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Relatos Ardientes

El juego de cartas que terminó en intercambio

Las dichosas tarjetas ya estaban preparadas. La mano me temblaba al escribir, sobre todo las últimas, las de color rojo. La tinta no era lo único oscuro en aquella casa vieja de las afueras.

No estábamos del todo decididos, pero abierta la maldita caja de la curiosidad, el morbo se había apoderado de nosotros. Traía miedos y nervios consigo. Bajé la escalera y los peldaños crujieron bajo mis pies. Marina miraba a través de la ventana con el ceño fruncido.

—¿En qué piensas, «koala»? ¿Estás contando las gotas? —le pregunté.

Mi pareja observaba la lluvia caer sobre el jardín.

—Me ha llamado mi… —hizo una pausa—. Mi prima.

Se hizo un silencio que me dejó escuchar las últimas gotas, las que se descolgaban del tejado. Parecían chocar, en lugar de contra el suelo, contra la tensión que recorría todo mi cuerpo.

—¿Y qué ha dicho? —insistí.

—Confirman que vienen.

Me paralicé. Ella me miró sin parpadear, exigiendo una reacción.

—Bien. —No supe decir más.

Entre los cuatro habíamos hablado de ello durante semanas. Aun así, sin experiencia previa, todo resultaba imprevisible. Hoy era la fecha acordada.

—Ya tengo todo preparado. Voy a sacar esas hojas de la piscina y así hago tiempo —le comenté.

—¿Y qué has tramado, Héctor? —arqueó una ceja.

—Lo sabrás cuando Bárbara y Adrián lleguen.

—A saber qué se te ha ocurrido, «pájaro».

Cada coche que pasaba me hacía girar de golpe. Me decepcionaba comprobar que no era el de nuestros invitados. Terminé de limpiar el agua y volví adentro. Marina caminaba de un lado a otro, con un vestido blanco de verano.

—Son ellos, creo —me avisó.

El motor se apagó cerca y nos quedamos pasmados. Llamaron a la puerta. Marina levantó las palmas de las manos, como rindiéndose. Me acerqué a ella, la besé y abrí.

***

Adrián entró primero y le di un abrazo. A pesar de su simpatía, estaba tenso. Por encima de su hombro busqué a Bárbara, y la encontré más sensual que nunca. Mi novia los recibió con dos besos. Yo abracé a su prima.

—¡Ah, Bárbara, mi amor platónico! —exclamé.

—Qué idiota eres, Héctor —respondió ella entre risas.

—Veo que traes el bikini negro. Qué bien.

—¿Tanto te gusta? ¿Cómo está la piscina? Parece que ha llovido un poco.

—Tranquila —interrumpió Marina—. Héctor ya ha quitado dos hojas. Estará perfecta.

Hablamos del trayecto y de cómo había ido la semana. Adrián no paraba de golpear un mueble con las uñas. También mencionamos el clima, esa típica conversación de relleno. Bárbara se quitó el vestido, se dejó caer en el sillón y cruzó las piernas. Su marido se sentó en el sofá y movía los pies como quien sigue una canción que solo él escucha.

Seguí la charla apoyado en el marco de la puerta, deleitándome con el cuerpo de nuestra invitada. Marina contaba cómo el viento le había roto las plantas del patio. Luego se tumbó en el sofá, estirándose, dejando su bikini fucsia a la vista. Casi posando.

Las palabras dejaron de fluir. Adrián ya se fijaba más en Marina que en cualquier otra cosa. No sabía cuál de las dos mitades del juego le excitaba más. Yo tampoco.

—Me han contado algo de unas tarjetas —soltó Adrián.

Mi chica puso las piernas sobre su regazo y me señaló con la barbilla.

—Se ha ocupado él.

—¿Y hay muchas? —preguntó Bárbara.

—Claro —contesté con sorna—. Hasta me duele la mano de escribir.

—¿De escribir o de pensar en el bikini de mi prometida? —bromeó Adrián.

—De escribir —cortó Marina—. Para pajearse usa la izquierda, ¡lo he visto! Con la derecha se rasca los huevos.

Pensé en ir a por las tarjetas antes de que mi pareja soltase alguna gracia más. Pero primero había que abrir la veda.

—Antes que nada, si lo vamos a hacer, os considero las personas más apropiadas, tanto yo como la bromista.

Ambos asintieron y proseguí.

—Como aquí nadie tiene experiencia con estas cosas, he pensado en juguetear un poco primero.

—Define juguetear, Héctor —pidió Bárbara.

—Probamos poco a poco y vamos viendo. Mejor os lo explico: he comprado tarjetas de tres colores, verde, amarillo y rojo, con un reto escrito en cada una. No hace falta que os diga lo que implica cada color. Empezamos por las verdes y…

Adrián me interrumpió.

—Si todos estamos cómodos, cambiamos de color.

—Se nota que estudiaste, Adrián —dijo Marina.

—A ver si voy a acabar estudiándote a ti.

—Eso ya lo haces.

—Cierto.

Los invité a salir. Marina se quitó el vestido, Adrián pestañeó, ella se percató y le acarició el brazo antes de cruzar la puerta. Bárbara fue detrás, moviendo las caderas y clavando los ojos en mí. Los pies nos pesaban. Fui a por las tarjetas, el reloj de la cocina, unas copas y una botella de cava.

***

La piscina era ideal: en lugar de escalera tenía escalones anchos, perfectos para el juego. Saqué dos cajas y una carta negra aparte.

—Una caja para cada pareja. Una para Adrián y mi novia, otra para Bárbara y para mí.

Esperé sus reacciones. Se miraron unos a otros hasta que Bárbara se fijó en la carta distinta.

—¿Y la negra?

—Marca una primera regla. Permaneceréis encima de vuestro compañero de caja durante todo el juego.

Nadie se opuso. Adrián se deshizo de la ropa y quedó en bañador. Se sentó en el primer escalón, con el agua por la cintura. Hice lo mismo en el otro lado. Ellas no tardaron en seguir las instrucciones.

El agua fresca y el calor de los cuerpos contrastaban, disparando las pulsaciones. Ya no había bromas.

—¿Quién coge la primera tarjeta? —preguntó Adrián.

—Tú, por hablar y por guapo —respondió Bárbara.

—Me vale. A ver qué pone aquí… «Muerde el cuello de Marina quince segundos». Veo que están personalizadas.

Marina puso el cronómetro y ofreció el cuello. Adrián no dudó: primero con los labios, luego con los dientes. Ella bajó los párpados. Cuando el reloj hizo «tinc», soltó un sonido ahogado. Se hizo un pequeño silencio. Las manos ya se posaban en cinturas y muslos con total confianza.

—Pues supongo que nos toca —dijo Bárbara cogiendo una tarjeta—. Aquí pone «círculos en los pezones de Bárbara, veinte segundos». Permiso concedido, querido anfitrión.

Deslicé el dedo con suavidad, apenas rozando su piel, desde el ombligo hacia arriba. Ella reía, le hacía cosquillas. Dibujé pequeños círculos alrededor de su pecho, acabé en sus pezones, ya duros, y le besé la oreja hasta que se cumplió el tiempo.

Las pulsaciones ya no estaban en el pecho. Nadie parecía incómodo; sus expresiones indicaban lo contrario.

Siguiente tarjeta. «Marina debe fingir un orgasmo. Cuarenta segundos.»

—¡Qué morboso, el pájaro! —dijo mi novia.

Marina no quiso decepcionar. Dejó caer la cabeza hacia un lado. Separó las piernas y empezó con la respiración, despacio, poco a poco. Luego subió el tono, acompasando las caderas con la voz. Paseó las manos desde las rodillas hasta la cintura y volvió al interior de los muslos. Alzó el rostro de golpe, lanzando el pelo hacia atrás. Nos regaló todo un repertorio sonoro.

Como guinda, bebió directamente de la botella de cava. Vi cómo se le dibujaba una sonrisa. Me clavó los ojos y apartó la botella de la boca. La espuma salió a borbotones manchándole la cara, el cuello y el pecho.

Entendí por fin lo que tanto había leído, esa mezcla de emociones. Los celos apuñalándome el pecho mientras el cuerpo me pedía más. Y apenas acabábamos de empezar.

—¡Vaya! Ha puesto el listón alto —comentó Bárbara.

Mi chica me guiñó un ojo. No pude responder. Estaba atónito.

—Es vuestro turno —avisó Adrián.

—¿Sigues aquí, Héctor? Deja que me lleve un poco de tu atención —me reprochó Bárbara.

Cuando leyó en voz alta su reto, reaccioné. Ella tenía que simular una felación en mis dedos. Treinta segundos. Acerqué la mano a su cara. No vaciló: fijó sus pupilas en las mías, me agarró la muñeca y acercó los labios. Primero jugó con la lengua, luego engulló mis dedos. Su saliva me cubrió casi toda la mano.

Nos quedamos callados, evaluándonos, asimilando sensaciones.

—Igual habría que pasar a las amarillas —insinuó Marina.

—Si nadie quiere parar, adelante —dijo Bárbara.

—Nadie parece querer parar —afirmó Adrián.

—En ese caso, sigamos. Pero debajo de las cajas hay una nota —señalé.

No tardaron en mirarla. El papel decía que, al pasar a las amarillas, cada uno debía quitarse una prenda. Nada de complementos.

—Me parece perfecto —dijo Marina—, pero es nuestro turno. ¿Me ayudas, Adrián? Y no uses las manos.

Adrián usó los dientes con el primer tirante, luego fue besando sus clavículas hasta el segundo. La gravedad hizo el resto. Marina apuntaba alto.

—Ahora ponte de pie —le ordenó.

Fue directa, casi no le dio tiempo a levantarse. Tiró fuerte hacia abajo, dejando todo lo duro al aire, a escasos centímetros de su cara. Tomó aire y se giró, apoyando la espalda contra él. Quería estirar el juego. Adrián volvió a sentarse, resoplando, deseando desfogarse pero sin querer estropear el momento.

Me tocaba. Puse las manos en los hombros de Bárbara y le deslicé los tirantes, despacio, dejándolos colgar. Lo que quedó a la vista no tenía la firmeza de los lazos. Simplemente eran perfectos.

Deshice el nudo de mi bañador. Acaricié el pelo de Bárbara. Ella hizo lo suyo. Lo mío quedó oscilando unos segundos. Agarré su cuerpo y me senté. La quería contra mí.

A nadie le apetecía hablar. Cada vez tardábamos menos en coger carta. Las había escrito yo, así que sabía lo que podía salir en ellas. Eso me tenía con la boca seca.

***

Adrián leía la primera amarilla con cara de duda.

—¿«Cuatro azotes y dos guantazos»? —Me miró fijamente.

—A ella le gusta —contesté.

—Como a casi todas —apuntó mi chica.

Marina se agachó de manera sensual y levantó el trasero, incitándolo a cumplir. Adrián se colocó detrás. Alzó la mano y golpeó más flojo de lo que ella deseaba. Marina se lo recriminó.

—¡Qué decepción, Adrián! Ese no cuenta.

Volvió a darle, pero tampoco convenció.

—He visto jilgueros con más fuerza —se burló ella.

Los manotazos subieron de intensidad. Marina lo provocaba sin parar. Adrián adoptó una postura más decidida y golpeó fuerte. Perdimos la cuenta. El último azote la hizo caer sobre el césped. Yo estaba cardíaco.

En unos segundos, Marina se incorporó despacio y quedó de rodillas. Habló desafiante:

—Ahora, si te atreves… faltan las bofetadas.

La primera fue suave; ella fingió un bostezo. La segunda hizo más ruido; mi novia le sacó la lengua. Adrián se encendió y le soltó un guantazo que la hizo tambalearse.

Luego se apartó de ella y entró en el agua. Se apoyó en el borde, miró al cielo y resopló varias veces. Marina se levantó con la mejilla marcada y se relamió los labios.

Nuestro siguiente reto era un morreo de veinte segundos, con las manos donde cada cual quisiera. Nuestras lenguas se cruzaron. Me cebé con los muslos y el culo de Bárbara, lo apreté tan fuerte que gimió. Cuando sonó el reloj, deslicé un dedo entre sus nalgas. Dio un respingo. Me costó muchísimo parar.

—Nuestro turno —se apresuró Adrián justo al escuchar el crono.

—Espera, corazón. Después de esto, ¿no irás a coger otra amarilla? —insinuó mi pareja.

Las nubes volvieron a cargarse. Empezó a chispear y se veían rayos en el horizonte. Los truenos sonaban a lo lejos.

Marina se puso de rodillas, arqueó el cuerpo y empezó a gatear despacio, contoneándose, con el culo enrojecido por los azotes. Estaba desatada. Llegó así hasta las cajas y cogió el fardo rojo. Lo observó con mueca de pilla, se desató la única prenda que le quedaba y lo lanzó todo al aire.

—Se acabaron los turnos —sentenció.

***

Adrián no dudó en salir de la piscina. Marina lo recibió de rodillas, usó ambas manos y lamió a lo largo. A él se le escapó un gruñido. Ella abrió la boca y succionó con pasión. Adrián tuvo que apartarse para no acabar antes de tiempo.

Bárbara se desnudó también. Me rodeó con las piernas. Las mías temblaban. Alcé su cuerpo para dejar sus pechos a la altura de mis dientes. Me apretó contra ellos; lamí y mordí hasta que me pidió que la dejara bajar. Mi erección emergió del agua, le puse las manos en la cara y llegué casi hasta su garganta.

Mi atención se dividía en dos. Marina se había tumbado y Adrián se merendaba su cuerpo. Ella lo hizo bajar hasta la cintura y le rodeó el cuello con los muslos. Debió de responder con habilidad, porque Marina se retorcía, contorsionándose mientras jadeaba.

Bárbara se detuvo, dejó salir mi carne de su boca, se dio media vuelta y su demanda fue clara:

—¡Vamos, fóllame! ¡Por detrás!

—¿Lo quieres así?

—Sí, pero cálmate. Estás nervioso y me vas a reventar.

La llevé a una zona donde no hacía pie, para que sus piernas colgaran relajadas. Apoyé la punta en su agujero y primero jugué sin forzar, hasta que noté que se relajaba. Entró con facilidad. El auténtico reto estaba en su segundo esfínter. A ella se le escapó un «umm» y me miró de reojo, advirtiéndome.

A pocos metros veía a mi chica gozando, agarrada a la hierba con los puños mientras Adrián seguía comiendo. Demasiado morbo en tan poco espacio. Yo quería entrar en Bárbara de una vez. Empujé un poco; ella se apartó con un grito ahogado, pero enseguida volvió a mí. Tomé sus caderas, le acaricié la espalda y apreté un poco más. Notaba la fuerte presión de su último anillo en el glande.

Su recto no cedía. Bárbara hiperventilaba. Le agarré fuerte el pelo, le mordí la nuca marcándole los dientes y empujé hasta unir los dos cuerpos. La hice gritar. Me dio un codazo a modo de reproche, pero no se apartó. Me llamó hijo de puta y yo la llamé zorra. Nos quedamos quietos, como con miedo a romperla.

***

Los truenos estaban encima y había empezado a llover de verdad. Marina tiró del pelo de Adrián para que subiera, y él no la hizo esperar. Ascendió lamiéndole todo el cuerpo, se recolocó y se la metió de un golpe. Ella exhaló. Adrián empezó a empotrarla con fuerza, sin miramientos. Marina bramaba.

Bárbara intentó moverse un poco, jadeó y se quedó quieta. Yo hice lo contrario: lo saqué casi todo para volver a dárselo de verdad. Las paredes de su culo se movían pegadas a mi miembro. Ella se encogía en el agua, resoplando entre jadeos.

Apenas quedaba luz en el horizonte. La tormenta ya era intensa y algunos truenos tapaban nuestros sonidos. Llovía a cántaros sobre los cuatro cuerpos.

Las caderas de Marina empezaron a temblar. Su rostro la delataba. Adrián la dejó dentro, disfrutando de esos temblores mientras le hacía círculos en el sexo, como si quisiera abrirla más. En un gesto hábil se puso a horcajadas para correrse sobre sus pechos, pero Marina tenía otra intención: se incorporó como pudo y abrió la boca. Vi su cara desencajada y sus ojos ardiendo; no dejó de chupar hasta que el semen escapó por las comisuras de sus labios. Yo me sentía enajenado.

Aunque Bárbara se mostraba más eléctrica, su ano aún ofrecía resistencia.

—¡Me estoy corriendo! —dijo con una voz grave que terminó siendo aguda.

Yo estaba a punto de explotar. Le rodeé el cuello con las manos y le di todo lo fuerte que pude. Ella empezó a patalear. Fundí mi mejilla con la suya. El clímax se acercaba. Golpeó mis manos pidiendo aire, pero quise llevarla al límite.

Me clavó las uñas en la piel entre jadeos guturales, hasta hacerme sangre. Y llegó. Me vacié dentro de ella. Sentí un calambre en todo el cuerpo que me relajó cada músculo.

Bárbara se apartó de mí. Tomó una bocanada de aire y respiró aliviada. Cuando recuperó el aliento, me golpeó: me soltó un puñetazo con todas sus fuerzas. El placer la había hecho tolerar un trato duro, casi irrespetuoso.

—¡Estás loco, Héctor! ¡Estáis todos locos! —gritó.

Marina estalló en carcajadas mientras la lluvia le limpiaba la cara. Bárbara abandonó el jardín dando un portazo al entrar en casa. Adrián fue detrás. Yo me quedé exhausto, casi con la mente en blanco, observando cómo las tarjetas rojas flotaban a mi alrededor.

***

Unos días después, el móvil se me llenó de mensajes, todos de Bárbara. Los primeros exigían disculpas; algunos eran insultos. En otros me pedía que no le contara nada a Adrián sobre lo del anal: a él no lo había dejado entrar nunca por ahí. Volvió a insultarme cuando le contesté: «Así llegas bien estrenada a tu boda». En los últimos quería quedar conmigo, sin permisos ni acuerdos de por medio. A Marina le hizo gracia. A mí, más.

Espero que os haya gustado.

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Comentarios (6)

Daniel_cba

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NocheVivaz22

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber como termino la noche para todos jajaja

Cesar_del_sur

Las reglas del juego estaban muy bien pensadas, eso le da un suspenso increible antes de que empiece todo. Muy buen relato

JuanPablo_RB

¿Esto es autobiografico o pura fantasia? pregunto porque tiene demasiados detalles reales jaja

AlePlayero

genail!!!! seguí asi

Lena_Cba

Me encanto la dinamica del juego, esa tension previa es lo mas rico de todo. Saludos desde cba

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