Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido me soltó en el club liberal esa noche

«La decisión es tuya, tú decides.» Esas cuatro palabras de Rubén, mi marido, no se me iban de la cabeza. Pasé la semana entera con ellas dándome vueltas, asaltándome a cada rato. Lo había pasado increíble el viernes anterior con Adrián: era atractivo, divertido, muy lanzado, y con su manoseo había despertado algo en mí que no recordaba haber sentido nunca. Una situación tan morbosa, tan fuera de control, que todavía me ardía la piel al pensarla.

Quería a Rubén con locura, pero en la cama habíamos caído en una rutina insoportable. Todo era previsible, mecánico, ensayado. Tanto que algunas noches terminaba fingiendo solo para que aquello acabara cuanto antes.

Él se había volcado en su trabajo. Hacía un par de años que había montado una pequeña empresa de reformas, y cada mes me dedicaba menos tiempo. La pareja que yo quería tener se nos escurría entre los dedos.

Yo siempre había tenido buen cuerpo. Sabía que gustaba a los hombres, pero nunca le había dado demasiada importancia: me había entregado en cuerpo y alma al matrimonio y a mi hijo. Ahora él ya volaba solo, vivía en otra ciudad, y a pesar del hueco que nos dejó intenté aprovecharlo para recuperar sensaciones con Rubén.

Iba al gimnasio tres veces por semana, me había apuntado a clases de bachata, me compraba ropa provocativa y combinaciones de lencería que antes ni me habría atrevido a mirar. Procuraba estar siempre guapa para él.

No parecía notarlo. Llegaba tarde, y los fines de semana se los pasaba encerrado en su despacho o tirado en el sofá viendo series. Solo los viernes hacíamos algo juntos: salíamos a cenar y después a algún local a tomar la última. La única que se animaba a bailar era yo. Aun así nos lo pasábamos bien; con el alcohol y la conversación le sacábamos algo de chispa a la noche, aunque él se quedaba la mayor parte del tiempo clavado en la barra mientras yo me movía sola en la pista.

A la salida del gimnasio solía tomar un café con un par de amigas. Poco a poco nuestras charlas se fueron volviendo más íntimas. Dos de ellas estaban divorciadas, y lo que contaban de sus citas me hacía enrojecer y a la vez me encantaba escucharlo. Muchas veces, sin querer, me imaginaba a mí misma en esas historias y notaba un cosquilleo en el estómago.

También me fui dando cuenta del efecto que producía. Cada vez me veía mejor, me vestía un poco más atrevida, y notaba cómo los ojos de algunos se quedaban fijos en mi escote o se giraban para no perder de vista mi culo. En el trabajo, más de uno se había acercado a soltarme cosas subidas de tono. En la última cena de empresa tuve que pararle los pies a un compañero que, con unas copas de más, se lanzó más de la cuenta.

Por eso, cuando Adrián apareció aquel viernes en el local, fue un subidón. Me derretía con su labia y su descaro. Tenía a un hombre pendiente de mí, de mi cuerpo, de cada gesto. Su manera de mirarme, de hablarme, de tocarme… desprendía morbo por todos los poros.

Con Rubén el sexo siempre había sido bueno, aunque tampoco tenía mucho con qué comparar. La verdad es que después de hacerlo casi siempre me quedaba con ganas; tiraba de algún juguete y me apañaba.

Durante la semana no hablamos del tema. Había días en que tenía clarísimo que quería volver a verlo, y otros en que me frenaba pensando en las consecuencias. Cuando llegaba a casa me probaba la ropa más atrevida que tenía y, al mirarme en el espejo, pensaba que parecía una auténtica golfa. La idea, lejos de asustarme, me ponía.

El jueves, después del trabajo, hice la compra de la semana y, ya de vuelta, me desvié a una tienda a por un vestido nuevo. Por si acaso. Mi cabeza todavía dudaba, pero mi cuerpo hacía tiempo que había decidido.

El viernes a mediodía me llamó Rubén.

—Hola, Carla. ¿Reservo para cenar esta noche y salimos un rato? —La forma de decirlo daba por hecho que mi respuesta sería que sí.

—Perfecto, tengo ganas de salir y de bailar —contesté, y noté que se me aceleraba el pulso.

Pasé la tarde probándome ropa. Al final me decidí por lo que había comprado el día anterior: un blazer blanco corto, de los que normalmente van sobre otra prenda, pero que esa noche llevaría solo sobre la ropa interior. Un sujetador de encaje que apenas cubría la parte de abajo de mis pechos y un tanga minúsculo cuya fina tira quedaba escondida entre mis nalgas.

Cuando Rubén me vio, cambió la cara. Sonrió y dijo:

—Joder, Carla, estás para comerte enterita. Aunque me da que ya tienes pensado quién va a comerte, y no soy yo.

Aquel comentario despejó las pocas dudas que me quedaban sobre lo que pensaba mi marido.

La cena fue agradable. Ni una sola mención a lo que podía venir después. Él se encargó de que mi copa no quedara nunca vacía y, más tarde, llegaron los chupitos.

—¿Pagamos y nos tomamos la última en el Marsala? —propuso al fin.

El local no quedaba lejos y fuimos andando, despacio, porque yo no estaba acostumbrada a los tacones que me había puesto.

—Cariño, déjame cogerte por la cintura, que con estos tacones no llego a tu espalda —bromeó—. Hoy estás imponente. Cuando salgas a bailar, vas a sacarles una cabeza a la mayoría.

Entramos en la sala y mis ojos buscaron a Adrián de inmediato. Lo encontré en la barra, charlando con una pareja. Nos acercamos y, en cuanto me vio, abrió los ojos como platos. No sé si era interesante lo que hablaban, pero los dejó con la palabra en la boca para venir hacia nosotros.

—Hola, pareja divertida, ¿qué tal?

Rubén lo invitó a una copa, y él nos fue contando el ambientazo de esa noche, que habían abierto la terraza y que estaba de lujo.

Apuré mi copa y dije de ir a bailar. Rubén prefería tomarse otra, y Adrián, por supuesto, se ofreció a acompañarme.

—Voy con tu mujer, que hoy está imponente y hay mucho buitre suelto en la pista.

Apenas pisamos la pista, ya tenía sus manos en mi culo, sin disimulo. Me clavó el paquete y yo lo acomodé contra mi entrepierna. Estaba duro a reventar. Me apretaba con fuerza, y cada vez que nos juntábamos sus labios se posaban en mi cuello. Primero fueron besos suaves, luego una lengua que sabía muy bien cómo hacerme jadear. Seguimos así hasta que cambiaron la música por algo más lento, y entonces sentí que iba a perder del todo el control. Decidí cortar y proponerle volver a la barra con mi marido.

Rubén nos recibió sonriendo y pidió otra ronda. Yo estaba a mil, pero conseguimos engancharnos a la conversación. Adrián nos contó su vida: estaba divorciado, lo había pasado mal. Hacía tiempo que con su exmujer las cosas no funcionaban, sobre todo en el sexo, así que decidieron abrir la relación. Frecuentaron clubes de intercambio, anduvieron un tiempo en el ambiente liberal y, al final, se dieron cuenta de que aquello ya estaba acabado. Aunque les costó, después de quince años casados se separaron.

Después, ya divorciado y sin ataduras, había tenido varias experiencias con mujeres. Casi siempre casadas, mujeres a las que su marido había dejado de prestar atención y que buscaban fuera lo que en casa ya no encontraban. Estaba metiendo el dedo en la llaga, pero Rubén no se daba por aludido. Cuando Adrián se fue al baño, mi marido se inclinó hacia mí.

—¿Qué tal lo llevas, Carla? Estás radiante. Me pone a mil ver cómo te toca. ¿Quieres seguir y ver hasta dónde llegas?

—No sé, Rubén. Lo estoy pasando genial, estoy excitadísima, y Adrián ni te cuento. Pero te quiero con locura y necesito que me digas qué piensas de verdad.

—Quiero que te dejes llevar. Llega hasta donde te apetezca, no te preocupes por mí.

Y me dio un beso que me dejó las piernas temblando.

Poco después salimos los tres a la terraza. Se nos unió una pareja algo mayor, simpatiquísima. Bebimos sin medida, nos reímos de cualquier tontería, y cuando ya estaban cerrando, la mujer de la pareja protestó.

—Ay, no quiero despedirme todavía. ¿Por qué no nos vamos a otro sitio?

A esas horas no conocíamos ningún local abierto, pero ella lo tenía claro.

—Nosotros a veces terminamos la noche en un sitio liberal donde hay mucho ambiente. Que no os asuste: se puede tomar una copa tranquilamente, nadie se mete con nadie, y aunque la gente va a lo que va, hay quien solo pasa a tomar la última.

Rubén me miró sonriendo. Adrián dijo que le parecía bien. Yo no dije nada.

—Pues no se hable más —zanjó la mujer.

Los seguimos con nuestro coche; Adrián, con el suyo.

***

Al entrar en el local sentí un escalofrío. Era puro morbo. En la barra, varias parejas conversaban animadas, y algunos hombres solos observaban desde un rincón. Pedimos una consumición y noté que dos de ellos no me quitaban la vista de encima. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sonreían: una sonrisa amable, pero cargada de vicio.

Pasamos a una sala con sofás, todo bastante oscuro. Parejas charlando, otras enredadas sin que les importara la gente de al lado. Nos sentamos en dos sofás enfrentados, yo en medio de Rubén y Adrián. La conversación seguía siendo agradable, aunque yo estaba en una nube y, como Adrián, apenas participaba.

Adrián me puso la mano en el muslo y terminé de derretirme. De la sala contigua llegaba una música suave. Sabía perfectamente dónde me estaba metiendo y, lanzándome ya sin freno, le pedí que fuéramos a bailar. Él me cogió la mano sonriendo y entramos.

No se veía casi nada. Solo una lucecita en una esquina y mucha gente. Por encima de la música se oían jadeos, suspiros, algún gemido contenido.

Nada más entrar, me agarró con descaro. Sus manos fueron directas a mi culo, con fuerza, y me clavó el paquete en la entrepierna, duro, erecto. Sus labios recorrieron mi cuello, mis orejas, mientras sus manos me apretaban por debajo del blazer. Lo tenía casi al aire. Jugó con la tira del tanga hasta que acercó su boca a la mía y empezó a besarme como si quisiera devorarme. Noté su lengua entrar hondo mientras me desabrochaba el único botón del blazer y me sujetaba por la cintura. Sus manos subieron hasta mis pechos y atrapó mis pezones, duros, entre los dedos.

Su lengua no dejaba de buscar la mía. Yo ya no era dueña de nada. Entonces noté otras manos en mi culo. Unas manos desconocidas que empezaron a tocarme con delicadeza y que, poco a poco, se volvieron descaradas. Aquella mano apartó el tanga y buscó la entrada de mi sexo. Estaba tan mojada que el dedo entró sin esfuerzo, hasta el fondo, y empezó a moverse despacio mientras Adrián se daba un festín con mis pechos.

Le desabroché el pantalón y busqué la polla que llevaba toda la noche restregándome. Justo entonces, alguien me cogió la otra mano y la guió hasta su erección. Sin soltarme, se masturbaba con ella.

La situación me desbordaba por completo. De pie, medio desnuda, con Adrián devorándome los pechos, un desconocido con los dedos dentro de mí y, en cada mano, una polla que no era la de mi marido. Y en algún lugar de aquella penumbra, sabía que Rubén estaba mirando. Esa certeza, lejos de frenarme, fue lo que terminó de soltarme del todo.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Maru_Cba

increible!!! me encanto de principio a fin

NocheLibre_22

Por favor la segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

Felipe_uy

El titulo me engancho desde el principio. Muy buen relato, bien escrito y sin rodeos

RubenCba87

Buenisimo, seguí publicando mas relatos asi!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.