Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nuestra tarde liberal en el yate de la bahía

Ilustración del relato erótico: Nuestra tarde liberal en el yate de la bahía

Voy a contarles cómo fue, porque todavía me cuesta creerlo. Marcos y yo somos una pareja como cualquier otra: él tiene cuarenta, yo treinta y seis, llevamos años juntos y hace un tiempo nos metimos en el ambiente liberal. Nunca lo buscamos con desesperación. Simplemente, cuando la ocasión aparecía, no la dejábamos pasar.

La última vez fue en septiembre. Hacía un día perfecto, de esos en los que el cielo no tiene ni una nube. Un amigo nuestro que vive lejos venía de visita y había alquilado un yate para pasar la jornada entera navegando, parando en playas y dejándose llevar. Quedamos en encontrarnos en la marina temprano.

Llegamos y enseguida me di cuenta de que no íbamos a estar solos. Con nuestro amigo y su chica venía otra pareja más joven y, además, una mujer sola. Me sorprendió un poco. Yo había imaginado un día tranquilo, de tomar sol y hacer topless sin tanta gente alrededor.

Lo que de verdad me llamó la atención fue otra cosa. O, mejor dicho, otra persona.

El chico de cubierta. Un muchacho de unos veintiocho años, alto, de cuerpo atlético y piel morena. Se movía por el yate con una seguridad que me hizo girar la cabeza más de una vez. No le quité los ojos de encima desde el primer minuto.

Pasamos al interior y nos presentamos todos. Adrián, el amigo de Marcos, seguía igual de cuidado que siempre, y desde el saludo empezó a tirarme piropos con esa media sonrisa que usa. Es de los que coquetean por deporte, aunque su chica no se quedaba atrás: Camila, rubia, ojos verdes, veintisiete años y un cuerpo de los que detienen el tráfico.

La otra pareja, Bruno y Sofía, era más joven que nosotros y se notaba que tenían experiencia en esto. Estaban sueltos, cómodos, como quien repite un plan que ya conoce. Y la mujer sola era Vanesa, una acompañante que Adrián había traído. Ojalá Marcos y Adrián no hayan tramado nada, pensé, sin poder evitar la sonrisa.

***

El yate zarpó y enfilamos hacia una cala cerca de la isla del faro. El motor ronroneaba, el mar estaba liso y el sol empezaba a calentar de verdad. En cuanto largamos amarras, las chicas nos quitamos la parte de arriba del bikini y nos tumbamos a tomar sol.

Vanesa tenía unos pechos enormes, de portada de revista. Camila los tenía pequeños pero perfectos, con los pezones de un rosa que parecía pintado. Sofía tampoco se quedaba corta. Y yo, con mi noventa y cinco, no tenía por qué sentirme menos que ninguna.

Lo mejor de mi sitio en la proa era la vista. Justo enfrente quedaba Tomás, el ayudante de cubierta. Sabía que me miraba. Lo sentía. Y esa certeza, la de saber que un desconocido no podía apartar los ojos de mi cuerpo, me fue poniendo húmeda sin necesidad de nada más.

Bebimos. Bailamos. En algún momento nos besamos entre nosotras mientras la música no paraba, y nuestros chicos seguían tomando como si la cosa no fuera con ellos. O eso fingían.

Cuando el yate fondeó del todo, Adrián propuso una salida en moto de agua. Se llevó a Bruno, cada uno cogió una y se marcharon rumbo a la orilla llevándose a Camila y a Sofía. En el yate nos quedamos Marcos, Vanesa y yo.

No desaprovechamos el momento.

***

Marcos sacó una botella de tequila y armamos un juego de prendas y castigos. En tres tiradas las dos ya estábamos desnudas, riéndonos, besándonos entre nosotras mientras le acariciábamos a él por encima del bañador.

De reojo, vi a Tomás. Seguía allí arriba, en el tercer nivel, disfrutando del espectáculo sin disimular demasiado. Saberlo me encendió más.

La cosa se nos fue de las manos rápido. Terminamos los tres en el solárium, a la vista de cualquiera que estuviera en la cubierta alta, con el morbo de saber que nos observaban. Vanesa era una experta. Tenía a Marcos en la gloria, cabalgándolo despacio, mientras yo me sentaba sobre su boca y su lengua me hacía perder la cabeza. Me corrí dos veces así, agarrada al barandal, mordiéndome el labio para no gritar.

Después nos turnamos. Lo trabajamos entre las dos hasta que Marcos terminó, agotado y feliz, despatarrado sobre las toallas.

Yo no quise perder el tiempo. Le dije que iba dentro a buscar algo fresco para beber, me puse solo la braguita del bikini y entré al yate.

Y ahí estaba él.

Tomás reponía las bebidas en las neveras, de espaldas, concentrado. Yo, con el cuerpo todavía ardiendo y las ganas a flor de piel, no dudé un segundo. Me acerqué. Él esquivaba mi mirada pero los ojos se le iban una y otra vez a mis pechos. El bulto en su short hablaba por él.

Me pegué a su oído.

—Llévame a un camarote y hazme tuya ahora —le susurré.

Él miró un instante a través del cristal, hacia donde Vanesa ya volvía a entretener a Marcos. Y se decidió. Me tomó de la mano y me llevó a uno de los camarotes de proa.

***

Nunca imaginé que aquel chico tranquilo fuera tan explosivo. Me arrancó el bikini de un tirón, me subió a la mesa baja y bajó la cabeza entre mis piernas sin pedir permiso. Su lengua era una bendición. Yo soy multiorgásmica y, aun así, lo que me hizo allí me dejó viendo las estrellas pasar.

Cuando me tocó el turno, lo tomé con las dos manos. Me lo metí en la boca despacio, saboreándolo como si no quisiera que se terminara nunca, mientras él enredaba los dedos en mi pelo y soltaba el aire entre dientes.

Después me puso a cuatro patas. Me presionó la cara contra la almohada y me embistió, cada vez más firme, más profundo. Estuvimos así un buen rato, sin tregua, hasta que se apartó de golpe y terminó sobre mis pechos.

Entonces me pidió algo que me sorprendió.

—Salí así, sin limpiarte —dijo, todavía agitado—. Hacé que ellos te laman. Yo voy a estar mirando desde arriba.

Y yo, como toda buena sumisa de ese día, lo obedecí.

***

Volví a la cubierta con el cuerpo todavía marcado por él. Me sumé al juego con Vanesa y Marcos y los puse a lamerme, a recorrerme entera. En un momento Vanesa me clavó la mirada, soltó una carcajada y giró la cabeza hacia arriba, buscando al dueño de lo que acababa de probar. Nos reímos las dos sin decir nada. Ella sabía. Yo sabía. Y Tomás, desde el tercer nivel, también.

Un par de horas después regresaron Adrián y Bruno con sus chicas. Todos imaginamos a qué se habían dedicado en la orilla, pero nadie preguntó. Adrián insistía en que yo subiera con él a la moto de agua, y que Bruno se llevara a Vanesa.

Vanesa al final no quiso. Yo ya estaba sentada detrás de Adrián, en bikini y con los pechos al aire, mientras el motor nos arrastraba hacia la playita desierta.

***

Llegamos a la arena y los dos hombres bajaron de las motos. Bruno se había acercado en la otra. Sin mediar palabra, ambos se quitaron el bañador. Los tenían duros, listos, y yo no podía apartar la vista.

El de Bruno era ideal para mí, perfecto de tamaño y grosor. El de Adrián, en cambio, era casi irreal. Demasiado grande. Me negué al principio, medio en broma, medio en serio, pero ellos se pusieron pesados y me amenazaron con dejarme tirada en la isla. Lo decían riendo, aunque con un fondo de morbo que me terminó de encender.

Así que los agarré, uno con cada mano, y empecé a turnármelos en la boca. Me deleité un buen rato, aunque cada vez que Adrián intentaba metérmela entera me daba arcadas y tenía que frenarlo.

Luego me pidieron que montara a Adrián mientras Bruno me ocupaba la boca. Dos a la vez, para mí sola, sobre la arena tibia y con el ruido del mar de fondo. Los minutos pasaban y ellos hacían conmigo lo que querían. Probamos todas las posiciones. No quedó hueco sin atender.

Bruno intentó un par de veces entrar por detrás. Yo solo le pedía que lo mojara más, y él no dudó en hacerlo hasta lograr su objetivo. Al principio me dolió muchísimo, pero a medida que se movía con paciencia, ese dolor empezó a transformarse en una mezcla rara y deliciosa de placer.

Unos minutos después terminaron casi a la vez. Bruno por detrás, Adrián sobre mis pechos. Me dolía todo el cuerpo, el sexo me ardía y solo soñaba con un buen baño. Nunca pensé que cabría tanta acción en un solo día.

—Solo les pido discreción —dije, recogiendo el bikini de la arena—. Aunque Marcos se va a enterar igual.

Ellos asintieron, todavía recuperando el aliento.

***

Cuando volvimos al yate, encontré a Marcos desnudo en el solárium y a las tres chicas bailando alrededor de él, besándose, acariciándolo entre risas. La música seguía sonando y el sol empezaba a caer, tiñendo todo de naranja.

No lo pensé. Me uní al baile, todavía con el cuerpo entero vibrando, y cada tanto levantaba la mirada hacia mi navegante. Tomás no perdía ocasión de guiñarme un ojo desde su rincón, cómplice de un secreto que solo nosotros dos conocíamos del todo.

Fue una experiencia única. De esas que no se repiten dos veces igual. Y aunque salimos de allí agotados, con el cuerpo molido y la piel quemada por el sol, ya sabíamos que volveríamos a buscar otra. La próxima, eso sí, un poco más suave.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

VickyR22

que tarde mas... increible todo lo que pasa despues. excelente relato!!!

PabloCba24

por favor necesito saber que mas paso en ese yate, quedan tantos cabos sueltos! segunda parte ya jeje

MarinaBahia

la tension con el chico de cubierta se siente desde el principio? me quede pensando en como empezo todo jajaja muy bueno

Carlos_mdp

increible, de los mejores que lei aca. bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.