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Relatos Ardientes

La noche que me compartieron en el despacho del club

Me desperté a las nueve con la garganta seca y el recuerdo del turno clavado en la espalda. La noche en el Edén había sido un infierno, no tanto por el trabajo como por lo que arrastraba desde mi llegada a Málaga. Abrí los ojos en la cama de Lucía y la realidad me golpeó otra vez, una ola fría que me recordó el giro amargo que había dado mi vida.

Lucía me había arrancado de las sábanas. Tenía los ojos hinchados de haber llorado a escondidas y, aunque no me dijo nada, yo sabía lo que había hecho. La había oído de madrugada, en voz baja, marcando el número de Adrián. Le había contado todo: los tatuajes recientes, la piel herida y, sobre todo, la cita del mediodía. Bruno me había prometido a unos clientes extranjeros que llegaban ese día para llevarme con ellos. Una entrega sin retorno.

No va a pasar, me repetí, aferrándome a la promesa que Adrián le había jurado a Lucía por teléfono. Alguien va a venir a sacarme de aquí.

Pero la esperanza se diluía con cada hora. Nando llegó a recogerme con una hora de retraso y me metió en un taxi rumbo al centro de Málaga, a un gabinete de estética impecable. Allí me esperaba Amparo, una mujer de unos cuarenta con cuerpo de treinta y rostro de cincuenta, que me miró de arriba abajo como quien evalúa una mascota antes de comprarla.

—Desnúdate —dijo, y se quedó a mirar.

***

Cuando una mujer me mira con deseo, lo sé. Amparo me miraba con hambre. Sus dedos rozaron la piel mal rasurada del pubis y se quedaron ahí, demorándose.

—¿Quién te ha hecho esto, chiquilla? —susurró.

Y lo arregló, vaya si lo hizo. Entre toque y toque le dio al vello un corte en forma de penacho, como la punta de una antorcha. Después, exhausta y con el sabor acre de ella todavía en la boca, me aplicó una loción en las zonas castigadas por la tinta. Me hablaba, pero yo estaba lejos, viajando hacia atrás, a la época en que era una chica inocente. Ojalá pudiera volver.

—Pasa, Iván, mira qué pastelito —dijo de pronto.

Abrí los ojos y me topé con su mirada. Era un chico de mi edad, ojos de un gris penetrante, labios gruesos, pelo rubio y lacio. Traía una bandeja con instrumental. Por puro instinto, cerré las piernas.

—Tranquila, no muerde. Trae un regalo de Bruno.

Iván levantó una pieza de acero oscuro, una especie de flecha corta y redondeada con una base oblonga en un extremo.

—Te lo va a poner donde tú digas. En el derecho o en el izquierdo. Elige.

Negué con la cabeza, una vez, dos veces, con la urgencia de quien se ahoga. Por nada del mundo quería volver a sentir el frío de la aguja, el dolor punzante, la sangre tibia.

—¿Quieres que llame a Bruno y le diga que te resistes? —preguntó Amparo en un tono que no admitía réplica.

—En el izquierdo —cedí.

Iván tenía un aire tranquilo, casi profesional. Me explicó cada paso mirándome a los ojos, me retiró los aros con cuidado y limpió ambos pezones con una gasa empapada en alcohol, una meticulosidad innecesaria, porque solo iba a trabajar en uno. Sin dejar de mirarme, empezó a pellizcar el izquierdo. Cada presión era una descarga que me cerraba los párpados; los volvía a abrir y me encontraba con aquellos ojos grises, y de nuevo sucumbía. Era un ciclo que no podía controlar.

—Coge aire —ordenó cuando el pezón estuvo duro como una piedra.

Respiré hondo y me aferré a la camilla. Sentí un pinchazo intenso, luego una presión constante y por fin la entrada brusca de la aguja. No fue un corte, sino una penetración lenta y segura que atravesó la base venciendo la resistencia de la piel. El silencio del estudio solo lo rompía mi propia respiración. Cuando la aguja salió, el dolor agudo se transformó en algo sordo y pulsante, como si la zona ardiera por dentro.

Me dio un espejo de mano. Al mirarme, el dolor pareció desaparecer, reemplazado por una inesperada ola de orgullo. El pezón enrojecido, hinchado, atravesado por una flecha de destello oscuro. La zona palpitaba con una promesa que me acompañaría durante horas. Después vinieron el maquillaje y el peinado, y cuando Amparo me dijo «lista, mírate», la mujer del espejo no era yo. Esos rizos negros, esos labios rojo mate, esos pómulos esculpidos. Recorrí cada centímetro de mi nueva imagen y resultaba liberador. No era yo, y sin embargo me sentía poderosa.

***

Nando se quedó boquiabierto al verme salir. Por una vez no soltó ninguna de sus barbaridades; solo dijo «joder, qué guapísima estás» y me llevó directa al Edén. Faltaban dos horas para el encuentro con los clientes.

Me encerraron en el despacho desde que llegué. Me habían vestido con ropa traída de una boutique del centro, lencería preciosa, un gusto exquisito que no era el de Bruno. La cita era a las dos y media, pero pasaban de las tres y no aparecía nadie. Cuando intenté salir, uno de los ayudantes me cortó el paso.

—No puedes salir.

Me invadió tal sensación de encierro que ni protesté. Poco después entró Bruno.

—Come, los clientes van a tardar.

—¿Por qué no puedo salir del despacho?

—Es mejor que estés tranquila hasta que lleguen. Hostias, te han dejado divina.

—¿Y qué me va a pasar?

Se detuvo con la frase a medio hacer, tardó un segundo en mirarme a la cara.

—No seas boba. Haz lo que te digan y tenlos contentos —tragó saliva—, ya verás cómo se portan bien contigo.

No hablamos más. Se marchó y me dejó sola con un vacío difícil de explicar. A las cinco y media seguía sin venir nadie, el pecho me palpitaba y los nervios me comían por dentro. Cuando volvió, Bruno traía dos copas en una bandeja, algo extraño en él, que solía prepararlas con su ritual de hielos y cítricos.

—Se van a retrasar, siempre hacen lo mismo, pero pagan bien. ¿Un trago? Así no te agobias.

El primer sorbo fue un alivio. La ginebra amarga me bajó por la garganta sin molestar. Entonces Bruno emprendió una de sus conversaciones envolventes, esas que usaba para esquivar cualquier pregunta incómoda. Dos o tres tragos después, la ansiedad había volado como por encanto. El nerviosismo se transformó en una calma extraña, en una docilidad que no reconocía en mí. Me había llevado al sofá, e incluso le dejé meterme mano con la pasividad de una marioneta.

—Toma, para que te relajes —susurró, ofreciéndome una pastilla de un color distinto al de siempre.

Se lo hice notar. Él contestó algo que no recuerdo, pero lo di por bueno y me la tomé. Apuré el último trago mientras sus dedos jugaban con el borde del escote, me bajaban los tirantes, me dejaban los pechos al aire. Reí como una loca, casi me atraganto. Tocó la flecha del pezón, intentó moverla y no se movió.

—Gírala —le dije, recordando las recomendaciones de Iván. La cogió por la punta, la rotó y se despegó de la costra reciente. Parecía un niño con un juguete nuevo.

—¿Cuántos días estaré fuera? —pregunté, y la pregunta lo congeló.

—¿Cómo sabes que vas a estar fuera?

—No lo sé… lo supongo —dije, confusa.

Una sonrisa lenta y astuta se dibujó en sus labios, aunque los ojos siguieron serios.

—Siempre fuiste la más lista. Los días que hagan falta, princesa.

***

La puerta se abrió de golpe. Entró una camarera con la misma bandeja y, detrás, Nando.

—Acojonante —exclamó, y me cogió un pecho como si fuera una fruta para examinar la flecha. No me molestó; al contrario.

—¿A que sí? —respondió Bruno, orgulloso de su mercancía.

Yo estaba ida, perdida en una niebla cálida en la que todo daba igual. Nando me dejó el tanga enrollado en un tobillo y me separó las piernas de par en par. Le gustó lo que vio, lo supe por la cara que puso. Se bajó los pantalones y entró de una sola vez. Ni me enteré de cuándo se había puesto el preservativo. Lo hizo de rodillas, los puños hundidos en el sofá, mirándome a los ojos mientras embestía con la brutalidad de un animal.

—Date prisa en despedirte —le ordenó Bruno, impaciente, vigilando que no me manchara el vestido.

Cuando Nando terminó, fue Bruno quien ocupó su lugar. Me follaba sin dejar de mirarme, y entre embestida y embestida me limpiaba con un cuidado impropio de ellos, seguramente para no estropear el trabajo de Amparo. Aun así, eran incapaces de contener la lujuria que les provocaba verme así, repartida entre los dos, y eso, en mi locura, me hacía creer que tenía el control. Ingenua de mí.

—Voy a echarte de menos —murmuró Bruno, como si supiera que después de aquel viaje no iba a volver a verme.

Me puso algo en la nariz.

—Aspira.

Sentí un chasquido eléctrico en el cerebro, un destello, y de golpe volví a ser yo. El miedo regresó intacto. Me subieron las bragas, me cambiaron el sujetador manchado y me llevaron a la sala a que «me aireara» hasta que llegaran los clientes.

***

Lucía se acercó a recibirme en cuanto pisé la sala. La luz me lanzaba destellos a los ojos y yo aún flotaba, riéndome de cualquier cosa.

—¿Seguro que estás bien? —me preguntó, sujetándome del brazo.

—¿Me ves mal? Estoy un poco aturdida, nada más. ¿Me han dejado guapa?

—Estás preciosa, cariño.

Nos movíamos por la sala como de costumbre, saludando, dejándonos ver, pero esa noche Lucía no quería detenerse con nadie. Unas palabras de cortesía y seguíamos. Llamábamos la atención más que nunca; los escotes mostraban nuestro rango, y yo arrasaba con el maquillaje y aquel vestido que marcaba mis curvas como pintado a pincel. Me arrancó casi a la fuerza de una mesa donde dos tipos me comían con los ojos.

Bruno nos observaba atento a cada movimiento. La inquietud me carcomía: la llegada de los extranjeros me mantenía en vilo. Y entonces, cuando íbamos a preguntarle si tenía noticias, unos recién llegados se le acercaron y Lucía me clavó los dedos en el brazo.

—¡Inspector Soler! ¡Dichosos los ojos! —dijo Bruno, recuperando su sonrisa de embaucador.

—Déjate de hostias. Le estás tocando los cojones a quien no debes.

—¿Qué coño estás diciendo, Raúl?

—¿Esa es la de Barcelona? —el inspector me miró—. Señora Valdés, recoja sus cosas. Se viene conmigo.

Bruno palideció como nunca lo había visto.

—¿Esto qué es? No me jodas, Raúl.

—Para ti, inspector Soler. Y cierra la boca o te vienes tú también. Bravo, acompáñala.

No era capaz de procesar lo que sucedía. En el cuarto de las taquillas recuperé la lucidez de golpe y me asusté: si me hacían un análisis, encontrarían quién sabe qué en mi sangre. Prostitución, consumo, mi carrera tirada por la borda, mis padres. Me cambié, recogí el bolso y salí. El policía me esperaba.

—¿Estoy detenida?

—Eso se lo dirá el inspector.

Salimos del Edén entre miradas y cuchicheos. En la calle, el aire frío me terminó de despejar. Me subieron a un coche sin distintivos y, para mi sorpresa, el inspector se sentó atrás, a mi lado.

—¿A dónde vamos?

—Primero, a recoger todas sus pertenencias. Luego se marcha a Barcelona.

El alivio me golpeó con una fuerza abrumadora. Las lágrimas que no había podido soltar antes brotaron sin control.

***

El coche no siguió las indicaciones a la terminal principal. Se desvió por un camino secundario y se detuvo frente a un edificio discreto, iluminado con suavidad, que parecía la recepción de un hotel de lujo. Sin colas, sin pantallas, sin el eco de un centenar de voces. Me recibieron por mi nombre y, en un minuto, me condujeron a la pista. Allí esperaba un jet pequeño y reluciente bajo los focos, con la escalerilla ya desplegada.

Dentro, lo primero que me sorprendió fue el silencio. Dos sofás de cuero enfrentados, una mesita de madera preciosa, ventanas enormes y, al fondo, un dormitorio con cama de verdad y un baño con ducha. Una ducha en un avión. Seguí las instrucciones del asistente, me acomodé y la puerta se cerró con un sello perfecto. El ascenso fue tan abrupto que las luces de la pista se convirtieron en una línea borrosa. Una vez arriba, todo fue calma, como flotar en una burbuja por encima del mundo. Apenas había tenido tiempo de asimilar que me habían librado del destino incierto que me esperaba.

Aterrizamos en El Prat por una zona del aeropuerto que nunca había visto. Un sedán negro esperaba en la pista; el chófer, al que reconocí, tomó mi equipaje. No pasé ningún control. En diez minutos el coche se incorporaba a la carretera rumbo a Sant Cugat, y el peso de la situación volvió a abrumarme. Me había liberado de un proxeneta y de una esclavitud segura, solo para caer otra vez bajo la tutela de otro hombre. Me sentía más vulnerable que nunca ante la inminencia de ver a Esteban, mi protector.

***

Me hicieron esperar en una sala que convirtió cada segundo en una agonía. Lo había defraudado, tenía motivos de sobra para sentirse engañado. Cuando por fin me anunciaron que «el señor Lasalle la espera», sentí que caminaba hacia mi propio cadalso. Lo vi de pie detrás del escritorio, imponente, y se acercó a cogerme de las manos. Con ese simple gesto, el nudo del pecho se me deshizo.

—¿Cómo estás? —preguntó con una voz tan suave que me rompió por dentro.

—¡Oh, Esteban! —me aferré a él, al único hombre que podía darme consuelo, y me desmoroné. Lloré a lágrima viva, descargando cada temor y cada traición.

Cuando recuperé la calma, me expuse a su mirada sin reservas, desnuda, y le mostré las huellas que aquella semana había dejado en mi piel: la flecha del pezón, los pentágonos del pecho, el nueve tatuado en la nuca. Esteban completó un lento círculo a mi alrededor, sin que su rostro delatara nada.

—No los soporto —mi voz se quebró—. Me recuerdan que fui forzada. Son cicatrices que me torturarán el resto de mi vida.

—No tiene por qué ser así, amor.

Fue la primera vez que me llamó amor, y creí desfallecer.

—Están grabados en tu cuerpo. Luchar contra ellos es luchar contra tu propia sombra. Acéptalos. Dales otro significado —trazó con delicadeza los pentágonos de mi pecho—. ¿Qué significa para ti el nueve?

Busqué, desesperada, en el silencio que solo rompía nuestra respiración.

—Conocí a Adrián un nueve de julio —murmuré—. Y el nueve de enero nos fuimos a vivir juntos.

—¿Lo ves? El nueve que llevas en la piel ha dejado de ser el número de una víctima. Es el número de tu amor.

Lo miré sin saber si creerle, pero por primera vez en días algo parecido a la esperanza me caldeó el pecho. Quizá tuviera razón. Quizá pudiera reescribir cada marca, una a una, hasta que dejaran de pertenecerles a ellos y volvieran a ser mías. Esa noche, por fin, me permití descansar.

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Comentarios (4)

PabloN74

me dejo sin palabras. tremendo relato!!!

SandraLQ

Que intenso dios mio, este si que no me lo esperaba!! Esperando mas relatos asi

NinaSolitaria

Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar. Se me fue el tiempo leyendolo sin darme cuenta.

Gonza_B

Por favor seguí con esto, necesito saber como termina la noche jajaja

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