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Relatos Ardientes

El bungalow vecino y un intercambio inesperado

Decidimos darnos un respiro por nuestro vigésimo aniversario de bodas. Y aunque nadie me lo cree cuando lo cuento, no habíamos hecho un viaje solos, ni siquiera de fin de semana, desde el segundo año de casados, antes de que naciera el primero de nuestros hijos.

Podría empezar inventando una descripción de nosotros para irlos calentando, pero la verdad es que somos una pareja bastante común y corriente.

Mi esposa, Marina, es una mujer de cuarenta y tres años, con algunos kilos de más como casi todas a su edad. Aunque debo confesar que, para mi fortuna, la mayoría de esos kilos se le fueron a las tetas y al culo, así que hoy resulta mucho más satisfactorio para mis manos y mi boca comérmela de lo que me resultaba hace años.

Yo soy un tipo normal de casi cincuenta. Me he quedado un tanto pelón y llevo una barba descuidada, pero nunca dejé de ir al gimnasio dos veces por semana, así que debajo de la grasa que los años acumulan todavía hay un cuerpo firme.

Elegimos la playa, un hotel solo para adultos en la costa caribeña, para pasar el aniversario. Por si sirve de algo, ambos nos pusimos a dieta extrema las tres semanas previas al viaje para salir bien en las fotos, así que íbamos un poco mejor de lo acostumbrado.

Desde el primer día notamos que, salvo un par de parejas de recién casados, la gran mayoría de los huéspedes eran personas mayores, de cuerpos descuidados, sin el menor reparo en mostrarse tal como eran. Un par de señoras cincuentonas se paseaban incluso con las tetas al aire. Aquello, quizá, nos dio un poco más de seguridad.

—¡Mira! —me dijo Marina con cierta emoción mientras hojeaba un folleto en la habitación—. Hay un servicio de masaje relajante en pareja. Nos vendría bien, ¿no? ¿Lo reservo?

Supuse que ella no tenía la misma experiencia que yo, pero no pude evitar que a la mente me vinieran todos esos videos de masajes que terminan en cosas mucho más entretenidas y que había visto en mis ratos de ocio. Así que, en tono de broma, le dije que se pusiera ropa interior bonita por si el masajista la desnudaba para comérsela mientras yo me distraía. Ella se rió y, en el mismo tono, me respondió que mejor iría sin nada, para ahorrarle tiempo al masajista.

Las bromas nos pusieron a tono. Mientras caminábamos entre los bungalós rumbo al spa, mi cabeza fue armando historias en las que la masajista —una chica despampanante, por supuesto— terminaba teniendo sexo conmigo mientras a mi esposa la atendía un gordo sudoroso. Claro que en la mente de Marina ese gordo debía ser un fisicoculturista bien dotado, y mi despampanante chica, una señora de setenta años.

Cuando entramos al spa, mis fantasías se disiparon. No eran ni una abuela ni un gordo grasiento: los masajistas eran una pareja joven, de aspecto local, ambos muy bajitos. Bastante comunes y corrientes.

Pero lo interesante no fueron los masajistas.

La pareja del turno anterior estaba terminando. Sentada en la camilla, con una enorme sonrisa, había una señora de unos sesenta años, robusta, vestida solo con una pantaleta de encaje blanco y un par de tetas grandes y caídas al aire.

Frente a ella, su marido —o eso supusimos—, un tipo delgado de la misma edad, se puso de pie con la mayor naturalidad del mundo, se giró hacia nosotros y nos saludó en inglés. Lo que volvía la escena nada normal era que el hombre estaba completamente desnudo.

Una panza flácida, coronada por un arbusto de vello blanquecino, se balanceó de un lado a otro ante la mirada atónita de Marina, mientras ambos recogían su ropa y se vestían sin la menor prisa.

Younger couple —le dijo el tipo a su mujer—. Guess these masseurs will have more fun with them than they had with us.

¿Creerá que no entendemos?, pensé mientras los veía acercarse.

Fun? —respondió ella—. Fun is what I'd have if you let me play with this piece of meat —y me recorrió de pies a cabeza con la mirada.

Salieron del spa y nos dejaron mudos, mirándonos el uno al otro.

—Una disculpa —dijo el masajista—. De vez en cuando nos pasa esto. Son swingers, como ya se habrán dado cuenta, y lo que ustedes vivieron lo vivimos nosotros durante una hora entera, además de tener que verlos desnudos todo el rato.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

—Nada —dijo—. Se quitaron toda la ropa apenas llegaron y el tipo estuvo excitado el masaje completo. ¿Verdad? —le preguntó a su compañera, que se limitó a alzar las cejas y fruncir el ceño mientras cambiaba las sábanas de las camillas.

Durante el masaje no pasó absolutamente nada, si eso es lo que esperaban leer. Pero al menos yo, durante toda la hora, no pude quitarme de la cabeza cómo aquella pareja, que de atractiva no tenía nada, podía ser tan lanzada, sin el más mínimo cuidado de las reacciones que provocaba. Tan distinta a nosotros.

***

Salimos relajados y listos para volver a la habitación a seguir desfogando el estrés entre nosotros.

—No me los puedo quitar de la cabeza —me dijo Marina en voz baja mientras caminábamos ya a oscuras entre los bungalós.

—¿De qué hablas?

—De ellos. De los señores que estaban antes que nosotros. Tú te volteas para cambiarte y que no te vea las bolas, yo salgo del baño envuelta en la toalla para que no me veas las tetas que tienes veinte años de conocer, y estos dos ahí, desnudos como si nada, encima buscando acción.

Iba a contestarle que yo pensaba exactamente lo mismo cuando, a unos metros, se escuchó un «hola, amigos» con marcado acento estadounidense.

En el balcón de su habitación, a pocos pasos de nosotros, estaba el tipo del spa. Y por si nos habíamos olvidado de sus detalles, estaba otra vez desnudo.

—¡Vengan a la fiesta! —alcanzó a decir, justo cuando salió su mujer, de nuevo con las tetas de fuera, pero ahora sin la pantaleta encima.

Miré a Marina, y ella me sostuvo la mirada unos segundos.

—Hay más gente adentro —dije en voz baja.

—Sí —respondió—. Se ven siluetas por la ventana.

—¡Miren, miren! —insistía el tipo, señalando hacia el interior del bungaló.

Y cuando menos lo pensamos, los dos caminábamos lentamente hacia ellos, empujados por una curiosidad tremenda.

Conforme nos acercábamos, distinguimos más detalles. Sonaba música y, tras las cortinas, se veían siluetas bailando. Un hombre de mediana edad, mucho más cuidado y atractivo que el del balcón, salió a recibir a su mujer, completamente desnudo, la tomó de la mano y la metió de nuevo a bailar.

—¿Qué es esto? —me preguntó Marina por lo bajo.

—Pues, al parecer, es una fiesta swinger en pleno hotel de vacaciones.

La puerta se abrió frente a nosotros como si nos diera acceso al arca de Noé. Habría al menos veinte parejas, y reinaba dentro una diversidad de formas y edades.

Era imposible que la vista no se te fuera primero hacia un tipo que pesaría al menos ciento sesenta kilos, completamente desnudo, con una verga del tamaño de la de un niño que se perdía entre tanta carne colgante.

En el otro extremo, una mujer —quizá la más joven y atractiva del lugar— bailaba solo con la parte de abajo del bikini, las tetas rebotando al aire. La acompañaba un hombre algo mayor pero con un miembro de tamaño descomunal, y lo primero que pensé al verlo fue: ya veo por qué se ligó a la mejor de la fiesta.

Las mujeres eran más pudorosas; casi todas conservaban al menos la pantaleta. Conté unas cinco más en la zona que habían acomodado como pista de baile, varias acompañadas por tipos de edad avanzada y cuerpos de todo tipo que se movían al ritmo de la música. Eso sí: para los hombres parecía requisito ir desnudos.

En los sillones estaban los más afortunados, o los más hábiles, porque casi todos andaban ya «acompañados», por decirlo de algún modo, con las manos paseando por cuerpos de mujeres que se dejaban agasajar. Y al fondo, en el sillón más alejado, una pareja les llevaba ventaja: se besaban con pasión y empezaban a acomodarse para lo que prometía ser una sesión de sexo en público.

El trance en que estábamos lo rompió una voz conocida.

—¡Señores Salgado, qué sorpresa! Bienvenidos.

Era Hernán, el gerente del hotel, que un par de días atrás se había presentado para ponerse a nuestras órdenes «para lo que necesitáramos». Ahora me quedaba clarísimo que había venido a sondearnos. Su único distintivo era un moño de esmoquin al cuello; de ahí para abajo, nada, igual que el resto de los hombres.

—Aquí lo único que se pide es respeto —nos dijo Hernán—. Cualquier cosa que quieran hacer, con el consentimiento del otro, es bienvenida. La ropa que se quieran quitar pueden guardarla en aquel mueble —y señaló una cómoda en el pasillo.

—Quítate la ropa —me dijo Marina al oído.

—¿Estás loca? —respondí—. Vámonos de aquí.

Pero ella me miró fijo y, sin decir una palabra, empezó a desvestirse hasta quedar solo con la minúscula tanga rosa que se había puesto por si tenía que encuerarse en el masaje.

—¿Qué perdemos por quedarnos a mirar? —preguntó mientras se desabrochaba el sostén.

Empezamos a atraer miradas camino a la cómoda. Para mi desgracia, solo las señoras mayores me miraban con lujuria. Marina, en cambio, atrajo la mirada de todos los hombres sin distinción de edad, con ese par de tetas naturales de pezón rosado que le rebotaban a cada paso y el culo regordete que se desbordaba por los costados de la tanga.

—Esto no te lo voy a perdonar —le dije al oído tras meter la ropa en un cajón—. ¿Qué le ves de bueno? Si son puras parejas de viejitos calientes.

Estaba a punto de regresar por mi ropa cuando los papeles se invirtieron.

No supe en qué momento, la mujer joven que bailaba con el bien dotado me clavó la vista. Dejó atrás a su compañero y empezó a caminar hacia mí, recorriéndome de arriba abajo mientras avanzaba al ritmo de la música.

Sin siquiera mirar a Marina, se plantó frente a nosotros y, con una sonrisa, comenzó a apretarme el pecho, como un adolescente la primera vez que tiene una mujer desnuda enfrente, sin dejar de mirarme a los ojos.

La dejé seguir unos segundos pero, al no obtener respuesta de mi parte, volvió a bailar con su acompañante.

—¿Era eso lo que querías? —le pregunté a Marina.

Ella no movió un músculo de la cara. Solo dijo:

—Vamos a sentarnos allá.

***

Nos sentamos en un sillón libre, junto a una pareja muy dispareja: una mujer robusta de unos veinticinco años al lado de un señor de al menos sesenta, a quien le frotaba la verga con empeño sin lograr despertarla mientras él le manoseaba las tetas con delicadeza.

Marina parecía hipnotizada. Miraba primero al señor frunciendo el ceño y luego se detenía largos ratos en la chica joven y su acompañante dotado, que ya empezaban a rozar sus cuerpos.

No sabía si aquello sería normal en una «primera vez», pero, conforme pasaban los minutos, me fui aclimatando. Poco a poco perdí la molestia y empecé a disfrutar del espectáculo, incluso a sentir una ligera erección mientras recorría con la vista los cuerpos femeninos frente a mí.

Cuando menos atención le prestaba a mi mujer, sentí su mano izquierda posarse sobre mi muslo. Apenas bajé la vista, esa mano ya subía hasta tomarme la verga y empezar a jugar con ella sin siquiera mirar lo que hacía.

Mi paquete creció. Y la intensidad de Marina, también.

Empezamos a llamar la atención de algunos invitados, que seguramente no sabían que éramos pareja y supusieron que yo estaba de suerte esa noche.

El primero en actuar fue un tipo al que ni había visto. Apareció de las habitaciones del fondo y vino directo hacia nosotros, sacudiéndose una verga corta y gruesa para sacarla de su letargo. Se paró justo frente a Marina y fijó la mirada en cómo ella me masturbaba. En pocos segundos el miembro tomó forma, y el hombre empezó a jalársela mientras disfrutaba del show.

Las caricias de mi esposa se volvieron jalones firmes. Hubo un momento en que se sincronizó con el tipo, que entonces dejó de mirar mi paquete para clavar la vista en ella, mientras Marina la tenía clavada en cómo él se tocaba.

Cuando el hombre intensificó el movimiento y empezó a hacer muecas, Marina se detuvo y le hizo una seña de alto con la mano. Sentí alivio: estaba seguro de que faltaba poco para que nos bañara a los dos de leche.

—¿Te sientes más tranquilo? —me preguntó al oído.

Y por más que intenté hacerme el indignado de nuevo, no pude evitar responderle que sí.

Es culpa de ella, pensaba mientras mis ojos se paseaban por todos los cuerpos del lugar, ya no por curiosidad, sino escaneando cuál me llamaba más para ir a manosearlo. Esto es culpa de Marina.

Me puse de pie con la verga completamente erecta, y al parecer aquello fue un llamado para el sexo opuesto. Dos mujeres dejaron el baile y enfocaron la mirada en mi paquete, listas para acercarse. Pero antes de que lo lograran, una mano salida de no sé dónde me tomó con firmeza.

Bajé la vista. Era la chica robusta, que había desistido de despertar a su compañero y aprovechó la cercanía para ganar el momento. Después miré a Marina: tenía otra vez esa expresión hipnótica mientras observaba cómo otra mujer me acariciaba.

La chica se sentó detrás de mí. Sentí sus tetas grandes y blandas contra mis nalgas mientras me rodeaba con los brazos, masturbándome con una mano y jugándome las bolas con la otra.

Me convertí en la atracción del momento. Sentí decenas de miradas: mujeres que evaluaban la calidad del trabajo de la chica y hombres que me miraban con envidia porque, mientras ellos bailaban solos, a mí ya me «atendían».

Cuando más lo disfrutaba, vi que Marina se levantaba y caminaba hacia la cocina, dejándome sin mirar atrás. Tal vez para no ver cómo otra terminaba ordeñándome, o tal vez para buscar acción y no quedarse atrás.

La perdí de vista justo antes de sentir que tiraban de mí.

La chica había soltado mi verga e intentaba girarme el cuerpo, para que dejara de buscar a mi esposa y quedara de frente a ella. Mi perspectiva cambió: tenía delante a aquella mujer de curvas prominentes, despatarrada en el sillón, y a su lado al sesentón que ahora intentaba por su cuenta resucitar su miembro flácido mientras nos miraba.

Sin darme tiempo a decidir otra cosa, la chica me tomó la verga y se la metió en la boca, propinándome una mamada tremenda, con una habilidad muy superior a la de sus manos y, tristemente, muchísimo mayor a la de mi mujer.

La disfruté. ¡Vaya que la disfruté! Pero por más que quise llenarle la boca, tuve que detenerla para no ser el primero en dar un espectáculo extra esa noche.

¿Y Marina?, pensé cuando la chica se incorporó. Antes de que pudiera buscarla, ella me dijo al oído, en inglés, que quería ir a una habitación.

—Yo también quiero irme contigo —le respondí—, pero primero tengo que encontrar a mi esposa.

Ella sonrió y simplemente contestó:

—Yo te llevo a donde está tu esposa.

***

Me tomó de la mano y caminó hacia las habitaciones. La miré bien por el camino. No, no era ni de cerca una mujer con la que yo le habría faltado a Marina en otra situación, pero, ¡qué demonios! Ya estamos en esto.

Se detuvo frente a una puerta cerrada, me miró unos segundos con un dejo de lástima y me dijo al oído:

—Aquí entró tu mujer.

Sentí que el cuerpo se me encendía por dentro. En mi estupidez había creído que la chica usaba ese pretexto para arrastrarme a un cuarto. Pero si de verdad había visto a Marina entrar ahí mientras me atendía, era un hecho que no estaría sola.

Lleno de rabia tomé la perilla y la giré pensando que estaría cerrada. La habitación estaba abierta.

Había tres parejas dentro que ni se inmutaron al oír la puerta.

En el piso estaba Hernán, boca arriba, con una mujer de cabello blanco montándolo a sentones mientras gemía con singular placer. En el sillón, una pareja de edad parecida a la nuestra se revolcaba y manoseaba a gusto, los dos con la lengua de fuera para lamer cualquier parte del otro que se les atravesara.

Y en la cama. En una gran cama digna de una suite, estaba mi mujer.

Marina yacía boca arriba, con ambas manos en la cabeza, tal cual hacía cuando yo ya la tenía bien excitada. Se había quitado la tanga —Dios sabrá dónde la dejó—, tenía las piernas abiertas de par en par y, entre ellas, un tipo rubio de nalgas voluminosas se la comía con la intensidad de un niño que devora un helado en pleno verano.

That's my wife —le dije a la chica, helado ante la escena.

And that —respondió ella— is my husband.

La miré con sorpresa, y ella me devolvió una sonrisa. Después, simplemente me tomó de la mano y dijo:

Let's join them.

***

Nos subimos a la misma cama. El movimiento sacó a Marina de su trance y, al darse cuenta de que era yo, le cerró las piernas en la cara a su amigo.

La chica miró a mi mujer con una sonrisa, le tomó la mano y se la llevó hasta mi cuerpo, como diciéndole que me tocara mientras su marido la atendía a ella.

Los ojos de Marina seguían muy abiertos, fijos en los míos. No lo sé: quizá pedía permiso para continuar, o perdón por lo que hacía. Aun así, poco a poco fue aflojando las piernas y dejó que el rubio volviera a meter la cara entre ellas.

Su mano apretándome el pecho me confirmó que lo estaba disfrutando otra vez. Y mientras lo hacía, empezó a acariciarme por todos lados, como si no conociera mi cuerpo, como si fuera uno nuevo para disfrutar.

Mientras tanto, mi verga volvió a entrar en la boca de nuestra socia, ya inclinada para hacerme lo mismo que su marido le hacía a Marina. En automático, mi mano izquierda buscó una de las tetas de mi mujer y empezó a masajearla.

En pocos minutos perdimos toda postura. Marina terminó de lado, con el tipo metiéndole cara y manos entre las nalgas, comiéndose vaya uno a saber cuál de sus agujeros. Yo cambiaba de tetas, yendo de las de mi mujer a las de mi amiga, aunque con ella moviéndose cada vez me costaba más alcanzarlas.

En segundos, nuestra amiga armó un sesenta y nueve, pasando las piernas sobre mí y dejándome frente a la cara un culo enorme que Marina no dejaba de mirar con atención. En mi desesperación le metí el pulgar de un solo golpe; la mujer se estremeció y empezó a contonearse mientras yo lo movía dentro de ella.

¡Qué demonios, si ya estamos en esto!, volví a pensar. Y, mientras lo pensaba, levanté la cara y la hundí entre aquel par de nalgas voluminosas, lamiendo y mordiendo suave toda la carne a mi disposición.

No veía nada, por obvias razones, pero sentí movimiento a nuestro lado; seguramente Marina cambiando de posición para sacarle placer de otra forma.

Aproveché un segundo en que mi amiga se sacó la verga de la boca para sacar yo la cara de su culo. Apenas giré la cabeza, pensé: ¡vaya! Esta a mí no me come si no estoy recién bañado, y ahora le entra con alegría a un miembro que vaya uno a saber dónde estuvo metido media hora atrás.

El tipo estaba de rodillas, con las manos en la cintura, y Marina, inclinada frente a él, se comía aquella verga con un gusto como si estuviera cubierta de chocolate.

She likes it! —me dijo la chica, emocionada de ver a otra mujer devorando a su marido.

¿Does she?, pensé mientras observaba la escena junto a mi regordeta amiga.

De pronto, con una seguridad que parecía no ser su primera vez, Marina saltó de la cama, fue hasta el peinador, abrió un cajón y sacó un par de condones. Abrió uno con la boca, escupió el empaque a un lado y empezó a ponérmelo.

El rubio, al ver lo que hacía, recibió con cara de sorpresa el otro condón que le entregó en la mano.

¿Qué estás haciendo?, pensaba yo, como si pudiera oírme, mientras la veía sacar el plástico del empaque y colocárselo con suavidad, hasta con cariño, a su amiguito.

La mujer me recostó boca arriba y acomodó su cuerpo voluminoso sobre mí, a pocos centímetros de quedar penetrada. El rubio tomó a Marina de la cintura y la puso en cuatro, justo a mi lado, y se colocó detrás de ella.

Marina me miró, y la expresión de hipnosis había vuelto. Sus ojos estaban en los míos, pero su mente quién sabe dónde.

Un segundo después, o tal vez dos, sus ojos se fueron a la pared y su boca se abrió en un quejido leve, dejándome saber que, por primera vez desde que nos conocíamos —o al menos eso quiero creer—, una verga que no era la mía acababa de entrar en ella.

No alcancé a reaccionar cuando sentí que la chica se dejaba caer sobre mí y mi verga quedaba dentro de ella.

Marina apoyó el rostro en la almohada, mirándome directo. Después estiró un brazo y me tomó de la mano.

No supe cuánto duró aquello. Solo recuerdo su cara moviéndose con cada golpe de pelvis que recibía por detrás, los ojos clavados en los míos pero la mente en otra parte. Vi todas sus expresiones, las que yo conocía de memoria: la de incomodidad, la de satisfacción, la de dolor, la de calma, la de excitación. Y al rato, no sé si solo yo la noté, la del orgasmo.

Cuando vi que sus ojos se perdían, dejé escapar la leche contenida, y los dos nos apretamos la mano con fuerza al mismo tiempo.

***

Cuando ellos terminaron, se besaron en la boca y se metieron juntos al baño de la habitación.

—¿Ya no hay nadie? —le pregunté a Marina, los dos todavía tirados en la cama.

Ella levantó la cabeza y respondió que no, que no sabía en qué momento habían salido las otras parejas.

—¿Te gustó? —pregunté con cierto dejo de duda.

Y se limitó a responder que sí.

No nos hablamos en el camino de regreso, ni durante la ducha que tomamos juntos en nuestra habitación, quizá porque ninguno quería esperar para quitarse del cuerpo el sudor de un extraño.

Marina tomó su pijama, la miró y la dejó caer al piso para acostarse completamente desnuda, algo que no hacía desde nuestra luna de miel. Y yo me fui detrás de ella.

Dormimos con la profundidad de un niño después de pasar el día entero jugando en la calle. Por la mañana, cuando abrí los ojos, Marina me miraba fijamente.

Esperaba un «buenos días, amor», pero en su lugar obtuve un:

—Hay que hacer esto de vez en cuando.

A lo cual me limité a responder:

—Definitivamente sí.

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Comentarios (5)

MarcelaR_92

increible relato!! los veinte años de casados le dan mucha veracidad, se siente real

FacuCba_87

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo aquella noche

Elena_82

me recordo a unas vacaciones que tuvimos con mi pareja en un lugar parecido, jajaja... tambien hubo sorpresas. Los recuerdos...

Carlos_RT

muy bueno!! sigue publicando asi

ValeriaNoc

Me encanto como lo contaste, sin vulgaridades, con esa tension entre los dos que te tiene pegado a la pantalla. Ese momento en que ella empieza a quitarse la ropa lo describiste genail. Gracias por compartirlo

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