Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Oímos a la prima de mi mujer al otro lado de la pared

Reconozco que estas fechas nunca me han gustado. Las luces de colores, las cenas obligatorias, el ruido de todos fingiendo que se quieren más de lo que se quieren el resto del año. Por eso, desde hace tiempo, Sofía y yo tenemos un pacto: siempre que el trabajo lo permita, en diciembre desaparecemos juntos a cualquier sitio lejos del bullicio.

Este año podíamos, así que lo hicimos. Con una salvedad: en vez de irnos solos, terminamos viajando con una prima de Sofía y su marido.

Daniela y mi mujer prácticamente se criaron juntas. Estudiaron en el mismo colegio, durmieron en las mismas habitaciones durante media infancia, hasta que Daniela se marchó a Bélgica y conoció a Étienne. Se casaron allí y allí siguen, en un piso de Bruselas, sin pisar España desde hacía tres años por culpa del trabajo. Como este diciembre tampoco podían venir, nos invitaron a ir nosotros.

Étienne trabaja en una multinacional y Daniela administra unas cabañas que tienen en propiedad y que alquilan en un pueblo a una hora de la ciudad. El plan era sencillo: dos días en Bruselas para conocerla y otros tres en una de las cabañas, una que mantenían reservada para su uso personal.

Aterrizamos con la ciudad helada hasta los huesos. Daniela nos esperaba al otro lado de la terminal, dando saltitos para no congelarse. Físicamente se parece tanto a Sofía que cualquiera las tomaría por hermanas, con la diferencia de que Daniela es morena, con media melena rizada que le enmarca una cara preciosa donde mandan unos ojos verdes y una sonrisa enorme.

De cuerpo siempre ha sido como mi mujer: metro sesenta y poco, pechos grandes, cintura estrecha y las caderas apenas más finas. En tres años había cambiado poco, si acaso estaba más delgada y más guapa. Nos abrazamos, nos besamos, y nos metimos en el coche casi corriendo para escapar del frío.

***

Los dos días en Bruselas pasaron rápido, entre calles empedradas, chocolate y cervezas que no recuerdo cómo se llamaban. Al tercer día cargamos el coche y subimos hacia el pueblo de la cabaña.

Cuando llegamos nos quedamos con la boca abierta. Era una casa de piedra de dos plantas, rodeada por un jardín cubierto de nieve que parecía recién salido de una postal. La planta baja, totalmente diáfana, reunía la cocina, una gran sala con chimenea y un baño completo. Arriba, tres dormitorios, cada uno con su propio baño y su vestidor.

Daniela nos enseñó la habitación que iba a ser nuestra: una cama con dosel y un cabecero de hierro forjado que no pude evitar mirar dos segundos de más.

—Estás pensando en atarme a esa cama —me susurró Sofía, leyéndome la cara.

—No estaba pensando en nada —mentí, y me gané un codazo entre risas.

Nos pusimos cómodos y bajamos al salón justo cuando Étienne entraba por la puerta sacudiéndose la nieve de los hombros. Se quitó el abrigo y se acercó con esa sonrisa suya tan fácil. Es un tipo atractivo, rubio, el pelo corto, de mi altura más o menos, cuerpo atlético y una simpatía que desarma. Nos sirvió unas copas de vino mientras esperábamos a que Daniela bajara y empezamos a charlar.

Nos contó que se había cogido unos días libres aprovechando nuestra visita, para poder estar los cuatro juntos. Lo decía mirándome a mí, pero los ojos se le iban una y otra vez hacia Sofía, hacia el escote, hacia las piernas cruzadas. No fui el único que lo notó.

Cuando Daniela bajó por las escaleras, el aire se enfrió de golpe, y no por la nieve de fuera. Étienne le dio un beso seco en la mejilla y se cruzaron un par de frases en francés, cortas, tensas. Sofía y yo nos miramos sin decir nada. Algo pasaba entre ellos, y no era reciente.

Para aflojar la cuerda, Étienne dijo que tenía que bajar al pueblo a comprar un par de cosas. Me ofrecí a acompañarle, más por dejar a las primas a solas que por otra razón. Tardamos una hora larga, y cuando volvimos el gesto de Daniela ya se había suavizado. Las encontramos frente a la chimenea, las dos con una manta sobre las piernas, hablando bajito.

Cenamos pronto. El viaje nos había dejado molidos, así que subimos a acostarnos antes de lo que es costumbre.

***

Ya en la cama, con la luz de la mesilla todavía encendida, Sofía se giró hacia mí.

—¿Qué les pasa a esos dos? ¿Están enfadados? —pregunté.

—Algo me ha contado Daniela —dijo ella, bajando la voz—. Parece que Étienne está pesado con la idea de hacer un trío con otra mujer. No para de insistir y a ella la saca de quicio.

—No me fastidies. No tenía yo esa imagen de él.

—Hay más. El año pasado estuvieron a punto de divorciarse. Lo pilló mandándose mensajes con otra. Dice que no llegó a pasar nada, pero ya sabes cómo es eso.

—Joder. ¿Y todavía le dura el enfado?

—Pues claro que le dura. ¿Tú crees que eso se olvida de un día para otro?

Apagué la luz y nos metimos bajo el edredón. La calefacción de la cabaña funcionaba por unos conductos viejos que recorrían las paredes, y por ahí, sin querer, empezaron a colarse las voces de la habitación de al lado. No domino el francés, pero sé el suficiente para entender lo esencial: Daniela le recriminaba a Étienne que se había pasado toda la cena mirándole los pechos y el culo a Sofía, y él se defendía a media voz, como quien ya conoce de memoria la discusión.

Sofía se durmió enseguida, de espaldas a mí. Yo me quedé un rato más despierto, leyendo en el móvil con el brillo al mínimo, mientras pasaba la mano distraído por su cuerpo desnudo bajo el edredón. Las voces de al lado se fueron apagando hasta que toda la casa quedó en silencio.

Un silencio que no duró.

***

Al principio fueron ruidos sueltos, difíciles de ubicar. Presté atención, conteniendo la respiración, y poco a poco fui distinguiendo lo que era: gemidos apagados, el sonido inconfundible de una cama vieja, alguna palmada seca contra la piel. Después un murmullo grave, un gruñido. La discusión se había transformado en otra cosa al otro lado de esa pared.

Noté cómo se me ponía dura sin haber hecho nada por evitarlo. Sofía dormía a mi lado, respirando hondo, completamente ajena a lo que pasaba a tres metros de su cabeza. Mi mano, que descansaba sobre su cadera, empezó a moverse sola hacia su culo, acariciándolo despacio, siguiendo el ritmo de los golpes que llegaban a través del muro.

Escuchaba a Daniela pedirle a Étienne que no parara. Su voz era un calco de la de mi mujer, y eso me revolvía algo por dentro que prefiero no analizar demasiado. La tenía durísima cuando deslicé la mano entre las piernas de Sofía, le rocé el sexo ya tibio y me acomodé contra su espalda, abrazándola desde atrás, una mano abierta sobre uno de sus pechos.

Sentí cómo el pezón se le endurecía contra la palma, todavía dormida. Lo pellizqué con suavidad y ella, en sueños, se pegó más a mí, dejando que mi polla quedara encajada entre sus nalgas. Tardó poco en despertarse. Giró la cabeza, la voz pastosa.

—¿Tú no duermes?

—Calla y escucha —le dije al oído.

Los gemidos de al lado habían ido subiendo de volumen y ahora se escuchaban con una claridad casi indecente. Sentí cómo Sofía se despejaba de golpe, cómo todo su cuerpo se tensaba contra el mío al entender lo que estaba oyendo.

—Joder con mi prima —murmuró, medio risa medio asombro—. Y eso que estaba enfadadísima con él.

—Una cosa no quita la otra —contesté.

Mi mano seguía jugando con su pecho mientras la otra se perdía entre sus piernas. Empecé a buscar el clítoris con la yema de los dedos, en círculos lentos, mientras ella movía el culo contra mí, frotándose sin disimulo. Estaba húmeda. La sentí respirar más hondo en cuanto di con el punto exacto, ese pequeño bulto inflamado que reaccionaba a cada pasada.

—Cómo me estás poniendo —jadeó.

Empezó a respirar entrecortada, las caderas buscándome, mi polla rozando la entrada de su sexo sin llegar a entrar, solo provocando. Los jadeos de la habitación de al lado se mezclaban con los suyos, y por un momento fue imposible saber quién gemía a cada lado de la pared. Esa confusión nos encendía aún más a los dos.

Noté en los dedos los primeros espasmos, esa contracción que avisa de que se viene. Apreté el ritmo, ella aplastó el culo contra mí, y soltó un gemido largo, sin ningún cuidado, que por fuerza tuvieron que oír al otro lado. Se corrió empapándome la mano entera.

No me dio tiempo a saborearlo. Sofía se incorporó, me empujó de los hombros para que me tumbara boca arriba y se sentó encima de mí, clavándose mi polla de una sola vez. Echó la cabeza atrás y empezó a cabalgarme, despacio primero, luego con ganas.

Le sujeté los pechos, que se balanceaban justo encima de mi cara, y subí los labios hasta sus pezones, lamiéndolos, mordiéndolos con cuidado mientras ella se movía con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No decía nada. Solo respiraba y gemía, marcando su propio compás, ajena ya a si nos oían o no.

En algún momento, al otro lado de la pared, se hizo el silencio. Ellos habían terminado. Nosotros no.

Seguimos un rato más, ella encima, yo agarrándole las caderas para hundirme entero en cada bajada. Cuando sentí que no aguantaba, ella tampoco aguantaba, y nos corrimos casi a la vez, su cuerpo desplomándose sobre mi pecho, jadeando contra mi cuello.

Nos quedamos así un buen rato, pegados, sin hablar, mientras la respiración volvía a su sitio. Después Sofía se levantó y fue al baño.

Tumbado en la oscuridad, oí cómo alguien salía de la habitación de al lado y bajaba las escaleras sin encender la luz, los pasos cuidadosos sobre la madera. No supe si era Daniela o Étienne, y tampoco quise saberlo.

Cuando Sofía volvió, se acurrucó contra mí y se quedó dormida casi al instante. Yo me quedé despierto un poco más, escuchando los crujidos de la cabaña, pensando que aquellos tres días iban a ser mucho más largos de lo que cualquiera de los cuatro había planeado. Luego me dormí yo también, hasta la mañana siguiente.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Tito_BA

excelente relato!!! de los que no te podes soltar hasta el final

ClarisaR

necesito la segunda parte, por favor. se corto justo en lo mejor!!

JuanMa73

me trajo recuerdos de unas vacaciones en Mar del Plata con paredes muy finitas jajaja. los vecinos tambien nos daban material. muy buen relato

MarcosBaires

la forma en que arranca te atrapa de golpe, muy bien narrado. felicitaciones

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.