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Relatos Ardientes

Dos amigos, dos desconocidas y una noche en Marbella

Nunca llevo a nadie a mis viajes de trabajo. Ni socios, ni amigos. Pero esta vez compré el segundo billete en silencio, como si el silencio me ahorrara tener que explicar por qué lo hacía.

—¿Marbella? —preguntó Andrés cuando le llegó mi mensaje—. ¿Y esto a qué viene?

—Hay una empresa que quiero ver de cerca. Dos noches, nada más. Pensé que te vendría bien cambiar de aire.

Me miró a través de la pantalla como si supiera que había algo más. Y lo había. Aquella tarde en el vestuario del gimnasio todavía me daba vueltas en la cabeza. No por lo que pasó, sino por el silencio que vino después. Andrés había visto algo muy íntimo, algo que yo no tenía intención de mostrar a nadie. Y que no lo hubiera mencionado ni una sola vez volvía el asunto más denso, más raro entre nosotros.

Ya en el avión, con el zumbido blanco del motor de fondo y la calma de los asientos de delante, se lo solté sin anestesia.

—Te invité para poder hablar tranquilos. Lo del vestuario…

Andrés parpadeó despacio, como si lo esperara desde el principio. No parecía incómodo. Ni sorprendido. Solo era él.

—No tienes que justificarte de nada, tío —dijo al fin—. Lo que vi no me pareció ningún drama.

Fruncí el ceño.

—No es que me sienta culpable. Es que no me gusta dejar cosas en el aire con alguien tan cercano como tú.

Giró la cara hacia mí.

—Todos tenemos secretos. Fantasías. Algo turbio que no contamos a nadie. Hace más de doce años que eres mi hermano, y eso no va a cambiar jamás.

—¿Tú crees? —pregunté en voz baja.

Me miró con una calma casi quirúrgica. Y entonces habló.

—Voy a confesarte algo, para que entiendas por qué no te juzgo. Hay una mujer en Valencia —empezó, con voz íntima—. No es mi novia ni mi amante. Es mi Ama. Necesito verla cada dos semanas como mucho.

Tragó saliva y lo dejó salir.

—A veces me ata. Otras me azota. Me da el mejor sexo que he tenido en la vida. Y yo le pago por ello, religiosamente, todos los meses.

Me quedé clavado en el asiento. No tanto por la confesión como por la forma en que la soltó: sin culpa, sin teatro. Una verdad más, como quien dice que prefiere el café sin azúcar.

—Así que no —siguió—. No pienso juzgarte, ni pensar nada raro, por lo que pasó en aquel vestuario. Cada uno encuentra alivio donde puede y donde quiere.

Solté una risa seca, todavía incómoda. Pero por dentro algo se destrabó. Lo miré con otros ojos. Con reconocimiento, casi con admiración.

—Vale —dije en un suspiro—. Entonces estamos igual de pervertidos.

—No. Tú estás peor —sonrió, afilado como siempre—. Yo al menos lo disfruto sin sentirme mal después.

Durante el resto del vuelo no volvimos a tocar el tema. Pero algo entre nosotros había cambiado. Algo se había dicho por fin, y el aire pesaba menos.

***

El día fue eterno. Reuniones, cafés sin sabor, presentaciones llenas de promesas que olían a humo. Andrés aguantó como un campeón, aunque en cada pausa me lanzaba miradas que gritaban «me estoy muriendo aquí dentro».

Cuando por fin salimos del último despacho, me lo pidió en tono medio suplicante.

—Tío, invítame a algo que no sea agua templada en una sala de juntas. Cenemos por el puerto. Salgamos. He visto un italiano que tiene buena pinta.

Acepté sin pensarlo. Yo también necesitaba desconectar.

El restaurante tenía luz cálida, manteles de lino y una carta de vinos que hizo que Andrés arqueara una ceja y soltara: «Aquí cobran por letra». Pedimos pasta, vino blanco muy frío y hablamos largo. De trabajo, de mujeres, de esos agujeros invisibles donde se esconde lo que nunca decimos.

—Saber lo tuyo me hace sentir más libre —dije, dando un sorbo lento.

—Lo mismo digo. No podría haberlo compartido con nadie que no fueras tú.

Yo quería volver al hotel, ducharme y dormir. Pero Andrés ya tenía otro plan. Acabamos en un local de techos bajos, luces violeta y música electrónica suave. En la pista, varias mujeres con vestidos vaporosos bailaban como si nadie las mirara, aunque las miraba todo el mundo. En la barra, dos chicas nos sonrieron al pasar.

—Son holandesas —me dijo Andrés tras cruzar dos frases con ellas en su idioma. En segundos ya se reían los cuatro como si nos conociéramos de antes—. Esta es Lieke —añadió, presentándome a la mía—. Y la otra es para mí —remató, bajando la voz.

Me quedé con Lieke en la barra. Morena, labios gruesos, mirada pícara y un escote que no dejaba mucho a la imaginación. Hablamos más de una hora de viajes, de vinos y de la playa que aún no había pisado. Nos gustábamos. Eso era evidente desde el primer minuto.

Andrés desapareció enseguida con la suya rumbo al paseo marítimo. Me imaginé que estarían fumando o besándose contra alguna barandilla, con el mar de fondo.

Tras otro rato de conversación y miradas, le propuse a Lieke subir al hotel. Aceptó con una sonrisa de las que no prometen nada y lo insinúan todo.

***

Cuando abrí la puerta de la habitación, lo primero que oí fue un gemido largo, húmedo, y el golpe rítmico de una cama contra la pared.

Lieke se detuvo detrás de mí, sorprendida. Yo también.

Ahí estaban: Andrés medio incorporado en su cama, y la otra holandesa encima, cabalgándolo como si fuera lo único que importara en el mundo. El cuarto olía a sexo, a humedad, a cuerpos calientes. Ella gemía en su idioma, con los ojos entrecerrados y el pelo enredado. Andrés la sujetaba por las caderas, marcando el ritmo. Ni siquiera se inmutó al vernos.

—Vosotros a lo vuestro —dijo sin frenar—. No hay problema.

Lieke soltó una risita y me miró. Ni rastro de pudor. Se acercó a la otra cama con la vista fija en mí, mientras su amiga seguía montando a Andrés sin perder el compás. Le dijo algo en holandés, rápido y bajo, como una confidencia entre cómplices. Y sin previo aviso me agarró por la cintura del pantalón y me arrastró hacia el colchón.

Me empujó y se arrodilló para desnudarme. Me dejó sin ropa mientras la otra gemía a pocos metros. Me miró como si tuviera delante la respuesta a todas sus preguntas y se lamió los labios.

—Túmbate —ordenó. Y obedecí.

Lieke se subió a horcajadas, pero no para follarme todavía. Primero se inclinó sobre mí y empezó a besarme el pecho, el cuello, a bajar despacio. Me mordió el vientre. Me lamió. Cuando por fin me la metió en la boca, solté un gruñido entre los dientes. Su lengua era rápida, ansiosa, como si quisiera vaciarme allí mismo.

De reojo vi a Andrés, todavía en lo suyo. Su chica se apoyaba ahora con las manos en su pecho y se movía más lento, más profundo. Los dos nos mirábamos sin incomodidad, conscientes de la escena que estábamos compartiendo.

Lieke se levantó, se colocó encima y se la metió entera de una vez. Gritó.

—Godverdomme… ¡Lorenzo!

La embestí desde abajo, sujetándole los muslos con fuerza, empujando cada vez más hondo. La sentí abrirse. Se corrió en menos de dos minutos, temblando, clavándome las uñas en el pecho.

Pero no paré. Le di la vuelta, me puse encima y le abrí las piernas. Bajé con la boca y la trabajé con la lengua mientras metía dos dedos, después tres. Se corrió otra vez, con la cara empapada de sudor y la voz quebrada.

Entonces hice lo mío. La embestí con un ritmo que no daba tregua, sujetándola por la nuca, mientras ella gritaba mi nombre y se agitaba sin control bajo mi cuerpo.

Andrés y la suya no dejaban de mirar. La amiga jadeaba en holandés, todavía montada sobre él, que también había subido el ritmo.

Lieke se revolvió, con la piel roja de placer.

—Un segundo… por favor… —pidió entre gemidos—. Déjame ir al baño.

Asentí. Salió temblando, y su amiga se bajó de Andrés al instante y la siguió, como preocupada por ella.

Andrés y yo nos quedamos solos, desnudos, sudados, respirando fuerte. Nos miramos y sonreímos.

—Hermano… —dije entre risas, tapándome los ojos con el brazo.

—¿Quién nos viera ahora? —contestó.

—Dos sementales en Marbella —dije—. Cada uno con su faena.

—Y menuda faena —rió—. La tuya gritaba como una actriz de película. La estabas destrozando.

—Justo eso estaba haciendo —fanfarroneé.

***

Cuando las chicas volvieron, algo había cambiado. Se miraron entre ellas, pícaras, sonriendo, y sin decir nada intercambiaron de cama.

La de Andrés se subió a la mía, me agarró sin pensarlo y me susurró al oído.

—Hazme todo eso. Y más.

No hizo falta repetirlo. Me calentó muchísimo que viniera pidiendo una dosis mayor que la de su amiga.

La giré, le abrí las piernas y bajé con la boca como un animal. La lamí, la penetré con la lengua. Un dedo, dos, tres. Ella aguantaba todo, pidiendo más con la mirada.

Cuando la sentí completamente abierta, se la metí hasta el fondo sin aviso. Gritó como si le hubiera abierto el alma. La follé aún más salvaje. Le mordí los pezones, le clavé las manos en las caderas. Me montó, me arañó, se corrió dos veces seguidas sin dejar que me apartara.

Quise ir más allá. Le di la vuelta y, despacio, fui buscando otro camino con la mirada puesta en su reacción, esperando su aprobación. Cuando me la dio, entré poco a poco, haciéndola sentir cada centímetro. La embestí varios minutos así, dejando la marca de mis dedos en sus nalgas, hasta que me corrí con una sacudida brutal, rugiendo como un animal.

Andrés alucinaba con la escena, pero seguía con Lieke. Más suave, más controlado, con ella de espaldas y las piernas en alto, disfrutando cada empujón. Terminó poco después, en la baja de ella, con un gemido ronco que retumbó en la habitación.

Las chicas, exhaustas, se asearon riendo, tambaleándose. Se vistieron deprisa y se despidieron en la puerta con un beso a cada uno.

Nos quedamos en silencio, desnudos, todavía agitados. Y de pronto los dos estallamos en carcajadas.

—Esto ha sido fuerte —dije, tumbado boca arriba.

—Y tanto —contestó Andrés—. Si llego a saber que te pones así de bestia, me hubiera ahorrado un par de años de Ama —bromeó.

Nos quedamos así, mirando el techo, respirando hondo, sin decir nada más. Pero sabiendo que algo nuevo se había construido entre nosotros. Éramos hombres. Hermanos. Completamente honestos. Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí solo.

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Comentarios (5)

MiguelViajero

Increible!! se nota que lo vivis de verdad, esa atmosfera de noche de verano la tenes perfectamente capturada. Una de las mejores de la categoria.

Gonzalo_BA

jajaja ese inicio con la puerta me mato... ya sabia que la noche iba a ser epica. muy bueno

TomásPlaya

buenisimo, me lo lei de un tiron. esperando mas!!

Fede_86

Que manera de escribir, te envuelve desde el principio. Por favor segui con esto, quiero saber todo lo que paso esa noche en Marbella

AndresCba

me trajo recuerdos de unas vacaciones con un amigo hace años. Uno nunca sabe lo que puede pasar cuando viaja en la compañia correcta. Muy buen relato, lo guarde para releerlo

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