La orgía donde mi alumna perdió la vergüenza
Después de pasar la tarde metidas las tres en la bañera, nos sentamos en el living a tomar un té y a dejar que la piel se enfriara. Camila todavía tenía el pelo húmedo y esa cara de no saber bien qué estaba haciendo en mi casa. Renata, en cambio, ya estaba en confianza, repantigada en el sillón con la bata abierta.
—Camila, te trajimos un regalo —dije, mientras Renata, entusiasmada, le acercaba una caja con un moño enorme—. Abrila.
Dentro había un conjunto de encaje rojo: corpiño y tanga con bordados, portaligas y medias. Se quedó muda, tentada y emocionada a la vez. Hasta se le humedecieron los ojos.
—¿Y yo me puedo poner todo esto? —preguntó, como si le hubiéramos regalado algo prohibido.
—Claro que sí. Te vas a ver hermosísima. Probátelo todo.
—No sé…
—Preciosa, tenés un cuerpo que da rabia. Tetas grandes y firmes, cintura fina, caderas anchas y una cola para morir. Lo único que te falta es animarte a mirarte.
Se quitó la bata y quedó desnuda frente a nosotras. Dudamos las tres un segundo, pero el deber primero, así que la ayudamos a vestirse. Le calzamos las medias y el portaligas, después la tanga que apenas alcanzaba a cubrirla, y le acomodamos los pechos que desbordaban del corpiño. Quedó perfecta.
—Ponete unos tacos y mirate en el espejo.
Camila se quedó deslumbrada. No podía creer lo que veía, algo que las demás ya teníamos clarísimo. Era una mujer espléndida, lista para comerse al mundo.
—¿Y dónde se supone que voy a usar esto? —preguntó con un hilo de voz.
—Eso ya está arreglado. Nos vamos las tres a una orgía.
—¡Están locas! Yo no me voy a dejar tocar por cualquiera.
—No exageres, que te morís de ganas de que algún hombre te haga sentir. Y nadie te obliga a nada. Si alguien no te gusta, no insiste. Son las reglas.
—Bueno, sí, me muero de ganas… pero no sé cómo es.
—Conozco un grupo que organiza fiestas abiertas en distintos lugares. Fui varias veces. Son una maravilla.
—¡Qué desgraciada, podrías haberme llevado! —me reprochó Renata, haciendo pucheros.
—Lo tenía planeado, perdoname. —La besé en la boca para callarla.
—El lugar tiene un código de vestimenta bastante estricto. Para nosotras: minifaldas, blusas ajustadas, algo de transparencia, corsés, vestidos cortos. Todo lo que te haga ver deseable. Para ellos: nada de ropa holgada, ni gorros, ni zapatillas, ni ropa de gimnasio. No vamos a perder la noche con alguien vestido como un payaso.
—Cuántas vueltas, mami.
—Son reglas prácticas. Al rato vamos a estar desnudas o solo con medias y portaligas. Cualquier prenda que elijas, que sea fácil de sacar. El sexo se ofrece o se pide, pero jamás se obliga. Y todos pueden mirar y participar.
—Me da vergüenza estar así frente a tanta gente…
—Camila, si te ven como ahora, te van a desear hasta los dientes. Y vamos a estar las dos con vos hasta que agarres confianza.
—Bueno. Si me acompañan, voy.
***
Llegamos puntuales, a las diez y media, con ropa ajustada pero de fácil abandono. El club era suntuoso, de lo mejor: sillones grandes, almohadones redondos enormes para tirarse, todo distribuido en una especie de cubículos abiertos por dos lados para que cualquiera pudiera mirar. Luces de colores de baja intensidad y una barra bien surtida. Aunque era un sitio de parejas, había también hombres y mujeres solos. Las miradas ardían, y el código de vestimenta no hacía más que multiplicar el deseo.
A las once, una voz femenina anunció por los parlantes que se cerraba el acceso y que podían empezar los juegos.
Nos acomodamos en la barra, trepadas a unos taburetes altos que, así sentadas, dejaban nuestras colas al descubierto. Mientras bebíamos unos martinis, paseé la mirada por el salón. Chicas ya desnudas bailando, parejas y tríos listos para la acción, los infaltables mirones y los manoseadores que iban y venían rozando cuerpos.
Renata estaba feliz. Camila lo observaba todo extasiada, mucho menos nerviosa que la tarde anterior.
—Me encanta todo, chicas. Pero no sé por dónde empezar.
—El juego del espejo —le dije.
—¿Cómo?
—Hacé lo mismo que yo, al menos para arrancar.
—Te sigo hasta el final.
Un hombre maduro, de piel tostada y canas, muy bien plantado, me venía observando desde la otra punta de la barra. Se acercó y me habló con acento de allá lejos.
—Buenas. Soy Andrés, de Sevilla. ¿Y tú eres…?
—Mariela. De acá, a la vuelta.
—Qué guapa estás, y qué simpática —dijo, mientras me acariciaba la cola sin pedir permiso. Yo me dejé hacer y le miré el bulto en el pantalón. Captó mi gesto enseguida—. ¿Te gusta lo que ves?
—Me gusta —contesté sin dudar—. Y a ellas también. —Señalé a mis cómplices.
—Pues habrá para todas. Pero tú vienes conmigo —dijo, apretándome un pecho.
—¡Hola! ¿Interrumpo? —Aparecieron de golpe otros dos, paisanos suyos.
—¡Rubén, Iván! ¿Cómo andáis? —los saludó Andrés—. Ella es Mariela. Y ellas, Camila y Renata. Chicas, estos dos son de fiar.
Se les iban los ojos sobre mis dos protegidas, puro deseo contenido. Renata no perdió el tiempo: encaró a Rubén y desaparecieron entre los cubículos. Y Camila, quizá para no quedarse atrás, se acercó a Iván sacando pecho, con las tetas brotando del encaje. No la reconocí.
***
Con todo encaminado, pude dedicarme a Andrés.
—Quiero tu verga —le pedí casi como un ruego, mientras le sobaba el bulto.
—Es toda tuya, preciosa. Para que la lamas, la chupes y juegues con ella.
Por el rabillo del ojo vi a Camila repitiendo mis gestos con su español. Aprende rápido, pensé. Andrés me besó con ansias y me apretó la mano contra su entrepierna.
Nos llevaron a dos cubículos contiguos, así que Camila y yo podíamos vernos de reojo. Ella ya no necesitaba el espejo: se dejaba lamer entre las piernas con la cabeza echada hacia atrás.
Andrés me sacó el vestido y me dejó en ropa interior y portaligas. Yo le bajé el pantalón. Me guio con suavidad hasta su sexo.
—Qué gusto verte de rodillas con esa lencería —murmuró—. Me pones a mil.
Lo tomé con la boca despacio, saboreando, y después más hondo, hasta que me faltó el aire. Empecé a tocarme mientras lo chupaba. Me agarró del pelo y marcó el ritmo él mismo, sin prisa pero firme.
—Así, mírame a los ojos mientras lo haces —dijo.
—Quiero más —respondí cuando pude.
Me aparté, me saqué la tanga y me puse en cuatro para ofrecerle la cola. Recién entonces me di cuenta de que ya teníamos público: un muchacho acariciaba a su novia rubia mientras los dos nos miraban; otros, más allá, se tocaban a media luz.
—Por favor, ya no aguanto —le dije.
Lo sentí entrar con embestidas firmes, midiendo primero y después soltándose del todo. Le pedí que me castigara las nalgas y me las dejó rojas y ardiendo mientras me embestía. Abrí la boca para gritar de placer, y un desconocido aprovechó para acercarme su sexo. Lo recibí encantada.
La rubia se recostó a mi lado para que la atendieran, y de pronto la sentí buscándome con la mano y la boca. Era demasiado para resistir. Le pedí a Andrés que terminara, mientras yo me ocupaba del otro y de ella casi al mismo tiempo. Acabamos los tres entre temblores y nos derrumbamos sobre el almohadón a recuperar el aliento.
***
Nos levantamos a buscar unos tragos. Por lo visto habíamos dado un buen espectáculo, porque la gente nos miraba y murmuraba. Algunos me rozaban al pasar. Al cruzar el salón vi a Camila atendida por dos hombres a la vez, entregada por completo. Y a Renata, en algún rincón, riéndose a carcajadas entre brazos ajenos. Todo marchaba.
—¿Por qué te gusta tanto soltarte así? —me preguntó Andrés mientras nos sentábamos.
—Porque puedo, porque lo disfruto y lo hago bien. No siempre fui así. Aprendí que reprimiéndome no conseguía nada, así que dejé salir a la mujer que de verdad soy. Libre, intensa, sin límites.
—Me alegro por mí. Pero también me dan ganas de dominarte, de ponerte a prueba.
—Qué buena propuesta —le dije, y le sostuve la mirada.
Se sumó un tal Darío, que se sentó a mi lado, y la charla derivó en lo único que importaba ahí. Mientras Andrés le contaba lo desinhibida que era yo, Darío empezó a acariciarme los pechos. Yo le devolví el gesto. Apareció también su amigo Bruno, que se acercó deleitado. Bajé del taburete y me ocupé de los dos.
—Si vamos a ir en serio, vayamos al salón de juegos —propuso Darío—. Con una condición.
—Decime.
—Esta noche no quiero damas. Quiero que te entregues del todo.
—Hecho —dijo Andrés, y los otros asintieron.
***
El salón contiguo estaba pensado para el juego de poder: poltronas con correas, una pared con accesorios, dos mujeres con látigos que se paseaban como dueñas del lugar. Apenas entré, me guiaron hasta un sillón redondo y me sujetaron con las correas, las piernas abiertas, boca abajo, dejando el torso colgando del borde. Indefensa y, sin embargo, poderosa: era el centro de todas las miradas.
—Tranquila, que vamos a divertirnos —dijo Andrés, acariciándome la espalda antes de empezar.
Como siempre, el cubículo se llenó de curiosos. Darío se ubicó frente a mí y fue guiando con suavidad cada acercamiento. Andrés, detrás, alternaba caricias y embestidas, midiendo mis reacciones, atento a cada respiración. Cuando una de las dominatrices me marcó la piel con el látigo, lo hizo apenas, y después pasó la lengua por la marca como pidiendo perdón.
—¿Te gusta, preciosa? —me preguntó al oído.
—Me encanta. Más —pedí.
Trajeron una botella de espumante recién abierta y la compartimos a las risas, brindando entre todos, salpicándonos. El juego subió de temperatura sin perder nunca ese acuerdo silencioso de que ahí mandaba mi deseo, no el de ellos. Me desataron las piernas y volvieron a sujetarlas dobladas; cada cambio de posición era una excusa para una caricia nueva.
—Sos increíble —dijo Darío, recorriéndome con las manos—. No paro de mirarte.
Al rato me soltaron del todo. Andrés me tomó del pelo, sin brusquedad, y me llevó al borde una y otra vez, hasta que ya no supe dónde terminaba uno y empezaba el otro. Acabamos juntos, en un desorden de cuerpos sudados y gemidos, mientras alrededor un puñado de desconocidos disfrutaba del espectáculo que les regalábamos.
***
Y de pronto llegó la caballería. Camila y Renata, despeinadas y radiantes, treparon a la poltrona conmigo. Las tres juntas otra vez, riéndonos como nenas que acaban de hacer una travesura enorme. Nos besamos entre nosotras mientras el resto del salón, todavía encendido, no nos quitaba los ojos de encima.
Quedamos extenuadas, tiradas en el almohadón gigante. Nos acariciamos para volver al mundo despacio y después fuimos a abrir una botella de champán solo para nosotras, a brindar por la noche y por Camila.
—Te dije que te morías de ganas —le susurré.
Ella se rio, todavía con los ojos brillantes, y por primera vez en mucho tiempo no me pidió permiso para nada. Había matado a la bruja que la tenía atrapada, y esa bruja no iba a volver.