezó a chuparlos mientras me agarraba el culo con las dos manos. Yo me movía despacio, adelante y atrás, sintiéndolo durísimo a través de la ropa. No quise mirar hacia donde estaban los otros dos. Solo quería concentrarme en esa dureza que me era familiar y desconocida a la vez.
Me sacó la blusa y me desabrochó el sostén de un tirón. Yo le arranqué la remera y le besé el cuello mientras él metía la mano bajo mi falda y me corría la ropa interior, una de encaje que me había puesto a propósito para esa noche. Me bajé de sus piernas, le abrí el pantalón y le saqué la verga. Era exactamente como la recordaba: más gruesa que la de mi marido, del mismo largo. Me la llevé a la boca y me la quedé un rato largo, hasta que él me levantó y me recostó en el sillón.
Me abrió las piernas y hundió la cara entre ellas. Su lengua trabajaba lento, jugando con la franja de vello que siempre me dejé. Fue entonces cuando giré la cabeza y los vi. Lucía estaba desnuda, de rodillas frente a mi marido, chupándosela con devoción. Él, de pie, me clavó la mirada con la cara desfigurada de placer. La levantó, la dio vuelta hacia mí y la dobló para metérsela.
De un empujón entró y Lucía soltó un gemido largo. Desde donde yo estaba le veía las tetas pequeñas colgando, los pezones oscuros balanceándose. Diego se incorporó y me acomodó la punta en la entrada.
—No te vengas adentro —alcancé a decir.
Me la metió y se me fue el aire. Era del tamaño de la de mi marido pero más gorda, y eso lo cambiaba todo. Me embistió un buen rato hasta que le pedí que me pusiera en cuatro. Lo hizo, y desde atrás llegó más profundo. Empecé a gemir más fuerte hasta que me sacudió el primer orgasmo.
Cambiamos de posición. Ahora me senté yo encima, me clavé su verga y empecé a cabalgarlo. De reojo vi a mi marido con Lucía en la misma postura; ella tenía la cara de quien acababa de terminar. Me moví más rápido, buscándolo, hasta que un segundo orgasmo me partió en dos. Apenas pasó, lo sentí retorcerse debajo de mí. Me apuré, y terminamos juntos. No alcancé a levantarme: sentí los chorros calientes derramándose dentro mientras todavía me temblaba el cuerpo. Era tanto que enseguida empezó a escurrirse.
Me quedó un sabor a desilusión. Mi marido conocía mi ritmo, siempre me aguantaba más. Aun así, una verga más gruesa dentro tenía su propia recompensa.
***
Cuando me relajé un poco, miré hacia el otro lado. Mi marido tenía a Lucía acostada con las piernas sobre sus hombros, dándole sin tregua. Ella gemía y se pellizcaba los pezones, hasta que lo frenó con un manotazo y se vino otra vez. Él la puso en cuatro y siguió un par de minutos más, hasta que Lucía pidió descanso.
—Esperá, dame un respiro. Ya tuve varios.
Apenas la escuché, me levanté y fui hacia mi marido. Me tendí sobre Lucía para besarla y me ofrecí en cuatro para que él me la metiera. Lo hizo, y al sentir el semen de Diego adentro su verga se puso todavía más dura: le había gustado encontrarse con eso. Me cogió así, en cuatro, mientras yo devoraba la boca de Lucía. No aguantó mucho; supongo que la excitación lo venció y me llenó otra vez. Todo empezó a escurrirme por las piernas hasta gotear sobre Lucía, que con los dedos se lo llevaba a la boca.
—Siempre me tomo el de Diego —me confesó—. Es uno de mis gustos.
La besé saboreando lo que ella estaba chupando, y nos separamos.
Cada uno volvió con su pareja a los sillones donde habíamos empezado la noche, y nos vestimos en silencio. Lo más intenso ya había pasado y ninguno sabía bien cómo mirarse. Lucía propuso que nos quedáramos a dormir, pero mi marido contestó rápido que mejor nos íbamos. Se me acercó al oído.
—No te pongas el sostén.
Me reí y le hice caso. Ya vestidos los cuatro, nos despedimos con un beso en los labios entre todos y bajamos al auto.
***
Eran las tres de la mañana y yo iba todavía borracha. Él dijo que iba mareado pero consciente; le pedí que fuera despacio por las dudas. Arrancó, manejaba perfecto. Estaba mucho más sobrio de lo que admitía. A las pocas cuadras me metió la mano bajo la falda. Yo seguía escurriendo, la ropa interior empapada de semen y de lo mío.
—¿Te gustó lo que hicimos? —preguntó.
—Sí. Fue mejor que un trío.
Se rio. Me corrió la tela a un lado y empezó a meterme un dedo. Los pezones se me pusieron duros, marcándose contra la blusa. Seguimos avanzando por la ciudad dormida: yo con las piernas abiertas y la respiración entrecortada, él con un dedo dentro de mí y la mirada fija en la calle.
Es una lástima que una noche como esa nunca se haya repetido.