Mi novia y yo quisimos ser madres del mismo hombre
El mundo entero se había detenido aquel invierno, o por lo menos el mío. Afuera había miedo, distancia y calles vacías; dentro de mí, en cambio, algo seguía encendido y no se apagaba nunca. Me llamo Lucía y soy médica de urgencias. Durante aquellos meses mi cuerpo dejó de pertenecerme: era propiedad del hospital, de las batas, de las mascarillas que me ahogaban y del olor del desinfectante pegado a la piel. Volvía a casa convertida en un cascarón, una sombra de la mujer que, en tiempos normales, vivía para el placer y para el calor de otro cuerpo sobre el suyo.
En casa la vida transcurría dentro de una burbuja rara. Mateo, mi hombre, mi ancla desde mis primeros años de residencia, había montado su despacho de arquitecto en el salón. Renata, mi otra mitad, mi compañera de cama y de vida, atendía a sus clientes de diseño desde el dormitorio. Pasaban los días juntos, compartiendo café, silencios y, a veces, mucho más.
Yo lo sabía y no me dolía. Renata era lesbiana hasta el tuétano y no deseaba a Mateo como lo deseaba yo. Lo aceptaba, a veces se lo permitía, pero siempre como una concesión a la geometría imperfecta de nuestra familia. Lo hacía por mí, para no dejarlo solo en mis ausencias. Al llegar de madrugada a veces encontraba el rastro: el aire denso, una sábana revuelta y, en los ojos de ella, una mezcla de cansancio y de un placer que se empeñaba en negar.
Una noche de noviembre, después de setenta y dos horas seguidas de guardia, conseguí escapar. La llave en la cerradura sonó como una promesa. El aroma de casa me golpeó tan fuerte que estuve a punto de derrumbarme en el recibidor. Estaban los dos en la cama, acurrucados frente a una serie. Se sobresaltaron al verme.
—Lucía… —Mateo se levantó y vino hacia mí. Me rodeó con los brazos y, por primera vez en semanas, pude respirar.
Renata me acarició el pelo.
—Estás hecha polvo, mi amor.
—Necesito un baño —murmuré con la voz ronca.
Me desvistieron como a una niña. El agua caliente me deshizo nudos que ni sabía que tenía. Cuando salí, envuelta en una toalla, los dos me esperaban en la habitación. No había nada que decir. Solo necesitaba sentirme viva.
Mateo me besó. No fue un beso de bienvenida, fue un beso de reclamo. Su lengua entró en mi boca con una ferocidad que despertó a la fiera dormida bajo la piel de la médica agotada.
—Necesito sentirte —susurró contra mis labios—. Necesito estar dentro de ti.
Renata se sentó en el borde del colchón a mirarnos. Esa curiosidad suya, la de quien observa algo que ama y no termina de entender, le brillaba en la cara. La dejé ahí, espectadora y guardiana de nuestro rito.
No hubo preliminares. Hubo hambre. Mateo me tendió en la cama y me penetró de una sola vez, y el sonido que se me escapó de la garganta fue casi un grito. Cada embestida golpeaba contra el cansancio, contra el miedo, contra todo lo que había visto morir esa semana. Me agarraba las caderas y tiraba de mí para hundirse más hondo. Renata se acercó y me cogió la mano, los dedos entrelazados con los míos, mientras con la otra se pellizcaba un pezón sin apartar la vista del punto exacto donde nuestros cuerpos se unían.
—Así —le pedí con la voz rota—. Hazme tuya otra vez.
Me giró, me puso a cuatro patas y me tomó desde atrás con una mano enredada en mi pelo, obligándome a arquear la espalda. El orgasmo me reventó por dentro como una ola de calor que me dejó temblando. Él no se detuvo: siguió hasta que, con un ronquido ahogado, se vació dentro de mí.
Nos quedamos quietos, pegados por el sudor, y Renata se acostó a mi espalda hasta formar un nudo tibio de tres cuerpos. Y entonces, con el cuerpo todavía vibrando, no fue un pensamiento lo que llegó. Fue una certeza.
—Mateo —dije, apenas un hilo de voz—. Quiero tener un hijo tuyo. Quiero ser madre.
Sentí cómo se tensaba un segundo. Renata levantó la cabeza, sorprendida. El silencio se volvió espeso.
Mateo me apartó para mirarme a los ojos. No vi duda, vi una chispa que prendía con la misma fuerza con la que acabábamos de querernos.
—Pues no perdamos el tiempo, doctora —dijo, medio en broma, medio devorándome—. Empecemos ahora mismo.
Y sin dejarme procesarlo se montó otra vez sobre mí. Esta vez fue distinto. Cada embestida fue lenta, profunda, deliberada. Un rito.
—Voy a dejarlo todo dentro de ti —me susurró al oído.
Renata nos miraba boquiabierta, y su presencia lo hacía todo más intenso. Cuando él terminó por segunda vez, me quedé inmóvil, con las piernas un poco levantadas, como recomiendo a mis pacientes, para no perder ni una gota de esa promesa.
Fue entonces, en pleno arrebato, cuando giré la cabeza hacia Renata.
—Y tú —le dije, con una convicción que me sorprendió a mí misma—, ¿por qué no las dos juntas?
***
El aire, que un segundo antes era pura electricidad, se volvió de piedra. Renata se incorporó de golpe, como si la hubiera quemado. Su melena rubia le cayó desordenada sobre los hombros y sus ojos, antes cómplices, se convirtieron en dos placas de hielo.
—¿Estás loca? —su voz temblaba—. ¿Te has escuchado, Lucía?
—Te he escuchado perfectamente —respondí sin apartar la mirada—. Lo digo en serio. Quiero que seamos madres las dos. Que nuestros hijos crezcan juntos, que sean hermanos. Que esta familia rara y maravillosa se complete.
Se levantó y empezó a pasear desnuda por la habitación. Su cuerpo, que tantas veces había admirado, parecía ahora una armadura.
—¡Es absurdo! ¡Soy lesbiana! No quiero hijos de un hombre. Ni siquiera me gusta acostarme con él, lo hago por ti, para no dejarte sola. —Las palabras salían como dardos, aunque yo sabía que nacían del pánico—. ¡Es mi cuerpo! ¡No voy a convertirlo en una incubadora para uno más de tus caprichos!
—No es un capricho —dije, sentándome. El semen de Mateo empezaba a deslizarse por la cara interna de mis muslos y la sensación me resultaba extrañamente poderosa—. Nosotras somos una pareja. Él es nuestro otro pilar. Somos una unidad. ¿Por qué nuestro futuro no puede serlo también? Imagina una criatura con tus ojos y mi sonrisa, criada con el amor de los tres.
—Imagino algo monstruoso —replicó, parada de espaldas a mí frente a la ventana—. No quiero un hombre dentro de mí. No quiero su semilla creciéndome en el vientre. Me da asco.
Mateo intervino entonces, con esa calma suya que desactivaba cualquier bomba.
—Renata, ven. Siéntate.
Ella dudó, pero acabó sentándose en el borde de la cama, lejos de mí. Él se acercó sin intención sexual, con una ternura casi paternal, y le tomó la mano. Ella no la retiró.
—No te pido que lo hagas por mí. Ni siquiera que lo disfrutes. Te lo pido por ella. Acabas de verla volver de entre los muertos en mis brazos. Necesita anclarse a algo, crear algo nuevo en medio de todo este horror. Sería un acto de amor, el más grande que podrías hacer. No tienes que desearme. Solo dejar que te dé esto. Un regalo. Para ella.
***
Los días siguientes fueron tensos. La conversación había abierto una grieta en nuestra simetría perfecta. Renata andaba distante, fría. Pero yo no me rendí. Sabía que su corazón era un campo de batalla donde el amor por mí peleaba contra su propia naturaleza, así que empecé una campaña que no era sexual sino emocional.
Le dejaba notas en la fiambrera. Le preparaba el té que le gustaba. Y por las noches, cuando Mateo y yo nos acostábamos, no la dejaba fuera: la invitaba a tocarme, a besarme mientras él me penetraba. Le hablaba del bebé que podía venir, de cómo nuestras criaturas crecerían juntas, reflejo vivo de lo nuestro.
Una noche, después de hacer el amor con Mateo de forma más tierna, las tres yacíamos en la cama con Renata en medio.
—¿Tienes miedo? —le pregunté en voz baja, acariciándole el vientre liso.
Asintió sin mirarme.
—¿De qué? ¿Del parto?
—No —suspiró—. Tengo miedo de no sentir nada. De que sea solo un procedimiento. De odiar a la criatura por no haber nacido del amor que siento, sino de una transacción.
—No será una transacción —dijo Mateo desde el otro lado—. El amor no siempre nace donde lo esperamos. A veces llega después, crece con el cuidado. Nunca vas a estar sola.
Mi mano seguía en su vientre. La deslicé más abajo, hasta el vello dorado, y la acaricié muy despacio. Ella no se movió.
—Imagina que aquí dentro empieza a latir una vida —le susurré al oído—. Mitad tuya, mitad de la persona que más queremos. Será nuestro secreto, nuestro milagro. Déjalo entrar, Renata. No para que te folle. Para que te llene. Déjame ser parte de tu creación.
Bajé un poco más y mis dedos se deslizaron entre sus labios, que para mi sorpresa ya estaban húmedos. No la penetré. Solo un roce sutil, constante. El silencio volvió, pero ya no era tenso, era expectante.
Miré a Mateo, que entendió. Se colocó detrás de ella con una lentitud reverente y esperó, apoyado, sin forzar. Renata respiró hondo varias veces. Luego, con un movimiento casi imperceptible, abrió las piernas. Fue una rendición.
—Hazlo —susurró, y la palabra se le rompió en un sollozo.
La hizo girar boca arriba y se acomodó entre sus piernas. Yo me arrodillé al lado y le llevé la mano a mi pecho. Vi cómo él la penetraba centímetro a centímetro, con una delicadeza infinita. Renata soltó un gemido ahogado, mezcla de dolor, placer y entrega.
—Así se empieza a hacer un bebé —le dije, besándole la frente.
Y entonces la tomó. No con la violencia con la que me tomaba a mí, ni con la resignación de antes. Fue algo nuevo, un ritmo lento, hondo, casi solemne. Yo le besaba la boca, le acariciaba los pechos, le susurraba.
—Siente cómo te llena. Acéptalo, Renata. Acéptalo todo.
Y lo hizo. Sus ojos, antes llenos de pánico, se perdieron en un trance. Sus caderas, rígidas al principio, empezaron a moverse buscando el ritmo de él. Ya no era una receptora pasiva: participaba en su propia concepción. Una de las manos de Mateo bajó a su clítoris y lo trabajó en círculos precisos hasta que ella arqueó la espalda y el gemido largo le subió desde el fondo. Cuando él sintió las contracciones, no aguantó más y se hundió hasta el final.
Después le elevé las caderas con una almohada.
—No te muevas —ordené con la voz suave y firme de la médica y la amante fundidas en una—. Ni una gota se pierde.
Renata obedeció con los ojos cerrados y una lágrima resbalándole por la sien. Me acosté a su lado y la abracé. Mateo se acurrucó a mi espalda. Éramos un solo organismo.
***
A partir de esa noche la casa se convirtió en un templo dedicado a la fertilidad. Ya no había tensión ni dudas, solo un objetivo común. Yo calculaba los ciclos con precisión de cirujana; identifiqué mi ventana de ovulación y la de ella y, con un ajuste de dieta y de horarios, las sincronicé casi a la perfección.
Los encuentros se volvieron rituales. Empezaban con un baño compartido, lavándonos unas a otras como un acto de purificación, y seguían en la cama, donde Mateo nos tomaba a las dos, una tras otra, a veces a la vez. Recuerdo una tarde en pleno pico de fertilidad: yo de rodillas, con la cabeza entre las piernas de Renata, mientras él me penetraba por detrás. Cada vez que se hundía en mí, mi lengua se hundía más en ella. Éramos un circuito cerrado de deseo y propósito.
—Cómela mientras te lleno —gruñía él.
El gemido de Renata se ahogaba contra mi boca, sus manos enredadas en mi pelo. Él acabó primero dentro de mí y, sin perder un segundo, pasó a ella. La penetró mientras yo seguía con la lengua entre sus piernas, y cuando se vino por segunda vez el orgasmo de Renata fue tan violento que casi me dejó sin aire.
En febrero, mi prueba dio positivo. Dos líneas firmes, definitivas. Lloré en sus brazos. Un mes después, en marzo, le tocó a Renata. Su positivo fue más callado, pero sus ojos, cuando me miraron, lo dijeron todo. Lo habíamos logrado.
Los embarazos avanzaron con una normalidad casi aburrida, salvo porque el sexo no se detuvo. En el segundo trimestre el deseo de Renata se apagó: las náuseas, el sueño y el peso de crear una vida la apartaron de la cama. Yo, en cambio, era una bomba de hormonas, siempre húmeda y dispuesta, más mujer y más poderosa que nunca. Mi cuerpo, con el vientre redondo y los pechos pesados, quería ser adorado, y Mateo me adoraba: le encantaba mi nueva forma y la manera en que la barriga nos obligaba a inventar posturas.
***
En noviembre nació nuestra hija. Una niña preciosa, con los ojos verdes de Mateo y mi pelo castaño. La llamamos Mara. El parto fue duro, pero al ponérmela sobre el pecho todo el dolor se borró de golpe. Renata estuvo a mi lado todo el tiempo, secándome el sudor, sujetándome la mano, y cuando Mara lloró por primera vez vi en sus ojos unas lágrimas que ya no eran de miedo.
Un mes después, en diciembre, le llegó su turno. Su parto fue rápido, casi animal. Dio a luz a un niño robusto, de pelo rubio casi transparente y ojos azules como los suyos. Lo llamamos Bruno. Cuando se lo pusieron sobre el pecho, la expresión de Renata fue algo que no olvidaré nunca: asombro, vértigo y un amor tan desbordado que la transformó por completo. En ese instante todas sus dudas se disolvieron en la mirada de su hijo. Ya no era «el hijo de Mateo». Era Bruno. Era suyo.
La casa se llenó de pañales, de biberones, de llantos nocturnos y del olor dulce de la leche. El caos era hermoso. Y en medio de ese caos, nuestra intimidad, lejos de apagarse, encontró un combustible nuevo.
Una noche, mientras Mara dormía en su cuna, yo estaba en el sofá amamantando a Bruno. Mis pechos eran dos fábricas pesadas, a punto de reventar. Mateo salió de la ducha y se sentó a mirarme, fascinado.
—Estás increíble —murmuró—. Como una diosa.
Su mano bajó por mi espalda hasta apretarme una nalga. Luego su mirada se clavó en mi otro pecho, del que escapaba un hilillo blanco. Sin decir nada se inclinó y lo lamió. Un escalofrío me recorrió entera. Después abrió la boca y succionó. No era la succión suave de un bebé: era la de un amante tomando posesión de lo más íntimo de mí. El calor de su boca, el sonido al tragar, todo me encendió por dentro.
Renata nos encontró así, parada en el umbral con su bata de seda. Su primer gesto fue el de siempre, una mueca leve, pero esa vez algo cambió. Vio mi cara de placer, vio la erección de Mateo bajo la toalla, y en sus ojos prendió la curiosidad. Se acercó despacio, se sentó frente a nosotros y, con una timidez que no le conocía, tomó mi otro pezón en su boca. Su lengua, suave, conocedora de mi cuerpo, contrastaba con la avidez de él. Cuando el primer chorro le llenó la boca, la vi tragar y soltar un gemido bajo. Le gustaba.
Mateo perdió el control. Se quitó la toalla, me abrió las piernas y me penetró de una embestida hasta el fondo. Mi gemido se ahogó contra el pecho de Renata, que seguía succionando. Cada empuje me lanzaba contra su boca, en un ritmo perfecto de penetración y succión.
—Beban de ella —jadeaba él—. Son mis dos diosas.
Renata se apartó, con los labios brillantes de leche, se levantó y se quitó la bata. Sus pechos también estaban llenos, los pezones oscuros y erectos. Se acercó a la cara de Mateo, que seguía embistiéndome.
—Prueba la mía —susurró.
Él giró la cabeza y la tomó en la boca. Renata gritó y se empujó contra él mientras una de sus manos bajaba a masturbarse con furia. La escena era pura demencia: él en el centro, bebiendo de las dos mientras me follaba como un animal; nosotras entregadas a él y la una a la otra. El orgasmo me golpeó como un tren y grité hasta quedarme sin voz. Mateo lo sintió y no aguantó: con un rugido se vació dentro de mí, y Renata se vino al mismo tiempo, doblada sobre nosotros, temblando contra el cuello de él.
Nos quedamos un rato largo, un amasijo de cuerpos sudorosos, cubiertos de leche y de sudor. Esa noche, más tarde, volvimos los tres a la cama, pero no para procrear. Fue una celebración: lenta, tierna, conectada. Renata, por fin libre de sus miedos, se entregó a Mateo no por deber sino por deseo, y lo miró a los ojos con el mismo fuego con el que me miraba a mí. Yo era el puente entre los dos.
Nuestra vida era un sueño extraño y perfecto, una familia que el mundo no entendería, levantada sobre un amor que no conocía reglas. A veces, de madrugada, escuchaba la respiración de Mateo a un lado y la de Renata al otro, miraba las cunas y sabía que no había nada más normal ni más hermoso que aquello que habíamos creado: una bisexual, una lesbiana y un hombre; una locura, un milagro y una sola unidad. No podía imaginar una forma mejor de existir.