Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en la playa nudista con mi mejor amiga

Me llamo Daniela y tengo treinta y tres años. Mi mejor amiga se llama Romina y tiene treinta y uno, aunque cuando estamos juntas las dos volvemos a sentirnos como un par de adolescentes que acaban de descubrir lo que es desear a alguien sin pedir permiso.

Nos conocemos desde la universidad. Con ella aprendí muchas cosas que nadie me enseñó en casa: a no avergonzarme de mi cuerpo, a hablar del sexo sin bajar la voz, a tocarme sin culpa. Romina fue la primera persona con la que me sentí libre de verdad, y con el tiempo esa confianza se convirtió en algo más.

Porque no solo somos amigas. También somos amantes. Lo hemos sido durante años, incluso cuando cada una tenía su propia relación. Nunca dejamos de buscarnos, de mandarnos mensajes a medianoche, de escaparnos a un hotel cuando la rutina nos pesaba demasiado.

Más de una vez fantaseamos en voz alta con dar un paso más. Hablábamos de intercambiar parejas, de compartir a un hombre, de dejarnos mirar por alguien. Eran charlas de cama, susurros entre risas que nunca pasaban del terreno de la imaginación. Hasta ese verano.

Romina venía de terminar una relación larga, y la ruptura la había dejado apagada. Yo no soportaba verla así, con esa sonrisa que ya no le llegaba a los ojos. Así que se me ocurrió organizar un viaje. Solo nosotras dos, lejos de todo, en algún lugar donde nadie nos conociera.

—¿Y si nos vamos a la costa? —le dije una tarde, mientras tomábamos vino en mi terraza—. A un sitio tranquilo, sin horarios, sin que nadie nos diga nada.

Ella me miró por encima del borde de la copa.

—¿Estás hablando de la playa de la que todos hablan? —preguntó, y por primera vez en semanas vi una chispa en su mirada.

—Esa misma —respondí.

El lugar se llamaba Caleta Mansa, una franja de costa famosa por su ambiente liberal y su gente sin prejuicios. Habíamos oído historias de parejas que se perdían entre las dunas, de playas donde la ropa era opcional y nadie levantaba una ceja. Era justo lo que necesitábamos.

***

El primer día ni siquiera salimos a conocer el pueblo. Llegamos al hostal pasado el mediodía, dejamos las maletas tiradas en el suelo y nos lanzamos a la cama antes de deshacer el equipaje. La distancia y la espera habían acumulado un hambre que no podíamos contener.

Pasamos la tarde entera consintiéndonos la una a la otra. Conozco su cuerpo de memoria, cada lunar, cada punto que la hace temblar, y aun así me sigue sorprendiendo lo intensa que se pone cuando la toco despacio. Fue lento, pasional y tierno, como solo puede serlo entre dos personas que se conocen hasta el último rincón.

Esa noche dormimos abrazadas, con las piernas enredadas y la promesa silenciosa de que al día siguiente íbamos a buscar algo más.

Porque eso lo habíamos decidido antes de salir: este viaje no era solo para nosotras. Queríamos probar lo que tantas veces habíamos imaginado. Queríamos sentir la mirada de un desconocido, quizá algo más que la mirada.

***

El segundo día amanecimos con un plan claro. Mientras desayunábamos café y fruta en la terraza del hostal, lo dijimos sin rodeos.

—Hoy salimos a cazar —bromeó Romina, mordiendo una rodaja de mango.

—Hoy nos dejamos cazar —la corregí, y las dos nos reímos.

Elegimos los trajes de baño más atrevidos que habíamos metido en la maleta. Yo me puse un bikini verde oliva, de esos que cubren más bien poco. La parte de arriba eran dos triángulos diminutos sostenidos por tiras finas que se anudaban en el cuello y en la espalda, y que dejaban casi todo a la vista. La parte de abajo era una tanga mínima, con un corte que subía por las caderas y estilizaba las piernas, sujeta apenas por dos cordones a los costados.

Romina eligió uno parecido, en verde con ribetes rosas, todavía más pequeño que el mío. Cuando se lo terminó de atar y se giró frente al espejo, las dos nos quedamos calladas un segundo.

—Vamos a provocar un accidente —murmuré, mirándola de arriba abajo.

—Esa es la idea —contestó ella, guiñándome un ojo.

Salimos a caminar por la orilla bajo un sol que pegaba fuerte. No hizo falta esperar mucho para notar el efecto. Los hombres giraban la cabeza a nuestro paso, algunos con disimulo, otros sin ninguna intención de esconderlo. Sentir esas miradas recorriendo nuestros cuerpos nos encendía más que cualquier caricia. Caminábamos despacio, sabiéndonos observadas, jugando con la cadera, disfrutando del poder que da saberse deseada.

En un puesto de bebidas escuchamos a unos viajeros hablar de un tramo de costa apartado, más allá de las rocas, donde —según ellos— pasaban cosas. Una playa escondida, casi siempre vacía, donde la gente iba a perderse. Nos miramos sin necesidad de decir nada. Para allá fuimos, no sin antes quitarnos la parte de arriba del bikini y dejarla colgando de la mano, porque toda esa franja era nudista y nadie iba a escandalizarse.

***

El tramo escondido resultó ser todavía más tranquilo de lo que imaginábamos. Una pequeña ensenada protegida por un muro de rocas, con la arena fina y el mar quieto. No había absolutamente nadie.

—Qué decepción —dijo Romina, mirando alrededor—. Tanto rumor para nada.

—Bueno —respondí, dejando caer la toalla sobre la arena—, ya que estamos solas, no vamos a desaprovechar el lugar.

La tomé de la nuca y la besé. Fue un beso largo, de los que empiezan despacio y terminan sin aire. Sus manos bajaron por mi espalda hasta deshacer el último nudo que me quedaba puesto, y yo hice lo mismo con ella. En cuestión de minutos estábamos desnudas sobre la toalla, piel contra piel, con el calor del sol y el calor de nuestros cuerpos confundiéndose en uno solo.

Romina es ruidosa. Siempre lo ha sido, y como estábamos solas no se molestó en contenerse. La recosté sobre la arena y bajé besando su cuello, sus pechos, su vientre, hasta llegar adonde sabía que me esperaba. Le encanta el sexo oral que le doy, y esa mañana, con la brisa del mar y la sensación de estar haciendo algo prohibido a plena luz, llegó al orgasmo más rápido que de costumbre. Sus gemidos rebotaron contra las rocas.

Después me tocó a mí. Me pidió que me diera la vuelta y se tomó su tiempo, recorriéndome entera con la lengua, sin prisa, hasta hacerme arquear la espalda. Yo tampoco me reprimí. Grité, gemí, dije su nombre. En ese momento no me importaba quién pudiera oírnos.

Y resultó que alguien sí nos oía.

***

Fue al abrir los ojos cuando los vi. Dos siluetas recortadas contra la luz, asomadas entre las rocas, a unos metros de nosotras. Dos jóvenes, no tendrían más de veinte años, que nos miraban sin moverse, como si temieran que un solo gesto fuera a espantarnos.

—Romina —susurré, sin dejar de moverme—, nos están mirando.

Ella giró apenas la cabeza, los descubrió, y en lugar de cubrirse me clavó las uñas en la espalda.

—No pares —jadeó—. Que miren. Quiero que miren.

Saber que nos observaban lo cambió todo. La idea que tantas veces habíamos acariciado en la oscuridad de un dormitorio se estaba haciendo real frente a nosotras. Subimos el tono a propósito, exagerando cada gemido, ofreciéndonos como un espectáculo para esos dos desconocidos que no se atrevían a acercarse.

En un momento crucé la mirada con uno de ellos. No la aparté. Al contrario, sostuve sus ojos con una sonrisa que era una invitación clara, descarada, sin lugar a malentendidos. Los dos chicos se miraron entre sí, y como si esa mirada mía les hubiera dado permiso, empezaron a caminar hacia nosotras.

Lo confieso: por un segundo sentí miedo. Estábamos solas, desnudas, en una playa apartada con dos extraños. Pero el miedo se mezclaba con la excitación de una manera que me resultaba imposible de frenar. Seguimos. Ellos se sentaron cerca, sin decir palabra, y comenzaron a desnudarse también.

Lo que tenían entre las piernas terminó de encenderme. Verlos masturbarse mientras nos miraban, con la respiración agitada, fue demasiado. Cerré los ojos un instante para recuperar el aliento, y cuando los volví a abrir me encontré con una imagen que no esperaba: Romina ya se había acercado a ellos y los tenía a los dos en la boca, alternando, completamente entregada.

Levantó la vista hacia mí, con una sonrisa traviesa, y solo dijo:

—¿Te unes?

***

No hizo falta que insistiera. Me arrastré por la arena hasta quedar junto a ella, y a partir de ahí dejamos de pensar. Nos repartimos a los dos chicos, los intercambiamos, nos reímos entre nosotras como cómplices de una travesura, los miramos a los ojos mientras hacíamos lo que tantas veces habíamos fantaseado.

Fue desordenado y caótico, todo manos, bocas y cuerpos sudados bajo el sol. Los muchachos apenas hablaban; estaban tan sorprendidos de su suerte que se limitaban a dejarse llevar. Romina y yo, en cambio, nos comunicábamos sin palabras, como siempre, leyéndonos en cada gesto, turnándonos, guiándonos la una a la otra.

Durante un buen rato fuimos cuatro desconocidos compartiendo una mañana que ninguno olvidaría. Cuando todo terminó, los chicos se vistieron, nos agradecieron con una timidez que contrastaba con lo que acababa de pasar, y se perdieron entre las rocas por donde habían llegado.

Romina y yo nos quedamos un rato más, tumbadas sobre la toalla, mirando el techo azul del cielo.

—¿Valió la pena el viaje? —le pregunté, buscando su mano sobre la arena.

Ella se giró hacia mí, y por fin la sonrisa le llegó a los ojos.

—Cada kilómetro —respondió, y me dio un beso que sabía a sal y a complicidad.

Volvimos al hostal tomadas de la mano, con la piel tirante por el sol y una sensación nueva instalada en el pecho. Habíamos cruzado una línea que durante años solo existió en nuestra imaginación, y al hacerlo descubrimos que la fantasía, cuando se cumple entre las personas correctas, no rompe nada: solo lo vuelve más grande.

Esa noche, ya en la cama, lo recordamos paso a paso entre risas y caricias. Y antes de dormir, las dos sabíamos que ese viaje no iba a ser el último.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Ximena_DF

increible... me quede sin palabras!!

GabrielNoc

Por favor seguí escribiendo, necesito una segunda parte de esto. Me dejaste con muchísimas ganas de saber cómo terminó todo.

ViajeraMdq

me recordó a un verano en la costa que prefiero no contar jajaja. Muy buen relato, de verdad.

MaxiCba_lector

Excelente relato, de los mejores que lei ultimamente. Sigue asi!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.