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Relatos Ardientes

La pareja que conocimos en el hotel lo cambió todo

El silencio de la habitación se quebró cuando abrimos los ojos, cerca de las tres de la madrugada. A mi lado, Daniela ya llevaba un buen rato despierta; su respiración marcaba un ritmo distinto al mío, más agitado, como si algo le rondara por dentro. Para mí la noche había pasado a una velocidad pasmosa. Apenas había cerrado los ojos y ya sonaba esa alarma invisible de la conciencia anunciando un nuevo día.

Le di los buenos días, si es que a esa hora se le podía llamar así, y con un tono entre cariñoso y apremiante le recordé que teníamos que movernos. No podíamos demorar ni un minuto más: el vuelo salía a las seis.

Gracias a mi costumbre de dejar todo preparado la noche anterior, mi rutina fue rapidísima. Entré y salí de la ducha en un abrir y cerrar de ojos, me puse la ropa que había elegido y estuve listo en cuestión de minutos. Daniela, en cambio, con su ritmo inalterable, tardaba más de lo previsto. Aproveché para hacer un último chequeo de todo, asegurándome de que nada faltara. Soy así de meticuloso, no lo puedo evitar.

Ella se veía nerviosa. Pensé que era por el viaje, pero no podía estar más equivocado.

—Amor, ¿te falta mucho? El traslado llega en veinte minutos.

—No, ya estoy lista, solo me falta maquillarme —dijo mirando un punto fijo de la pared.

—¿Te pasa algo? Te veo pensativa.

—No, nada —respondió sin mucha convicción.

—Te conozco. ¿Estás nerviosa por el viaje?

—No… o sea, es por lo de anoche.

—¿Por lo del hotel? Tranquila, no reservé ahí —bromeé.

—No es eso. Soñé que te acostabas con otra chica y yo estaba mirando.

—¿En serio?

—Sí, fue muy real. Lo extraño es que desperté un poco excitada y enojada. Intenté seguir el sueño, pero vos seguías durmiendo y no pude.

No haber estado en ese sueño, qué desperdicio. Lo dije casi igual, en voz alta, más que nada para quitarle peso al asunto y arrancarle una risa.

—No quiero que pienses que soy rara —insistió ella—. Los sueños no se mandan. Y te confieso que ayer imaginé que lo hacía con otro y quedé excitada.

—Pues no vaya a ser que encontremos a una modelo y armemos un trío —solté riendo.

—Te gustaría, ¿no? —contestó con una sonrisa torcida—. Bueno, no le demos más vueltas, que parece que ya llegó el traslado.

El vehículo nos aguardaba en la entrada. Recogimos las maletas con esa prisa contenida que precede a los grandes viajes y salimos rumbo al aeropuerto. Durante el trayecto y a lo largo de las interminables horas de vuelo no volvimos a mencionar el tema, pero el silencio solo alimentaba una idea que en mi interior crecía con una intensidad inusual.

Una pregunta me perseguía casi como una obsesión: ¿hasta dónde estaría Daniela realmente dispuesta a llegar? ¿Y si, en el calor del momento, intentábamos algo que rompiera el delicado equilibrio de lo nuestro? Mi imaginación, ingobernable, empezó a dibujar escenas demasiado vívidas. Tuve que respirar hondo y sofocar la excitación que me invadía. Cerré los ojos e intenté dormir el resto del trayecto.

***

Cuando aterrizamos en Punta Cana, el panorama era puro caos. Una marea humana se movía de un lado a otro bajo la luz dura de los fluorescentes. Las filas de migraciones parecían extenderse hasta el infinito, y cada minuto nos recordaba las horas de vuelo que habíamos soportado. Estábamos exhaustos; hasta sentía el cuerpo plano de tanto estar sentado. Finalmente superamos el control y, esperándonos con paciencia, estaba el traslado incluido en el paquete.

Íbamos a compartir la camioneta con otras tres parejas y un hombre solo, de unos treinta y tantos, con la mirada perdida en la inmensidad del aeropuerto. Una de las parejas era alemana; el resto éramos latinos, nosotros incluidos, lo que me hizo sentir un poco más en casa. Pero lo que más me impactó al pisar ese país fue la abrumadora cantidad de gente bella. Y, entre toda esa diversidad, la joven alemana de nuestro traslado, con sus rasgos definidos y su aura distante, me tenía completamente hipnotizado.

—Se te van a salir los ojos de tanto mirar —me dijo Daniela dándome un codazo, divertida.

—Shh, bajá la voz, que te van a escuchar… Ah, claro, ni me acordaba que no hablan nuestro idioma.

—Podría armarte una escena de celos y no entenderían nada —rió.

El sonrojo fue inevitable. El muchacho alemán, de edad parecida a la nuestra, giró la cabeza y sus ojos encontraron los míos con una expresión alegre, mientras alzaba la mano en señal de saludo. Le respondí al instante. Mi inglés dista de ser perfecto, pero me permite desenvolverme, así que me animé a hablarle. Daniela, a quien apenas le alcanzaba para un «hola», no le daba mayor importancia.

Astrid se llamaba la chica. En cuanto notó que su pareja me había saludado, se sumó de inmediato. Nos preguntó cuánto nos quedaríamos. «Diez días, como mínimo», respondí. Lukas, su novio, agregó que ellos solo estarían un par de días más antes de mudarse a otro hotel. La charla no se extendió mucho: Daniela no entendía bien, y para que no se sintiera apartada, cada uno retomó la conversación con su propia pareja.

—Se ven muy simpáticos, ¿no? —deslizó Daniela, y aunque su voz era suave, no pude evitar notar el matiz de ironía. Una sonrisa apenas perceptible le jugaba en los labios.

—La verdad que sí —respondí sin rodeos, mirando un instante a la pareja alemana—. Ella es muy guapa, lo admito. Para qué mentirte, amor: la mirada se me va sola.

—Lo sé, son todos iguales —replicó con una indignación fingida que no ocultaba la diversión en sus ojos.

—¿Celosa, mi amor? —pregunté inclinándome hacia ella, con un tono aún más burlón que el suyo.

***

El traslado nos dejó en la entrada del hotel, una estructura que superaba con creces cualquier imagen que me hubiera formado. Desde el vestíbulo, vasto y luminoso, se desplegaba una piscina que parecía un oasis, con sus aguas turquesas invitando al descanso. A ambos lados se extendían pasillos kilométricos donde, supuse, se escondían las oficinas que un lugar así necesita para operar. Nos despedimos de los alemanes con un gesto casual y nos dirigimos al mostrador.

Mientras avanzaba, mis ojos volvieron a posarse en Astrid. Pude contemplarla con más detenimiento en ese trayecto. Tenía un trasero espectacular, firme y bien torneado, que recordaba al de Daniela, pero el suyo se alzaba sobre una cintura marcadamente más pequeña y se completaba con un busto más generoso. Sus piernas, largas y tonificadas, parecían diseñadas para la gracia, y su cabello rubio, increíblemente liso, le caía sobre los hombros como una cascada de seda.

A pesar de la distracción, mantuve el rumbo. Saludé a la recepcionista, di nuestros datos y, tras los trámites, nos entregaron una tarjeta llave a cada uno. Con ese simple gesto, dábamos por iniciadas nuestras vacaciones.

Al cruzar el umbral de la habitación, fui directo a la ventana. La estancia era enorme: una sala dominada por un sofá que invitaba al reposo, un televisor gigante, una alfombra blanca inmaculada y un ventanal que inundaba todo de luz, con un balcón íntimo y una mesa pequeña. A lo lejos, el mar se revelaba como una franja azul en el horizonte. Del otro lado descansaba la cama, tamaño king o quizás más grande, con un colchón que prometía la suavidad de una nube.

—Qué delicia, deberíamos comprar uno de estos —dijo Daniela estirándose sobre el colchón.

—Coincido. Y es enorme, ahora podré dormir en un pedazo de cama más grande —respondí, en referencia a que siempre me arrinconaba al borde.

—¿En serio? No tengo la culpa de necesitar tanto espacio —contestó, y solté una carcajada.

—¿Llamás a los chicos para avisarles que llegamos bien?

—Sí, ahora los llamo.

Mientras ella hablaba con nuestros hijos, yo me dejaba envolver por la inmensidad del mar desde el balcón. Había sido un día espléndido, y el sol ya empezaba a ceder su reinado. La brisa marina mitigaba el calor del viaje, ese que amenazaba con deshacer la frescura de mi ducha matutina. El disco solar se hundía despacio, pintando el cielo de rojizos y anaranjados. Me volví hacia ella.

—Amor, ¿nos duchamos antes de bajar a cenar, o pedimos algo a la habitación y nos relajamos acá?

Daniela colgó, pensativa un instante.

—Mmm, ¿sabés qué? Mejor bajamos. Así conocemos un poco más el hotel.

Una hora más tarde, ya frescos, estábamos de nuevo en el vestíbulo. Preguntamos en recepción dónde cenar y un muchacho se ofreció a guiarnos, aprovechando el trayecto para mostrarnos algunas instalaciones. Le dejamos una buena propina y entramos al restaurante.

***

Ya sentados, con el murmullo de las otras conversaciones de fondo, me giré hacia Daniela.

—Amor, ¿pedimos algo sencillo y después, si el cuerpo aguanta, damos una vuelta por la playa?

Ella me miró con un gesto de cansancio dulce, pero una chispa de picardía se encendió enseguida.

—Sí, claro, pedí lo que quieras. No te preocupes por mí, no tengo tanta hambre.

A pesar de eso, terminamos pidiendo platos que de sencillos no tenían nada: una langosta para ella, cuyo caparazón brillante prometía un festín, y un filete jugoso para mí. Nos trajeron unos tragos refrescantes y mi mirada se perdió en la noche más allá de los ventanales. El verde de la vegetación del hotel se fundía con el azul profundo del cielo y del mar, todo salpicado por las luces cálidas del complejo. Estaba tan absorto que no me di cuenta de que, justo en esa dirección, se encontraba la misma y espectacular alemana.

Llevaba un vestido que le llegaba un poco más arriba de la rodilla, una tela ligera que insinuaba el muslo con cada movimiento. Su silueta se recortaba magnética contra el fondo iluminado. De repente sus ojos se encontraron con los míos y, sin dudarlo, me saludó con un discreto movimiento de la mano. Yo, que no soy nada espontáneo con gente que apenas conozco, levanté la mía casi por inercia.

Daniela, con esa intuición que solo ella tiene, se giró para ver a quién saludaba. Al reconocer a Astrid, su rostro se iluminó y también levantó la mano con una sonrisa amable. Y, por supuesto, no podía faltar el otro integrante. Lukas venía justo de los sanitarios y, al pasar junto a nuestra mesa, captó toda la escena de saludos cruzados. Me saludó de nuevo con su alegría característica y, sin preámbulos, soltó una pregunta que nos tomó por sorpresa:

—¿Quieren unirse a nuestra mesa? Estamos solos, igual que ustedes.

Miré a Daniela buscando su reacción y le traduje al instante lo que Lukas proponía.

—Me dice que si queremos acompañarlos en su mesa.

—Amor, no sé, ¿no los incomodamos? Yo no entiendo nada de inglés.

—No te preocupes, yo te ayudo. Y parece que Astrid habla bien español; Lukas se defiende.

—Bueno, pero sin excluirme ni embobarte con ella —dijo con una sonrisa un tanto forzada.

Nos sumamos a su mesa. Un camarero, atento, nos acomodó de tal manera que cada uno quedaba frente a su pareja y al lado del integrante de sexo opuesto de la otra. Astrid, en un español mejor de lo que recordaba, llevó la conversación.

—¿Cómo están? ¿Les gustó el hotel?

—Claro, es hermoso —dijo Daniela.

—Nos encanta venir unos días cuando estamos por acá.

—¿Vienen muy seguido? —pregunté.

—Es nuestra cuarta vez.

—Vaya. ¿Y siempre por tan poco tiempo? —recordando lo que nos habían dicho antes.

—La verdad… —miró a Lukas como pidiendo ayuda.

—¿He sido impertinente? No tenés que responder si no querés.

—No es eso. Es que cada vez que venimos pasamos por dos hoteles, para variar un poco.

—Nos gusta conocer las playas, pero también lugares agradables —agregó Lukas en español, lo que entendimos muy bien.

—Entiendo. ¿Cuánto llevan como pareja?

—Dieciséis años —respondió él.

—Hacen una pareja muy linda.

Resultó que ambos manejaban el idioma mucho mejor de lo que admitían. Le pregunté a Lukas de qué parte venían, las típicas preguntas de cuando uno conoce a alguien. La cena transcurría de maravilla; la química era innegable, tanto la de Astrid conmigo como la de Lukas con Daniela. Cuando la sobremesa se nos fue de un sopetón, ya nos disponíamos a caminar por la playa cuando, para mi sorpresa, fue Daniela quien lanzó la propuesta.

—¿Les gustaría acompañarnos a caminar por la playa?

—Sí, claro —respondió Astrid, efusiva.

Daniela y yo nos miramos un instante, con una chispa de diversión cruzando entre los dos. No hizo falta una palabra: una risa suave, casi inaudible, se escapó de nuestros labios. Había algo en la determinación de nuestras parejas, en esa forma tácita de aceptar antes de que nosotros pudiéramos siquiera formular una respuesta, que nos obligaba a rendirnos. O, mejor dicho, a aceptar con gusto el curso de las cosas.

***

Salimos del restaurante, cada uno de la mano de su pareja, como viejos amigos que se reencuentran. Las carcajadas resonaban, livianas, rompiendo la formalidad de la noche. Hablábamos en español casi todo el tiempo, un torrente que a ratos obligaba a Daniela a volverse hacia mí con una mirada de desconcierto. Esa era mi señal para traducir. Para que las pausas no fragmentaran la charla, casi por instinto, nos reorganizamos mientras caminábamos: a la izquierda iba Daniela, a su derecha Lukas, después yo y, cerrando la fila, Astrid.

La disposición era curiosa, una alternancia constante. Poco a poco, casi sin notarlo, el espacio entre las dos parejas empezó a estirarse hasta alcanzar unos tres metros. En ese momento, para ser honesto, no me importaba en absoluto. Mi atención estaba secuestrada por Astrid; su sonrisa luminosa era un faro que me arrastraba.

—¿Ustedes son muy unidos? —me preguntó.

—La verdad que sí, llevamos bastante tiempo juntos.

—Se nota que se quieren mucho. Ustedes también son una pareja muy linda.

—Gracias. Suponía que me encontrabas linda desde que Daniela te atrapó mirándome en el traslado.

Algo crujió en mi mente: ella había escuchado cuando Daniela me molestaba. Claro, si estábamos al lado. Qué iluso.

—Pero… yo…

—Tranquilo, no me molesta —dijo con una risa coqueta—. ¿Y Lukas se dio cuenta?

—La verdad que sí, pero quedate tranquila, somos muy relajados.

Yo estaba un tanto sonrojado, pero seguimos hablando y desvié el tema con elegancia. No quería armar un lío, y ella me ponía nervioso. Mientras tanto, Daniela se sentía cómoda con Lukas, que la llevaba tomada por la cintura, casi a la altura del trasero. Yo estaba tan entretenido que no lo había notado.

—Y contame, ¿qué te ha parecido la noche? —le decía Lukas con su acento extranjero.

—Muy entretenida. Pensé que me sentiría cohibida con ustedes, pero son muy agradables.

—Pues con alguien tan hermosa como vos, a mí la noche se me hace corta —dijo en voz baja, mirándola directo a los ojos.

—Qué zalamero —contestó Daniela, ruborizándose y desviando la mirada.

—Es que tus ojos me fascinan.

Daniela sintió una corriente recorrerle desde la nuca hasta la entrepierna. No sabía por qué, pero las palabras de ese hombre la estaban excitando. Por un momento recordó lo que había soñado antes del viaje, y eso hizo que se humedeciera sin poder controlarlo, imaginando que ese desconocido la tocaba sin pudor, mientras ella se dejaba llevar.

De manera súbita, casi un salto, dio un paso y empezó a caminar hacia donde estábamos nosotros. Lukas, visiblemente perplejo, se detuvo un instante con una genuina confusión en el rostro, como si temiera haberla ofendido. Antes de llegar, Daniela aminoró el paso, se giró y le dio un abrazo corto, dándole a entender que su actitud no le había molestado, y lo dejó aún más confundido.

Acto seguido, con la misma gracia, se acercó al lado de Astrid y, con una voz que mezclaba amabilidad y picardía, dijo:

—Lamento interrumpir, pero debo robarte a mi «pareja» un momento. Me lo llevo al cuarto, querida —repitió bromeando, con un énfasis juguetón que se refería a mí, que en ese instante seguía embobado.

—Claro, pero me lo devolvés —contestó Astrid, siguiéndole el tono.

Me acerqué a Daniela preocupado, pensando que había pasado algo malo por su forma tan abrupta de sacarnos de ahí, pero ella, con una sonrisa, me dijo:

—Amor, creo que tenemos que volver a la habitación.

—¿Pasó algo?

—No, solo que estoy un poco cansada. El viaje se hizo largo.

—Bueno, está bien.

Ellos dijeron que seguirían paseando un rato. Nos despedimos de cada uno, pero cuando Astrid se despidió de mí, me dio un beso lento y sensual muy cerca de la comisura de la boca, lo que me dejó helado y caliente a la vez. Por su parte, Lukas se despidió de Daniela con un beso y un abrazo apretado que despertó mi curiosidad.

***

Volvimos al hotel y Daniela no decía una palabra.

—Amor, te pasa algo —dije, afirmándolo más que preguntando.

—La verdad que sí.

—¿Qué pasó con Lukas? ¿Te hizo algo?

—No, solo conversamos. Pero empezó a decirme que me encontraba atractiva, cosas así.

—Bueno, es que estás para comerte —dije divertido, quitándole hierro al asunto.

—Ya, pero fue como sugerente. Creo que me puso nerviosa.

—¿Te provocó algo que te dijera esas cosas?

Daniela guardó silencio, mirando el piso.

—Amor, decime, no me voy a enojar.

—Creo que sí. Por un momento tuve ganas de…

—Creo que se nos subieron las copas, ¿no? —interrumpí en tono de broma, sin demostrar que por dentro sentía una mezcla de celos y excitación.

—No te enojes —dijo con preocupación.

—¿Sabés? La verdad no me molesta. Debo confesar que Astrid también me provocó cosas —traté de ser honesto.

—Pude notarlo, se veían muy entretenidos.

—Hubo buena química con ellos desde el principio.

—Es mejor no dar tantas vueltas y seguir con nuestras vacaciones.

Al llegar a la habitación no dijimos nada. Nos quedamos mirando fijamente, abrazados, y de un momento a otro empezamos a besarnos y a quitarnos la ropa con desesperación. No hubo juego previo, no lo necesitábamos. La arrojé sobre la cama mientras terminaba de sacarme la ropa interior. Ella ya estaba desnuda, así que en cuanto me liberé me subí encima y la penetré. Apenas hubo resistencia: estaba muy mojada, su excitación llevaba un buen rato preparando el camino. Le besé los pechos mientras ella me apretaba la cabeza contra ellos.

—Sí, seguí así, qué delicia. No sabés cuánto necesitaba esto.

—¿Te gustaría que fuera Lukas? —pregunté mirándola fijo, pasando la lengua por su pezón.

—¡Sí! —respondió sin cortarse, cerrando los ojos.

Seguí besándole los pechos como tanto le gusta, penetrándola con fuerza.

—Imaginá que soy Astrid —dijo ella, clavándome una mirada de fuego.

Se hizo un breve silencio en el que nuestras miradas quedaron fijas y se podía sentir el corazón acelerado del otro. Con su pedido, un escalofrío me recorrió entero. No pude evitar recordar el cuerpo de Astrid, su piel tersa, casi de porcelana, imaginando cómo se sentiría poseerla. Empecé un movimiento lento pero intenso, mientras Daniela gemía con cada embestida, sin importarle si alguien podía escucharnos. No duramos mucho así: el erotismo se sentía en el aire, no había amor ni celos, solo deseo puro, casi animal. Con eso, ella tuvo un orgasmo muy intenso que, al apretar su interior, gatilló el mío casi de inmediato, hasta que terminé derramándome dentro de ella.

Fue un encuentro corto, intenso y muy satisfactorio. Terminamos sudados y con una sonrisa que no lográbamos disimular.

—Vaya, creo que la parejita nos calentó bastante.

—Sí, debo reconocer que para nuestros juegos nos caen como anillo al dedo —respondí.

—Aun así, espero no volver a cruzármelos. Me muero de vergüenza, y después de esto no sé si podré controlarme.

—Pues si vos no podés, yo tampoco.

Nos reímos, convencidos de que jamás volveríamos a encontrarnos con aquella pareja. Una ironía, considerando que, a pesar de la inmensidad del hotel, las probabilidades de un reencuentro eran sorprendentemente altas.

***

A la mañana siguiente, el sol ya asomaba cuando despertamos, cerca de las ocho. Seguíamos desnudos, nos habíamos rendido al sueño sin darnos cuenta. Me estiré con pereza y salí al balcón tal como estaba. La vista era un regalo: un horizonte despejado y, al estar resguardado de las otras habitaciones, una extraña sensación de intimidad y seguridad.

Mientras respiraba el aire fresco y recordaba la noche de pasión que habíamos vivido, una idea empezó a germinar en mí. De pronto, la posibilidad de volver a ver a esa pareja ya no sonaba tan mal. La imagen de tener sexo frente a ellos me encendió el cuerpo. Antes de que la situación escalara más allá de mi control, decidí que era momento de una ducha fría. Sin embargo, justo entonces, una idea aún más excitante germinó en mi mente.

Teníamos que conocer ese hotel para parejas sí o sí. Quería vivir una experiencia con otra pareja mirándonos mientras lo hacíamos. Y quién sabe si, quizás, algo más.

CONTINUARÁ…

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Comentarios (4)

SantiOk

increible!! uno de los mejores que lei en este sitio

MalenaMdq

Genial. Se nota que esta escrito con detalle y cariño. Espero una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues!

RafaelCba

que bueno! me dejo pensando toda la mañana jajaj

PilarBaires

Muy bien escrito, se siente autentico. Saludos desde buenos aires

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