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Relatos Ardientes

La boda donde intercambiamos parejas por primera vez

La invitación llevaba semanas pegada en la heladera, y Mariana la miraba cada mañana con una sonrisa que yo conocía demasiado bien. La boda de unos amigos en una vieja casa de campo, a media hora de la ciudad, prometía ser la excusa perfecta para una de esas noches en las que ella se transforma y yo la dejo brillar.

Fue un sábado por la tarde. Mientras se arreglaba frente al espejo, eligió el vestido verde: ajustado, con un escote pronunciado, la espalda al descubierto y una abertura en la pierna que insinuaba sin mostrar del todo. No era corto, pero dibujaba cada curva de su cuerpo con una precisión que me secaba la boca.

—No deberías llevar nada debajo —le susurré desde la puerta del baño.

Ella giró la cabeza, divertida, y se mordió el labio antes de contestar.

—Solo una tanga negra, diminuta y casi transparente —dijo—. Se va a marcar bajo la tela. Así como te gusta.

Y así fue como empezó todo.

Se calzó unos tacones altos, se miró por última vez y soltó una risa baja, cargada de intención. Yo me puse un traje oscuro, intentando estar a la altura de lo que ella iba a provocar esa noche. Cuando bajamos al auto, me detuvo con una mano en el pecho y me besó el cuello.

—Espero que la fiesta traiga sorpresas —murmuró contra mi oreja, y su mano bajó hasta apretarme la polla ya dura por encima del pantalón—. Y espero llegar a casa con el coño lleno.

Casi no llegamos. Tuve que respirar hondo, encender el motor y concentrarme en el camino mientras ella miraba por la ventanilla como si nada, con las piernas apenas separadas y esa tanga diminuta ya húmeda pegada a los labios de su sexo.

***

La casa era preciosa, de estilo colonial, con galerías largas, jardines amplios y una capilla pequeña donde se celebró la ceremonia. Los novios estaban radiantes, la decoración tenía un aire romano y todo respiraba elegancia. Pero apenas cruzamos la puerta del salón, sentí lo de siempre: las cabezas que giraban, las miradas que se clavaban en las tetas de Mariana marcadas bajo el escote y en el culo apretado por la tela verde, y la seguían mientras caminaba imponente entre las mesas.

Ella lo notaba, claro. Lo disfrutaba. Caminaba con la espalda recta y una sonrisa apenas insinuada, derrochando una seguridad que volvía locos a los hombres y ponía nerviosas a algunas mujeres. Hasta los mozos se quedaban un segundo de más cuando pasaba.

Nos ubicaron en una mesa larga, compartida con otras cuatro parejas. Brindamos con el cóctel de bienvenida, rompimos el hielo con charlas amables y, como siempre, todos encontraban un pretexto para hablar con nosotros y coquetear con ella de manera disimulada. Mariana les seguía el juego y después me lo contaba al oído, entre risas, mientras la tensión se acumulaba bajo la mesa.

—Si supieras cuántos me miran ahora mismo —me dijo, rozándome la pierna—, estarías celoso y excitado al mismo tiempo. El de la corbata azul me estuvo mirando las tetas todo el brindis. Se le paró la verga, te lo aseguro.

—Estoy las dos cosas —admití, mientras le colaba la mano bajo el vestido y le rozaba el muslo. La tanga apenas cubría nada; sentí el calor de su coño a milímetros de mis dedos.

Trajeron whisky y tequila, empezó la música y salimos a bailar. Sus movimientos eran cada vez más sueltos, más provocadores, y yo la animaba sin disimulo. La estrechaba contra mí, le acariciaba la cintura, le apretaba las nalgas cuando nadie miraba y le clavaba la polla dura contra la panza para que sintiera el efecto que producía. En un momento, ya entrada en calor, le pedí algo que llevaba pensando desde que salimos de casa.

—Quítate la tanga. Quiero saber que estás con el coño al aire toda la noche.

Ella me miró, lo pensó un segundo y se levantó. Cruzó el salón rumbo al baño, girando una sola vez para verme la cara. Cuando volvió, traía la prenda en el puño cerrado, y al pasármela debajo de la mesa noté que la tela estaba empapada. La dejó sobre mi mano con naturalidad y yo la guardé en el bolsillo del saco, apretándola en el puño como un trofeo.

—Estás chorreando —le dije al oído.

—Estoy así desde que me pediste que no me pusiera nada —contestó, y me mordió el lóbulo de la oreja.

Saber que estaba completamente desnuda bajo ese vestido fue como prender un fósforo. Bailamos otra vez y, bajo la tela ajustada, todo se marcaba de una forma que me aceleraba el pulso: los pezones duros clavándose contra la seda, la línea del culo, la sombra oscura entre las piernas cuando la abertura del vestido se abría con el movimiento. Más de un hombre se la comía con la mirada, buscando el ángulo, el detalle. No sé si alguno se dio cuenta de que ya no llevaba nada. A los dos nos encantaba la duda.

Aproveché una vuelta lenta para meterle la mano por la abertura del vestido y colar dos dedos entre sus muslos. La encontré empapada, con los labios del coño hinchados y el clítoris ya duro como una piedrita. Se le escapó un gemido corto contra mi cuello.

—Si seguís así, me hacés acabar acá parada, hijo de puta —susurró.

Saqué los dedos, brillantes, y los llevé a mi boca. Chupé su sabor delante de ella, y vi cómo se le dilataban las pupilas.

***

—Tengo un juego —le dije al oído.

Nos corrimos hacia una galería entre la pista y las mesas, un rincón de complicidad absoluta. La regla era simple: cada vez que pasara alguien, ella me decía si se lo cogería y cómo, y si lo invitaría a bailar. Yo hacía lo mismo con cada mujer que cruzaba.

Pasó un tipo alto, de traje gris.

—Ese sí —dijo ella, sin dudar—. Se nota que la tiene grande. Me lo mamaría de rodillas antes de que me la meta hasta el fondo.

Pasó la novia, hermosa con su vestido blanco.

—Esa tiene cara de santa y pinta de fiera —contesté—. Le comería el coño hasta que se corriera tres veces sobre mi cara antes de darle vuelta y follármela por el culo.

Nos reíamos, embriagados de tequila y de deseo, pero la verdad es que yo solo tenía ojos para ella. La veía seducir a sus parejas de baile, dejar que las manos ajenas le rozaran la cintura, arquear la espalda y mover las caderas como en una danza antigua. Después intercambiábamos y volvíamos a quedar juntos, justo cuando los otros ya no podían disimular la erección que se les marcaba en el pantalón.

Entre vuelta y vuelta, nos decíamos al oído cómo y en qué posición nos imaginábamos follándonos a cada uno de ellos. Que a esa la pondría en cuatro. Que a aquel se lo montaría encima hasta ordeñarle la corrida. Era una fantasía compartida, un secreto que solo nosotros entendíamos, y que nos tenía ardiendo.

***

El último blanco del juego fue una pareja que habíamos conocido en la mesa. Venían de otra ciudad y la charla había fluido desde el primer brindis. Se llamaban Bianca y Damián, y con ellos la complicidad fue inmediata.

—La música está demasiado buena —dije, levantándome—. Vamos a bailar.

Saqué a Bianca; Mariana se llevó a Damián. Lo teníamos coordinado: nos movimos hacia un rincón oscuro de la galería, lejos de la pista y cerca del jardín. Bianca también traía un vestido ajustado, con la espalda descubierta y una silueta espectacular: tetas firmes marcadas sin corpiño y un culo redondo que pedía manoseo.

Cuando sonó un reguetón lento, ya no hubo distancia. La tomé de la mano, rodeé su cintura y la atraje hacia mí. Ella siguió el ritmo entregada, con la palma apoyada en mi hombro y la respiración cada vez más corta. Mi pierna se acomodó entre las suyas, y sentí perfectamente el calor de su coño frotándose contra mi muslo a través de la tela. No teníamos apuro.

—Bailas increíble —le dije—. Damián tiene suerte.

Le gustó el comentario. Se pegó más, y terminó confesándome, casi al oído, que con su pareja eran muy abiertos, que se divertían sin culpas, que más de una vez habían compartido cama con otra pareja. Mientras lo decía, sentí cómo apretaba el coño contra mi pierna y me clavaba las tetas duras en el pecho. No pude evitar que la polla se me pusiera como piedra, y ella tampoco la ignoró: bajó una mano y me la apretó por encima del pantalón, sin disimulo.

—Uf. La tenés dura —murmuró, mordiéndose el labio—. Y grande.

Levanté la vista y encontré a Mariana en la misma sintonía con Damián. Ella tenía una pierna entre las de él, las caderas en movimiento restregándose contra el bulto que se le marcaba en el pantalón, la espalda arqueada, los pezones perforando la seda verde. Él respiraba el perfume de su cabello con los ojos cerrados y le apretaba el culo con las dos manos, hundiendo los dedos en la carne.

Eso me incendió. Y a ella también. Era como una competencia silenciosa al ritmo de la música, un juego de miradas cómplices que nos arrastraba a un lugar del que no queríamos salir. Entre risas y brindis, llegó un momento en que las dos mujeres bailaban juntas, desinhibidas, dueñas de la noche, con las manos rozándose los muslos y las bocas peligrosamente cerca.

***

Eran casi las dos de la madrugada cuando los novios se acercaron a despedirse. Quedábamos pocos invitados y un par de mozos. Fuimos al baño a refrescarnos, sin saber si retirarnos o estirar la noche, porque la verdad era que ninguno quería que terminara.

Bianca y Damián resolvieron la duda: tenían alquilada una cabaña en la parte de atrás de la propiedad, junto a un arroyo que cruzaba el terreno. Nos invitaron a seguir la fiesta. Miré a Mariana, y sus ojos me lo dijeron todo.

Llevamos dos botellas de tequila, pusimos música y nos sentamos alrededor de una mesa redonda. Bianca propuso girar la botella y jugar a verdad o reto. La primera en responder fue Mariana, y la pregunta llegó directa.

—¿Alguna vez te gustaría tener un trío? —disparó Bianca.

—Claro que sí, ¿por qué no? Con dos pollas al mismo tiempo, mejor —respondió mi esposa, y los cuatro estallamos en carcajadas.

Si esas eran las preguntas de entrada, no costaba imaginar las que vendrían. Le tocó a Damián, y Mariana lo retó a hacer un baile para las dos mujeres. Lo hizo, entre gritos y aplausos, y hasta se bajó los pantalones hasta las rodillas mostrando el bulto marcado en el bóxer. Después le salió reto a Bianca: dos shots más de tequila, uno del ombligo de Mariana. Bianca no dudó: le subió el vestido hasta las tetas, le vertió el tequila en la panza y bajó la boca a chuparlo despacio, rozando con la lengua el borde del ombligo mientras Mariana soltaba una risa ronca y me miraba a los ojos. El ambiente se volvía más cálido, más atrevido, más sucio.

Cuando la botella me apuntó, pedí verdad. Bianca no perdió tiempo.

—¿Harías un intercambio de parejas? ¿Acá, ahora?

Con el calor del alcohol y la excitación a flor de piel, contesté que sí, que en ese mismo momento me gustaría cogerme a Bianca mientras Damián se cogía a Mariana. Apagamos una luz, el cuarto quedó en penumbra y Mariana se acercó a acariciarme la polla por encima del pantalón, comprobando lo duro que estaba. Confesamos que más de una vez habíamos fantaseado con esto; ellos también. La sintonía fue total.

Empezamos a besarnos, cada uno con su pareja. Hasta que sentí una pierna ajena rozando la mía. Era Bianca.

—¿Y si lo intentamos ahora mismo? —propuse.

Hubo un silencio cómplice. Las miradas respondieron por nosotros. Le susurré a Mariana que sabía que lo iba a disfrutar, y ella solo sonrió y dijo:

—Hagámoslo. Quiero que te cojas a Bianca. Y quiero sentir la verga de Damián dentro de mí.

***

Entramos los cuatro a la habitación y sellamos las reglas con un brindis: libertad total, sin celos, por el resto de la noche.

Bianca dio el primer paso. Me besó con ganas, metiéndome la lengua hasta el fondo, y me confesó al oído que había deseado esto desde el baile, que quería sentirme la polla adentro. La fui desnudando despacio: le bajé los tirantes del vestido y las tetas saltaron libres, redondas, con los pezones rosados y erectos apuntándome. Se las chupé una y otra, mordiéndole la punta hasta que gimió y arqueó la espalda. Le terminé de sacar el vestido y confirmé lo que Mariana ya me había dicho por lo bajo: tampoco traía nada abajo. Un coño depilado, brillante, con los labios ya hinchados de deseo.

Me arrodillé frente a su cuerpo, le abrí las piernas y hundí la cara entre sus muslos. La lamí de abajo hacia arriba, larga, entera, y le clavé la lengua entre los labios buscando el clítoris. Ella me agarró del pelo y empujó mi cabeza contra su coño.

—Así, chupámelo así, no pares —jadeó.

A mi lado, Mariana le había abierto la bragueta a Damián y le había sacado la verga afuera. Era gruesa, oscura, con la punta ya brillando de líquido. Ella se arrodilló, la agarró con las dos manos y se la metió en la boca hasta la mitad, chupando lento, mirándome. Vi cómo la mejilla se le abultaba con cada empuje, cómo un hilo de saliva le caía por el mentón. Damián le sostenía la cabeza y la guiaba con las caderas, gimiendo bajito.

Ella me buscó la mirada mientras se la seguía mamando, y ese cruce de ojos —yo con el coño de Bianca en la boca, ella con la polla ajena en la garganta— fue una descarga eléctrica.

Las acomodamos a las dos sobre la cama, una junto a la otra, boca arriba, con las piernas abiertas colgando del borde. Nos arrodillamos entre ellas y empezamos a recorrerlas con la boca. Me concentré en Bianca, chupándole el clítoris y metiéndole dos dedos que curvé hacia arriba, buscándole el punto. Sus piernas empezaron a temblar, y apretó mi cabeza contra ella con las dos manos hasta que estalló en una serie de orgasmos que le sacudieron el vientre. Casi al mismo tiempo escuché a Mariana gemir a mi lado, con las piernas bien abiertas encima de los hombros de Damián y la voz quebrada por el placer, mientras él le comía el coño con hambre.

Bianca me pidió un preservativo con una voz ronca de mujer necesitada. Me lo puse, le agarré las piernas y se las eché a los hombros. Le apoyé la punta de la polla en la entrada del coño, la vi morderse el labio, y de un solo empujón me hundí hasta el fondo. Bianca soltó un grito ahogado y se aferró a las sábanas. La empecé a coger despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta las bolas, mirándola a los ojos mientras Mariana nos observaba desde el costado, mordiéndose los labios y con una mano entre sus piernas.

Damián hizo lo mismo del otro lado: puso a Mariana en el borde y le clavó la verga de una sola vez. Ella soltó un gemido gutural que me clavó la polla todavía más adentro de Bianca. Las dos quedaron frente a frente, mirándose a los ojos, acariciándose las tetas mutuamente, en una escena que parecía sacada de un sueño. Bianca estiró una mano y le pellizcó un pezón a Mariana; mi esposa arqueó la espalda y gimió más fuerte.

Después intercambiamos posiciones. Mariana se dio vuelta, se puso en cuatro sobre la cama, abrió las piernas y le mostró el culo a Damián, empujando las caderas hacia atrás. Él la agarró de la cintura, le apoyó la verga entre las nalgas, la deslizó un par de veces entre los labios del coño y se la metió hasta el fondo con un golpe seco. Mariana gritó y hundió la cara en la almohada. Damián la empezó a coger con embestidas duras, chocándole las bolas contra el clítoris, agarrándola del pelo, y ella le pedía más al oído: "Así, más fuerte, cogémela toda, no pares".

Yo seguía con Bianca, ahora ella arriba, cabalgándome. Se movía sobre mi polla apretando las rodillas contra mis costillas, las tetas bailando frente a mi cara. Me incorporé un poco, le atrapé un pezón con los dientes, y ella se aceleró, montándome más fuerte, apretándome el coño contra la base de la verga. De pronto sentí la mano de mi esposa que me acariciaba el pecho, buscándome aun en medio de su propio placer. Era una complicidad nueva, eléctrica.

En un momento las dos mujeres se besaron sobre la cama, largo y profundo, con las lenguas visibles jugando entre sus bocas, mientras nosotros las mirábamos sin movernos, hipnotizados, con las pollas duras metidas todavía dentro de ellas. Bianca le agarró una teta a Mariana y se la chupó con hambre, y Mariana echó la cabeza atrás soltando un gemido largo.

Volvimos cada uno con nuestra pareja. Puse a Mariana de costado, le levanté la pierna de arriba y la tomé desde atrás, hundiéndole la polla en el coño empapado y abierto por la verga de Damián. Estaba caliente, resbaladiza, más apretada que nunca por la excitación. Le agarré una teta con una mano y con la otra le busqué el clítoris, frotándoselo al ritmo de mis embestidas, mientras ella me pedía al oído que no parara, que la cogiera fuerte, que le llenara el coño de leche. Bianca, al lado, jadeaba a cuatro patas mientras Damián la penetraba desde atrás, y por momentos nuestras manos se cruzaban sobre los cuerpos, sin saber bien de quién eran. Le metí un dedo en la boca a Bianca y ella lo chupó como si fuera una polla, mirándome.

Los gemidos fueron subiendo de tono hasta que los cuatro llegamos casi al mismo tiempo. Sentí el coño de Mariana apretarse en espasmos alrededor de mi polla, y su cuerpo entero temblando contra el mío. Mariana se incorporó justo entonces, se giró, me buscó la boca con la lengua y me susurró "acabá adentro mío" mientras Damián acababa dentro de Bianca con un rugido bajo. Mi orgasmo se volvió brutal: la agarré de las caderas y descargué hasta la última gota dentro de ella, con la lengua de mi esposa todavía en mi boca y el gusto salado de su placer entre los labios.

Caímos agitados sobre las sábanas, los cuatro enredados, respirando entrecortado, sudados, con las pieles pegadas. Un hilo de semen le corría a Mariana por la cara interna del muslo. Bianca tenía el pecho subiendo y bajando, con los pezones enrojecidos por las mordidas. Descansamos unos minutos; ella se durmió un instante sobre mi pecho mientras Bianca, todavía abrazada a Damián, le acariciaba el hombro a mi esposa con una mano perezosa, y con la otra le rozaba la teta como quien no quiere la cosa.

***

Salimos de la cabaña cerca de las cuatro de la mañana, despeinados y todavía encendidos. En el auto, ninguno de los dos era del todo dueño de sus actos. Le pedí a Mariana que se inclinara sobre mí, le levanté el vestido y dejé su cuerpo expuesto contra la ventanilla mientras yo manejaba despacio por las calles vacías. Le colé la mano entre los muslos y encontré su coño todavía empapado, hinchado, tibio de las dos corridas. Le metí dos dedos y ella se abrió más, gimiendo bajito, mientras con la otra mano me abría el pantalón, me sacaba la polla y empezaba a masturbármela con movimientos lentos.

No había tránsito a esa hora, salvo en un semáforo donde un taxista se detuvo a nuestro lado. Tuvo el espectáculo en primera fila: mi esposa con las tetas al aire, la polla de su marido en la mano, mis dedos hundidos en su coño. Yo no dije una palabra. Ella tampoco se detuvo; al contrario, giró la cabeza, lo miró a los ojos al taxista, y se llevó mi verga a la boca sin dejar de mirarlo. Vi por el espejo cómo el tipo se acomodaba en el asiento y bajaba una mano hacia su bragueta. La luz cambió y arranqué despacio, con la boca de Mariana subiendo y bajando por mi polla, chupándome hasta que le llené la garganta de leche pocas cuadras más adelante. Se tragó todo, se limpió la comisura con el dorso de la mano y me sonrió.

Seguimos así, entre risas cómplices y silencios cargados, todo el camino de regreso a casa, sabiendo que esa boda nos había cambiado para siempre.

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Comentarios(8)

LucasEnBaires

tremendo relato!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Fabian_Sal

necesito una segunda parte, no puede quedar ahi!!! me dejo con ganas de saber que paso despues con esa pareja

CarlosNacht

me recordo a una boda a la que fui hace unos años, estuvo a punto de pasar algo parecido pero nos falto el valor jaja. que envidia la verdad

Martu_Arg

que relato, buenisimo!!

Rebe2024

se siente tan real que casi parecen recuerdos propios. muy bien contado, espero mas relatos de este tipo

SantiagoK_91

fue real o ficcion? porque si fue real, chapeau. muy bien narrado de cualquier manera

BodasArgentinas

y yo creyendo que las bodas eran aburridas jajaja

Romina_LR

el detalle del vestido verde al principio me atrapo enseguida, que manera de empezar una historia. muy buen relato, ojalá publiques mas

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