El juego del semáforo que cambió nuestra noche
Me llamo Daniel y estoy casado en segundas nupcias con Carolina, que también venía de un divorcio cuando nos conocimos. Para cuando volvimos a pasar por el altar, ninguno de los dos era precisamente inexperto: entre su separación y la mía, cada uno había tenido sus historias, sus noches y sus aprendizajes. Yo tengo treinta y nueve años; ella, treinta y cinco. Nunca habíamos hecho un intercambio de verdad, aunque la idea nos rondaba desde hacía tiempo. Lo que nunca imaginé fue que la primera vez llegaría así, sin buscarla, una noche cualquiera de sábado.
Nos encanta el cine. Una o dos veces al mes nos escapamos a los multicines del centro, vemos una película y después cenamos algo por la zona. Es nuestro pequeño ritual, la manera de cortar la rutina sin complicarnos demasiado.
Aquel sábado salimos de la sala con hambre y nos metimos en la cola de un asador que siempre está lleno. Delante de nosotros había unas ocho personas, así que dimos por hecho que en nada nos sentarían. Y, en efecto, pronto fuimos los siguientes. Pero el encargado, en lugar de darnos mesa, se la ofreció a un grupo que estaba más atrás.
—¿Por qué a ellos antes que a nosotros? —pregunté, más sorprendido que molesto.
—Es que ustedes son solo dos —se disculpó—. Tengo muy pocas mesas pequeñas y debo esperar a que se libere alguna. Las grandes las doy a grupos de cuatro o más.
El hombre que esperaba detrás de nosotros se inclinó hacia delante.
—Si no os importa, podemos pedir una mesa para cuatro y entramos todos antes —propuso con una sonrisa franca—. Cada uno paga lo suyo, por supuesto.
Le dije que por nosotros no había problema. Se lo trasladamos al encargado y, en cuestión de minutos, los cuatro nos acomodábamos en torno a una mesa redonda, cada uno frente a su pareja. Nos presentamos. Ellos eran Andrés y Bárbara, una pareja algo mayor que nosotros, quizá cinco años, de aspecto normal y corriente, igual que el nuestro. Pero tanto ella como Carolina tenían esa clase de presencia que hace que cualquiera, en una mesa cercana, las mire dos veces.
La cena se animó enseguida. Andrés contaba anécdotas con gracia, Bárbara reía con ganas, y para cuando llegaron los postres ya parecíamos cuatro amigos de toda la vida. Propuse rematar la noche con una copa.
—Me apunto —dijo Andrés—. Aunque los garitos de por aquí los sábados son un horror de gente.
Lo comprobamos. Recorrimos un par de locales y todos rebosaban. Fue entonces cuando Bárbara, encogiéndose de hombros, soltó la idea que lo cambió todo.
—¿Y si os venís a casa a tomar esa copa? Vivimos a un paso, podemos ir andando y estaremos mucho más tranquilos.
***
El problema era el coche, que habíamos dejado en el aparcamiento del cine y no queríamos abandonar allí. Andrés resolvió el detalle: fuimos los cuatro en nuestro coche hasta su casa, a un cuarto de hora escaso. Era un piso amplio, cálido, con un salón presidido por un sofá grande y un mueble lleno de libros y cajas.
Nos sentamos Carolina, Bárbara y yo mientras Andrés preparaba las copas en la cocina. Hablamos de nuestras vidas, de cómo nos habíamos conocido cada pareja, de viajes. En un momento, Bárbara se levantó.
—¿Y si jugamos a algo? Tenemos un montón de juegos de mesa, así nos reímos un rato.
Le dijimos que sí. Abrió una puerta del mueble y empezó a sacar cajas: cartas, parchís, juegos de estrategia. Vi una caja de preguntas y respuestas y la señalé.
—Mejor ese, que los de estrategia se eternizan y se nos hace de día.
Bárbara sonrió de un modo que no supe interpretar.
—Ese lo tenemos un poco… modificado. Nosotros lo llamamos «el juego del semáforo».
Andrés, que volvía con las copas, completó la explicación al ver nuestras caras de no entender nada. Habían transformado el juego de preguntas en algo con un componente sexual. Se empezaba en verde, con pruebas muy suaves; si la cosa nos animaba, se pasaba al ámbar, algo más subido; y solo si los cuatro estábamos de acuerdo, se llegaba al rojo, donde los retos eran de verdad.
—¿Os atrevéis? —preguntó Bárbara, con la barbilla apoyada en la mano.
Carolina y yo cruzamos una mirada rápida. Siempre podemos parar cuando queramos, pensé.
—Por qué no —dije—. Pero con la condición de cortar en cualquier momento.
—Por supuesto —respondió ella—. Aquí nadie obliga a nadie a nada.
Nos sentamos a la mesa del comedor. La mecánica era simple: cada uno tiraba dos dados y quien sacara menos puntuación cogía una carta de preguntas. Si acertaba, no pasaba nada. Si fallaba, tomaba una tarjeta del color que tocara y cumplía el reto.
***
El verde fue, como prometía, inofensivo. Un beso en la mejilla a la pareja contraria, un baile sensual de tres pasos, cosas así. Después de dos rondas se acabaron esas tarjetas y nos preguntaron si seguíamos. Dijimos que sí, más por cortesía que por otra cosa.
Entonces sacaron el mazo ámbar, bastante más grueso. La primera en perder fue Bárbara, que falló la pregunta y, sin un atisbo de pudor, leyó su reto y se quitó el jersey entre risas. Se quedó en sujetador, uno de copas transparentes que no escondían nada. La temperatura del salón subió de golpe.
Después caí yo, pero acerté la pregunta y me salvé. En la siguiente ronda perdió Carolina y, al fallar, se deshizo del sujetador sin quitarse la camiseta, una maniobra de equilibrista que arrancó una carcajada general. Volvió a perder en la jugada siguiente y optó por bajarse los pantalones; se quedó en tanga y con la camiseta.
—Guau —murmuró Andrés, y yo no pude reprochárselo.
Cuando el mazo ámbar se agotó, el panorama era el siguiente: Andrés y yo sin camisa, Bárbara con el pecho al aire y Carolina en tanga, sin sujetador pero con la camiseta puesta. El alcohol, la conversación y el propio juego nos tenían a los cuatro encendidos.
—¿Os atrevéis con el rojo? —preguntó Bárbara mientras Andrés rellenaba las copas.
Esta vez fue Carolina quien se adelantó.
—Sí. Pero seguimos con la regla de parar cuando alguien quiera.
***
Guardaron el ámbar y aparecieron las tarjetas rojas. La primera en caer volvió a ser Carolina. Su reto: con un antifaz puesto, adivinar quién de los tres la había besado con lengua. Lo echamos a suertes con los dados y le tocó a Bárbara. Carolina falló —dijo que había sido yo— y tuvo que quitarse la camiseta. Sus pechos quedaron al descubierto.
—Qué barbaridad, Carolina —soltó Andrés—. Quién las pillara.
Nos reímos todos. El siguiente fui yo. Me negué en redondo al reto idéntico, porque no me apetecía que me besara Andrés, y entre bromas me llamaron cobarde. Cedieron: me pusieron el antifaz y me besó Bárbara. Lo supe al instante, su manera de besar no se parecía en nada a la de mi mujer, pero respondí adrede que había sido Carolina. Resultado: pantalones fuera, me quedé en calzoncillos.
Le tocó perder a Bárbara, y aquí la cosa se disparó. Su tarjeta decía que debía adivinar, con los ojos vendados, de quién era el sexo que iba a tener treinta segundos en la boca: el de Andrés o el mío. Yo deseaba que me tocara, y Andrés, acercándose a mi oído, me concedió «el honor».
Bárbara se puso manos a la obra. Fueron treinta segundos largos, deliciosos, con su lengua trabajando despacio. Al final declaró que había sido Andrés, así que falló y se quitó los pantalones; quedó en tanga, espléndida. Más tarde até cabos: había errado a propósito, porque Andrés no estaba circuncidado y yo sí, de modo que distinguirnos era imposible.
Tiramos otra vez y volvió a perder Carolina. La tarjeta roja la mandaba al sofá, con antifaz, a adivinar quién de los tres le lamería el clítoris durante medio minuto. Ahí dudó.
—Daniel —me dijo, buscándome con los ojos—, ¿no crees que esto se nos está yendo de las manos?
Me acerqué y le hablé en voz baja. Le recordé que el juego lo habíamos empezado los dos, que en los clubes de ambiente —adonde íbamos sin haber dado nunca el paso— a ella le gustaba el roce con otras mujeres, y que disfrutara tanto si la elegida era Bárbara como si era yo. Y si el azar señalaba a Andrés, también. Asintió despacio, se levantó y se sentó en el sofá. Le pusimos el antifaz.
Como Andrés me había cedido el honor con Bárbara, le devolví el gesto: le susurré que ahora le tocaba a él. Pusimos el cronómetro a cero. Andrés se arrodilló, apartó la tira del tanga y empezó.
—Ahhh… sigue, sigue, no pares —jadeaba Carolina—. No pares… ¡para!
—¿En qué quedamos? —rió Bárbara—. ¿Que pare o que no pare?
—Que no pare quien me está comiendo… ¡pero que pare el reloj! —contestó ella, y estallamos en carcajadas.
***
A partir de ahí no hubo más cartas. Bárbara se sentó a mi lado en el sofá, se quitó el tanga, abrió las piernas y me miró con un descaro que no admitía dudas.
—¿Y tú a qué esperas?
Me arrodillé en el suelo y hundí la cara entre sus muslos. Estaba completamente depilada, suave, y respondía a cada movimiento de mi lengua con un temblor. La sujetaba por las caderas con una mano mientras con la otra la exploraba despacio. Ella me cruzó las piernas alrededor del cuello para que no me escapara.
De reojo buscaba a Carolina. Se había arrancado el antifaz y, al descubrir que era Andrés quien la devoraba, se abandonó del todo.
—¡Sí! Qué bien lo haces… me voy a correr —gemía.
En un momento alargó la mano hasta encontrar la mía. La apretó justo cuando un escalofrío la recorría entera. Se había corrido con una fuerza que pocas veces le había visto. Andrés se separó, fue al mueble, sacó un preservativo, se lo puso y volvió. Carolina lo miró, yo le sonreí, y ella cerró los ojos. Él la giró, la dejó de rodillas sobre el sofá mirando a la pared y la penetró.
Bárbara, jadeando, me apartó. Cogió un condón, me lo colocó ella misma, me sentó en el sofá y se montó encima clavándose hasta el fondo. Era la primera vez desde que nos habíamos casado que llegábamos a un intercambio completo. Mientras la sujetaba por la cintura, le acariciaba unos pechos más generosos que los de mi mujer, le mordía los pezones, la besaba. Y no dejaba de mirar a Carolina, que soltaba todo lo que se le pasaba por la cabeza.
—¡Así! No pares… ¡no pares!
Me incliné, le sujeté la nuca y la besé hondo, sin dejar de moverme dentro de Bárbara.
—¿Te gusta sentir a otro que no soy yo, mi amor? —le pregunté al oído.
—¡Sí! ¡Qué gusto! Me corro… ¡me corro!
Otro temblor la sacudió, y casi a la vez Andrés soltó un gruñido ronco anunciando lo mismo. Bárbara siguió cabalgándome unos segundos más, hasta que terminamos los dos prácticamente al unísono, con espasmos que me dejaron sin aire. Me dio un beso y se acomodó a mi lado, los dos sudando. Andrés y yo nos retiramos los condones y fuimos al baño a limpiarnos.
***
—¿Qué tal con Bárbara? —me preguntó allí, con total naturalidad—. Yo con Carolina lo he pasado de maravilla.
Fui sincero. Le conté que era nuestro primer intercambio de verdad y que lo había disfrutado por partida doble: por lo mío y por ver a mi mujer entregada con otro hombre. Se sorprendió; nos había visto tan sueltos que daba por hecho que era costumbre.
Volvimos al salón. Nuestras parejas estaban sentadas, las piernas cruzadas, comentando entre risas lo que acababa de pasar. Andrés rellenó las copas; yo, mareado de tanto alcohol, le pedí solo una tónica. Mientras él iba a buscarla, Bárbara se deslizó hasta quedar pegada a mí.
—Ven a probar otra vez lo que tengo aquí —murmuró—. Así le damos tiempo a esa cosita tan rica para que se recupere.
Me miré: estaba flácido, pero algo me decía que no tardaría en remontar. Sin pensarlo me lancé entre sus piernas. Carolina, observándonos, empezó a acariciarse. Andrés volvió con la tónica.
—¡Caramba! Sí que tenías sed, ya estás bebiendo de la fuente —bromeó.
Cogió a Carolina, la llevó al centro del salón, se tendió en la alfombra y la sentó sobre él. La tenía otra vez firme y se la metió hasta el fondo, esta vez sin nada de por medio. Ella no protestó. Bárbara me apartó.
—Ahora me toca a mí —dijo, y se arrodilló para hacerme una felación que me puso al límite enseguida.
Tuve que separarme para no terminar antes de tiempo. Quería más. Ella se rió, se puso a cuatro patas mirando a la pared.
—Adelante. Pero ahora como ellos, sin nada, y quiero sentirte dentro.
Empecé despacio, girando la cabeza para ver a Carolina cabalgar a Andrés, totalmente desinhibida. El morbo de aquella imagen, los gemidos cruzados de los cuatro, lo hacían todo más intenso. No aguanté mucho: me corrí dentro de Bárbara y me desplomé sobre su espalda. Al otro lado, Carolina se derrumbó contra el pecho de Andrés justo cuando él, con un resoplido, terminaba también.
Nos fuimos quedando en silencio. Bárbara le tendió la mano a mi mujer.
—Ven, vamos a lavarnos.
Andrés y yo nos quedamos solos. No comentó nada de lo ocurrido; solo dijo que no estábamos en condiciones de conducir y que, si queríamos, nos quedáramos a dormir en el cuarto de invitados. Lo consulté con Carolina y le pareció bien. Nos acostamos cada uno con su pareja. Ella cayó rendida al instante. A mí me costó más: me daba vueltas la cabeza por el alcohol y por todo lo que habíamos hecho, hasta que el cansancio me venció.
Al despertar, pasadas las diez, ellos ya tenían el desayuno listo. Repasamos la noche entre risas y café. Con Andrés y Bárbara forjamos una amistad que dura, y en otras ocasiones hemos repetido aquella jugada, y alguna más. Lo que empezó como un simple cambio de mesa en la cola de un restaurante terminó abriéndonos una puerta que ya no quisimos volver a cerrar.