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Relatos Ardientes

La pareja que nos enseñó a compartirnos sin celos

Mateo nos había citado en un café del centro, en una mesa al fondo donde la luz apenas llegaba. Yo me llamo Daniela, y aquella tarde estaba más nerviosa que el día en que conocí a los padres de Sergio. Él, mi novio, jugueteaba con el borde de su taza sin saber qué decir.

—Entonces, ¿de verdad existe? —pregunté en voz baja—. Eso de la sociedad.

Mateo sonrió con una calma que daba envidia. Era un hombre delgado, de mirada tranquila, de esos que parecen guardar más secretos de los que cuentan.

—Existe, y es más sencillo de lo que imaginas —dijo—. No es un club con contraseñas ni nada raro. Son parejas que decidieron dejar de mentirse sobre lo que desean.

Sergio se removió en la silla. Yo sabía lo que pensaba, porque lo habíamos hablado mil noches en la cama, después de hacer el amor, cuando los muros se caen y una confiesa cosas que de día no se atreve a decir. La idea de verme con otro lo torturaba y lo encendía a partes iguales. Esa contradicción nos había traído hasta aquí.

—Hay una pareja que se dedica a guiar a los que empiezan —continuó Mateo—. Renata y Damián. Llevan años en esto. Ella sabe llevarte al borde con una paciencia que asusta, y él… él va a enseñarte a ti, Sergio, que mirar también es una forma de gozar.

Mirar también es una forma de gozar. La frase se me quedó dando vueltas.

—Queremos probar —dijo Sergio de pronto, y me apretó la mano por debajo de la mesa.

Me giré hacia él, sorprendida. En sus ojos vi el mismo vértigo que sentía yo. Asentí despacio.

***

La casa de Renata y Damián quedaba a las afueras, una construcción baja rodeada de árboles. Mateo nos dejó en la puerta con un guiño y se marchó sin más, como si nos entregara a algo que él ya conocía de memoria.

Adentro, el aire olía a cuero y a una vela de madera quemándose lenta. Las luces eran cálidas, indirectas, de esas que esconden la mitad de las cosas y obligan a imaginarte el resto. Renata nos recibió en el salón. Tenía la piel morena, el cuerpo trabajado del gimnasio y una manera de moverse que parecía ensayada y natural al mismo tiempo.

—Bienvenidos —dijo, y su voz era ronca, baja, hecha para los oídos y no para el aire—. Daniela, Sergio. Mateo me habló mucho de ustedes.

Detrás de ella apareció Damián, robusto, de hombros anchos, con una presencia que llenaba la habitación sin necesidad de alzar la voz. Me tendió la mano con una formalidad que contrastaba con todo lo que íbamos a hacer.

—Tranquilos —dijo—. Aquí no hay prisa. Esta noche es de ustedes, no nuestra. Nosotros solo abrimos la puerta.

Nos sentamos en un sillón de cuero negro, frío al principio, tibio después contra mis piernas. Renata se acomodó frente a nosotros, las rodillas casi rozando las mías.

—¿Qué les da miedo? —preguntó, directa.

Sergio carraspeó.

—Que después no sepamos volver a ser nosotros —admitió.

Renata sonrió, y por primera vez su sonrisa fue de verdad, sin estrategia detrás.

—Eso quiere decir que se quieren —dijo—. Los que no se quieren no tienen ese miedo. Confíen en mí: van a salir de aquí más cerca el uno del otro, no más lejos.

***

Fue ella quien marcó el ritmo. Se levantó, se acercó a mí y me apartó un mechón de la cara con un solo dedo.

—Ponte de pie, Daniela.

Obedecí sin pensarlo, y esa obediencia me sorprendió a mí misma. Busqué los ojos de Sergio. Él asintió, casi imperceptiblemente, dándome permiso, y entendí que ese gesto suyo era parte de lo nuestro: yo no me entregaba sola, me entregaba con él mirándome.

Me bajé el vestido despacio. La tela resbaló por mis caderas y cayó al suelo formando un charco oscuro a mis pies. Me quedé en lencería negra, la que había elegido esa misma tarde frente al espejo, dudando, sabiendo para qué la compraba. El aire de la habitación me erizó la piel.

—Date tiempo —murmuró Renata—. Que él te vea.

Desabroché el sostén con dedos torpes y lo dejé caer. Mis pechos quedaron libres, los pezones tensos por el frío y por algo más. Deslicé las bragas por los muslos hasta que tampoco ellas existieron. Estaba desnuda en una casa ajena, frente a tres pares de ojos, y en lugar de vergüenza sentí un calor lento subiéndome desde el vientre.

Sergio respiraba fuerte en el sillón. Sus manos apretaban sus propias rodillas, los nudillos blancos. Damián se sentó a su lado y le habló al oído, lo bastante bajo para él, lo bastante claro para mí.

—Mírala —le dijo—. No te tragues los celos. Déjalos arder. Cuando dejen de doler, te van a encender como nunca.

***

Renata me guio hasta una alfombra mullida en el centro del salón y me hizo recostarme. Luego se desnudó ella, sin teatro, con la naturalidad de quien conoce su cuerpo y no le rinde cuentas a nadie. Se arrodilló entre mis piernas y me las separó con suavidad.

—Relájate —dijo—. Esta parte es solo placer. Sin nada que demostrar.

Su boca bajó por la cara interna de mi muslo, dejando un rastro húmedo que me hizo contener el aliento. Cuando su lengua me alcanzó por fin, trazó círculos lentos, pacientes, midiendo mis reacciones como quien lee un mapa. Yo me aferré a la alfombra. Nunca me había tocado una mujer, y la diferencia estaba justo ahí: ella sabía dónde, sabía cuándo, no tenía que adivinar.

—Así —jadeé, sin reconocer mi propia voz.

Renata subió la intensidad. Cerró los labios sobre mi clítoris y lo succionó despacio mientras dos dedos se abrían paso dentro de mí, curvándose, buscando. Yo arqueé la espalda. Giré la cabeza y encontré a Sergio: tenía la mano sobre su entrepierna, por encima del pantalón, los ojos clavados en nosotras y la boca entreabierta. Verlo así, deseándome mientras otra me devoraba, me empujó más cerca del borde que cualquier caricia.

Me incorporé sobre los codos y tiré de Renata hacia mí. Quería darle lo mismo. Ella entendió y giró el cuerpo hasta quedar sobre mí, su sexo a la altura de mi boca. La probé con torpeza primero, con hambre después, mientras ella no dejaba de trabajar entre mis piernas. Las dos nos movíamos como una sola criatura, los gemidos mezclándose hasta no saber cuál era de quién.

El orgasmo me llegó como una ola que rompe sin avisar. Me sacudí entera, los muslos temblando contra el rostro de Renata, y ella bebió de mí con un gruñido de satisfacción antes de dejarse ir también, sus caderas tensándose sobre mi boca.

***

Cuando levanté la vista, Sergio ya no estaba sentado. Damián lo había puesto de pie y le hablaba, una mano en su hombro.

—Ahora te toca a ti —le dijo—. No para demostrar nada. Para gozar.

Renata se acercó a mi novio con esa lentitud felina suya. Lo miró a los ojos mientras le bajaba el pantalón, dándole todo el tiempo del mundo para detenerla. Sergio no la detuvo. Me buscó a mí, en cambio, y yo le sostuve la mirada y asentí: está bien, quiero verte. Era extraño y era justo. Lo que él había hecho por mí, yo se lo devolvía.

Renata lo tomó en su boca y Sergio echó la cabeza hacia atrás con un gemido ahogado. Yo me acerqué, me arrodillé junto a ellos y le acaricié el pecho, los muslos, recordándole con las manos que yo seguía ahí, que esto lo hacíamos juntos. Damián, detrás de mí, me apartó el pelo del cuello.

—Tú decides hasta dónde —me dijo al oído—. Siempre tú.

Asentí. Lo deseaba. Me coloqué a cuatro patas frente a Sergio, que seguía perdido en la boca de Renata, y sentí a Damián abrirse paso dentro de mí, despacio, llenándome de un modo que me arrancó un grito largo. Me sostuve de los muslos de mi novio. Él bajó la mirada y nuestros ojos se encontraron: yo, recibiendo a otro, él, recibiendo a otra, los dos atados por el mismo hilo invisible.

—Mírame —le pedí, jadeando—. No cierres los ojos.

No los cerró. Y en esa mirada compartida había más intimidad que en cualquier noche a solas. Damián marcaba un ritmo profundo y constante, sus manos firmes en mis caderas, mientras Renata cambiaba de posición para montarse sobre Sergio, sin soltarlo nunca de su control. Los cuatro nos movíamos en una coreografía que nadie había ensayado y que, sin embargo, parecía escrita de antemano.

Estiré la mano y encontré la de Sergio entre los cuerpos. Entrelazamos los dedos. Así, agarrados, dejamos que el placer subiera por separado y nos alcanzara casi a la vez.

***

Sergio terminó primero, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo y un gemido que era mitad alivio, mitad asombro. Verlo así me empujó al final a mí también: el orgasmo me partió en dos, una corriente caliente que me dejó sin fuerzas sobre la alfombra. Damián se retiró con cuidado y se dejó ir aparte, respetando un límite que nunca tuvimos que poner en palabras.

Nos quedamos los cuatro tumbados, recuperando el aire, la habitación llena de un olor a sudor y a algo recién aprendido. Renata fue la primera en reír, una risa baja y franca.

—Lo hicieron bien —dijo—. Mejor que muchos.

Damián nos alcanzó dos copas de agua. No hubo trofeos ni frases de dominio, ninguno se llevó nada nuestro salvo el recuerdo. Fue, de algún modo, sorprendentemente tierno.

Mientras me vestía, Sergio se acercó por detrás y me abrazó, su barbilla en mi hombro.

—¿Estás bien? —me preguntó bajito.

Me giré para mirarlo. Buscaba en mi cara la grieta que tanto había temido, la prueba de que algo se había roto entre nosotros. No la encontró. Lo besé, lento, como no nos besábamos desde el principio de todo.

—Estoy mejor que bien —le dije—. Estoy contigo.

Renata nos despidió en la puerta. El aire fresco de la noche me golpeó la cara húmeda.

—Vuelvan cuando quieran —dijo—. O no vuelvan. Lo importante es que ya saben.

—¿Saber qué? —preguntó Sergio.

Ella sonrió, apoyada en el marco.

—Que desear al otro no es perderlo. A veces es la única manera de encontrarlo de verdad.

Caminamos hasta el coche en silencio, de la mano, sin necesidad de llenar el aire con palabras. Yo sabía que esa noche no había sido un final ni una traición. Había sido una puerta. Y por primera vez en mucho tiempo, no me daba miedo lo que había del otro lado.

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Comentarios (4)

Mateo_ROS

que buenisimo!!! me encantó de principio a fin

Leti_Baires

Me recordó a algo que vivimos con mi pareja hace unos años... no tan intenso pero parecido jaja. Gracias por compartirlo

Carlos_del_Sur

Por favor hacé una segunda parte, quedé con ganas de mas. Tiene algo diferente al relato típico, se agradece

Jona

increible, seguí escribiendo!!!

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