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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer buscaba en aquel spa de parejas

Como cada vez que salíamos de viaje largo, me desperté antes de tiempo. A las seis de la mañana ya estaba en la cocina con un café, revisando correos del trabajo. A las siete, la hora que habíamos acordado para levantarnos, dejé la taza en el fregadero y volví al dormitorio.

Abrí la puerta despacio. En la oscuridad total me deslicé bajo las sábanas hasta quedar a los pies de Lorena. Le separé las piernas con cuidado y, con pequeños mordiscos en la cara interna de los muslos, la fui despertando. Una mano se posó en mi cabeza y una voz ronca de sueño murmuró.

—Cómo me gusta que me des los buenos días así.

Seguí con mi juego. No tardó mucho en llegar su primer orgasmo, y entonces sumé dos dedos a la ecuación, buscando ese punto interno mientras mi lengua insistía por fuera. Podía sentir cómo se contraía contra mí, los espasmos involuntarios, la manera en que su mano hacía fuerza para hundirme aún más entre sus piernas. Encadenó varios así, uno detrás de otro, hasta que me levanté y me metí en la ducha.

Estaba enjabonándome cuando corrió la mampara y entró conmigo. Me enjabonó entera, deteniéndose más de lo necesario, y luego se arrodilló y me atrapó con la boca cuando todavía estaba a media asta. Bastó ese gesto para que se me pusiera dura como una barra de hierro.

—Déjame. Quiero guardarla para esta tarde —le dije, mirándola a los ojos.

—Está bien —contestó con voz de pena, soltándome despacio.

A las ocho y media salíamos rumbo a la capital, a la aventura que llevábamos semanas planeando.

***

Paramos a mitad de camino a desayunar. Nada más detener el coche, su mano izquierda se posó en mi entrepierna y me provocó una erección que se marcaba en el pantalón de forma exagerada.

—Quiero que entres así, empalmado y con ese bulto.

—Se me va a quedar mirando todo el mundo.

—Eso es lo que quiero. Que babeen mirándote. Vamos a jugar a provocar.

Entramos así al restaurante, yo delante con la erección que no quería bajar y ella detrás, divertida. Me dijo que pidiera, que iba un momento al baño. Ordené dos cafés en la barra y me senté a esperarla.

Cuando la vi aparecer casi se me para el corazón. Se había quitado la chaqueta. El vestido que llevaba debajo apenas le tapaba el pecho, sin sujetador, con un escote tan bajo que parecía a punto de desbordarse. Se sentó frente a mí y dejó sus bragas sobre la mesa, sin más. Las recogí en un puño, me las llevé a la nariz y aspiré su olor más íntimo.

—Deliciosa. Ahora voy yo —le dije.

Entré al baño con una sola idea: devolverle la jugada. Me quité los calzoncillos, los guardé en el bolsillo y, de vuelta en la mesa, los eché junto a su café.

—Esto es para ti.

—Gracias. Pero te has perdido cómo me miraba el pecho el camarero al traer los cafés.

—Vas así, te va a mirar todo el mundo. Yo ahora voy igual de suelto.

No había terminado la frase cuando noté su pie subiendo por mi entrepierna. El roce y la charla caliente hicieron el resto. Cuando me levanté a pagar, mi miembro se movía de lado a lado bajo la fina tela del pantalón. Giré la cabeza desde la caja y la encontré mirándome fijamente el bulto, con una sonrisa de lujuria que no tenía precio. Una pareja que entraba se nos quedó observando. Los dos nos reímos, subimos al coche, nos dimos un beso largo y arranqué.

***

Hora y media después aparcábamos en el subterráneo del hotel. Hicimos el check in, dejamos las maletas y bajamos a tomar otro café para planear la tarde. En recepción nos recomendaron un viejo mercado reconvertido en galería de puestos de pinchos. Tomamos vermut, picamos algo y a las tres ya estábamos de vuelta, dispuestos a echarnos la siesta.

En cuanto caímos sobre la cama, Lorena se abalanzó encima de mí, mordiéndome el cuello mientras me sujetaba con fuerza.

—Te voy a follar yo —dijo en tono de amenaza.

—Pues vamos —la reté.

Me puso una mano en el pecho y con la otra me apretó hasta arrancarme ese dolor dulce que me ponía a tope. Mis manos volaron hacia sus pechos.

—Las manos quietas. Eres mío y no tienes derecho a nada —ordenó, sin dejar margen a la réplica.

Las bajé a los costados. Ella se montó encima y de un solo movimiento se empaló. Estaba húmeda, resbaladiza, llevaba un rato pensando en lo que vendría y su cuerpo lo pedía a gritos. Subía hasta dejar ver apenas la punta y se dejaba caer de golpe, una y otra vez, acelerando, buscando correrse. No habían pasado ni cinco minutos cuando la sentí cerrarse alrededor mío y convulsionar con un grito ahogado.

Luego salió, se dio la vuelta y me ofreció un trasero que subía y bajaba mientras me veía entrar y salir de ella. Llevé el pulgar entre sus nalgas, buscando jugar con su entrada trasera, y eso le provocó otro orgasmo inmediato. Cuando notó que yo estaba a punto, en lugar de parar, llevó un dedo hacia mí. Mis glúteos se tensaron en un reflejo.

—Relájate. Abre las piernas.

Hice lo que pedía. Mojó el dedo con saliva y lo introdujo despacio, haciendo círculos para dilatarme mientras seguía moviéndose, completamente empalada. Un segundo dedo se sumó al primero, presionando hacia dentro hasta encontrar ese punto que me hizo estallar de inmediato. Me corrí con tanta fuerza que parte del semen se escapó entre sus labios y resbaló por el tronco. Ella, al sentirlo, se aferró más a mí y tembló con su propio orgasmo.

—Vaya corrida. Me has llenado entera.

—Quería marcarte. Que cualquiera que se acerque hoy huela que eres mía.

—Así será —murmuró, dejándose caer a mi lado, recostando la cara en mi pecho.

Nos quedamos dormidos un rato. Al despertar, después de aquello, necesitábamos otra ducha.

***

Aseados y vestidos, salimos del hotel. Caminamos los quinientos metros que nos separaban del spa de parejas y, justo antes de la puerta, frené a Lorena y le hablé al oído.

—Entra tú sola, como si vinieras sin nadie. Ve a la barra. Si encuentras algo que te guste, haz lo que quieras.

—¿Cómo? ¿Me estás pidiendo que me líe con otro sin estar tú delante? —respondió con la boca abierta.

—Quiero verte disfrutar. Cuando entre, iré a la barra. Si te decides por alguien, me avisas y montamos un trío con él, o con ella.

—Soy tu zorra —dijo, mordiéndose el labio—. Pero hoy tengo ganas de otra cosa, y vas a tener que compartirme.

Empujó la puerta bajo el cartel y desapareció dentro. Yo me fui al bar de la esquina a tomarme un café, nervioso y excitado a partes iguales, con una erección imposible de disimular bajo el pantalón. Diez minutos después era yo quien cruzaba esa misma puerta.

En recepción pagué la entrada y me dieron la llave de una taquilla. Había dos zonas: una para parejas y otra mixta para singles, con barra, taburetes y un pasillo al fondo que comunicaba ambas. Busqué a Lorena con la mirada. No estaba en la barra, sino sentada a una mesa junto a un chico de unos treinta años, rubio, alto, evidentemente fuerte. Se reían como si se conocieran de siempre.

Me localizó, fijó sus ojos en los míos y me dedicó un guiño cargado de morbo. Él tenía la mano en su muslo, sobre la minifalda que se había puesto. Sin dejar de mirarme, ella deslizó la mano hasta el bulto del chico y lo apretó por encima del pantalón. Él se giró y le comió la boca con ganas. Los dos se sobaron sobre la ropa, él agarrándole el pecho con rudeza, ella su entrepierna. La escena me puso todavía más cachondo. Pedí algo de beber y seguí disfrutando del espectáculo. En la barra, otra pareja nos observaba desde el otro lado.

Lorena le dijo algo a su acompañante, se levantó y vino hacia mí.

—Hola, guapo.

—Hola, morena. ¿Te lo estás pasando bien?

—Sí. Pero mejor me lo voy a pasar cuando me folléis los dos —dijo, y me arrastró de la mano hacia la mesa.

El chico se levantó y me tendió la mano.

—Damián, este es Marcos, mi marido —dijo ella.

—Encantado, Marcos. Tienes una mujer preciosa.

—Hola, Damián. Preciosa y muchas cosas más —respondí, estrechándole la mano con la que minutos antes la había hecho correrse.

Lorena nos apoyó una mano en el hombro a cada uno.

—Los tres lo vamos a pasar muy bien. Damián conoce el local, se ha ofrecido a hacernos de guía.

Señaló el pasillo del fondo y hacia allí fuimos. La primera puerta eran los vestuarios. Ella entró en el de mujeres y nosotros en el de hombres. Cuando vi a Damián desnudo no pude evitar abrir la boca: tenía un cuerpo espectacular, pero lo que más destacaba era su tamaño.

—Lorena se va a poner contenta —admití.

—Ya lo está. Me la ha tocado antes de sentarse a hablar conmigo.

Salimos con las toallas a la cintura. Ella nos esperaba fuera.

—¿Vamos al jacuzzi? —propuso Damián.

—No. Necesito que me folléis ahora. Luego nos relajamos, pero antes quiero sentirme llena.

***

Nos llevó a una zona de reservados separados por cortinas. Le quité la toalla a Lorena, que quedó desnuda ante los dos, y Damián hizo lo mismo, mostrando sin pudor lo que tenía.

—No sé si me va a caber todo eso —dijo ella, mirándolo.

—Entrará. Vas a sentir un poco al principio, pero luego me pedirás que no pare.

Empezamos a acariciarla entre los dos: los pechos, las piernas, todo su cuerpo a la vez. Mi mano fue a su clítoris mientras dos dedos de Damián la penetraban hondo. No tardó en agarrarme del cuello y gemir.

—Me estoy corriendo. Pero necesito una polla dentro. Folladme ya.

Se puso a cuatro patas, con el culo hacia nosotros, sin poder ver quién la tomaría primero. Le hice un gesto a Damián para que empezara él. Se colocó un preservativo extragrande y se situó detrás. Yo me puse delante, le levanté la barbilla para que me mirara a los ojos y le di la señal. Cuando él empujó, la expresión de Lorena cambió por completo: abrió mucho la boca, cerró los ojos y se agarró a las sábanas.

—Despacio, que me vas a partir —jadeó.

Damián paró, retrocedió casi del todo y volvió a entrar con un vaivén suave, dejando que se acostumbrara. Poco a poco la cara de mi mujer se transformó.

—Me encanta sentirme así de llena —dijo con la voz entrecortada, corriéndose otra vez.

Entonces le acerqué mi miembro a la boca y lo recibió de buen grado, chupándomelo entre gemido y gemido. Después le pedí a Damián que se apartara y, al ver cómo había quedado, me llevé las manos a la cabeza.

—Vaya manera de dejártela —solté.

—Necesito cerrarme un poco —dijo ella, girándose boca arriba para masturbarse, buscando que las contracciones del orgasmo la devolvieran a su sitio.

Cuando estuvo lista de nuevo, me coloqué entre sus piernas y entré en su sexo todavía dilatado y resbaladizo. Notaba un calor abrasador, casi como si quemara. Bombeé un buen rato y luego decidí cambiar de orificio.

—Te voy a follar el culo.

—Sí, por favor, quiero correrme también por ahí.

Me puse otro preservativo y, nada más apoyar la punta, sentí las contracciones de un nuevo orgasmo. Esperé a que se relajara y entré sin apenas resistencia, tan excitada estaba. Su interior ardía, y eso me llevó al borde enseguida.

—Tengo que parar o me corro.

—Descansa, que me tienes que durar —dijo—. Que siga Damián.

Salí y, tumbada como estaba, él ocupó mi lugar. Esta vez la penetró con menos cuidado, de un solo golpe de cadera, y ella gritó al sentirlo hundirse dentro. Sus manos fueron al abdomen de él para frenarlo, pero Damián seguía empujando, paciente.

—Relájate y disfruta. Pronto pedirás más —le dijo con una sonrisa.

Yo me masturbaba a su lado, jugando con sus pechos, mientras observaba esa lucha entre los dos por dar y recibir. Damián empujaba cada vez más fuerte y ella, ya acostumbrada, enlazaba un orgasmo con otro.

***

Un rato después fue Lorena quien cambió de postura.

—Damián, túmbate. Y tú, ponte detrás de mí —ordenó, subiéndose a horcajadas sobre él.

Me llamó, me dio un beso cargado de lujuria y dijo lo que llevaba toda la tarde rondándole la cabeza.

—Quiero que me folléis los dos a la vez.

Aproveché la lubricación de su sexo y la penetré por detrás de un solo empuje, hasta el fondo. Ella se devoraba la boca de Damián mientras yo me hundía sin resistencia. Llevábamos un buen rato cuando se detuvo y me miró por encima del hombro.

—Os quiero a los dos dentro. Ahora.

Cogí el miembro de Damián, duro como una piedra, y lo guié hacia ella mientras se dejaba caer despacio. Soltó un grito que se oyó en todo el reservado y empezó a moverse, haciéndolo aparecer y desaparecer. Luego me tocó a mí: apunté hacia su entrada trasera y empujé. Había demasiada presión por el grosor del otro, así que ella levantó un poco el cuerpo para liberar espacio y fue suficiente para entrar.

—Me vais a matar —jadeó—. Qué gusto.

Nos acompasamos. Cuando él empujaba, yo me retiraba, y al revés, alternando las embestidas en una fricción extrema. Sentir el otro miembro a través de la fina pared que nos separaba era de lo más morboso que había vivido. No aguanté demasiado.

—Me voy a correr —avisé, tirándole del pelo para que volviera la cara.

—Córrete dentro. Quiero notarte caliente.

Me quedé clavado mientras una descarga me sacudía entero. Lorena, al sentirlo, cerró los ojos y tuvo uno de los orgasmos más intensos que le había visto. Poco después, las embestidas de Damián me expulsaron y me aparté para mirar cómo se daban el uno al otro.

—Hazlo correrse —le dije a ella.

—Voy a sentir cómo se hincha —contestó, mirándolo a él.

No tardó ni cinco minutos. Un gruñido avisó de que estaba a punto, y Lorena gritó al unísono, ensartada del todo, mientras él se vaciaba.

—Gracias por esta tarde. No la olvidaré —le susurró al oído.

***

Tardamos en recuperarnos. Nos despedimos de Damián agradeciéndole la guía y pasamos a la zona de aguas, a una piscina poco profunda con un resalte que servía de banco. Cerca había otra pareja. Poco a poco se acercaron, y Lorena me habló al oído.

—La chica me está tocando por debajo del agua.

—Pues si te gusta, enróllate con ella.

Mi mujer giró la cabeza, la chica le sonrió y ella respondió con un beso que se convirtió en un baile de lenguas. Al rato la pareja se levantó y la otra mujer le tendió la mano a Lorena, que aceptó sin dudarlo. Esa actitud me ponía a mil. Caminamos por el borde hasta una sala que hacía las veces de pasillo francés: un colchón y, en una pared, cuatro aberturas a modo de glory hole. Las dos mujeres entraron a un lado y a nosotros nos dejaron en el otro, sin poder verlas, solo asomando nuestros miembros por los huecos.

El otro hombre y yo nos asomamos. Una mano empezó a menearme hasta que noté el calor húmedo de una boca. No sabía cuál de las dos era, y esa incertidumbre multiplicaba la excitación. De pronto las bocas cambiaron de hueco y reconocí de inmediato la de Lorena: esa la conocería en cualquier sitio.

—Vamos dentro con ellas —le dije al otro hombre, sacando el miembro del hueco.

Entramos. Allí estaban las dos, arrodilladas. Levanté a Lorena, la incliné hacia delante y, poniéndome de rodillas tras ella, lamí su sexo hasta hacerla correrse de nuevo. La otra pareja follaba ya directamente a nuestro lado, y el sonido lo hacía todo más intenso. Por uno de los huecos asomó otro miembro y la otra chica le pidió a Lorena si se lo dejaba.

—Claro. Pero luego me lo dejas tú a mí —respondió mi mujer.

Se turnaron, compartiendo y jugando entre risas. Al cabo de un rato, Lorena se puso de pie con la boca llena y me lo enseñó antes de tragar, divertida.

—Quiero que me folles tú —me dijo después, mirándome con esos ojos.

La puse a cuatro patas y la penetré mientras ella seguía atendiendo a la otra pareja con la mano. Estuvimos así hasta que ambos quedamos saciados y la otra pareja se despidió, dejándonos solos.

—Estoy exhausta —dijo Lorena, dejándose caer sobre el colchón.

—Llevas una tarde muy intensa. ¿Cuántas veces te has corrido?

—Imposible de contar. He disfrutado como nunca.

***

Nos vestimos y salimos del spa en silencio, pero con una sonrisa cómplice. Eran las nueve de la noche y aún nos quedaba la noche por delante. De vuelta en el hotel entramos directos al restaurante: el hambre y el bajón de adrenalina nos habían caído de golpe.

—Estoy hambrienta y muerta de cansancio —dijo ella al sentarse.

—Igual yo. El plan era salir a un club, pero con el spa creo que ha sido más que suficiente.

—Por mí, sí. Cenamos y a la cama.

—Tú solo te has corrido una vez —añadió, con una mueca de pena.

—Me corro luego, dentro de ti. Quiero llenarte otra vez.

—Me estás poniendo como una perra de nuevo. Vaya día.

Cenamos entre risas y miradas cómplices, repasando todo lo vivido: cumplir aquella fantasía juntos había sido mucho mejor de lo que cualquiera de los dos había imaginado. Subimos en el ascensor y, en cuanto se cerraron las puertas, volvimos a buscarnos con las manos. Teníamos prisa por llegar arriba y seguir jugando. Esta vez, solos los dos.

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Comentarios (5)

Lucas_BP

increible, quede sin palabras. De los mejores que lei aca

FernandoBaires

segunda parte por favor!!! quede con ganas de saber mas, no puede terminar asi

Viajero_44

Me hizo recordar algo parecido que hablamos con mi pareja alguna vez, aunque nunca llegamos a tanto jaja. Muy bien narrado, se siente real.

Curioso_MX

y despues? ella le contó todo lo que pasó ahí adentro o guardó silencio? esa parte me intriga mas que nada

SolDeMadrugada

Que bien escrito, la tension del que espera y no sabe es lo que mas me enganchó. Sigan publicando cosas asi!!

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